¿Qué motiva para la resurrección, meta última del existir humano?

Pasó el túnel de la muerte ¿y qué hay después? ¿Un muro contra el que se estrella el ser humano y se deshace por completo? No. La fe cristiana afirma el nacimiento de una vida nueva que culminará con la resurrección; nos revela “la otra orilla” porque después de la etapa temporal comienza la escatológica que sigue a la muerte. Por su parte, la esperanza motiva para caminar hacia la resurrección como meta última del existir humano. Y todo el mensaje cristiano fundamenta el paralelismo entre lo que sucede en esta vida y las realidades del más allá.

En qué consiste la vida nueva
La vida nueva, inmortal y eterna, será plena en el cielo de los bienaventurados cuando suceda la resurrección de los muertos. Para el que muere en la gracia de Cristo y purificado de sus pecados, el cielo, (vida eterna, visión beatífica o bienaventuranza), comienza inmediatamente después de la muerte.

La resurrección como meta
La vida del bienaventurado como resucitado forma parte del Credo en sus dos expresiones: como resurrección de los muertos o de la carne (CEC 998). Creer en la resurrección de los muertos ha sido desde los comienzos del cristianismo un elemento tan fundamental de la fe que, según El catecismo de la Iglesia, somos cristianos por creer en ella (CEC 991 y cf. 996). Y la Constitución dogmática del Vaticano II, la Lumen Gentium, presenta la resurrección como meta de la existencia vinculada a la parusía gloriosa de Cristo. La resurrección ocurrirá en el último día, a la llegada de Cristo, en el día del juicio, al fin del mundo (LG 48; 51; GS 22).

El resucitado obtendrá la plenitud humana
Interesa subrayar que el yo humano con la sola alma es plenamente feliz con la visión de Dios. La resurrección del cuerpo al final de los tiempos sigue teniendo su razón de ser como la restitución de la vida al hombre entero, como la consumación del yo humano con toda su historia y como la glorificación de toda la persona salvada y declarada incorruptible.

La esperanza, puente entre la tierra y el cielo Es contundente el mensaje cristiano: la vida temporal es como un libro cerrado que se abre con la muerte. Quien ha muerto al pecado con el Redentor, con Él resucitará a la vida eterna prometida. Y más que “premio a la buena conducta”, el cielo es la plenitud del ser, del amor coherente para vivir con Cristo después de la muerte. Nos encontramos ante un aspecto fundamental de la esperanza cristiana que motiva fuertemente porque quien estuvo unido a Cristo en la tierra, resucitado, seguirá viviendo en y con su Salvador en el cielo. Quien ha compartido aquí la suerte del Hijo de Dios, en la bienaventuranza le acompañará ante el Padre. La esperanza en plan metafórico es como el puente que une a la tierra con el cielo Y como virtud teologal impulsa a vivir como peregrino, a colaborar en la transformación del mundo y trabajar por el advenimiento del Reino del Señor.
Lejos de ser una alienación, la esperanza cristiana asume y enriquece todo proyecto humano. Bien interpretada, la esperanza que ofrece Cristo es la meta que más puede fascinar, la fuerza de mayor dinamismo, la felicidad más completa, la roca de mayor seguridad, la motivación que ofrece mejores estímulos de superación y la compensación más profunda ante las dificultades. Por esta virtud teologal se entiende la repercusión que tiene la vida temporal en la “otra orilla” de la existencia cristiana.

Del Jesucristo, Salvador en esta vida, al resucitado a la diestra del Padre.
Si el cristiano responde al interrogante sobre lo que hará en el cielo es gracias a la Resurrección de Cristo, a Jesucristo que murió y ahora vive sentado a la derecha de Dios Padre. Es un misterio de amor que el Verbo hecho carne habitara en la tierra para recapitularlo todo en sí mismo (GS 38; 45). Pues bien, este Cristo, que compartió en esta vida todo lo humano menos el pecado, vive ahora resucitado en el cielo a la derecha del Padre. Su paso de esta vida a la escatológica fue mediante su pasión, muerte y resurrección. Y es Cristo en quien tiene todo cristiano el modelo del grano sembrado que murió y fructificó plenamente con la cosecha de la salvación para todos los hombres (Jn 12,24 )

Del Reino de Dios que comienza en la tierra al que se consumará en el cielo
El centro de la predicación de Jesús no fue su persona, ni la Ley, ni Dios en sí mismo, sino el Reino de Dios que comprende la salvación del hombre en la tierra y la gloria de Dios. Jesús reinterpreta la doctrina vetero-testamentaria del Reino de Dios como soberanía amorosa que Dios ejerce sobre personas y estructuras en la tierra para consumarse en el cielo. El Reino, como el grano de mostaza, la levadura, la red o el tesoro, comprende la fase temporal en la tierra y la escatológica que comienza después de la muerte.

De la unión con Dios a la visión beatífica.
El creyente que vive en contemplación amorosa con Dios, (cielo en la tierra), tendrá su plenitud con la visión beatífica. El fruto que el cristiano desea cosechar quedará polarizado en el ver a Dios cara a cara. Es decir, en gozar por toda una eternidad de la caridad-comunión absoluta con Dios. Es lógico pensar que tal fruto corresponda a la comunión-amor con Dios en la tierra. Y que a mayor amor sembrado, mayor será la cosecha del bienaventurado. Así se explica la frase de San Juan de la Cruz: al atardecer de la vida se nos juzgará del amor (cf. Mt 25, 14, 30).

Del amor fraterno al “venid, benditos de mi Padre”Jesús unió el servicio y la entrega realizados en esta vida a los hermanos al premio del Juez que dirá "venid, benditos de mi Padre". El amor fraterno practicado en la tierra, repercutirá en el juicio según la parábola de Jesús: “entonces dirá el Rey a los de su derecha: "venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis, estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme"(Mt 25,34-35)

De la Iglesia peregrina a la celestial En la tierra, el que es miembro de la Iglesia peregrina se convertirá después de la muerte en un ciudadano de la Iglesia celestial. Lo que siembre y cuanto coseche, está vinculado a la comunidad que le proporcionó el bautismo, la educación de la fe y los medios para vivir su vocación cristiana. Es comprensible que su comunión con Dios y con el prójimo estén unidos a la unión, amor y obediencia (comunión) con la Iglesia católica. Esta comunión comienza con la Iglesia peregrina en el momento del bautismo y continuará en la Iglesia de los bienaventurados. En una y en otra etapa eclesial reinará la comunión de los santos.

De la realización personal a la plena felicidad en el cielo.
El hombre trabaja por el desarrollo de sus facultades y consigue una relativa felicidad en esta vida. La esperanza asegura que el bienaventurado conseguirá la total realización y la plena felicidad. La comunión consigo mismo forma parte de la realización personal en la tierra y tendrá como fruto la absoluta felicidad en el cielo. El peregrino sembrará todo cuanto diga relación con la propia persona, como es el amor recto a sí mismo, la praxis de los valores, los derechos y virtudes humanas, el cumplimiento de los mandamientos, la responsabilidad, fidelidad, coherencia y radicalidad ante los compromisos como persona y como seguidor de Cristo…Y todo con la esperanza de obtener la plenitud personal en la visión beatífica
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