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Xabier Pikaza

Xabier Pikaza

2 jun 2026

Semana de la Trinidad, la mayor santa del cielo, con el santo Pastorcico

Semana de la Trinidad, la mayor santa del cielo, con el Santo Pastorcico

 Le preguntaron un día a fray Juan de la Cruzquién era el mayor santo del cielo y respondió “San Trinidad”. Le contestaron ”pero son tres”, y respondió fray Juan “son tres que forman uno, empezando por el niño que llora en el pesebre”.

Le pidieron “cuéntanos la historia de san Trinidad. Y Juan contestó: Yo no sé contar historias, pero sé cantar romances. Así empieza el de San Trinidad:

En el principio moraba / el Verbo y en Dios vivía /

en quien su felicidad / infinita poseía.

El mismo Verbo Dios era / que el principio se decía.

Él moraba en el principio y principio no tenía.

Él era el mismo principio / por eso de él carecía (RT 1-10)

 El principio de san Trinidad es Dios Padre que tuvo y tiene un hijo al que llamo San Verbo, esto es, la santa palabra, añadiendo:   

El Verbo se llama Hijo, / que de el Principio nacía.

Hale siempre concebido, / y siempre le concebía.

Dale siempre su sustancia / y siempre se la tenía (RT 11-16).

En este principio (¡el Padre sólo tiene aquello que da, y el Hijo sólo tiene aquello que recibe y nuevamente “da”, dándose al Padre) aparece en resumentoda la Trinidad, es decir, San Trinidad gloriosa:La gloria del Padre es el Hijo y la del Hijo el Padre (RT 17-20), de manera que cada uno existe y es glorioso precisamente teniendo su gloria fuera de sí (en el otro a quien la entrega, ofreciéndose a sí mismo).

Ambos, Padre e Hijo, se abrazan y besan  al entregarse y ser uno en el otro, en una especie de unidad paterno-filial, que paradójicamente recibe y tiene rasgos de bodas, pues pareció que el Padre y el Hijo eran novios de los besos que se daban.  

Como amado en el amante / uno en otro residía,

y aquese amor que los une, / en lo mismo convenía

con el uno y con el otro /en igualdad y valía(RT 21- 26).

El que ama no reside o mora en sí, sino en su amado, pues para ser de verdad “en sí” es preciso salir de sí, haciendo que otro sea, de forma que el “en sí” y el “fuera de sí” se identifican.  Eso significa que la santidad son unos novios que se quieren y abrazan, de manera que la casa donde vive el Padre es el Hijo y la casa del Hijo el Padre..

El Padre Dios reside así en el Hijo, y el Verbo-Hijo en el Padre, de manera que no hay primero un “ser en sí” y luego un ser “en el otro”, pues cada uno sólo puede ser en sí siendo en el otro.  El Hijo es la sustancia del Padre, y el Padre la del Hijo

El Padre sólo existe al darse al Hijo, y el Hijo por su parte, al responderle y entregarle su existencia, de manera que la realidad es vaciamiento amoroso, donación de sí. De esa forma son en sí, siendo uno en el otro, y los dos en comunión, de manera que el amor del Padre al Hijo es el mismo del Hijo al Padre, en donación mutua (siendo, sin embargo, ambos distintos).

Esa abrazo de amor que les une precisamente al distinguirles (existiendo cada uno en el otro), recibe el nombre de Espíritu Santo. Por eso, con toda la tradición cristiana, SJC puede afirmar que ese amor (Espíritu Santo) «convenía con el uno y con el otro en igualdad y valía», interpretando así de un modo muy preciso la experiencia de Constantinopla I (año 381), en la línea de la perijóresis[1].

  Una esposa que te ame  

 Pero el Padre no quería ser novia del Hijo, sino darle una esposa propia para que fueran felices…Quiso darle además una esposa humana, para que siendo distintos (uno Dios y otra una persona humana) pudieran amarse aún más:

Una esposa que te ame, / mi Hijo, darte quería,

que por tu valor merezca / tener nuestra compañía,

y comer pan a una mesa / de el mismo que yo comía,

para que conozca los bienes / que en tal Hijo yo tenía

y se congracie conmigo / de tu gracia y- lozanía (RT 76-86)

Esta es la “economía” de Dios que no consiste en afirmarse a sí mismo y conseguir (tener) algo a costa de   sino en dar y darse del todo, gozosamente, a fin de que otros sean y compartan su mismo gozo.  El Padre Dios quiso que su Hijo tuviera una novia y mujer humana, de forma que celebraran unas bodas de divinidad y humanidad  undas… Y como Dios era Dios y puede todo en amor quiso crear y creó una humandad como esposa paa su Hijo.

Esto significa que los hombres y mujeres de la tierra han sido crea­dos por y para el Hijo, para que fueran novios, novias y esposas del Hijo queriéndose para siempre. Así le dijo Dios Padre a Dios Hijo:

Voy a darte una humanidad-esposa que te quiera, que tú le hagas feliz, que ella te haga feliz a ti. Ya sé que eso podrá parecerte difícil…. pues seréis muy distinto Pero precisamente sa distinción será mtivo de mayor felicidad: La mayor felicidad de Dios será hacer felices a los hombres… Y la mayor felicidad de los hombres será hacer felices al mismo Dios.

Para eso tú, Hijo mío, tendrás que encarnarte… y los hombres tendrán que divinizarse, para casarse contigo.  Según eso, esa bajeza de los hombres se comprende como signo (y expresión) del mismo ser humano, creado por Dios para un matrimonio paradójico y sublime en el interior de la Trinidad, por gracia del Hijo de Dios. 

En esa línea podríamos decir que para SJC el hombre por sí mismo es una especie de "buscador esponsal" de Dios… Asi fue Dios enseñando a los hombres la forma y manera de prepararse paa ser esposa del Hijo de Dios, conforme a la doctrina de los profetas:

diciéndoles que algún tiempo /él los engrandecería

y que aquella su bajeza /él se la levantaría

y que aquella su bajeza / él la levantaría…

Que como el Padre y el Hijoy el que dellos procedía,

el uno vive en el otro, así la esposa sería,

que, dentro de Dios absorta, vida de Dios viviría (RT 129-132. 160-66).

 Fueron muchos los hombres y mujeres que creyeron a Dios, desde Abrahàn y Moisés, desde Elías,Isaías y todos los profetas…

Por lo cual con oraciones, con suspiros y agonía,

con lágrimas y gemidos, le rogaban noche y día

que va se determinase a les dar su compañía (RT 177-180).

El hombre vive en situación de adviento, esperando la llegada de Dios. No es un ser caído (esencialmente pecador), un viviente arrojado a la tierra, condenado a la angustia y a la muerte, sino un ser de esperanzaque quiere y busca a Dios, por su misma realidad humana (¡así le ha creado Dios!) y por la profecía (¡así le ha llamado!). En esa situación no hay “nada” que pueda contentar al hombre fuera de su inmersión en Dios. Por eso le conviene no apegarse a nada, no cerrar su vida en ninguna de las cosas que le ofrece el mundo, pues ninguna de ellas logra saciar su deseo más hondo.  

  Encarnación esponsal (Romance Trinidad  221-310).

Dividimos este último momento del Romance en dos partes. En la primera tratamos del abajamiento de Dios (es decir, de su kénosis profunda, para comunicarse así plenamente) y en la segunda de su “matrimonio” con los hombres. De esa forma se vincula la entrega de Dios con el despliegue de la vida humana.

a. Abajamiento de Dios. Hemos hablado hasta aquí de la bajeza de la esposa humanidad, entendida a modo de camino de maduración para el amor. Conforme a una visión también pau­lina (Gal 3-4), que no es la del posible pecado “original” (Rom 5), los hombres eran al principio como niños, pero Dios los fue "educando" poco a poco con su Ley (el yugo de Moisés, RT 225-226), para que así maduraran hasta el tiempo del "rescate" de la esposa (RT 223), que no se entiende ni define como sacrificio por algún pecado, sino como expresión de amor intenso, de plena encarnación:

Ya ves, Hijo, que a tu esposa / a tu imagen hecho había,

y en lo que a ti se parece / contigo bien convenía;

pero difiere en la carne, / que en su simple ser no había.

En los amores perfectos / esta ley se requería,

que se haga semejante / el amante a quien quería (RT 229-238).

El hombre es imagen de Dios y por eso ha de buscarle, para vincularse a él en plenitud, haciéndose semejante a él, de tal forma que ambos puedan mirarse y darse vida, cara a cara, en pleno matrimonio. Pues bien para eso es necesario que Dios “baje” y se haga carne, y así sucede cuando, llegado el tiempo, el Hijo asume la voluntad del Padre y se encarna por María ("de cuyo consentimiento / el misterio se hacía" (RT 271-272). Así viene a contarse:

Ya que era llegado el tiempo /en que de nacer había,

así como desposado, / de su tálamo salía,

abrazado con su esposa, /que en sus brazos la traía (RT 287-291).

El Hijo de Dios sale del tálamo nupcial, del secreto de Dios, que se rea­liza en el seno de María para así entrar en el mundo como esposo eterno e infinito, abrazado ya a su esposa (María). Ésta es la escena triunfal que el romance había preparado largamen­te en su relato: el Hijo de Dios tomaría en sus brazos a la esposa humani­dad, para a elevarla con él e introducirla en su propio misterio trinitario.

El Padre había creado una esposa para su Hijo, pero ella se encontraba alejada, sumida en su bajeza. Para superar esa distancia y realizar el matrimonio, el Hijo se ha encarnado, entrando así en el espacio de la esposa. Dios se ha hecho hombre en Cristopara desposarse con los hombres, en amor de matrimonio, pero de tal forma que sigue siendo totalmente Dios al hacerse hombre, en kénosis radical, entendida como salida y entrega de sí, en el misterio trinitario (cf. RT 221-224, 260.

Desposorio de Dios, Navidad. El Hijo de Dios se ha introducido en la “bajeza” del mundo, naciendo así en el infierno o “lago” de muerte (RT265) donde estaban los hombres opri­midos, en impotencia, y trabajo, es decir, en dolores (RT 261-262). Sólo de ese modo, encarnándose en la carne de María como hijo del hombre (RT 279-286), el Hijo de Dios hace suya la humanidad, tomándola en brazos, acariciándola en ternura y elevándola a su gloria.El punto de partida de las bodas no es que el hombre ascienda, para encontrar así al Señor más alto de los cielos (como en el mito de Platón), sino que el mismo Dios descienda y tome carne, de manera que Dios y el hombre se vinculen en la misma tierra.

En un nivel, el Hijo de Dios actúa como esposo soberano: sale del tálamo (espacio generante y signo de unión) llevando en brazos a su esposa, para conducirla de nuevo hacia Dios Padre. Dios Hijo es un buen esposo-amigo que, en fuerte ternura, rescata y eleva a su esposa a fin de abrazarse por siempre con ella.

Pero en otro plano ese mismo Dios Hijo aparece como pobre y necesitado, envuelto en llanto. Cantan los hombres cantares, entonan los ángeles melodía, haciendo en la tierra música del cielo, «pero Dios en el pesebre / allí lloraba y gemía; / que eran joyas que la esposa / al desposorio traía" (RT 301-304).

Significativamente, este relato de fe que es el romance, habiendo parti­do de Jn 1,1 ("en el principio....RT 1), ha culminado ofreciendo el mensaje de Lc 1-2, con textos de la anunciación y nacimiento. La encarnación se cumple ya en Belén como fiesta paradójica de bodas, trueque misterioso en el que vemos "el llanto del hombre en Dios” (Cristo llora en el pesebre)y alegría del cielo en los hombres(cantar de los pastores).

Éste es el pasmo de la encarnación, el centro de la fe cristiana. Como testigo de ese pasmo, como ejemplo y modelo para todos los creyentes, ha situado aquí SJC a la Virgen María. Ella es la Virgen del consentimiento, porque ha dicho que sí a Dios (cf. cap. 7) y ha colaborado con él para su encarnación, es decir, para Dios mismo se humanice a través de ella: María es la Madre de la contemplación pasmosa, porque descubre y venera la grandeza de Dios en el llanto y pequeñez del Cristo que ha nacido.

Esto significa que el Esposo, Hijo de Dios y salvador, no viene para imponerse, en gesto de grandeza, sino como aquel que necesita ser amado, recibido, poniéndose en manos de los hombres, para de esa forma amarles. Ésta es la historia de aquel que viene como “erómenos” (el que ha de ser amado), pero no como el Primer Motor de Aristóteles (cf. Metafísica, XII, 7), impasible en su grandeza, superior a todos, sino como sufriente, pequeño, dentro de la historia de la tierra. Pues bien, al llegar aquí, cuando parece que debía empezar ya el auténtico relato de la vida de Jesús y de su pascua, se concluye el gran romance y acaba la con­fesión de fe, con un finis (fin) que no deja lugar a discusión alguna.

         Para aque­llos que no hayan asumido por dentro la dinámica más honda del misterio cristiana resulta extraño que, tratando del amor de Dios (Trinidad, Creación, Encarnación), el texto acabe precisamente allí donde comienza su más hondo argumento: la muerte nupcial de Jesús, que es la expresión y sello del amor supremo. Pero, mirado bien, ese comienzo lleva en sí todo el despliegue posterior de la vida y entrega del Hijo de Dios, que SJC describe en otro lugar, en la admirable canción que se titula “Un pastorci­to... " y que trata de la muerte en amor del Amado. Lea qien quiera este poema y saque las conclusiones

El pastorcico, las bodas del árbol Dios encarnado (Juan de la Cruz).

 Un pastorcico solo está penado

ageno de plazer y de contento

y en su pastora puesto el pensamiento

y el pecho del amor muy lastimado.

2

No llora por averle amor llagado

que no le pena verse así affligido

aunque en el coraçón está herido

mas llora por pensar que está olbidado.

3

Que sólo de pensar que está olbidado

de su vella pastora con gran pena

se dexa maltratar en tierra agena

el pecho del amor mui lastimado!

4

Y dize el pastorcito: ¡Ay desdichado

de aquel que de mi amor a hecho ausencia

y no quiere gozar la mi presencia

y el pecho por su amor muy lastimado!

5

Y a cavo de un gran rato se a encumbrado

sobre un árbol do abrió sus braços vellos

y muerto se a quedado asido dellos

el pecho del amor muy lastimado.

[1]Dentro de nuestra perspectiva no es necesario indicar con más rigor la forma en que JC ha concebido esta unión de tres personas (RT 27). Pero hay algo que resulta evidente en el poema. Conforme a las palabras más intensas (amante, amado y amor; cf. RT 29-32), el Espíritu Santo viene a presentarse como "aquel amor inmenso que de los dos procedía” (RT 47-48), es decir, como la misma “comunión” intradivina. El Espíritu es la entrega de sí, el movimiento de amor que procede del Padre y que se expresa en la unión (comunión) del Padre y del Hijo, que se concretiza en las “palabras de gran regalo" que el Padre al Hijo decía (RT 49-50), unas palabras que significativamente enmarcan el principio de la creación, entendida como “espacio” en el que se despliega el amor trinitario.

30 may 2026

31.5.26. En la Trinidad vivimos, nos movemos y somos. Amor Ruibal y Zubiri, maestros hispanos de Dios

Uno gallego, otro vasco; ellos han sido y siguen siendo los dos que han escrito con más precisión y hondura sobre el Dios trinidad en lengua castellana en el siglo XX, desde una perspectiva histórica, filosófica y creyente.

Así quiero presentarlos este día de la Trinidad, con admiración y agradecimiento, tomando básicamente el texto que les dedico en Enquiridion Trinitatis. Hicieron cambiar en su día mi pensamiento, me siguen acompañando. Buena fiesta a los amigos de la Trinidad, trinitarios de diverso tipo. Si os atrevéis a entrar en el mundo trinitario de Ruibal y de Zubiri saldréis enriquecidos.

Á. Amor Ruibal (1869-1930).

Griegos y latinos. El origen del Espíritu Santo

              Ángel Amor Ruibal

Ha sido quizá el pensador hispano que mejor ha conocido la problemática trinitaria, tal como se ha expresado en las diversas perspectiva de los Padres Griegos y Latinos. Pero no se ha contentado con exponerla, sino que ha querido interpretarla de un modo ejemplar, desde su perspectiva filosófico-teológica, centrada en el carácter relacional de la realidad. Así lo ha expuesto en el volumen V de Los problemas fundamentales de la Filosofía y del dogma, que fueron publicados en diez volúmenes, los dos últimos póstumos, entre el año 1900 y el 1945. En ellos se ha empeñado en ofrecer una síntesis del despliegue racional de la fe cristiana, que culmina en su forma de entender la procesión del Espíritu Santo. Aquí recogemos algunos números del vol. V, donde expone su visión definitiva sobre el tema.

