¿Por qué tantos cristianos niegan el cielo?
Es comprensible que la cultura secularista y posmoderna rechace el cielo o vida eterna. Pero sorprende que dentro de la misma Iglesia un porcentaje alarmante no acepten criterios fundamentales sobre la vida en el más allá de la muerte. Son muchos los católicos, aun practicantes, que rechazan el cielo o quedan indiferentes ante su mensaje. Ellos tienen fe, muchos son practicantes, todos acuden confiadamente a Dios o a los santos en las dificultades, pero les falla la esperanza como tal y otras virtudes cristianas. ¿A qué será debido su rechazo o indiferencia? Varias son las razones y diferentes los factores.
Como ejemplo del rechazo: una encuesta sobre los jóvenes de España
Para saber cómo está la negación de la vida después de la muerte, sirve el Estudio “Jóvenes 2000 y Religión”, elaborado por la fundación Santa María:
la creencia en Dios, un 69%;
en la vida después de la muerte, un 48%;
en el cielo, un 40%; en el infierno, un 25%.
Si esta encuesta se pudiera extender a todos los católicos, el rechazo del cielo corresponde a un 60%. Un poco menor es el no a una vida después de la muerte, un 52%. Por supuesto que la idea del infierno no es aceptada por el 75%.
¿Qué decir de estos datos?
Que quizás sean muy optimistas, porque un estudio más extenso en la Europa de nuestros días arrojaría datos que sobre la fe en el cielo no superarían el 20%. Y siempre quedará la incógnita sobre lo que imaginan los encuestados acerca del cielo. Es probable que muchos creyentes profesen ideas equivocadas propias de una teología de ficción pero no de la fe cristiana. Y son varias las razones y los factores socio-culturales.
La actitud de indiferencia.
Son cristianos sin esperanza aunque se aprovechen de la oración de petición y de algunos elementos de un cristianismo mutilado. En tales cristianos no existe un deseo verdadero de las promesas de Dios. Ellos prefieren los bienes materiales y los beneficios que puedan recibir de Dios. Viven indiferentes ante la vida después de la muerte.
Apego a los bienes de la tierra.
Muchos cristianos creyentes y practicantes, ante la pregunta de si creen en el cielo responden que “como en la casa de uno en ninguna parte”. Si se les habla de lo bien que se estará en el cielo contestan con sorna “que Dios no tenga prisa en llamarme para ir al cielo”.Por supuesto que la esperanza no influye y que el deseo del cielo está ausente.
Crisis actual ante cualquier esperanza.
Se trata del escepticismo posmoderno ante la esperanza humana que repercute en las verdades escatológicas. En definitiva, el cielo se presenta como el objetivo de una vida, como la esperanza de la existencia. Y la crisis posmoderna también influye en creyentes atenuando su fe en el cielo.
Unen el cielo a la muerte y exclaman: ¡nadie regresó!
El cielo está detrás de la muerte corporal, dolorosa, acompañada del silencio, de la desaparición de la persona y reducida al recuerdo de algunos seres queridos. Ante la ausencia, no falta quien afirme que nadie ha regresado del cielo.....olvidándose de la resurrección y de las apariciones de Jesucristo.
Su fe es solamente para esta vida.
Ellos se muestran muy escépticos ante el místico “muero porque no muero”. Y son cristianos que rezan por sus difuntos, que están interesados por la fe y la caridad. Pero reducen la esperanza a confiar en la ayuda de Dios para lo que necesitan en esta vida.
La presentación de un cielo poco atractivo y poco creíble.
La literatura espiritual, y algunos predicadores, fieles a la sensibilidad de siglos pasados, han presentado la “corte” celestial con ángeles cantores, niños alados, arpas, aureolas de santos en continua alabanza. Y junto a la presentación del cielo, también niegan lo esencial de la vida eterna.
Vinculan “la otra vida” a la muerte, al infierno, la injusticia y el dolor.
Se habló tanto del castigo del infierno que muchos no guardan un recuerdo agradable sobre el cielo. Por otra parte, se da el caso de que solamente escucharon hablar del cielo al final de un sermón, con ocasión de la muerte traumática de un ser querido. En esta situación no se encuentran los ánimos dispuestos para sintonizar con las alegrías del cielo.
Por una mentalidad que les irrita.
