"Decirse amigo de un sacerdote no puede tener mejor expresión que la súplica por él..."

Semanario Koinonía / Arquidiócesis de Puebla.
La oración, bálsamo del sacerdocio
Todos podemos incrementar nuestra oración y sacrificio por la fidelidad y santidad de todos los sacerdotes, pues sabemos que Dios escucha las súplicas que le dirigimos con fe. No puede faltar entre nuestras intenciones ésta que toca tan esencialmente nuestra vida cristiana. Esta acción, aparentemente imperceptible, es fuente de fortaleza y de innumerables gracias de Dios.
La Congregación vaticana para el Clero está impulsando con mucho empeño este auténtico apostolado de la oración, promoviendo la “adopción espiritual”: una persona se compromete a rezar por un sacerdote concreto. Es algo que suelen hacer las religiosas, y cuánto ayudan sus plegarias, pero también los laicos pueden sumarse a este modo de apoyar a los sacerdotes. Además, el Santo Padre ha concedido para este año sacerdotal, mediante un Decreto de la Penitenciaría Apostólica, indulgencias especiales para este apostolado. En todas estas oraciones debemos pedir, ante todo, que los sacerdotes sean hombres de oración, porque un sacerdote es lo que es su oración.
En la oración se forma y se define el sacerdote. La celebración eucarística es el centro de su jornada, lo que marca su vida; tener a Cristo en sus manos y recibirle en su corazón es el don más grande que se puede dar. Por eso debiera llenarnos de alegría dedicar un tiempo en silencio, sin prisas, para la acción de gracias después de la comunión, contemplando al sacerdote después de haber repartido a sus hermanos el alimento de salvación, el tesoro de la vida, lo más sagrado y valioso que un ser humano pueda recibir.
El Papa Juan Pablo II dirigió numerosas cartas a los sacerdotes, todas ellas son palabras de un padre, hermano y amigo; en muchas de ellas ponía en guardia a los sacerdotes ante el peligro del “aseglaramiento” y de la “secularización”, para ello proponía la oración de y por los sacerdotes. Escribía el Papa: “Es la oración la que señala el estilo esencial del sacerdocio; sin ella, el estilo se desfigura.
La oración nos ayuda a encontrar siempre la luz que nos ha conducido desde el comienzo de nuestra vocación sacerdotal, y que sin cesar nos dirige, aunque alguna vez da la impresión de perderse en la oscuridad. La oración nos permite convertirnos continuamente, permanecer en el estado de constante tensión hacia Dios, que es indispensable si queremos conducir a los demás a El. La oración nos ayuda a creer, a esperar y amar, incluso cuando nos lo dificulta nuestra debilidad humana” (Carta a los sacerdotes, jueves santo de 1979).
La verdadera amistad hacia un sacerdote se manifiesta en la oración, pues toda preocupación por su bienestar material y espiritual convergen en las manos del Padre. Decirse amigo de un sacerdote no puede tener mejor expresión que la súplica por él, pues el mejor amigo del sacerdote es el que ora por él.