Resulta ejemplar, aunque quizá algo esquemática, su manera de entender la oposición de los griegos modernos (tras Focio) y de los latinos en el despliegue y culminación de la Trinidad en especial del Espíritu Santo. Es luminoso su intento de recuperar la primitiva tradición patrística (ortodoxa y oriental), que le parece punto de partida para una nueva visión filosófica y teológica del tema. En el fondo de la discusión del "filioque" se expresa el sentido trinitario de la realidad como proceso y relación, y que culmina en la perijóresis (en cuyo contexto se podría plantear el tema del Spirituqu1].

               (372) Viniendo al origen del Espíritu Santo en cuanto procedente del Padre y del Hijo, sabido es que hay en ello dos puntos doctrinales muy diversos.  Uno, si el E. Santo procede realmente y de hecho del Padre y del Hijo.  Otro, si abstrayendo de la realidad del dogma y considerado especulativamente el origen del E. Santo, pudiera según nuestro modo de concebir proceder del Padre y no del Hijo, sin que no obstante no se confundiese con éste.               Que el E. Santo realmente procede del Padre y del Hijo como de un solo principio es verdad dogmática bien conocida y expresamente definida. Pero no así es conocida la diferencia entre la interpretación griega y latina en la materia. Tres formas de explicar dicha divina procesión podemos señalar, con los correspondientes diagramas que simbolizan las teorías respectivas. La forma griega católica, que es la primitiva; la forma latina, y la griego-cismática de Focio, que se mantiene en la teología heterodoxa greco-rusa.

              En la teoría griego-católica, la doctrina de la procesión del E. Santo no es sino una aplicación del concepto general de las procesiones divinas  ya expuesto. Su diagrama es la consabida línea recta que representa el movimiento substancial de una persona a otra persona, y el carácter ontológico que a los orígenes divinos de la personalidad corresponde, según el pensamientogriego: Del Padre, por el Hijo, en el Espíritu. Por consiguiente, en ese movimiento eterno que va del Padre al Espíritu Santo mediante el Hijo, cada persona que es principio de otra se considera según su ser formal adecuado... Y como el Padre es fuente de dicho movimiento, el E. Santo constituye término y perfección del mismo (telos). El Padre engendra quatenus Pater,  y al mismo tiempo produce quatenus Pater (esto es, por el hecho de ser Padre) al E. Santo, no de otra suerte que el Hijo en igual sentido, quatenus Filius, lo produce también, por resultar en línea recta de ambos y por proceder como vida moral y santidad del ser físico del Padre y del Hijo... (373).

Esta doctrina de la procesión del E. Santo... es la natural resultante de la visión de las personas divinas como una proyección en única línea recta al modo dicho. En esta teoría, como bien se alcanza, no existiendo sino una dirección en el movimiento vital divino, no cabe discutir la fórmula qui a Patre procedit, porque es manifiesto que el E. Santo, al proceder del padre, necesariamente procede del Hijo, por cuanto toda procesión del Padre pasa necesariamente por el Hijo en la única línea de acción divina. Y tanto más cuanto en la teoría griega la acción vital que es origen del Hijo expresa al mismo tiempo que la plenitud del ser físico divino la plenitud del ser moral que en el E. Santo se manifiesta físicamente personificada, del modo indicado.

              375. La teoría latina  con su base psicológica nos ofrece el diagrama simbolizando la Trinidad en la forma conocida de un triángulo, que en realidad responde a su doctrina. Sabemos ya cómo en el sistema latino se considera primero la naturaleza, como si fuese algo en sí, y luego las personas, cual si fuese término evolutivo de ella. Y si a la naturaleza intelectual corresponden el entender  y el querer, la primera persona divina en que aquella se concreta se ofrece con sus dos facultades de entendimiento y voluntad, que, prosiguiendo la conformación psicológica de la teoría, son principios nocionales de las otras dos personas de la Trinidad. En cuanto Dios entiende y piensa, se dice en esta escuela, engendra el Hijo y es Padre; en cuanto quiere y ama, Dios produce el E. Santo. Pero si este proceso se ajusta al proceso psicológico humana de donde es tomado, resultarían dos direcciones convergentes; cada una de las cuales tiene su objeto y su término operativo diverso; y así el E. Santo debiera decirse proceder del Padre tan sólo (operación de la voluntad), como de él exclusivamente procede el Hijo (operación del entendimiento).

La primera explicación formulada para evitar este grave inconveniente aparece casi simultánea al sistema y consiste en hacer constar que sin bien son distintas operaciones la intelectiva y volitiva, el acto de querer supone y exige el de entender (nihil volitum nisi praecognitum); de suerte que la generación del Hijo lleva a éste la actuación del querer del Padre, por lo cual el E. Santo se origina de ambos. Mas esto, a pesar de hacer proceder al Espíritu Santo del Padre quatenus Pater, y de originar además que el acto volitivo constituyese en el Hijo principio nocional diverso peculiar suyo, tampoco basta para sostener la procedencia del E. Santo del Padre y del Hijo; porque el conocimiento que acompaña al acto volitivo no es sino una simple condición del acto de querer, el cual ha de presuponerse en todo decreto y providencia divina, sin que por lo tanto sirva para constituir acto nocional que es de lo que se trata.

              376. Por esto se impuso una desviación de la base psicológica de la teoría en la materia, acudiéndose a las dos líneas en el orden de la entidad, correspondientes a dos momentos lógicos en las procesiones divinas. En un primer momento lógico  el Padre quatenus Pater produce al Hijo; y en un segundo momento lógico  el Padre quatenus Deus produce al Espíritu Santo, de igual modo que lo produce el Hijo quatenus Deus.  De esta suerte, el Hijo procede en la línea de entidad personal mediante la relación entre Padre e Hijo; mientras el E. Santo procede en la línea de la naturaleza, del Padre y del Hijo, y en cuanto común a uno y otro. Era esto exigencia obligada, dado que, de una parte, la procesión activa no podía confundirse con la paternidad y filiación; y de otra, la filiación no se opone sino a la paternidad, debiendo por tanto restar común al Padre y al Hijo el origen del E. Santo...

 A esta deficiencia inevitable en el sistema latino es debida la distinción de los dos momentos lógicos. Pero al suprimirse así la base de la analogía con el proceso de la vida psíquica, fundamento de todo el sistema, es claro que a esa solución falta toda garantía científica de valor real y objetivo. Ésto sin contar con la grave dificultad que ofrece la teoría para explicar cómo puede obrar el Padre y el Hijo con movimiento común que, siendo personal, no es idéntico al acto constitutivo de sus respectivas personas, y cómo al mismo tiempo un acto que deriva su identidad de la naturaleza común preintelecta a dichas dos personas puede no ser común a las tres personas, no obstante hallarse la tercera en identidad de naturaleza con aquellas... El símbolo de la teoría latina está en el mentado diagrama de un triángulo equilátero,  donde el fondo común bajo la igualdad de sus lados representa la esencia  común preintelecta;  los ángulos que se inclinan a un punto común significan la acción de las dos personas, Padre e Hijo, que convergen a la producción del E. Santo[2].

              377. Pasamos a la teoría greco-cismática formulada por Focio y utilizada por el cisma hasta nuestros días. Sabido es que entre las erróneas doctrinas de Focio es de las más significadas la que sostiene que el E. Santo procede del Padre, pero no del Hijo; o sea que el Hijo y el E. Santo son de un mismo origen único, y colaterales en su proceder. Para apreciar la índole doctrinal y de sistema en la tesis heterodoxa del célebre patriarca griego, ha de tenerse en cuenta que su teoría es resultante de un sincretismo amanerado de las teorías griega y latina de que nos hemos ocupado. En la teoría, en efecto, greco-católica hemos visto que las personas proceden en línea recta, según lo expresa su diagrama, de suerte que es imposible llegar al E. Santo sin pasar por el Padre y el Hijo; mientras a su vez ni el Hijo ni el E. Santo proceden de actos psíquicos aislados del entendimiento y voluntad, sino mediante el ser personal e hipostático adecuado en que cada uno tiene su origen.

Sabemos también que en la teoría latina las procesiones se explican por el diagrama triangular, que a la vez responde a la interpretación del origen del Hijo y del E. Santo mediante los actos psíquicos del entender  y el querer, de suerte que el querer responda a un acto común al Padre y al Hijo. Ahora bien, Focio toma de la teoría griega el modo de explicar las procesiones como acto personal exclusivo, de modo que es exclusiva también la intervención hipostática en la producción de las personas que proceden, y por lo tanto sin que haya lugar a función alguna de la voluntad tomada como común al Padre y al Hijo. Al mismo tiempo excluye Focio el proceso en línea recta  y los sustituye por el diagrama latino, pero a fin de hacer valer en él lo que toma del sistema griego suprime uno de los lados del triángulo, convirtiendo así ese diagrama en un ángulo agudo, donde las dos personas que proceden si aíslan entre sí...

              378. Este simbolismo angular significa en su vértice al Padre, y en los otros dos extremos abiertos al Hijo y al E. Santo, procediendo cada uno por líneas independientes y totalmente aisladas entre sí fuera del centro de convergencia en el Padre. No hay procesión común al Padre y al Hijo porque, concebida al modo griego, la acción de la persona como única propia de la naturaleza tampoco cabe la voluntad común que los latinos admiten. En la teoría griega es tan evidente la procesión del E. Santo del Padre y del Hijo que no se requiere en el símbolo la adición del Filioque (a Patre Filioque procedit) para que dicho dogma aparezca confesado. En la teoría latina, cualquiera que sea su valor puramente científico, el dogma queda sin duda garantizado, pero el Filioque es necesario para asegurar la interpretación de la doctrina en sentido ortodoxo. Y Focio con sus seguidores, en el cisma greco-ruso, trata de utilizar la teoría latina en lo que puede servirle para excluir el Filioque, mientras trunca la teoría griega para confirmar su intento...

              383 (Personas). La persona divina es significada por una relación subsistente lo mismo para los griegos que para los latinos; para uno y otros, ambos conceptos se exigen mutuamente; y unos y otros expresan de esa suerte que el Padre no sería Dios si no tuviese la paternidad, ni el Hijo lo sería sin la filiación etc. Mas en esa compenetración de lo relativo  y lo absoluto en la Divinidad no puede menos de ser diversa la interpretación helénica de la interpretación latina. Pues mientas ésta (la latina) se apoya en lo absoluto (esencia divina) para derivar lo relativo (personalidad), la teología griega encuentra en lo relativo la razón de lo absoluto: Dios es Dios en el estado de Padre, Dios en el de Hijo, Dios en el E. Santo, lo que hace concebir la esencia divina como una, por la unidad intrínseca a la oposiciónde los términos en relación substancial... (Cada persona divina es, pues, a sí misma y es a otra lo que es; por ambos conceptos que se encuentran en la relación subsistente, las personas tienen idéntica sustancia y naturaleza...).

384. La teología griega, reconoce como no puede menos de reconocer, la diferencia entre principio  y principiado en la Trinidad... y sobre ello fundan el carácter relativo que distingue a las personas... De conformidad con esto hace constar S. Gregorio Nacianceno que el ser relativo de Dios está expresado por las personas como tales: «Sabéis, pues, grandes sabios (se refiere a los arrianos) que la voz padre  no es un nombre de sustancia, ni un nombre de operación, sino un nombre de estado y de relación entre aquel que es Padre y aquel que es Hijo» (Orat. 29). En esto como en otros muchos puntos, la concepción latina es de carácter estático: en ella la plenitud de perfecciones consiste en el ser en acto.  La concepción griega, de tipo platónico, es de carácter dinámico: lo perfecto no consiste sólo en ser en acto, sino en ser principio y fuente de acción. Esto explica por qué la naturaleza divina (principio de acción) es propia de las personas antes que de sí misma, a la inversa de lo que creen los latinos.

410. (Trinidad dinámica, trinidad estática). Comenzaremos por notar que la teoría latina, no obstante su elaboración de índole abstracta y predominio dialéctico, aparece de hecho como una interpretación puramente estática de la Trinidad. Por el contrario, la teoría griega, de carácter concreto y tipo ontológico, es sin embargo de estructura eminentemente dinámica. Esta reunión de elementos, al parecer antitéticos en cada teoría, resalta por modo especial cuando se trata de la circumimsessio (ser o asentarse cada uno en el otro).

(a) La teoría latina,  en efecto, que se sirve del proceso dialéctico para formular el concepto abstracto (ni universal ni individual) de la esencia, convierte ese concepto abstracto en base inerte de la in-existencia (=existir en) de las divinas personas; en relación con esa in-existencia la esencia dicha no significa más que el centro de donde se originan las personas, y que por ser uno mismo en ellas hace que éstas sean inmanentes entre sí. De suerte que la circuminsessio sólo representa una modalidad en las personas divinas, comparable por remota analogía a las posiciones diversas que un cuerpo puede tener respecto de otro. Este concepto de la circuminsessio llevado al extremo dentro de la misma teoría latina, sobre todo en el escolasticismo clásico, originó la doctrina que explica dicha circuminsessio por la inexistencia de las personas divinas dentro de la inmensidad de Dios; que es la forma menos teológica y más irregular de explicar la circuminsessio, pero también la más estática y de simple modalidad extrínseca, según nuestro modo de conocer, en las personas divinas.

(b) La teoría griega, por lo mismo que parte de la realidad concreta de las personas para llegar a la comunidad de naturaleza, exige que la circuminsessio exprese una coexistencia dinámica, el verdadero e íntimo movimiento vital que se revela en las relaciones divinas, y por lo tanto en las personas, como términos relativos dentro de la actividad infinita. (411). Dos momentos distintos deben señalarse, según el pensamiento helénico, en la tesis de la divina inmanencia: (1) La circulación en acto de la vida divina, la perijóresis (circuminsessio entre los latinos); (2) y la recapitulación  o síntesis substancial de las divinas personas en la unidad, la synkephalaiôsis que puede decirse expresión de la inexistencia de las personas en cuanto constituyen lo Uno divino. Ambos conceptos representan la circuminsessio helénica en su plenitud.

La perijóresis,  pues, significa, según su nombre e idea, la circulación mutua de una cosa a otra, de suerte que ambas se exijan y se completen en la realidad de esa circulación. Y respecto de la Trinidad es el movimiento mismo vital que hace que el Padre sea eternamente tal, porque eternamente engendra al Hijo, como el E. Santo está en acto eterno procediendo del Hijo y del Padre. Por lo tanto, lejos de caracterizarse la in-existencia por el reposo o forma estática de las personas, como en la teoría latina, esa in-existencia se distingue y señala por la actividad, por el dinamismo de la vida substancial que pasa el Padre al Hijo y al Espíritu Santo y determina el ser relativo del Padre como Padre, del Hijo como tal y del E. Santo como procediendo de ambos. El ser relativo de las personas hace que una no pueda ser entendida sin la otra, como términos en relación. Y estos términos de las relaciones divinas hacen a su vez que la inexistencia y circulación vital no exprese un acto dinámico simplemente conceptual, sino la entidad misma y la realidad de un dinamismo infinito en el seno de Dios.

Las personas son, pues, estados de ser divino en sus variedades del origen personal (tropoi tês hyparxeôs) y por ello en esencial movimiento, en el cual Dios vive y es Padre, Hijo y E. Santo por necesidad indeclinable de ese vivir divino en triple manifestación relativa. Con esto queda también señalado el sentido de la recapitulación o synkephalaiôsis,  en cuanto término del movimiento vital de Dios según las divinas relaciones que, al mismo tiempo que oponen a las personas divinas, en su mismo concepto relativo las sintetizan por necesidad de la misma relación y las hacen converger a la infinita unidad. «Para nosotros hay un solo Dios porque existe una sola divinidad y porque aunque confesemos Tres estos Tres proceden del Uno y convergen al Uno» (S. Gregorio Nacianceno,  Orat 31, 14)... 

(Los problemas fundamentales de la filosofía y el dogma, V, 375-433. Citas por números)

[105] Xavier Zubiri (1898 - 1983)

Trinidad,, un programa de pensamiento

           Xubiri ha sido quizá el más profundo de los pensadores hispanos de lengua castellana del siglo XX. Le ha interesado desde el comienzo de su carrera intelectual el tema de la Trinidad, entendido como lugar donde se cruzan y fecundan las mejores intuiciones filosóficas y teológicas de la tradición griega y latina con el cristianismo. Su trabajo sobre El ser sobrenatural: Dios y la edificación en la teología paulina,  fruto de un curso impartido en la Universidad de Madrid (1934-1934), reelaborado y escritos en París en los años 1937-1939 y publicado con censura eclesiástica en 1944, constituye una de las mayores aportaciones modernas al tema de fondo de la Trinidad y en especial a la problemática del Espíritu santo.