¿Por qué, dicen los críticos, se habló tanto del infierno, del purgatorio y de las indulgencias y tan poco del cielo fruto del amor y de la justicia? Estas personas claman contra la espiritualidad del miedo, contra el concepto de la salvación como parte de una mentalidad negativa respecto del mundo, del placer y de la felicidad: “quien quiera salvarse que renuncie a ser feliz en esta vida a gozar de lo que Dios creó”.
Escepticismo por los disparates históricos.
La antipatía hacia el cielo se agrava al valorar con mentalidad actual los errores históricos para salvar el alma y para que otros crean y se salven gracias a la cruz y la espada.
Interpretación individualista de la salvación. En la era de la liberación y de la globalización secularista extraña mucho el lema “salva tu alma” que motivara a tantas generaciones. En el fondo, presenta el cielo como la salvación del individuo en un problema personal carente de toda dimensión social, una aspecto extraño a la predicación de Jesús y a la escatología del Reino de Dios proclamada en el prefacio de Cristo Rey.
Una deficiente formación.
Si se niega el cielo o por lo menos poco influye en la vida, es por una deficiente formación religiosa. Es lo que sucede a muchos practicantes de la piedad popular o de la religiosidad popular. Ellos fueron educados en un genérico temer y también amar a Dios que socorre y castiga. Parece que los educadores olvidaron lo más importante: el amor de Dios dispuesto a premiar a sus hijos con la bienaventuranza eterna.
Por la conducta y por la presunción.
Para los escépticos, el cielo es un simple consuelo alienante ante un más allá mejor que este “valle de lágrimas”. Su vida confirma el prejuicio de los ateos: la esperanza no pasa de ser opio, consuelo alienante ante los compromisos temporales. Desde otra perspectiva están los presumidos que tergiversan la auténtica esperanza. Ellos creen haber merecido la gracia de la perseverancia o que pueden merecerla como exigencia de un contrato con Dios («yo me porto bien y Dios me tiene que dar la buena muerte»). En el fondo es el orgullo de quien solamente confía en sus propios méritos y quien nada tiene que agradecer a nadie
Por el desánimo y por las dificultades. El desaliento es, en ocasiones, una manifestación psicológica y no una actitud de teologal: la persona se siente desanimada aunque no le falte la confianza «teórica» que Dios siempre le inspira. El mismo espíritu pusilánime cae en la fuga del mundo. Desalentado por las caídas y la dureza de la vida, opta por una vida pacífica alejada de cualquier compromiso. Es la reacción del cristiano incoherente, insensible a su corresponsabilidad comunitaria y eclesial. En definitiva, es el siervo perezoso que enterró los talentos recibidos (Mt 25, 14-30).
Como ejemplo del rechazo: una encuesta sobre los jóvenes de España
Para saber cómo está la negación de la vida después de la muerte, sirve el Estudio “Jóvenes 2000 y Religión”, elaborado por la fundación Santa María:
la creencia en Dios, un 69%;
en la vida después de la muerte, un 48%;
en el cielo, un 40%; en el infierno, un 25%.
Si esta encuesta se pudiera extender a todos los católicos, el rechazo del cielo corresponde a un 60%. Un poco menor es el no a una vida después de la muerte, un 52%. Por supuesto que la idea del infierno no es aceptada por el 75%.
¿Qué decir de estos datos?
Que quizás sean muy optimistas, porque un estudio más extenso en la Europa de nuestros días arrojaría datos que sobre la fe en el cielo no superarían el 20%. Y siempre quedará la incógnita sobre lo que imaginan los encuestados acerca del cielo. Es probable que muchos creyentes profesen ideas equivocadas propias de una teología de ficción pero no de la fe cristiana. Y son varias las razones y los factores socio-culturales.
La actitud de indiferencia.
Son cristianos sin esperanza aunque se aprovechen de la oración de petición y de algunos elementos de un cristianismo mutilado. En tales cristianos no existe un deseo verdadero de las promesas de Dios. Ellos prefieren los bienes materiales y los beneficios que puedan recibir de Dios. Viven indiferentes ante la vida después de la muerte.
Apego a los bienes de la tierra.
Muchos cristianos creyentes y practicantes, ante la pregunta de si creen en el cielo responden que “como en la casa de uno en ninguna parte”. Si se les habla de lo bien que se estará en el cielo contestan con sorna “que Dios no tenga prisa en llamarme para ir al cielo”.Por supuesto que la esperanza no influye y que el deseo del cielo está ausente.
Crisis actual ante cualquier esperanza.
