No podemos seguir crucificando la dignidad humana



Mons. Rogelio Cabrera López / 05 de abril.- “Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: ‘El rey de los judíos’. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: ‘fue contado entre los malhechores’”. Mc 14, 1ss

Estos días que conocemos como “Semana Santa”, para los que tenemos fe, es la oportunidad de reflexionar y agradecer, el que Dios, nos haya amado tanto que se ha hecho uno con nosotros y se humilló hasta la cruz. En este sentido nos permite darnos cuenta que seguimos crucificando a cada hombre y a cada mujer, cuando no se le respeta su dignidad.

Jesús fue crucificado y lo creemos que para nuestra redención, sin embargo, se hicieron patente la corrupción, el engaño y la injusticia; además de la envidia y la cobardía.

Hemos recibido la visita del Papa Benedicto XVI en tierras mexicanas. Es triste y da vergüenza, que presentemos a un país lacerado por la violencia y la corrupción; eso significa que seguimos actuando injustamente y crucificando a tantos inocentes, aun en nombre de la ley.

En su encíclica Caritas in veritate nos ha recordado la grave responsabilidad que tenemos de actuar conforme a la fe y a la buena voluntad y recuerda a la Iglesia y, en ella, a todos que se: “debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo. Es necesario que exista una especie de ecología del hombre bien entendida. En efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente unida a la cultura que modela la convivencia humana: cuando se respeta la «ecología humana» en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia. Así como las virtudes humanas están interrelacionadas, de modo que el debilitamiento de una pone en peligro también a las otras, así también el sistema ecológico se apoya en un proyecto que abarca tanto la sana convivencia social como la buena relación con la naturaleza”. (51)

El Papa va mucho más allá todavía cuando nos exhorta a respetar la vida en todo momento. “Para salvaguardar la naturaleza no basta intervenir con incentivos o desincentivos económicos, y ni siquiera basta con una instrucción adecuada. Éstos son instrumentos importantes, pero el problema decisivo es la capacidad moral global de la sociedad. Si no se respeta el derecho a la vida y a la muerte natural, si se hace artificial la concepción, la gestación y el nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la investigación, la conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello de la ecología ambiental. Es una contradicción pedir a las nuevas generaciones el respeto al ambiente natural, cuando la educación y las leyes no las ayudan a respetarse a sí mismas. El libro de la naturaleza es uno e indivisible, tanto en lo que concierne a la vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia, las relaciones sociales, en una palabra, el desarrollo humano integral. Los deberes que tenemos con el ambiente están relacionados con los que tenemos para con la persona considerada en sí misma y en su relación con los otros. No se pueden exigir unos y conculcar otros. Es una grave antinomia de la mentalidad y de la praxis actual, que envilece a la persona, trastorna el ambiente y daña a la sociedad”. (ibid)

Estos días santos nos recuerdan con profundidad que son el amor y la verdad, las que deben regir el actuar del ser humano, cuando falta alguna de ellas, todo se derrumba. Cuando no somos capaces de respetar la dignidad del otro, significa que no nos respetamos ni a nosotros mismos, ¿qué podemos esperar, entonces?

“La verdad, y el amor que ella desvela, no se pueden producir, sólo se pueden acoger. Su última fuente no es, ni puede ser, el hombre, sino Dios, o sea Aquel que es Verdad y Amor. Este principio es muy importante para la sociedad y para el desarrollo, en cuanto que ni la Verdad ni el Amor pueden ser sólo productos humanos; la vocación misma al desarrollo de las personas y de los pueblos no se fundamenta en una simple deliberación humana, sino que está inscrita en un plano que nos precede y que para todos nosotros es un deber que ha de ser acogido libremente. Lo que nos precede y constituye —el Amor y la Verdad subsistentes— nos indica qué es el bien y en qué consiste nuestra felicidad. Nos señala así el camino hacia el verdadero desarrollo”. (52)

+ Rogelio Cabrera López
Arzobispo de Tuxtla
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