 Su aportación empieza, de algún modo, donde acaba la de Amor Ruibal (citado en el texto anterior), con quien comparte una visión del proceso dinámico de vida, partiendo de una experiencia de la realidad, entendida como despliegue interno, en una línea que atraviesa todo el pensamiento europeo, de Dionisio Areopagita a Escoto Erígena, de Santo Tomas a Hegel. Aquí publicamos el apartado IV que trata de las procesiones en Dios, desde la perspectiva griega y latina. Este texto nos sitúa en el centro filosófico-teológico del Enquiridion y, significativamente, queremos entenderlo desde la perspectiva del Espíritu de Dios, partiendo de los primeros Padres Griegos, en quienes el tema de la procedencia del Espíritu Santo queda integrado dentro de la visión del proceso total de Dios. Este es un texto que podrá ofrecer dificultades al lector no especialista, pero se entenderá mejor a la luz de los textos que han ido apareciendo en cap. 5 y 6[3].

(Principio).La existencia de procesiones divinas sólo la conocemos por revelación. La razón por sí sola jamás hubiera podido barruntar que la fecundidad interna del ser divino condujera a la producción de una serie de términos personales realmente distintos; en una palabra, el hecho de que en Dios haya procesiones personales reales es un dato revelado. Es asimismo un dato de revelación y de razón a un tiempo que no hay tres dioses: "Tres son los que atestiguan en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y estos tres son uno solo" (I Jn, 5, 7). Lo único que la teología puede intentar es reducir a un mínimum los supuestos revelados mismos para descubrir en ellos una interna concatenación, y tratar de concebir analógica y eminentemente el que pueda ser así, o por lo menos que no es imposible que sea así.

(Griegos y latinos).Y aquí es donde el pensamiento griego y el latino hacen más visibles sus divergencias. Los latinos, siguiendo la ruta trazada por San Agustín, parten de la unidad de Dios, del segundo miembro del texto citado. Su problema estriba entonces en concebir la trinidad de personas (primer miembro) sin mengua de esta unidad primaria. Los griegos, en cambio, siguieron el orden mismo del texto. Trataron de entender la índole de cada persona, y su problema estriba en concebir cómo esas tres personas sean sólo una misma cosa. Esta diferencia de actitud viene implicada ya en su concepto del ser y de la persona. Los latinos propendieron a ver en Dios, ante todo, una naturaleza a la que nada falta, y que, por consiguiente, tiene racionalidad, y, por tanto, personalidad. Los griegos ven en Dios, ante todo, una persona que en cierto modo se realiza en su propia naturaleza. El resultado será claro. Los latinos verán en Dios una sola naturaleza que subsiste en tres personas; distintas por su relación de origen, las personas ante todo se oponen. Los griegos verán más bien cómo Dios al realizarse como persona se tripersonaliza, de tal suerte que la trinidad de personas es justamente la manera metafísica de tener una naturaleza idéntica; las personas no comienzan por oponerse, sino por implicarse y reclamarse en su respectiva distinción. Mientras para los latinos cada persona está en la otra en el sentido de que las tres tienen una naturaleza numéricamente idéntica, para los griegos cada persona no puede existir sino produciendo la otra, y del concurso de esta producción personal queda asegurada (si se me permite la expresión) la idéntica naturaleza de un solo Dios. Para los griegos, la trinidad es el modo misterioso de ser un Dios infinito, uno por naturaleza. Para los latinos, la trinidad es el modo misterioso cómo la unidad subsiste en tres personas.

(Persona divina como ágape, amor). El punto de partida de la concepción griega fue claramente visto y expresado por Ricardo de San Víctor. La persona está formalmente constituida por una relación de origen frente a su propia naturaleza. En el hombre, persona finita, la naturaleza es algo que la persona tiene, pero que le está dado. En Dios su naturaleza no está obtenida: la tiene por sí mismo. Por esto es persona infinita. Y por esto es también infinita su fecundidad, porque el ser es agápe, amor. Que esta fecundidad sea productiva de personas, éste es el misterio revelado. Pero supuesta la revelación, la razón puede barruntar por lo menos la congruencia de los datos revelados. Recordemos nuevamente que el amor en este sentido metafísico no se refiere al acto de una facultad especial llamada voluntad a diferencia del entendimiento.

Los griegos vieron en el amor el éxtasis mismo del ser, algo que abarca in radice al entendimiento y a la voluntad como facultades distintas: por ser activas son ya dynámeis, expresión del ser de su propia expansión. Siglos más tarde, Durando, Herveus, Natalis y otros recogerán esta idea a través de la escuela franciscana: el principio de las procesiones divinas es la fecundidad del ser de Dios. Que el amor sea principio de la vida trinitaria puede entenderse en varios pasajes del nuevo Testamento (Jn 3, 35; 10, 17; 15, 9; 17, 23-26; Ef 1, 6; Col 1, 13, etc). Así, San Máximo: "Dios Padre, movido (kinetheîs) por un eterno amor, ha procedido a la distinción de personas." El amor y el movimiento como pura actividad es, pues, para los griegos el principio de la vida trinitaria. Los griegos partieron de que Dios es Padre.

(Vida divina. Perspectiva griega). ¿Cómo representarse entonces esta vida? He aquí cómo la concibe alguno de los más ilustres intérpretes de la teología griega. Tomemos como punto de partida Dios, considerado indistintamente, mas siempre como persona. En Él está la infinitud del ser divino, pero como un tesoro escondido; es la ousía misma de Dios, en su pureza metafísica, como actividad y acción pura. ¿Quién es este Dios personal? El abismo insondable de la divinidad, de quien dijo San Juan "a Dios nadie lo ha visto". Esta esencia es personalmente subsistente, y su subsistencia personal le viene de no ser recibida. Pero del sujeto nacen sus perfecciones; en ellas se expresa la riqueza oculta de la esencia. Como Dios es acto puro, estas perfecciones no añaden nada real a la esencia, como no sea su propia explicitud.

Entonces la esencia reviste un segundo modo de ser personal. Es la misma esencia de la primera persona en cuanto verdad sobre su propio ser. La primera persona por el éxtasis infinito de su ser se hace infinitamente patente en el Hijo. Y por tanto, se convierte en Padre en el momento mismo en que por su expresión queda engendrado el Hijo. Veremos en seguida por qué. En todo caso, resulta claro que el Padre no es Padre sino porque engendra al Hijo (a diferencia de los latinos, para quienes engendra porque es Padre). De tal suerte, que San Buenaventura pudo llamar al Padre generatio inchoata, y al Hijo, generatio completa. Es la personificación de la ousía y de las dynámeis. He aquí cómo el Hijo procede inmediatamente del Padre. Pero hay más. En toda "virtuosidad" hay dos estados posibles y distintos en los seres finitos. Yo puedo saber muchas cosas, y, sin embargo, no estar pensando siempre en ellas. Cuando las pienso efectivamente, Aristóteles nos dice que no se trata propiamente de un incremento de la potencia, sino de una simple ratificación o afirmación de ella. Es una operación que marcha no hacia lo otro, sino hacia sí mismo. Pues bien: en Dios la persona del Hijo contiene explícita la riqueza de la esencia divina. El Hijo es la personificación de la dynamis del Padre.

Es su perfección "engendrada", porque la dynamis es, en todo ser vivo, la expresión genética de su naturaleza. Pero estas perfecciones son precisamente toda y sola la verdad de la esencia; tan verdad, que en cuanto esencia son idénticas a ella. Si ahora expreso estas perfecciones como actos que revierten idénticamente a la esencia, haciendo de ella la expresión de un "acto puro", habré personificado el aspecto de enérgeia del ser divino. Es la persona del Espíritu Santo. Los Padres griegos llamaron por esto al Espíritu Santo Manifestador. Y como toda enérgeia, representa un télos. Puede decirse entonces que el Espíritu Santo es la completio Trinitatis.

Tomemos un atributo cualquiera de Dios, por ejemplo, la sabiduría. Dios es sabio. Pero esta afirmación tiene tres aspectos: primero, un sabio; es el Padre. El Padre engendra su propia sabiduría, es el Hijo. La pura actualidad de esta sabiduría es idéntica a la esencia de donde parte: es el Espíritu Santo, llamado por esto enérgeia y télos, pléroma de la Trinidad. Dios es sabio (Padre) por su Sabiduría (Hijo), por la que siempre está en acto de sabiduría (Espíritu Santo): el Espíritu Santo procede así del Padre por el Hijo. Es el diagrama griego. Así, para San Gregorio Nacianceno el Padre es el Verdadero (alethinós), el Hijo es la Verdad (alêtheia), el Espíritu Santo es el espíritu de la Verdad (pneûma tês alêtheías). Y San Gregorio Niceno dice: "La fuente de la dynamis es el Padre, la dynamis del Padre es el Hijo, el espíritu de la dynamis es el Espíritu Santo." 

(Perijóresis) Ahora podemos tal vez entender menos mal cómo estos predicados que en la teología latina son propios de la deidad sean en la griega denominaciones personales. Y entendemos también cómo gracias a la trinidad de personas Dios se constituye a sí mismo en el acto puro de una e idéntica naturaleza. Cada persona se distingue de los demás en el modo de tener su naturaleza divina. En el Padre, como principio; en el Hijo, como perfección principiada; en el Espíritu Santo, como autodonación en acto. La naturaleza de Dios es indivisiblemente idéntica en acto puro a la esencia: es la mismidad activa del amor. Dios es acto puro gracias, sí se permite la expresión, a la trinidad de personas. Cada una de las dimensiones del acto puro está realizada por una persona, en el sentido explicado. Es lo que se llamó la perikhoresis o circunmincesión de las personas divinas. Cada persona no puede afirmar, en cierto modo, la plenitud infinita de su naturaleza, sino produciendo la otra. Para la teología latina, en cambio, según indicábamos, la circumincesión significa que cada persona está efectivamente en las demás por el hecho de tener idéntica naturaleza numérica con ellas. Dentro de este esquema ordenan los griegos su interpretación de cada una de las personas.

(Padre). En primer lugar, el Padre Tanto la teología griega como la latina ven su carácter formal en la innascibilidad; agénnetos, dice el sirio San Juan Damasceno. Pero la diferencia está en el modo de entender esta innascibilidad. Para los latinos es una nota meramente negativa; consiste en no proceder de nada. Para los griegos es una nota positiva; consiste en ser principio o fuente metafísicamente primaria de su propia riqueza. Y este carácter fontanal es la propiedad personal que caracteriza al Padre. Digamos de paso que esta expresión no tiene el sentido de una causalidad eficiente que repugnaría a la simplicidad del ser divino: el Padre es principio y fuente, pero no causa.

(Generación del Hijo).Las diferencias se acentúan al tratarse de la persona del Hijo. Los latinos trataron de entender la generación del Hijo desde la propia naturaleza divina. Trataron de descubrir en ella algo cuyo término fuera una transmisión de naturaleza, término que, por consiguiente, merecería rigurosamente designarse con el nombre de Hijo, porque su razón de ser consistiría en haber recibido una naturaleza idéntica a la del Padre. El nombre de generación estaría justificado, pues, por el término final de la procesión. El punto de vista de los griegos es inverso. Parten del hecho de la generación, y, en consecuencia, su término tiene que poseer una naturaleza idéntica a la del Padre. Los latinos tratan de entender que en Dios hay generación, y, por tanto, que su término es un Hijo. Los griegos parten de que en Dios hay generación y, por tanto, un Hijo, y tratan de entender en qué consiste su carácter personal. El proceso en que los latinos se fijaron fue la intelección; el proceso en que los griegos se fijaron fue la expansión fecunda de la esencia de un ser vivo en sus propias perfecciones vitales. De aquí la distinta manera cómo las dos teologías interpretan el dato revelado. En el prólogo del cuarto Evangelio se nos dice que el Hijo es el Logos del Padre. Los latinos vieron en el Logos el Verbum mentis. Como su esencia consiste en reproducir intencionalmente la naturaleza de lo conceptuado, se apoyaron en la intelección para entender la generación divina; es generación porque lo denuncia así su término, esto es, la identidad de la naturaleza recibida. Para los griegos la identidad de naturaleza es expresión de la generación. Los griegos jamás entendieron que el Logos fuera la razón formal de la filiación. El Padre produce y engendra al Hijo simplemente por la fecundidad interna y extática de su ser. Todas las demás denominaciones, inclusive la de Logos, suponen previamente que su sujeto es ya Hijo. El Hijo es Logos, pero no es Hijo por el Logos. En el Hijo su razón formal está en ser engendrado. Lo engendrado, por el mero hecho de serlo, es ya la semejanza misma de la naturaleza del Padre. Y la razón formal de la nueva persona estriba en la índole misma de la generación. Lo engendrado es la perfección oculta en el Padre; pero en forma manifiesta. Ahora podemos comprender más exactamente qué son esos dynámeis que se personifican en el Hijo. No son nada plural; es pura y simplemente la perfección misma de la ousía paterna hecha visible; es una única dynamis la dynamis misma del ser divino. "No hay en el Padre –escribe el teólogo de Damasco– Logos, Sabiduría, Poder, Voluntad, sino tan sólo el Hijo, que es la única dynamis del Padre." 

(Hijo como icono del Padre). ¿Qué sentido tiene entonces el nombre de Logos para los griegos? Nuestro Maldonado observaba ya que no solamente San Juan es el único en llamar Logos al Hijo, sino que, además, no lo hace sino en el prólogo a su Evangelio. Lo explica diciendo que era tradición israelita de los últimos siglos anteriores a Cristo llamar al Hijo Palabra, y, por tanto, el texto significaría tan sólo que el Hijo es el único verdadero Logos. Maldonado no hace sino recoger la tradición griega. El Logos jamás fue para un griego el concepto mental como engendro de la inteligencia, sino la palabra que se dirige a otro o a sí mismo para comunicar una verdad. El Logos es, ante todo, algo que va de persona a persona. Es una propiedad más personal que natural. La aplicación de este nombre al Hijo expresa el carácter inmaterial de la generación divina, y al propio tiempo la divinidad del Hijo. Porque la palabra es eikón o imagen de lo que hay en la mente. Recuérdese ahora el sentido ya explicado de esta expresión; por proceder de la ousía es eikón y no al revés, como si procediera de ella precisamente porque resulta que se le parece. Volveremos más tarde sobre ello. Pero esto nos descubre ya que el Hijo en cuanto Logos es comparado a la palabra proferida (logos prophorikós). En cambio, el Logos como pensamiento está incluido en la persona del Padre, de quien el Logos filial no es sino expresión o manifestación. Por serlo, explica o expresa lo que es el Padre. El Hijo es la definición misma del Padre, su dóxa, su alêtheia. Por esto decía San Juan "quien ha visto al Hijo ha visto al Padre", a pesar de que nos dijera que "a Dios nadie le había visto". A Dios, en cuanto puro principio como Padre, no. Pero precisamente lo que hay en Él está exhaustivamente expreso y explicado en el Hijo. Y esta es la razón personal de Éste. Por esto pudo decir San Ireneo, según volveremos a recordar, que el Hijo es la definición divina de Dios. Pero dejamos de lado, por el momento, el ser eikonal del Hijo.

(Espíritu Santo). La tercera persona es el Espíritu Santo. Dos palabras acerca de este nombre: Espíritu, pueúma, significa siempre para los griegos hálito, soplo; es lo que corresponde al Logos como prolación. Se quiere indicar, pues, que en la tercera persona se contiene una reversión inmaterial y divina de la segunda a la primera, en el sentido de una simple ratificación. Santo, hágion, es un atributo moral o religioso. Santo no es sino lo divino. Aplicado a la tercera persona, indica que el espíritu viene de Dios y es Dios. La raíz de esta denominación procede de lo siguiente: el Espíritu Santo tiene como una de sus funciones propias ejecutar la creación. Por esto se le llama espíritu, porque es el soplo mismo con que la palabra divina produce las cosas según el relato del Génesis. Y una de sus obras es la deificación del hombre. Si lo deifica es que es Dios, dijeron los griegos. Así es como interpretaron el nombre de Espíritu Santo: es el Vivificador. Pero su razón personal consiste en ratificar la manifestación del Padre por el Hijo. El Hijo es la verdad del Padre, y el Espíritu Santo nos manifiesta que el Hijo es la verdad del Padre. Desde el punto de vista de la actividad vital: el Hijo es la dynamis del Padre, y el Espíritu Santo expresa que esta dynamis es idéntica en acto puro a la ousía del Padre. Por esto los griegos lo llamaron enérgeia.