Se trata del escepticismo posmoderno ante la esperanza humana que repercute en las verdades escatológicas. En definitiva, el cielo se presenta como el objetivo de una vida, como la esperanza de la existencia. Y la crisis posmoderna también influye en creyentes atenuando su fe en el cielo.
Unen el cielo a la muerte y exclaman: ¡nadie regresó!
El cielo está detrás de la muerte corporal, dolorosa, acompañada del silencio, de la desaparición de la persona y reducida al recuerdo de algunos seres queridos. Ante la ausencia, no falta quien afirme que nadie ha regresado del cielo.....olvidándose de la resurrección y de las apariciones de Jesucristo.
Su fe es solamente para esta vida.
Ellos se muestran muy escépticos ante el místico “muero porque no muero”. Y son cristianos que rezan por sus difuntos, que están interesados por la fe y la caridad. Pero reducen la esperanza a confiar en la ayuda de Dios para lo que necesitan en esta vida.
La presentación de un cielo poco atractivo y poco creíble.
La literatura espiritual, y algunos predicadores, fieles a la sensibilidad de siglos pasados, han presentado la “corte” celestial con ángeles cantores, niños alados, arpas, aureolas de santos en continua alabanza. Y junto a la presentación del cielo, también niegan lo esencial de la vida eterna.
Vinculan “la otra vida” a la muerte, al infierno, la injusticia y el dolor.
Se habló tanto del castigo del infierno que muchos no guardan un recuerdo agradable sobre el cielo. Por otra parte, se da el caso de que solamente escucharon hablar del cielo al final de un sermón, con ocasión de la muerte traumática de un ser querido. En esta situación no se encuentran los ánimos dispuestos para sintonizar con las alegrías del cielo.
Por una mentalidad que les irrita.
¿Por qué, dicen los críticos, se habló tanto del infierno, del purgatorio y de las indulgencias y tan poco del cielo fruto del amor y de la justicia? Estas personas claman contra la espiritualidad del miedo, contra el concepto de la salvación como parte de una mentalidad negativa respecto del mundo, del placer y de la felicidad: “quien quiera salvarse que renuncie a ser feliz en esta vida a gozar de lo que Dios creó”.
Escepticismo por los disparates históricos.
La antipatía hacia el cielo se agrava al valorar con mentalidad actual los errores históricos para salvar el alma y para que otros crean y se salven gracias a la cruz y la espada.
Interpretación individualista de la salvación. En la era de la liberación y de la globalización secularista extraña mucho el lema “salva tu alma” que motivara a tantas generaciones. En el fondo, presenta el cielo como la salvación del individuo en un problema personal carente de toda dimensión social, una aspecto extraño a la predicación de Jesús y a la escatología del Reino de Dios proclamada en el prefacio de Cristo Rey.
Una deficiente formación.
Si se niega el cielo o por lo menos poco influye en la vida, es por una deficiente formación religiosa. Es lo que sucede a muchos practicantes de la piedad popular o de la religiosidad popular. Ellos fueron educados en un genérico temer y también amar a Dios que socorre y castiga. Parece que los educadores olvidaron lo más importante: el amor de Dios dispuesto a premiar a sus hijos con la bienaventuranza eterna.
Por la conducta y por la presunción.
Para los escépticos, el cielo es un simple consuelo alienante ante un más allá mejor que este “valle de lágrimas”. Su vida confirma el prejuicio de los ateos: la esperanza no pasa de ser opio, consuelo alienante ante los compromisos temporales. Desde otra perspectiva están los presumidos que tergiversan la auténtica esperanza. Ellos creen haber merecido la gracia de la perseverancia o que pueden merecerla como exigencia de un contrato con Dios («yo me porto bien y Dios me tiene que dar la buena muerte»). En el fondo es el orgullo de quien solamente confía en sus propios méritos y quien nada tiene que agradecer a nadie
Por el desánimo y por las dificultades. El desaliento es, en ocasiones, una manifestación psicológica y no una actitud de teologal: la persona se siente desanimada aunque no le falte la confianza «teórica» que Dios siempre le inspira. El mismo espíritu pusilánime cae en la fuga del mundo. Desalentado por las caídas y la dureza de la vida, opta por una vida pacífica alejada de cualquier compromiso. Es la reacción del cristiano incoherente, insensible a su corresponsabilidad comunitaria y eclesial. En definitiva, es el siervo perezoso que enterró los talentos recibidos (Mt 25, 14-30).