Comparadas las dos últimas personas con el Padre, los griegos les llamaron eikones, imágenes. Ya vimos lo que el vocablo significa para los griegos. Todo lo que procede de un principio, por el mero hecho de proceder de él, es una semejanza suya en que reluce aquel principio. Para los latinos, en cambio, lo producido es imagen tan sólo si se parece al principio. Así, para los latinos, el término de la generación divina es verdaderamente Hijo porque tiene la misma naturaleza del Padre; en cambio, para los griegos tiene la misma naturaleza que el Padre porque es Hijo. Pues bien: el Hijo y el Espíritu Santo son imágenes de Dios, pero en sentido distinto. El hijo es eikón porque procede inmediatamente del Padre; el Espíritu Santo lo es porque procede del Padre a través del Hijo, y consiste en manifestar la identidad de Éste con aquél: pneúma ek Patrós di’hyioû ekporeuómenon. Tal es el esquema griego.

No lo olvidemos: expresa no solamente la índole de la vida divina, sino también la estructura de la creación y de la deificación, como veremos en seguida. La identidad de la naturaleza divina, como acto puro, es como un proceso de autoidentificación primaria y radical obtenida por el amor personal a base de la distinción de las tres personas. Las tres personas, dice San Gregorio Nacianceno, marchan hacía lo Uno (prós hên). Las tres juntas no hacen sino expresar de un modo completo que Dios es acto puro. Las tres personas son, en frase de San Cirilo, "maneras de existir" (trópoi tes hypárxeôs), donde "manera" no significa modos como el ser subsiste, sino estados o estadios personales del ser divino, la manera como Dios vive personalmente en una naturaleza una.

 El Padre, como principio; el Hijo, como perfección o poder. y el Espíritu Santo, como identificación actual. Por esto dice Alejandro de Hales que el ser divino no es, propiamente hablando, ni universal ni singular, sino que tiene algo de ambas cosas: universal, en cuanto a su expansibilidad; individual, en cuanto a su completa determinación. Contra todo triteismo, la perikhóresis, lacircumincesión es el modo de producir y mantener la unidad del ser divino como acto puro.

Si volvemos ahora a la definición de persona de Ricardo de San Víctor, fácilmente comprenderemos, según nuestro modo humano, lo que significa la trinidad. La razón formal de la personalidad está en el "ex", en la relación de origen. Los tres modos del "ex" son las tres personas cuya mutua implicación asegura su idéntica sistencia natural. Pero, decía, el esquema griego no se limita a Dios. Su vida personal se prolonga por efusión de su ser en la creación y en la deificación.   

(«El ser sobrenatural, Dios y deificación en la teología paulina«, en Naturaleza, historia, Dios, E. Nacional, adrid 1959,363-371). 

NOTA

[1] Posiblemente, habría que matizar la visión que Amor Ruibal tiene de Focio y de la tradición greco-rusa (a la que llama heterodoxa, con el lenguaje de su tiempo, a principios del siglo XX); también habría que resituar su visión de los latinos, quizá demasiado influida por las investigaciones de Th. de Régnon. Pero nos parece clave la forma en que ha destacado la visión más antigua de la teología ortodoxa griega, reinterpretando la concepción dinámica de la realidad de Dios desde una perspectiva de despliegue vital y relación, en una línea de platonismo que rompe con algunos de los elementos más característicos del platonismo tradicional (siguiendo un modelo conceptual que veremos también en Zubiri, número siguiente). Amor Ruibal nos está ofreciendo aquí la mejor filosofía y teología del Espíritu Santo y de la Trinidad, en un camino que sigue abierto, como indicará este capítulo, y toda esta parte final del Enquiridion. El pasaje que sigue ha de entenderse a la luz de los textos que hemos expuesto en cap. 5 y 6. La obra básica de Amor Ruibal (Los problemas fundamentales de la filosofía y el dogma)  ha sido revisada y reeditada por S. Casas Blanco y de C. Raña Dafonte en cuatro volúmenes:  CSIC, Madrid y Xunta de Galicia, Santiago de Compostela 1972/2000. Sobre este tema es clásico el trabajo de J. M. Delgado Varela, «La doctrina trinitaria de Amor Ruibal», RevEspañola de Teología 16 (1956) 347-374, 565-. Cf. también A. Torres Queiruga, Constitución y evolución del Dogma. La teoría de Amor Ruibal y su aportación, Marova, Madrid 1977;  Nocion, religacion, trascendencia. O coñecemento de Deus en Amor Ruibal y Zubiri,  Fundación Barrié de la Maza, Santiago de Compostela 1990; A. Ortiz Osés, "El realismo filosófico español: Amor Ruibal y Zubiri": Pensamiento 33 (1977)77-85. C. García Cortés, «30 años de bibliografía sobre Amor Ruibal ("Compostellanum" 1956-1985): una revista gallega al servicio de un maestro universal», Cuadernos Salmantinos de filosofía 14 (1987) 337-347. La visión trinitaria de Amor Ruibal parece estar vinculada a su visión del lenguaje, tal como lo ha estudiado de un modo unitario y básico en Los problemas fundamentales de la filología comparada. Su historia, su naturaleza y sus diversas relaciones cientítificas,  I-II, Santiago de Compostela 1904-1905. He planteado el tema en «Notas introductorias al pensamiento lingüístico de Amor Ruibal», Compostelanum  15 (1970) 422-453. Cf. también «Amor Ruibal y el conocimiento unívoco de Dios»,  Estudios mercedarios  25 (1969) 171-192. Cf. también X. Pikaza  (ed.), Diálogos sobre Amor Ruibal, Estudios, Madrid 1970.

[2] Sobre los diagramas trinitarios que ha empleado Amor Ruibal y sobre su contexto, cf. P. Liszka, «Los modelos y diagramas trinitarios»,  EstTrin 33 (1999) 411-428

[3] Zubiri, lo mismo que Armor Ruibal, parece fundarse en las investigaciones de Th. de Régnon sobre la Trinidad en griegos y latinos. Pero va más allá sus aportaciones históricas, posiblemente simplistas, para situar el tema en una perspectiva filosófico-teológica de base en cuyo centro está el tema de la culminación de Dios como Espíritu. Bibliografía de conjunto en R. Lazcano, Panorama bibliográfico de Xavier Zubiri, Revista Agustiniana, Madrid, 1993. No hay, que yo sepa, ningún estudio de fondo sobre el tema trinitario en Zubiri, desde la vertiente filosófica y teológica. Para una introducción al tema de Dios, cf. S. Álvarez, «El cristianismo y la formación del concepto de persona”, Homenaje a Xavier Zubiri, I, Editorial Moneda y Crédito, Madrid 1970,45-77. D. Gracia Guillen, «El tema de dios en la filosofía de Zubiri», Estudios eclasiásticos 56. (1981). 61-78; «Zubiri y la experiencia teologal. La difícil tarea de pensar a dios y la religión a la altura del siglo XX», en P. Brickle, La filosofía como pasión, Trotta, Madrid 2003, 249-263. A. Pintor Ramos, «Dios como problema en Zubiri», Universitas Philosophica, 4. Bogotá (1985) 29-44. J. L. Cabria, Relación teología-filosofía en el pensamiento de Xavier Zubiri,  Gegoriana, Roma 1997; «La razón teológica", Burgense, 39/1 (1998) 113-147; «Inteligencia teologal; Dios e intelección en el pensamiento de Xavier Zubiri”, Burgense(1999) 125-177. A. Torres Queiruga, «Inteligencia y fe. El conocimiento de dios en la filosofía de Zubiri», Estudios eclesiásticos 248-249 (1989) 141-171. J. Sáez Cruz, Mundanidad y transcendencia en Xavier Zubiri, Pontifici, Salamanca 1991; J. Bañón, Metafísica y noología en Zubiri, Publicaciones Universidad Pontificia, Salamanca 1999. J. M. Castro Cavero, Salvar la historia. Historia, religión y religiones en Xavier Zubiri, IST, Las Palmas de Gran Canaria 2004.

29 may 2026

30.05.26 Vigilia y Romance de la Trinidad: Dale toda su substancia y toda se la tenía.

El día de la Trinidad no es una fiesta particular, sino compendio y plenitud de todos los tiempos y fiestas del Año Litúrgico: Adviento, Navidad, Epifanía Cuaresma, Pascua y Pentecostés. Así quiero prepararla esta vigilia de sábado con cierta solemnidad.

Muchos años enseñé el Tratado de la Trinidad en una Universidad Pontificia. Media docena de libros publique sobre el tema que andan por ahí catalogados en Amazon o Google, como podrá ver el lector interesado.

Aquí ofrezco para los habituales de este Blog y de FB una introducción al tema, tomada del comentario al Romance de la Trinidad.

La cultura y economía (política) de occidente ha tomado ciertos principios cristianos, pero ni por asomo ha llegado a la Trinidad, sino que es radicalmente anti-trinitaria, en España y USA, en Rusia en China, como podrán ver los que sigan leyendo. Por su parte, las iglesias cristianas guardan la Trinidad en el credo, pero tampoco son trinitarias, como podrá ver también quien siga leyendo y meditando.

 No lo lo yo, sino San Juan de la Cruz, quizá el mayor poeta pensador de lengua castella en un romance popular, de esos que se cantaban en plazas, fiestas y caminos, un romance titulado De la Trinidad y de la Encarnación. Comentaré sólo a modo de introducción, comentando . Ser trinidad en el Dios de Cristo significa ser lo que recibimos y damos, en gozo, para que los otros sean... sus 45 primeros versos.

Buscar ante todo el bien de la propia patria es negar la trinidad. Poner el propio yo (de chino, urdu, americano, hispano o ruso) antes por encima del tú de los otros es ser anti-trinitario. En conjunto, pueblos imperios o tribus que que pongan su yo por encima del tú de los otros no han pasado la criba del concilio trinitario de Nicea o III s Letrán. Así lo dice el Romance, así lo mostraré en el comentario.

 Romance de la Trinidad

1. En el principio moraba el Verbo, y en Dios vivía,

en quien su felicidad / infinita poseía.

5. El mismo Verbo Dios era, que el principio se decía;

él moraba en el principio, / y principio no tenía.

10. El era el mismo principio; /por eso de él carecía.

El Verbo se llama Hijo, /que del principio nacía;

hale siempre concebido /y siempre le concebía;

15. dale siempre su sustancia, /y siempre se la tenía.

Y así la gloria del Hijo / es la que en el Padre había

y toda su gloria el Padre  20. en el Hijo poseía.

Como amado en el amante / uno en otro residía,

y aquese amor que los une /en lo mismo convenía

25. con el uno y con el otro en igualdad y valía.

Tres Personas y un amado / entre todos tres había,

y un amor en todas ellas    30. y un amante las hacía,

y el amante es el amado  en que cada cual vivía;

que el ser que los tres poseen   cada cual le poseía,

35. y cada cual de ellos ama a la que este ser tenía.

Este ser es cada una,  y éste solo las unía

en un inefable nudo  40. que decir no se sabía;

por lo cual era infinito  el amor que las unía,

porque un solo amor tres tienen / que su esencia se decía;

45. que el amor cuanto más uno, / tanto más amor hacía.

Comentario

          Vivir es dar vida, vaciamiento y éxtasis. Juan de la Cruz comienza retomando el motivo fundacional de Jn 1,1, recreando desde esa perspectiva la frase originaria de la Biblia (Gen 1,1): En el principio, antes de la creación, existía el Verbo (Rom Trin 1-2). Conforme a la experiencia de la iglesia, que recoge y despliega la revelación bíblica (historia de Jesús), Juan de la Cruz presenta al Verbo como Palabra personal, Persona, en comunión radical con Dios Padre:

En el principio moraba / el Verbo y en Dios vivía

en quien su felicidad / infinita poseía.

El mismo Verbo Dios era / que el principio se decía.

Él moraba en el principio y principio no tenía.

Él era el mismo principio / por eso de él carecía (Rom Trin 1-10)

El texto dice que el Verbo vivía (moraba) en Dios "en quien su felicidad infinita poseía" (Rom 1-4). Para Juan de la Cruz este Verbo es el Hijo de la tradición dogmática cristiana, ratificada en e1 Concilio de Nicea (año 325), el Hijo entendido como “Verbo/Palabra activa” de Dios, no como idea que puede existir en sí misma, El Hijo es Verbo, no substancia cerrada en sí, sino “acción”, palabra que sólo existe al comunicarse, dándose a sí misma.

El Verbo mora en Dios, indicando así que Dios no es un solitario, cerrado en sí mismo. La primera nota de la realidad (de Dios como tal y de los hombres como humanos) no es la indepen­dencia de un ser que vive en sí (sustancia), al modo de Espinosa, sino el movimiento de aquel que sale de sí a fin de que el otro sea (de tal manera que la realidad es según eso Padre, que se da y se entrega, dándose al (en el) Hijo, en quien vive, siendo en sí dándose al otro, teniendo aquello que da, manteniendo aquello que regala.

En esa línea se añade que el Padre es feliz al regalar su vida. Así posee infi­nita felicidad no "poseyéndose" a sí mismo, sino siendo en (por) el otro, pues la felicidad resulta inseparable del amor, es decir, del don de sí mismo, existiendo en sí al darse al otro. La verdadera riqueza es darlo todo, la felicidad es no reservar  nada para sí, sino tenerlo todo al darlo La infinita riqueza de Dios se identifica con su infinita pobreza, pues, al darlo todo, queda en sí mismo (en aislado) sin nada, pero teniéndolo en verdad duplicado, porque lo tiene no sólo en sí, sino en el otro, lo tiene por dos veces.

 En ese contexto se añade que el Padre no es en sí de un modo cerrado, (de manera que no puede empezar decir “yo soy”, sino que dice al Hijo “tú eres”, y el Hijo tampoco es en sí (de forma que, no puede decir “yo soy”, sino tú eres (dirigiéndose al Padre)…. El “yo soy” se traduce así en forma de “tú eres”….

Eso significa que el verdadero yo soy es consecuencia de que otro me diga “tú eres”. Solo porque el otro me dice tú eres yo te quiero puedo decir yo soy porque el otro me quiere y así soy. De esa forma, el “ser” de Dios no se define como autonomía egoísta (dominio del “ego” en sí mismo, encerrándose en sí y dominando sobre otros), sino como donación, de forma que el principio de Dios Padre se encuentra a sí mismo en el Hijo que es Dios “entregado”, regalado, saliendo de sí mismo y existiendo como aquel a quien el Padre dice “tú eres” y me hacer ser yo (hijo) siendo presencia de tu amo presencia.

Según eso, la primera unidad de Dios que dic “yo soy el que soy” (Yahve, Dios llama de Ex 3, 13 y del shema de, Dt. 6, 5-8) se traduce y expresa en forma de primera comunión del Padre  que dice al Hijo tú eres y del Hijo que le responde de igual forma diciéndole también tú eres, de manera que el yo soy del del Dios AT se traduce en el NT a modo de comunión delpadre y del hijo.Esta es la primera dualidad, siendo primera unidad en comunión  Este misterio toma forma de paternidad y filiación. Así sigue el Poema de Juan de la Cruz:

El Verbo se llama Hijo, / que de el Principio nacía.

Hale siempre concebido, / y siempre le concebía

Dale siempre su sustancia / y siempre se la tenía (Rom Trin11-16).

El Padre es “yo” porque dice al Hijo Tú eres y Verbo s también “yo” porque responde al Padre  el Hijo le responde tú eres. Cada uno existe desde y para el otro, escuchando su palabra qu le dice “tú eres” y respondiéndole de igual manera y diciéndole tu eres y siendo de esa forma yo (yo soy) al decielo. en forma de comunión de personas

Ese principio que siempre perdura es el Padre que concibe sin cesar al Hijo, en generosidad-fecundidad originaria, de manera que sólo tiene aquello que da o regala (es decir, aquello que no tiene ya para sí sólo) dándose a sí mismo, plenamente (¡dale siempre su substancia y siempre se la tenía!).

La substancia de la realidad no es por tanto “ser en sí”, sino regalo de sí mismo. Lógicamente, el Dios primigenio se llama Padre (el que da su propio ser al Hijo). “Dale siempre su sustancia y siempre se la tiene”. Cada uno tiene su substancia porque la la tiene porque la da (porque se desprende de ella), si no la diera, si se quedara con ella reteniéndola no la tendría.

 Vivir en sí es ser desde otro y para el otro, en comunión. La identidad de Dios se expresa en su Hijo).En este principio (¡el Padre sólo tiene aquello que “da” y no tiene;, y el Hijo sólo tiene aquello que recibe y nuevamente “da”, dándose al Padre y a los hombres).   

El principio y sentido de la realidad ha de entenderse, según eso en forma trinitaria,, como don compartdo Juan de la Cruz, en forma trinitaria, como regalo o comunión mutua de vida. El principio de todo lo que existe es “don personal”, de manera que el “ser” de cada uno (empezando por el Padre) está en el otro (en el hijo Hijo), pues  se tiene sólo aquello que se da. En esa línea podemos hablar de una gloria (o esencia) compartida, pues cada uno la tiene sólo en la medida en que la regala, recibe y comparte, dándose a sí mismo, para quedar así en manos del otro (y ser el otro).

La gloria del Padre es el Hijo y la del Hijo el Padre (Rom Trin17-20), de manera que cada uno existe y es glorioso precisamente dándose a sí mismo y existiendo en el otros.. Ambos, Padre e Hijo, se vinculan, por lo tanto, al entregarse y ser uno en el otro, en una especie de unidad paterno-filial, que paradójicamente recibe y tiene rasgos nupciales, pues la realidad sólo existe (se despliega) allí donde cada uno la pierde, se pierde a sí mismo (dando lo que tiene), para ser y encontrarse a sí mismo en el otro.

Este ser-amor se expresa y existe como regalo y comunión fundamento de todo lo que existe en cielo y tierra, en contra de la visión ontológica de una filosofía del poder propio, donde cada uno es realidad en la medida en que se busca y se tiene a sí mismo, como substancia (ontología griega) o como sujeto que se piensa a sí mismo (para sí mismo) y de esa forma se separa de los otros. En contra de eso, la realidad del Dios cristiano se define como alteridad de amor, de manera que la dualidad pade-hijo se convierte en dualidad nupcial: cada uno vive, se mueve y existe en la vida del otro de los otros, de manera que la realidad, la historia, la humanidad entera se expresa en forma de matrimoio de amor:

Como amado en el amante / uno en otro residía,

y aquese amor que los une, / en lo mismo convenía

con el uno y con el otro /en igualdad y valía            (RomTrin 21- 26).

Como amado en el amante... Quien ama no reside o mora en sí, sino en el otro, pues para ser “en sí” es preciso salir de sí, ya que el ser es, donación y movimiento, alteridad y comunión, de tal forma que el “en sí” y el “fuera de sí” se identifican. Ésta es la palabra decisiva que Juan de la Cruz ha formulado con toda precisión en la base de su relato creyente, partiendo del evangelio de Juan. Así define y completa el movimiento “insólito” de la realidad (contrario al discurso ontológico normal de las religiones y las filosofías), pues cada uno sólo “es” (sólo se tiene) en la medida en que se da (se niega a sí mismo, afirmándose al negarse) para que sea el otro, siendo así y teniéndose en el otro, esto es, habitando o residiendo en el otro, en forma de comunión de vida.

El Padre Dios reside así en el Hijo, y el Verbo-Hijo en el Padre, de manera que no hay primero “ser en sí” y luego “ser en el otro”, pues uno sólo puede ser en sí siendo en el otro. En ese sentido no se puede hablar de Dios como “substancia”, ni como “sujeto”, sino sólo como “verbo en movimiento”, como Padre en el Hijo, siendo ambos Dios, dándose una al otro y compartiendo de esa forma la “esencia”. De esa manera, pudiéndose llamar (llamándose “padre” e “hijo” (que son palabras de relación, no de esencia), ellos se muestran y aparecen al mismo tiempo, como amigos (esposos), no en gesto de posesión sino de comunión kenótica, de comunicación e inhabitación (vaciamiento y plenitud) , de uno en el otro.

La paternidad (donación) se expresa así como vaciamiento de Dios Padre, que es divino en plenitud al darse, no cerrarse en sí, sino regalarse, para así perderse y ganarse en el ogro (darse desde su mismo principio), de forma que ser es movimiento de vida. Sólo de esa forma, al dar y perderse en otro (para encontrarse en a sí mismo) se puede hablar de paternidad-filiación y nupcialidad (comunicación y pérdida de sí, en comunión del uno en el otro).

 Ser es paradoja en el sentido de para-dosis, entrega, comunión en gratuidad. Juan de la Cruz no intenta explicar la paradoja. Simplemente la rela­ta, mostrando así que el Padre (al serlo en plenitud) se vacía del todo en el Hijo, de tal manera que sólo en él (en el Hijo) puede encontrar su realidad, siendo aquello que da, dándose a los a los otros (al otro). Eso significa que el Padre no impone su figura y su potencia desde arriba, pues no tiene un “ser previo” (absoluto) para después darse, sino que es existe (vive, se mueve, resucita) al darse y ser en otro (en el Hijo).

 Antes de dar uno no tiene, de manera que no puede dar nada a los otros, de manera que sólo dando tiene lo que ha dado (al haberlo así perdido). Este es el sentido de la humanidad como vaciamiento “vaciamiento amoroso”, “donación de sí”, pues el Padre sólo existe en el Hijo, y el Hijo por su parte, sólo existe al recibir del padre su existencia y responderle. De esa forma son en sí, siendo uno en el otro, es decir, en la medida en que cada uno entrega su ser, existiendo uno en el otro, y los dos en comunión, de manera que el amor del Padre al Hijo es igual que el amor del Hijo al Padre, en donación mutua, pues como dice sólo el que da vida la gana, sólo el que la pierde la tiene (Mc 8, 35 par).

 Esa pérdida y ganancia de sí, esa donación y acogida, entendidas como amor que les une precisamente al distinguirles (existiendo cada uno en el otro), recibe el nombre de Espíritu Santo. Por eso, con la tradición cristiana, Juan de la Cruz puede afirmar que ese amor (Espíritu Santo) «convenía con el uno y con el otro- en igualdad y valía», traduciendo así de un modo muy preciso la experiencia de fondo del Concilio de Constantinopla (año 381). El despliegue conceptual puede mostrarse algo complejo (cf. Rom Trin 27-46), quizá porque ha querido decir lo que es en sí indecible (el despliegue y encuentro trinitario). Pero hay algo evidente: en el fondo del poema, conforme a las palabras más intensas (amante, amado y amor; cf. Rom Trin 29-32): El Espíritu Santo es "aquel amor inmenso que de los dos procedía” (Rom Trin 47-48), la misma “comunión” interpersonal

El Espíritu es la entrega de sí, el movimiento por el que cada uno se da al otro (vaciándose de sí), y, al mismo tiempo, el encuentro de amor definitivo que brota en (de) la donación y comunión de uno en el otro. Significativamente, ese amor común se expresa en “palabras de de gran regalo" que el Padre al Hijo decía (RomTrin 49-50), a modo de conversación, comunión concretizada en "palabras inefables", es decir, de gran regalo, en el silen­cio puro de la plena transparencia intradivina.

23 may 2026

No puedo librarme de ti, porque soy tú misma. Oración de Pentecostés, Carlo Carretto

La tenía guardada en un pliego de textos sobre Pentecostés. La guardé hace tiempo, no sé cuando. Sólo puse su autor, Carlo Carretto (1910-1988), hermano de Jesús. No voy a dar más claves. Quien quiera saber más, busque en Google. Su oración me parece apropiada para esta Vigilia de Pentecostés. Buenas noches.

En verdad, no puedo librarme de ti porque soy tú misma.

Iglesia mía, sobre todo Iglesia de Jesús,

eres digna de ser reducida al olvido

y te has merecido incluso el rechazo;

sin embargo, ¡Cuánto te amo!.

Me has hecho sufrir y también gozar.

Cuánto me has exigido y te he dado,

cuánto bien me has hecho y cuánto te debo.

Quisiera estar fuera de ti

pero no puedo vivir sin ti.

Son muchas las cosas

de los hombres y mujeres creyentes

que me han escandalizado

y sin embargo, eres maestra

de verdad, justicia y santidad.

No han faltado los momentos

en que he querido huir de tus filas

pero han sido muchos más

los que recé mucho para poder

terminar y morir en tus brazos de madre.

En verdad, no puedo librarme de ti

porque soy tú misma.

Algunos han dejado la Iglesia

por la teología, la política,

por tu dureza o poca compasión;

bastantes de ellos han terminado por

dejar la teología, la misericordia... y

me han dado lástima.

e visto también abandonar la Iglesia

a los que creen ser mejores

e incluso superiores a los demás.

Pero es claro que ninguno de nosotros

es muy creíble

mientras estamos en esta tierra;

la credibilidad es sólo de Dios.

De los hombres es la debilidad

y a lo sumo, la buena voluntad;

la que consiguen si llegan a descubrir

que todo es gracia

en la Iglesia y en el mundo.

A veces he querido pensar

que la Iglesia de ayer

era mejor que la de hoy

y que la de mañana

será mejor que la presente;

que la Iglesia de Jerusalén

o la de Antioquia

eran más fieles que la de Roma.

No podemos olvidar que en la Iglesia

hay algo maravilloso: el Espíritu Santo,

que es amor y vida, fuego y luz,

es capaz de vernos santos, limpios,

humildes y verdaderos

aunque estemos vestidos

como adúlteros y malhechores.

Por ello, la Iglesia es santa

y quiere ser una bendición para el mundo

pero no es perfecta.

ya que si lo fuera pretendería

controlar todo en ese mismo mundo.

El perdón de Dios cuando nos toca

nos hace transparentes y humildes

y por la Iglesia nos llega.

Debemos recordar que en la Iglesia

Hay algo muy profundo y sutil,

María, madre, esposa y hermana.

Con ella podemos confesar y orar:

Santa Madre Iglesia, con amor eterno

te amé y te sigo amando:

por eso prolongué mi lealtad hacia ti.

Te construiré y quedarás construida.

Virgen de Israel.

De nuevo saldrás enjoyada

a bailar con panderos...” (Jer 31,3_4)

En la Iglesia humilde, convincente,

misericordiosa y materna

he soñado y por ella he trabajado.

Esa Iglesia no es el Reino de Dios

pero en ella se ven los signos de su presencia.

Esa Iglesia la he visto y en ella se vive

cuando se hacen cosas nuevas

y sobre todo corazones nuevos.

Esta es la misión de la Iglesia santa,

icono de la presencia del Espíritu:

multiplicar su acción salvadora

hasta el final de los siglos.

María es la puerta por la que se entra

en la casa que es la Iglesia;

por ella dentro se encuentra

al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

y se vive con ella

con corazón de hijo

y con mente de hermano.

22 may 2026

24.05.26 Pentecostés. Las tres epifanías del Espíritu Santo. No hay una de mujeres otra de varones. Las tres son de mujeres y varones

1. Epifanía del Espíritu en el Antiguo Testamento

Una de las expresiones que Israel ha utilizado para plasmar su experiencia de Dios es ruah (espíritu). Dios se define en Israel como espíritu por ser un ámbito de vida, aliento, respiración, de los hombres.   Se llama a Dios espíritu porque es fuerza creadora, aliento en que las cosas y los hombres se sustentan. Siendo reales, las cosas son en Dios. Teniendo autonomía, el hombre existe únicamente en el fuego de amor-vida de Dios como Espíritu.

  Por eso, el hombre nunca vive desde sí ni para sí; existe inmerso en el espíritu divino y caminando hacia el futuro (el nuevo nacimiento) a que el espíritu le abre.

Ciertamente, el hombre tiene ruah, tiene aliento y vida propios. Pero su aliento es vacilante, su vida es siempre corta, amenazada por la muerte, deficiente. Por eso, el hombre es ruah de verdad, existe de manera profunda, esperanzada y creadora en la medida en que se deja penetrar y transformar por el espíritu divino.          

La tradición filosófica occidental ha devaluado, quizá de una manera excesiva el espíritu, aliento de vida de los hombre ser, las relaciones, fijándose de forma preferente en las substancias, los seres absolutos que subsisten en sí mismos. Pues bien, para entender el sentido del espíritu en el AT es necesario superar esa visión esencialista del mundo y de los seres. Debemos descubrir que para el hombre Dios existe en la medida en que se expresa (se actualiza) como campo de ser y realidad, como aliento de vica, como fuego de amor que arde en los hombresen la medida en que se muestra como espíritu. Por eso debemos añadir que el hombre existe (tiene realidad) en cuanto está fundamentado (protegido y potenciado) en el espíritu divino.

 La Biblia no habla de aquello que nosotros designamos como substancia divina. Para el AT, Dios no es substancia en sí, sino respiración de vida en la que respiramos, fuego en el que ardemos, amor enel que nos enamoramos.  [1].

La ruah no es una entidad ni divina ni humana, sino un modo de ser y un modo de existir. ¿Se podría definir utilizando el término «participación»? Ese término nos parece equívoco, pues deja suponer un parentesco de esencia que el AT excluye y que proviene, por el contrario, de la herencia platónica... Por eso preferimos el término dependencia relacional o mejor dicho, dependencia amorosa... [2]

Esta dependencia relacional que constituye el contenido del espíritu en el AT tiene dos vertientes bien marcadas. Mirado desde Dios, el Espíritu santo esde Dios es el don libre libre y creador por medio del cual  la cual ha hecho surgir al hombre, un ser con el que puede dialogar en forma personal. Mirado desde  el hombre, el Espíritu es el hálito de vida en el que los sres humanos existen y respiran, en cuyo fuego arden (como la zarza ardiente de Ex 3), sostenidos en ese campo fecundante del amor divino y abierto, por tanto, hacia la trascendencia de un de amor con con Dios y hacia la plenitud de l verdadera. Precisamos estos rasgos:

a) Primordialmente, la ruah es la acción (o la presencia) de Dios que vitaliza el ser del mundo y de una forma peculiar la historia del hacerse de los hombres. El Espíritu santo es el mismo Dios como halo o aureola de fuego-amor amor con que ese Dios se encuentra rodeado y actúa sin cesar haciendo que la vida nazca y que los hombres lleguen a alcanzar la salvación.

b) En segundo lugar, la ruah es la misma irradiación de vida-amor de los hombres en el mundo. Mirada en sí misma,la ruah de vida de los hombres vacilante, limitada, siempre débil. Pero mirada desde Dios la ruah del hombre una vida abierta de amor

c) El AT ha descubierto que la  ruah o impulso divino (llama, aliento) de Dios  desborda las actuales condiciones de la vida. Nos hallamos en Dios y sostenidos por su fuerza nos podemos sentir ya confiados. Nuestro futuro no se apoya en las propiedades que tenemos (aquello que ahora somos) sino, más bien, en el misterio abierto y el poder vitalizante del espíritu divino que se expresa en nosotros. No somos nosotros los que nos hacemos, sino que es Dios quien se hace, vive y ama en nosotros. Dios no es sólo el que era, sino el que es y el viene…, viene a través de nuestra vida como esperanza de resurrección..

Eso nos hace comprender que el verdadero ser del hombre en el AT es algo que se encuentra todavía sin nacer del todo, está naciendo, como semilla de vida sembrada en el campo de vida eterna que es Cios. Está escondido en la esperanza. El hombre es como un embrión, una semilla que se está gestando y puede (debe) ser sacado a la luz en la plenitud de Dios.

 Todo eso debemos situarlo al trasluz del NT. Advertiremos por un lado que Dios tiene rasgos paternales, como muestra la invocación de Jesús, abba: Padre, Made, hermano.

Es Padre por hallarse en el principio original, porque dirige el mundo en su palabra y porque traza unos caminos de vida por los cueles el hombre puede abrirse al infinito de la vida. Por eso, siendo Padre, Dios es Madre, de manera que en su “seno” vivimos, nos movemos y somos, muriendo para resucitar en amor, por a   

Ciertamente, al emplear nuestras imágenes del padre y la madre no podemos proyectar sin más en lo divino la experiencia interhumana y creadora de unos esposos del mundo (la pareja del dios y de la diosa de los antiguos mitos hierogámicos). La conquista espiritual del pueblo israelita ha consistido en descubrir que Dios es trascendente y que supera la experiencia (el plano) del amor de un eros cerrado en lo biológico. Pues bien, en esa visión del AT, el eros se transforma en ágape, amor de gratuidad, de libertad y de esperanza.

Aquí culmina la primera epifanía o manifestación de Dios en la historia de la humanidad, tal como ha sido formulada por el AT. El espíritu se hallaba en medio de los hombres, se mostraba como un campo de vida y esperanza y dirigía todo hacia el mesías (la nueva humanidad, el hombre pleno).

Él surgimiento de la nueva humanidad (el Cristo) es obra de Dios, ciendo obra de los hombres. Es la obra de Dios que en Jesús se ha autoexpresado totalmente viniendo a estar fuera de sí (pero no para perderse, sino para encontrarse). Es la obra del hombre que en Jesús alcanza aquella realidad a la que estaba dirigido. En esta primera y en algún sentido definitiva epifanía descubrimos que la acción de Dios y de los hombres se han unido; por eso afirma la iglesia que Jesús ha nacido del espíritu que actúa por medio de María.

Entendido así, el  espíritu es la maternidad de Dios, que se expresa de un modo especial en María  como maternidad del AT (de la tierra). De esa común maternidad de Dios y de los hombres ha nacido Jesús, el Hijo de Dios Padre. Hasta entonces el espíritu podía estar comprometido en parte y realizar su acción sin expresar su realidad del todo. Ahora ha actuado de forma definitiva, haciendo surgir la totalidad de Dios en medio de los hombres.

Este pentecostés del AT va del Padre al Hijo (Jesús) por medio del espíritu y se expresa de una forma paradigmática en el descenso del espíritu sobre Israel (María). En este contexto y dentro del plano de absoluto simbolismo en el que estamos es plenamente coherente que el espíritu llame a Jesús «hijo» según el testimonio del evangelio a los Hebreos[3].

Podemos afirmar que las funciones del espíritu y María (vistas simbólicamente) se unifican: la obra del espíritu de Dios que hace surgir al Cristo se realiza en María; el seno materno de María (Israel, humanidad) constituye sobre la tierra la realización (la con-creación) del ámbito materno del espíritu divino[4].

Siguiendo en este plano podemos afirmar que el Espíritu santo es la maternidad hipostática de Dios, el ámbito de amor, el seno fecundante de la vida en el que Dios se expresa y actualiza sin dejar de ser el Padre trascendente. «El Espíritu santo no sustituye al Padre, pero crea el estado maternal como poder espiritual de concebir, de acrecentar el ser»[5]. Resumiendo esta experiencia, podemos afirmar:

a) Dios no es un Padre lejano, separado lejos de los hombres a quienes manda cumplir sus mandamientos, sino seno maternal en que se gesta la vida de los hombres. Si Dios fuera simplemente un padre alejado no podría haber surgido sobre el mundo la existencia salvadora. Dios y el hombre se hallarían separados para siempre. Si, al contrario, no fuera más que el ámbito materno del espíritu no habría distinción fundamental entre el hombre y lo divino, habría un panteísmo. Nuestra experiencia nos conduce a precisar los dos momentos: sin dejar de ser el Padre trascendente, Dios es campo maternal en que se hace (surge) nuestra vida.

b) Cuando afirmamos que Jesús procede de Dios indicamos  que es emanación del espíritu divino, es decir, es el que nace del amor y la presencia fecundante de la ruah de Yahvé sobre la tierra. Pero debemos añadir que Dios es Hijo, es la expresión del Padre que, siendo trascendente, se ha revelado  plenamente como humano en Jesús, hombre amado, hombre que ama.

 2. Epifanía del Espíritu en la vida de Jesús

En una segunda dimensión del evangelio descubrimos que el espíritu no es simplemente el seno maternal del que procede el Hijo (salvador) sino más bien la fuerza divina que se expresa por Jesús, que opera en su persona y le convierte en el mesías. Del origen pasamos así al despliegue de vida en el que brota el Cristo.El testimonio más significativo de esta visión lo constituye el logion sobre la expulsión de poderes des destrucción del mundo: Si yo expulso a los “demonios” con el espíritu de Dios es que el reino de Eios está llegando a vtros (Mt 12, 28; Lc 11, 20). Por medio de los exorcismos adviene la realidad cualitativamente nueva del reino de Dios sobre —entre— los hombres. Ese reino (la nueva humanidad) es obra del espíritu divino que se expresa y actualiza por Jesús, el Cristo.

Este pasaje ¡con el espíritu de Dios expulso a los demonios! Está indicando vrias cosas. a) Que Dios se acerca y toma de manera directa los poderes de la tierra; b) que Dios actúa por medio de Jesús,  es decir, por medio de los hombres que escuchana su palabra;   c) que Jesús es el rostro del amor de dios sobre la tierrala actuación de Dios (su poder, presencia entre los hombres).

En esa línea se podría decir una manera general y aproximada  que Dios dispone de dos momentos de presencia sobre el mundo, el Hijo y el espíritu, como dos mas (según san Ireneo), la mano de Jesús “persona”, la mano del Espíritu amor mutuo. Pero estos modos no son independientes. Ambos sirven de expresión al mismo Dios, ambos realizan una misma presencia salvadora.

Por un lado está Jesús como persona concreto, su Hijo en el mundo. Por otro lado, a miso tiempo, está el  espíritu como amaor mutuo, como en la de vida compartida en Cristo y por Cristo. Hay, según eso, dos funciones, dos signo de presencia de Dios:

- Por un lado está, la función  y presencia personal de Dios, un hombre concreto, varón-mujer, conciencia de Dios sobre la tierra

- Por el otro está el espíritu como aliento-llama de Dios en la vida de los hombres, como palabra y el poder de su mensaje.  [6].

La primera perspectiva (Jesús viene del espíritu) constituye la nota esencial de lo que hemos llamado pentecostés del AT. La segunda es el punto de partida de lo que llamaremos luego pentecostés eclesial. Del Jesús que nace en ámbito de espíritu pasamos al Jesús que da el espíritu. Como intermedio entre las dos perspectivas se encuentra la vida vida y pascua de Jesús, hombre que nace del espíritu de Dios, hombre qe ofrece su espíritu (la vida de Dios a los hombres)..[7]

Con esto replanteamos todo el tema de la presencia de Dios en Jesús, distinguiendo en ella dos momentos: Jesús es, por un lado, el hijo de Dios; Jesús tiene, por el otro, el espíritu divino. Así lo puso de relieve H. Mühlen,  en una obra tituladaEl Espíritu santo en la iglesia[8].

Utilizando como base sus planteamientos, presentaremos nuestra opinión acerca de las relaciones entre Jesús y el espíritu. H. Mühlen piensa que la encarnación de Dios en Jesús no constituye el único principio de verdad del cristianismo. Si fuera así, la iglesia formaría simplemente la expansión del Cristo y los cristianos un momento de su cuerpo. De esa forma acabaría perdiéndose el valor de libertad de los diversos individuos (las personas) dentro de la iglesia, se perdería en ella la experiencia carismática[9].

 El gran problema de la teología es, según H. Mühlen, las relaciones de Cristo y de la iglesia (encarnación y presencia del espíritu). Éste es,  un problema, al mismo tiempo, al mismo tiempo, un tema eclesial y trinitario. La encarnación y la iglesia son distintas entre sí de un modo análogo a las dos procesiones divinas, es decir, como son distintos el Hijo y el Espíritu santo. 

La misión del Espíritu santo en la naturaleza humana de Jesús es lo que la Escritura llama unción de Jesús con el Espíritu santo. Entre encarnación y unción no se puede hablar de una diferencia temporal sino lógica. Tal diferencia es, a nuestro parecer, fundamentalmente idéntica a la distinción entre encarnación e iglesia, en la medida en que la iglesia comienza verdaderamente por la unción de Jesús.[10]

El tema  central de la teología está por tanto, en precisar la forma en que el espíritu depende del Hijo y constituye, al mismo tiempo, una entidad distinta y nueva…, la forma en que el Espíritu de Jesús actúa en la acualidad en el mundo, transformando la vida de los hombres. O traducido a términos eclesiológicos, mostrar que la unción (o efusión) del espíritu depende de la encarnación pero no se identifica simplemente con ella. Todo esto supone que en el Cristo es necesario distinguir dos elementos: por un lado está la encarnación: Jesús actualiza en forma humana su función y ser de Hijo; por otro lado está la unción: Jesús recibe en su existencia humana el mismo espíritu que tiene en lo divino como el Hijo. Sólo así puede ser el «cristo».

Si por un imposible hubiera encarnación sin unción del espíritu no habría más que la asunción de la naturaleza (historia humana) de Jesús en la persona (y realidad) del Hijo. El mundo seguiría sin cambiarse. Pero en la historia salvadora encarnación y unción están unidos. Jesús recibe como un hombre el espíritu de Dios; y lo recibe con la misma función unificante de amor que el espíritu tiene en lo divino.

Pues bien, el mismo Jesús ha nacido por obra del espíritu de Dios (Lc , 26-38) ofrece a los hombres su Espíritu en Pentecostés (Hch 2), para que la llama-fuego de Dios arda en ellos, para que se vuelven palabra de comunión y vida compartido, no simplemente como zarza de fuego (Ex 3) sino como llama y lengua de fuego en cada uno de los hombres y mujeres, para comunicarse entre sí, para hablarse, para amarse, siendo todos presencia sacerdotal y misionera de Dios, Iglesia.

En la entraña del misterio trinitario, el Espíritu constituye la unión de amor que liga al Padre e Hijo. A través de la encarnación, ese mismo Espíritu —sin dejar de ser divino— se convierte en la fuerza de amor (fuego y palabra) que unifica a Jesús con los cristianos (y a los cristianos entre sí). Por estar ungido con el Espíritu y por entregarlo a los demás, Jesús es Cristo y su existencia humana tiene valor de salvación para los hombres..

En Pentecostés todos los hombres y mujeres se vuelvlen sacerdotes del fuego de Dios, ministros de su palabra…, todos, sin excepción, no por ordenación “humana” de clase, sino por ordenación divin de Espíritu y fuego, de amor y vida comparatida.

Desde el primer momento de la encarnación la realidad humana de Jesús ha sido ungida en el espíritu. Por su muerte y por su pascua ese espíritu ha sido enviado a los hombres, como fuego y palabra de amor y de vida, sobre mujeres y vcarones, con María, la Madre de Jesús, con las mujeres amigas de Jesús, con los doce…. Con loss 120 primeros cristianos que son signo de los millones y millones de cristianas y cristianos (ungidos por Pentecostés), como portadores del fuego de Cristo, de la palabra de Cristo.  

No hay Pentecostés de unos sobre otros, un Pentecostés de jerarcas varones.. sino un pentecostés universal de fuego de amor y de palabra enarnada por Jesús en todos sus amigos, expandida por Jesús a todos los creyentes mujeres o varones, griegos o judíos… etc.ect.

Como hemos visto, existe un primer pentecostés (del AT) que precede a la venida de Jesús y la origina. En segundo lugar, lo que se puede llamar presencia del espíritu en Jesús no es una especie de segunda bajada del espíritu que sigue a la venida de Jesús, el Hijo. El espíritu es sencillamente el ámbito de vida de Jesús, el campo en que se mueve su existencia, la verdad más radical de sus palabras, el poder de sus acciones...

Al hablar de Dios, dijimos que el espíritu era el campo de su acción, como un hálito de fuerza creadora (el seno maternal) que le rodea y del que surge la existencia de los hombres. Como el hijo totalmente perfecto que ha surgido de ese seno, hablamos de Jesús, presencia personal concreta de Dios sobre la tierra. Pues bien, ahora sabemos que el ámbito de vida de Jesús (su entorno personal) lo constituye el mismo espíritu de Dios.

 Esta es la conclusión a que llegamos. Para entenderla plenamente y valorarla tendremos que esperar una visión más sistemática del tema. Antes de ello trataremos todavía del tercer pentecostés, la epifanía pascual del espíritu de Dios.

Por una epifanía pentecostal de la iglesia

El misterio primordial del cristianismo puede estructurarse de este modo: la presencia y actuar de Dios (su espíritu) se identifica con la presencia y actuación del Cristo. No hay dos campos de vida y realidad para los hombres, no hay dos fuerzas separadas, diferentes y absolutas. La experiencia de la iglesia ha descubierto que Dios y Jesucristo tienen (fundamentan y realizan) el único ámbito vital y vivificante del espíritu.

Esta comunión en el espíritu ha sido consumada por la pascua. Por una parte, Dios ha suscitado plenamente al Hijo, respondiendo a la pregunta abierta de su historia, haciéndole nacer a su verdad definitiva en el espíritu. Por otra parte, el Hijo ha recibido por la pascua los poderes de su Padre. Dios no se reserva absolutamente nada; todo lo pone en manos de su Cristo y desde ahora, uno y otro, en un encuentro de amor generador y de respuesta confiada, fundamentan (o suscitan) el campo de poder y realidad de lo divino (espíritu).

Con la pascua culminaba el hacerse de Jesús, el Hijo. En esa misma pascua se estructura, se define y se realiza el misterio del espíritu. El espíritu no es sólo el campo germinal del que procede el Cristo ni la fuerza y el sentido de su historia sobre el mundo. En esos dos estadios el espíritu se hace, va expresando su fuerza, se concreta. Pero sólo en el momento de la pascua se define de manera total y se realiza en forma plena.

La pascua se despliega según esto en dos vertientes. Por un lado, es el futuro (el nacimiento pleno) de Jesús, hijo de Dios y salvador de todos los humanos. Por el otro, es el principio del espíritu. Es espíritu es, por tanto, la fuerza por la cual Dios hace surgir al Hijo, es la respuesta del Hijo que realiza el beneplácito del Padre y es la misma hondura de ese encuentro. Tal es la segunda vertiente de la pascua.

Como encuentro del Padre y el Hijo, el Espíritu está plenamente realizado por la pascua. Pero siendo Jesús hermano nuestro (el hombre más auténtico) y siendo Dios el que se abre hacia la tierra, el campo del espíritu pascual en que los dos se hallan unidos vendrá a ser el fundamento de la vida de los hombres. Esto significa que mirando hacia nosotros la pascua de Jesús se ha traducido (se traduce) en forma de presencia del espíritu (Pentecostés)[11].

No se trata de dar poder a las mujeres…Nadie se lo puede dar nos lo ha dao Cristo a todos mujeres y varones en Pentecostés…No se trata de hacer a las mujeres diáconos o sacerdotes en la iglesia, como si o lo fueran, esos es una “herejía” (peros aún, una tontería). Mujeres y varones son pr igual en Cristo y el espíritu  sacerdotes y diáconos, son Pentecostés, como afirma este día de Pentecostés no sólo Hch 2, sino Gal 3, 28 y Rom 8. Quien tenga oídos para oir que oiga. (Seguirá)

[1] G. Auzou, La fuerza del espíritu., Madrid 1968, 87, nota 127.

[2] D. Lys, Rúach: le souffle dans l'AT, Paris 1962, 357-358.

[3] Cf. K. Aland, Synopsis quattour evangeliorum, Stuttgart 1965, 27. Los fragmentos del Evangelio a los Hebreos donde el Espíritu llama a Jesús su hijo y Jesús llama al Espíritu su madre en E. Hennecke, NT Apocrypha I, London 1963, 163-164. Comentario de Ph. Vielhauer en 158-163

[4] Cf. S. Boulgakov, Le Paraclet, Paris 1946, 215-217

[5] Cf. P. Eudokimov, La mujer y la salvación del mundo, Barcelona 1970, 237; cf. 235-238, 160 s, 206 s, 216 s. A. Maranache, L'Esprit et la femme, Paris 1974, 61-62.

[6] El texto de la expulsión de los demonios (Mt 12, 28 y Lc 11, 20) alude a Jesús como instrumento al servicio del Espíritu. En los relatos del bautismo (Mt 3, 16-17 par) y nacimiento (Lc 1, 35; Mt 1, 18-25) está en el fondo una certeza semejante: el mesías, salvador, proviene del espíritu. Pero muy pronto, al menos desde el momento en que se atribuyen a Jesús las palabras del Bautista relativas al más fuerte que viene, se supone que es el mismo Jesús el que dispone del Espíritu, el que bautizará a los hombres en Espíritu santo y fuego (cf. Mt 3, 11 par).

[7] Para precisar esta afirmación habría que estudiar cada uno de los sinópticos, y especialmente Lucas, mostrando que la vida de Jesús es el lugar donde el espíritu se ha hecho presente entre los hombres. Habría que fijarse especialmente en Mt 12, 18-21; Lc 4, 16-30; Hech 10, 38. En todos estos casos, el poder de Dios se identifica con la fuerza de Jesús; por eso Jesús, el que ha nacido del espíritu, podrá ser aquel que da el espíritu a los hombres.

[8] Publicado en Salamanca 1974

[9] Ibid., 224-242. Esa visión encarnacionista de la iglesia corre el riesgo de interpretar el hecho cristiano a partir de un modelo fisicista de la realidad, diluyendo la independencia de los hombres; pero su riesgo principal es que olvida el hecho del espíritu.

[10] Ibid., 248.

[11] Para precisar las afirmaciones anteriores habría que estudiar la función pascual del espíritu en Lucas, Pablo y Juan. Con Pablo habría que afirmar que el Señor resucitado es (actúa como) espíritu (2 Cor 3, 17). Con Juan se debería añadir que el espíritu es la fuerza que el Jesús glorificado envía desde el Padre para revelar la gloria de Dios entre los hombres. Con Lucas tendríamos que estructurar los dos elementos del triunfo de Jesús, su presencia a la derecha del Padre y el envío del espíritu.

18 may 2026

¿Qué había sido? Nazoreo, nazireo, nazareno... ¿Por qué le mataron? Por no perdonar, por envidiar, por miedo. ¿Por qué matamos hoy:?

Junto a la cruz solía ponerse el nombre, título y razón de la condena de los crucificados condena, que, en el caso de Jesús. Según Jn 19, 19 ese letrero decía: Jesús Nazoreo, Rey de los Judíos, aunque las traducciones normales del NT suelen poner “Jesús nazareno”.

A diferencia del evangelio de Juan, los sinópticos ponen sólo “Rey de los judíos” (Mc 15, 26 y Lc 23, 38) o “Jesús, rey de los judíos” (Mt 27, 37). El título (nazoreo) que aparece en otros pasajes centrales del NT (cf. Mt 2, 23) nos sitúa ente el problema de la identidad de Jesús, que era de Nazaret de Galilea, aunque su familia puede haber sido oriunda de Belén de Judá y portadora de promesas mesiánicas propias de los nazoreos, observantes mesiánicos, vinculados a las tradiciones de David [1]

       Nazoreo, Nazaret. Es posible que Nazara/Nazaret fuese un pequeño asentamiento de nazoreos, vinculados en su origen a Belén, lugar del retoño (nezer, tronco) de Jesé, padre de David (cf. Is 11, 1; cf. Miq 5, 2). Testimonios de diverso tipo (Rom 1, 3; 2 Tim 2, 8; Mt 1, 20; Lc 1, 27) vincula a Jesús con la tradición mesiánica de David, sin que ello implique descendencia física, en un mundo dominado por Augusto, emperador romano, y por Herodes, rey de los judíos.

El evangelio de Marcos afirma que pro-venía de Nazaret de Galilea (Mc 1, 9), que era hijo de María, y que tenía otros hermanos (Mc 6, 3). Mateo 1-2 y Lucas 1-2 han precisado el sentido de ese origen, pero no en forma de crónica, sino como testimonio creyente, y sus relatos han de interpretarse como historia mesiánica (o profecía historizada), aunque con un fondo histórico. Ambos suponen que Jesús, hijo de María y José, vinculado a Nazaret de Galilea, pero añaden que su vida ha de entenderse partiendo de David, oriundo de Belén de Judá, donde sitúan su nacimiento físico o simbólico (cf. Mt 2, 1-6 y Lc 2, 4).

 Significativamente, el evangelio de Marcos, escrito en perspectiva más paulina, centrada en la muerte/resurrección de Jesús, no en su nacimiento, ha marginado (ocultado) la tradición de Jesús nazoreo (hijo de David). Pero Mateo y Lucas, que han retomado el argumento de marcos, conservan en sus escritos algunas referencias importantes a Jesús como Nazoreo, Hijo de David (cf. Mt 2, 23; 26, 71; Lc 18, 37; Hch 2, 22; 8, 6; 4, 10; 6, 14; 22, 8; 24, 5; 26, 9), y en esa línea resulta fundamental la aportación de Jn 18, 5.7; 19, 19.

De manera sorprendente, Mateo ha querido relacionar el hecho geográfico (Jesús era de Nazaret) con un dato teológico o religiosa (Jesús era un nazoreo de tendencia mesiánica (Mt 2, 23), como si ambas palabras estuvieran vinculadas. Él quería decirnos así que ambos datos se vinculan, de manera que nazoreo sería un gentilicio y tendría el mismo sentido que nazareno (=nazaretano) y muchos siguen pensando en esa línea, como muchas traducciones de la Biblia, poniendo nazareno en vez de nazoreo (tanto en Mt 2, 23 como en Jn 19 y en otros lugares).

Pienso, sin embargo, que el tema es más complejo y que Jesús no era Nazoreo por ser de Nazaret, sino porque formaba parte de un grupo especial de descendientes davídicos que se distinguían por su observancia religiosa, esto es por su forma de vincularse entre sí como observantes mesiánicos, distinguídos no sólo por el lugar donde se habían asentado (Nazaret), sino especialmente por su forma de entender el judaísmo, como religión de observantes mesiánicos, interesados en la ayuda y acogida a los pobres y excluidos de la sociedad, en la línea del “mandato” de Lev 19, 18 (amarás a tu prójimo como a ti mismo)..

     En esa línea es fundamental la razón de Mt 2, 23) cuando dice, que al volver de Egipto, tras la muerte de Herodes, que había querido matar a Jesús, por miedo de Arquelao, que reinaba en Judea en vez de Herodes, los padres de Jesús se instalaron con el niño en Nazaret de Galilea, «de manera que vino a cumplirse lo que dice la Escritura: le llamarán nazoreo» (Mt 2, 23).

Mateo vincula así nazoreo y Nazaret. Pero, como he dicho, Jesús no es simplemente nazoreo por ser de Nazaret, sino porque ha formado parte de un grupo especial de judíos observantes, herederos de una tradición genealógica (mesiánica) de David, pero no en línea militar (celota), sino de observancia religiosa y de solidaridad social.

     En esa línea, podemos seguir pensando que él que se educó como miembro del «nezer» o descendencia de David (como retoño de Jesé; cf. Is 11, 1), añadiendo que debía ser conocedor de la “Ley básica” del judaísmo, desde una perspectiva especial, que no se enseñaba en las escuelas del templo o de los escribas (cf. Lc 2,, 41-52: Jesús “perdido” en el templo), sino a partir de tradiciones ancestrales de la alianza, en la línea de David.

Avanzando en esa línea podemos añadir que por familia (herencia de José y María) Jesús conocía bien las experiencias y tareas religiosas y sociales de un grupo de observantes mesiánicos de su pueblo. Posiblemente ignoraba matices técnicos que sólo conocen los letrados (juristas, escribas), pero supo interpretar la raíz de la Escritura y de la vida de Israel, por tradición familia y por conocimiento de su entorno, como suponen las genealogías deMt 1 y Lc 3.

De esa forma, sin haberse especializado como escriba de templo (¡quizá por ello!), Jesús fue y sigue siendo, según los cristianos, aquel que mejor ha conocido y explicado la Escritura, desde una perspectiva davídica, pero sin centrarse en Belén de Judá o en el templo de Jerusalén, sino en Nazaret, asentamiento de los “nosrim” o nazoreos de Galilea, y con ese nombre, nosrim o nazoreos, siguen llamando a los cristianos muchos judíos y musulmanes actuales, que definen a los seguidores de Jesús, más que como “cristianos” (=partidarios de Jesús, el Cristo), como empezaron a llamarles los paganos de Antioquía de Siria (Hech 11, 26).  

Jesús era “hijo de David” según la carne (Rom 1, 3-4) y debía conocer las tradiciones vinculadas a su “padre” José, a quien el NT llama enfáticamente “hijo de David” (Mt 1, 18-25), y en esa línea muchos investigadores modernos empiezan interpretando a Jesús como “nazoreo”, por ser de la familia de José, “hijo de David”, más que como hijo de María, por obra del espíritu santo, como han puesto de relieve los evangelios de la infancia (Mt 1-2; Lc 1-2), con las genealogías de Mt 1 y Lc 3, que rechazan expresamente la genealogía davídica de Jesús, al afirmar que no nació de José (hijo de David), sino de María, esposa de José, por obra del Espíritu Santo. Quizá podíamos vincular desde ese fondo tres rasgos importantes de su vida:

- Jesús era nazoreo del nezer davídico (cf. Is 11, 1), como portador de las tradiciones y esperanzas davídicas, de tipo regio

- Era nazareno de Nazaret, posible asentamiento nazoreo, de manera que ambos términos (nazoreo y nazareno) pueden vincularse.

- En un momento dado, en la Última Cena, acabando su vida (Mc 14, 25), Jesús pudo hacer un voto nazireo (cf. Num 16; Jc 13, 5-7), como Juan Bautista (cf. Lc 1, 15), absteniéndose de vino (en verdad os digo, no beberé más del fruto de la vid hasta que beba con vosotros, el vino nuevo de Reino).

Por otra parte, desde Hegesipo, la tradición antigua, a mediados del II d.C. (cf. Eusebio, Historia Eclesiástica, II, 23), ha presentado a Santiago (hermano de Jesús como nazireo), aunque esa indicación no es segura. Si pudiéramos relacionar esos rasgos (nazireo-nazoreo) conoceríamos mejor el trasfondo de Jesús, su educación y sus primeras opciones, en referencia a su “hermano” Jacobo-Santiago el pequeño (menor). Sea como fuere, él fue un nazoreo que comía y bebía, separándose (al menos por un tiempo) de sus hermanos de familia, que no creían en él, distinguiéndose de Juan Bautista, nazireo abstemio (cf. Mt 11, 19 par).

      Jesús no fue nazireo (profeta o guerrero carismático) como pudo haber sido Juan Bautista (de aquellos que se abstenían de vino, dejaban el cabello largo y defendían la causa de Dios como soldados de la guerra santa (cf. Num 6, 1-21), sino profeta y nazoreo mesiánico, en el sentido de observante y sanador, al servicio de los pobres y excluidos del pueblo.

 - Juan Bautista fue nazireo (de nezer,נזר), consagrado a Dios por un voto especial (cf. Num 6), en austeridad y ayuno, para preparar la llegada de uno más grande, como sabe Lc 1, 15, poniéndose así en la línea de Samuel, que precedía a David (como Juan precedió a Jesús). Los nazireos no parecían tener un proyecto mesiánico, ni actuaban como portadores del Reino, sino como ascetas consagrados (abstemios) y guerreros (como en el caso ejemplar de Sansón: cf. Jc 13, 5.17; 16, 17); pensaban que no había llegado la hora del Mesías, que ofrecería a los suyos el «vino nuevo» del Reino (cf. Mt 14, 25)… En esa línea, utilizando quizá una fuente judeocristiana, Lucas ha interpretado al Bautista como nazireo y precursor mesiánico, como Samuel: «No tomará vino ni bebida fermentada y la navaja no pasará por su cabeza» (LXX 1 Sam 1, 11).

-Jesús, en cambio, no fue nazir/nazireo (y bebe: cf. Lc 7, 34; Mt 11, 19), sino nazoreo de Nazaret (cf. Mt 2, 22-23), del netzer (נצר) de Jesé, retoño davídico (Is 11, 1), vinculado a las tradiciones del Emmanuel (¡una muchacha/virgen concebirá! cf. Is 7, 14), aunque algunos de sus herederos cristianos asumieran después elementos ascéticos. Lógicamente, el evangelio de Marcos (opuesto a los judeo-cristianos) no presentó a Jesús como nazoreo, sino siempre como nazareno. Por el contrario, Mateo y Juan (y Lucas) han retomado ese título de la tradición primitiva de los nazoreos mesiánicos. Tras dejar a Juan (con quien pudo actuar como nazir), Jesús no aparece ya como consagrado-asceta, que no come/bebe, sino como nazoreo (descendiente mesiánico, aunque en línea propia), anunciando la llegada del Reino entre los marginados y enfermos.

          Según eso, Jesús ha podido situarse en el cruce de varias tendencias profético-mesiánicas, de manera que, cuando Mt 2, 23 le llama nazoreo, y dice que se educó en Nazaret, deja abierto un camino que puede interpretarse y recorrerse de diversas formas, partiendo de la manera de escribir el nombre de su pueblo, que aparece diez veces como Nazaret, pero dos como Nazara  (Mt 4, 13 y Lc 4, 16), nombre quizá vinculado a un tipo de nazoreos celotas (violentos), con los que Jesús habría roto al enfrentarse con la tradición de su “padre” José, como ponen de relieve sus paisanos queriendo matarse (según. Lc 4, 22).

Las sentidos de «nazareno» (de Nazaret) y «nazoreo/nazoraios» (de netzer) parecen haberse cruzado (y confundido) pronto en la tradición cristiana. En el fondo de esa “confusión” pueden haber influido dos interpretaciones del proyecto y camino de Jesús dentro de la misma iglesia antigua:

- Por un lado estarían algunos “parientes” nazireos, de tipo ascético y pacífico, quizá más cercano a Juan Bautista. Éstos serían lod “nazireos penitentes”, expertos en ayunos y ritos bautismales de purificación, que siguieron existiendo como grupos penitenciales, no sólo en el entorno del Jordán y Mesopotamia (Mandeos), sino incluso en ciertas zonas de Irán, hasta el siglo XX.

- Por otro lado estarían los nazireos celotas, partidarios de la guerra contra Roma, tal como estalló por dos veces, 67-70 y 123-125 d.C). Éstos serían los celotas armados, entre los que muchos exegetas del siglo XX han querido incluir a Jesús de Nazaret.

- Jesús no fue nazireo (nazareno), ni ascético ni armado, sino nazoreo observante, pacífico, creador de una comunidad de nazoreos fraternos (en la línea de Lev 19, 18, pero universalizada). Este Jesús nazoreo, que comía y bebía (cf. Mt 11, 19) fue sanador, amigo de los pobres, creador de una comunidad de excluidos sociales, de un reino universal de fraternidad y entrega de la vida en amor, unos en otros y con otros.

Éste último es a mi juicio el sentido del «compromiso nazireo», de Jesús y de sus seguidores, vinculado a la «observancia» o vigilancia, que está indicada por el hebreo nezer נזר)), del que nace el término consagrado (nazir). Pero ese sentido de observancia se encuentra a su vez vinculado a la «descendencia» davídica, tema que se expresa por el hebeo netzer (נצר), que significa guardar, vigilar y también expandirse-retoñar, como en el texto básico de Is 11, 1, donde se promete el surgimiento o llegada de un “retoño” real de la familia de Jesé-David, que no se impone por las armas (celotas), ni triunfa por el ascetismo penitencial (bautistas, penitentes), sino por el amor y ayuda mutua, por el perdón y la curación que distingue a los discípulos de Jesús, comprometidos a amar al prójimo en sentid universal.

Los “nazoreos” a los que pertenece Jesús han de entenderse como vigilantes-portadores de un tipo de acogida universal, de perdón, curación de los enfermos y de acogida a los excluidos, no en la línea de los abstinentes-consagrados (nazireos) ni en la línea de celotas militares contra Romas[2].

     Los datos anteriores (que son aún más complejos por las variantes de los manuscritos) permiten suponer que Jesús fue nazoreo (no sólo nazareno) y que algunos seguidores suyos se llamaban nazoreos y siguieron vinculados a un tipo de judeo-cristianismo rechazado por Pablo (y después por la Gran Iglesia). Por eso, Marcos no presenta a Jesús como nazoreo y los demás evangelistas (especialmente Mateo y Juan) lo hacen con reticencias, vinculando ese título a la condena a muerte de Jesús. Lucas puede evocarlo desde una perspectiva histórica, evocando los orígenes (ya superados) de la Iglesia judeo-cristiana. Desde ese fondo podemos concluir presentando unas sencillas reflexiones de fondo:

- La tradición de Mateo ha visto a Jesús como nazoreo, del netzer mesiánico, heredero de las promesas de David, que anunció y anticipó la llegada del Reino mesiánico. Pero el redactor final ha querido mostrar que Jesús no era nazoreo en una línea de judeocristianismo nacional, sino abriendo un mesianismo universal, tal como se pone de relieve en Mt 28, 16-20.

- Los evangelios judeo-cristianos (de Ebionitas y/o Hebreos) parecen presentar a Jesús como nazoreo davídico en el tiempo de su vida y en la primera etapa de la Iglesia. En esa línea su nazoreato puede haberse mezclado a un tipo de nazireato ascético, con rasgos más propios de Juan Bautista (y de Santiago, hermano del Señor) que de Jsús. Evidentemente, ese nacionalismo mesiánico no excluye la universalidad, aunque la sitúa al final del tiempo: Cuando se cumpla el mesianismo israelita, el mensaje y camino de Jesús podrá (deberá) abrirse a todas las naciones.

-El testimonio fundamental en todo este tema es el de Jn 19, 19 (cf. 18, 5. 7), que ha recogido el fondo histórico del juicio de Jesús, a quien Pilato condenó como “nazoreo, rey de Israel”, en una línea históricamente vinculada a las esperanzas mesiánica de la familia de David. Ésta sería a su juicio la paradoja del evangelio de Juan: A Jesús le condenaron históricamente por presentarse y actúar como “observante mesiánico”, promotor de una comunidad de “liberados“, para perdón, curación, amor mutuo, por encima de la penitencia de los nazireos ascéticos y de la violencia de los celotas,  una línea que ha sido rechada al mismo tiempo por los sacerdotes del “clan” de Boeto que condenaron a Jesús y por Poncio Pilatos, gobernador romano que mandó crucificarle.

           Conforme a la visión de conjunto de los evangelios, Jesús fue condenado y crucificado por actuar (manifestarse) como portador de una palabra y “política” (=práctica) de perdón y curación universal, por encima (en contra) de un ascetismo penitencial o de un celotismo militar judío y romano que no perdonaba, sino que condenba a los disidentes como Jésús, y lo hacía en el fondo por envidia (como pone de relieve Mc 15, 10) y por miedo (como dice Jn 11, 49-53).

Jesús fue el nazoreo judíos, promotor de una de una palabra universal de perdón, curación y amor, no sólo entre los judíos, sino entre todos los hombres. Las autoridades de la ley y del templo judío le vieron como peligroso, tuvieron envidia de él, tuvieron miedo, y le condenaron a muerte. Los romanos parece que no tuvieron envida de él, y le condenaron a muerte,    Jesús nazoreo, rey de los judíos, como diciendo abajo los nazareos, que perdonan a los otros. Precisamente porque perdonaba a todos mataron a Jesús. Unos tuvieron envidia, otros tuvieron miedo.

NOTAS

[1] Texto tomado de X. Pikaza, Historia de Jesús, VD. Estella 2017. Cf. A. Díez Macho, “Jesús ho nazoraios”, en Quaere Paulum, Salmanticensis 39, Salamanca 1981, 9-26; U. Luz, Mateo I, BEB 74, Sígueme, Salamanca 2010, 222-230 ; W. F. Albright, The Names Nazareth and Nazarean, in JBL 65 (1946), 397-401; B. Gärtner, Die rätselhaften Termini Nazräer und Iskariot (HS 4), Uppsala 1957; S. Lyonnet, “Quoniam Nazareus vocabitur”: Bib 25 (1944) 196-206; H. H. Schaeder, Nazarenos/Nazoraios, TWNT 4, 879-884; E. Zolli, “Nazarenus vocabitur”: ZNW 49 /1958) 135-136 ; E. Zolli, Il Nazareno.Studi di esegesi neotestamentaria San Paolo, Cinissello 2009.

[2]Jesús aparece como nazareno seis veces, cuatro de ellas en el evangelio de Marcos (Mc 1, 24; 10, 47; 14, 67; 16, 6), en lugares donde podemos sospechar que la tradición anterior decía nazoreo, como si Marcos quisiera ocultar la visión de un Jesús nazoreo, por el uso militar (celota) que judeocristianos podían dar a ese término. Las otras dos están en Lucas: Una (Lc 4, 34) depende de Mc 1, 24; otra (Lc 24, 19) es críticamente insegura.

      Jesús aparece como nazoreo trece veces, en textos antiguos, que recogen, a mi juicio, una experiencia de las comunidades, que le han recordado como perteneciente a un grupo mesiánico. (a) En Mateo 2, 23 y 26, 71, al comienzo y fin del evangelio, retomando una tradición judeo-cristiana que Mateo no ha desarrollado. (b) En Juan, en un contexto de juicio y de condena a muerte (Jn 18, 5. 7 y 19, 19), suponiendo que a Jesús le crucificaron por hacerse rey nazoreo. (c) Lucas pone nazoreo en un caso donde el paralelo de Marcos dice nazareno (cf. Lc 18, 37; Mc 10, 47), quizá para vincular a Jesús con David, de quien derivan los nazoreos (cosa que Marcos habría querido ocultar).

16 may 2026

16.5.26 Ascensión. No hay más Dios que el Enamorado, ni más Cristo que el Enamorador, ni más Cielo que el enamoramiento (en la tierra como en el cielo).

No lo digo yo, lo dijo Jesús de Nazaret. No lo explico yo, quien mejor lo ha explicado es san Juan de la Cruz No conozco libro que lo explique mejor que su libro Llama de amor vida. Así quiero exponerlo en las reflexiones que siguen, tomadas de mis tres libros sobre el Cántico Espiritual y de la ponencia sobre Llama, que impartiré el próximo jueves en Segovia en el congreso que allí se celebra sobre Juan de la Cruz. Aquí expongo algunas ideas sobre el tema.

            Llama 1. Rompe la tela de este dulce encuentro

¡Oh llama de amor viva, que tiernamente hieres de mi alma en el más profundo centro! Pues ya no eres esquiva, acaba ya, si quieres, ¡rompe la tela de este dulce encuentro!

  La vida humana es un dulce encuentro de amor. Juan de la Cruz (=SJC) pone “encuentro”, de en-contrarse, en-frentarse, en vez “abrazo” como quizá nosotros habríamos puesto, distinguiendo así entre el encuentro, más propio de esta vida en ese mundo y el abrazo posterior, cuando la lucha del mundo se vuelva paz eterna, en la línea de 1 Cor 13 y 2 Cor 3. El encuentro se puede entender en forma de relación o acercamiento de personas, pero tiene en su origen un sentido básico de oposición, frente a frente, en la línea de los duelos, desafíos, torneos y justas entre caballeros del signo XIV- XVI. Este encuentro dulce de hombres y mujeres en amor es la clave de la vida.

SJC presenta así al hombre como “herido de amor”, en el interior del dulce encuentro de la vida humana, como dice el final de esta estrofa. Ciertamente, los seres humanos (varones y mujeres) pueden vivir inmersos en otros espacios externos de vida, como ha supuesto y mostrado SJC en Cántico, pero en su más profundo centro, el ser humano sólo existe de verdad si vive inmerso en dulce duelo-encuentro de amor   del Espíritu Santo, llama de amor viva de Dios y de los hombres

En el interior de esa llama ha nacido el ser humano, en ella vive, descubriendo y realizando su verdad en el mundo hasta consumirse de amor (rota la tela de este dulce encuentro). Este Dios, Llama-Fuego-Espíritu de Vida vino a revelarse ante Moisés en el desierto (Ex 3) como zarza ardiendo, Dios vivo, fuente de identidad de Israel, simbolizada según la teología cristiana ortodoxa, en María, Madre de Dios, zarza ardiente, humanidad capaz de concebir y dar a luz a Cristo, Verbo de Dios encarnado (Jn 8, 12, Llama 3).

Varones y mujeres nacen y crecen según eso en el interior de la Llama de amor de Dios, como Moises, como  María madre de Jesús. El fuego de esa llama les despierta a la vida verdadera, que es un dulce “encuentro”, combate de vida con Dios. Varones y mujeres vivimos según eso heridos (incendiados) como fuego de la llama de amor de Dios, encendida en el centro más profundo de nuestra alma, que es respiración de vida.

Sólo porque Dios arde en amor en nuestra vida (=alma) vivimos como humanos, podemos escuchar, atender, responder y comunicarnos en amor, siendo lo que somos, llama viva de amor de Dios en la tierra, Espíritu Santo), sin perdernos en ídolos muertos, que son construcciones que hemos fabricado obra de nuestras manos…  

Cada ser humano es una herida de amor de Dios sin  más finalidad que amar y más amar y así lo expresa en cada inspiración y expiración de aliento (=alma). Ciertamente, el “alma” o principio vital existencia se podría puede entender y explicar de otras maneras, en otras perspectivas, pero ésta es la más precisa, pues se funda en  Dios como Espíritu Santo, llama de amor de la que nacemos, vivimos y somos. No hemos nacido simplemente como seres biológicos, ni como pensantes puros,sino como herida de llama de Dios, señal de su presencia Dios en esta oscura “caverna del sentido” (Llama 3).        El orante no pide pan, ni perdón, sino que llegue plenamente el reino de la llama de Dios. Esta petición invierte el sentido del Salmo del rey Ezequías (cf Is 38, 10-12), que pedía a Dios un aumento temporal de vida en el mundo, mirando el reloj de sol de sus horas en la tierra. El orante de Llama pide en cambio que el sol divino de amor rompa ya la tela/trama de este dulce encuentro,  no porque el encuentro en el mundo sea malo, sino, al contrario, porque es bueno, muy bueno, pero puede y debe ser aún mejor.

2. Matando muerte, en vida la has trocado

¡Oh cauterio suave!¡Oh regalada llaga!¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado, que a vida eterna sabe, y toda deuda paga! Matando muerte en vida la has trocado.

Esta segunda estrofa expone algunos elementos de la vida de Cristo, Verbo de Dios, Hijo de María, que ha matado” a la muerte, trocándola en vida. Ha muerto, aceptando en su vida el dolor de la historia y muriendo por amor ha matado a la muerte,  transformándola en vida.

¡Oh cauterio suave, oh regalada llaga! El cauterio es una quemadura terapéutica que sana heridas y deformaciones al quemarlas, con un instrumento ardiente. Así Cristo, verbo de Dios, nuestro amigo, sufrió en su carne nuestras quemaduras y dolencias, tomándolas como suyas, pues con nosotros se había desposado en matrimonio, aceptando de esa forma nuestra muerte para darnos su  vida. Se dejó herir por nuestras llagas, como si fueran suyas y lo eran, como regalo que habíamos aportado al matrimonio de amor, en pequeñez y esperanza. Para superar la situación anterior, al morir no  quiso darnos nada ajeno, sino su propia vida de Amado de Dios, para que compartiera su propio ser divino.  

No sólo con miradas y palabras, sino con las manos que sostienen, acarician, animan y curan nos enamora el Cristo de Dios, en itinerario supremo de amor reverente,   llevándonos en sus manos, con delicadeza, respeto, suavidad y ternura, en contra del gesto brusco y animal de aquellos que quieren ganar este mundo violandoy matando.

Que a vida eterna sabe. Este es el sabor de la vida perdurable de la resurrección de la carne, la comida que no solamente está sazonada y tiene buen gusto,  sino que a vida eterna “sabe” (nos hace saber, nos da a conocer), de forma que superemos en este mismo mundo el miedo de la muerte, viviendo ya como resucitados.

Y toda deuda paga…SJC retoma el motivo esencial del Padre-Nuestro: ¡Perdona nuestra deudas! (Mt 6, 12),  como la teología de Pablo, centrada en el perdón de Dios, por encima de todo de talión de castigo o venganza. Dios perdona por Jesús toda deuda, supera en nosotros toda obligación, en contra del diablo a quien tendríamos que pagar un “impuesto infernal” para quedar así libres de su cautiverio. Dios, en cambio, perdona toda deuda y pecado en Cristo,  porque es amor gratuito, de manera que y si en él  vivimos, debemos perdonar a los demás en Cristo, como Cristo.

Matando muerte, en vida la has trocado. Cristo no sólo ha matado a la muerte muriendo por los hombres, sino que la ha trocado en vida, conforme a los principio de este dulce encuentro o duelo divino(Llama 1) en el que perder es ganar, morir por los demás es vivir para siempre, superando toda referencia al Diablo y al infierno como castigo/venganza de muerte. 

La estrofa anterior (Llama 1)  se formulaba como petición, de forma que el orante pedía “rompe la tela de este dulce encuentro”. Por el contrario, esta segunda estrofa  (Llama 2) es una confesión de fe por la que proclamamos que Cristo ha vencido con su muerte a la muerte, transformándola en vida, como pondrá de relieve Llama 3

 El amor de Cristo, que está al fondo de Llama 2 (cauterio, llaga, mano suave, toque delicado)viene a presentarse así como  revelación humana del amor divino, como he puesto de relieve en el comentario de  Cántico. Dios no ha enviado al mundo a su Hijo para imponer su ley a la fuerza, sino para realizar en forma humana el mismo amor divino, que es generosidad, donación gozosa, perdón pleno (=toda deuda paga), en forma de encuentro y abrazo con la humanidad de la que ha nacido por la “doncella María”.

Dios es amor y así muere Jesús, porque los hombres (su esposa pastora, según el símbomo) no responden a su llamada de amor. No es Dios quien mata a los hombres y les manda al infierno, sino que son los hombres los que matan a Dios al abandonarle[1].

 - Dios, amor enamorado, existe en sí viviendo fuera de sí, de tal forma que muere (pierde su aliento y sentido) al no ser amado).  La Cábala judía había supuesto que Dios se retiraba, abriendo en su interior un vacío, para que pudiera surgir  el mundo, la historia de los hombres. En contra de eso, con la tradición cristiana, SJC presenta a Dios como amor enamorado que no se cierra en sí dejando un hueco, sino que sale de sí, para regalar su amor, no para perderse en los amados o para obligarles a quererle, sino para compartir con ellos vida en amor, si ellos libremente con-sienten, como María, por libertad de amor, sin ninguna obligación.

-  Existiendo en Dios, el ser humano puede ser también despliegue personal y libre de amor, si libremente quiere, no por obligación de ley o miedo de castigo. El hombre no nace por ley, ni por capricho de Dios o de los dioses, ni por fatalidad, sino por amor de unos padres (=de Dios), que nos ha hecho para que nosotros nos enamoremos. Él es un Dios que “delicadamente”, sin ninguna imposición,  desea enamorarle. En ese sentido, la vida de los hombres llamados al enamoramiento, es una obra de arte amoroso, tierno, delicado de Dios.  

Sólo al interior del Dios enamorado podemos hablar de enamoramiento humano, en el sentido fuerte del término. Por enamoramiento, el hombre es como Dios, presencia de Dios. No existe encerrado en sí (como sujeto de posibles accidentes), rey de sí mismo, sino sólo recibiendo el ser de otros y abriéndose a ellos, en la entraña de Dios que es donación gratuita de amor. Más que animal racional o constructor de herramientas de trabajo, pastor del ser o soledad originaria, el hombre es auto-presencia relacional, ser que se descubre libre naciendo del amor de otros y viviendo para amar a otros. 

  En ese fondo, ha elaborado San Juan de la Cruz su "fenomenología del enamoramiento creador", insistiendo en el gozo y tarea de la vida compartida, sobre el nivel de la ley donde nos sitúan los sistemas político-sociales del mundo. Para un sistema social no existe verdadero , ni un yo en sentido estricto, ni un  auténtico nosotros como portadores de amor común. El sistema sólo conoce estructuras y leyes intercambiables, al servicio de los intereses del conjunto. Por el contrario, la vida humana es siempre encuentro concreto de personas en el sentido de interacción y comunión.

Cada ser humano se deja liberar de la nada (nace a la vida humana) por el don del otro, de tal forma que podemos afirmar que no es ya naturaleza, sino gracia (un ser sobrenatural, capaz de enamorarse).  

Lámparas de fuego: Calor y luz dan junto a su querido

¡Oh lámparas de fuego, en cuyos resplandores las profundas cavernas del sentido, que estaba oscuro y ciego, con extraños primores calor y luz dan junto a su Querido!

  No tenemos que salir de la caverna del sentido (mundo sensible, carne) y subir al plano celeste, superior, del platonismo, para contempla a Dios, como decía Fray Luis de León   y como sigue queriendo un tipo de hinduismo y de budismo “místico”, mezclado con un toque de maniqueísmo. SJC ha descubierto y pone de relieve el valor de que las cavernas del mundo, que  han sido creadas y redimidas por Dios para dar calor y luz a los hombres de este mundo, junto a su querido  

    La presencia del querido en las profundas cavernas del sentido, vinculadas a las cavernas de la piedra de Dios (CB 37) constituye a mi juicio la revelación y promesa más alta de Llama y de todo el mensaje de SJC. Esas cavernas, iluminadas por la Llama de Dios (=Espíritu Santo) dan calor junto al ”querido de Dios y de los hombres, cf.  Jn 19, 25-27,con la madre de Jesús.  

4. Cuan delicadamente me enamoras

¡Cuán manso y amoroso recuerdas en mi seno donde secretamente solo moras y en tu aspirar sabroso de bien y gloria lleno cuán delicadamente me enamoras!

   Esta estrofa final es un compendio de Llama, de Cántico y de toda la teología de SJC, en forma de confesión de amor, llena de ternura, una declaración de enamoramiento, en la que culmina y se cumple todo el camino anterior de la vida. La mejor manera de entender esta estrofa es comentarla sobriamente, frase a frase, verso a verso, sabiendo que quien habla es el mismo SJC, dirigiéndose en primera persona a su querido, pero que lo hace no sólo en su nombre, sino en nombres de María, madre de Jesús, con Israel, la iglesia y la humanidad entera. 

            1. El hombre empieza siendo recuerdo vivo de Dios, conforme a la experiencia central del platonismo de occidente y de las filosofías religiosas de oriente (hinduismo y platonismo). De lo divino venimos, de manera que nuestro pensamiento y amor es recuerdo, y “figura” imitación del pensamiento divino. Por su parte, toda la teología de Israel ha sido y sigue siendo teología del zikkaron o memoria de las obras de Dios a favor de su pueblo, como dice SJC:

- Cuan manso y amoroso… SJC se dirige a su querido Dios que se ha encarnado en Jesús, para enamorarse asi de nosotros. Este es el Jesús “manso y humilde de corazón (Mt 11, 19), aquel que invita a todos a buscarle y caminar con él, el mismo Jesús que llama a los cansados y agobiados de la vida; este es el mismo Jesús amoroso que sólo pide a sus seguidores que se amen unos a otros “como yo os he amado” (Jn 13, 34). Este es el Jesús por quien el amante (SJC) había optado diciendo Ya no guardo ganado, porque sólo en amar es mi ejercicio” (CB 28).

- ¡Cuán manso y amoroso Recuerdas en mi seno donde secretamente solo moras… El amado mora en el seno de la amante, de un modo secreto, escondido, viviendo a solas en ella (como se repite cinco veces

     Los hombres compartimos según eso el recuerdo “secreto” de Dios;  pero de tal forma que ese secreto no nos avasalla y aplasta, sino que se expresa y despliega de forma mansa y amorosa, con respeto infinito, con toque delicado, en cada uno se nosotros y en el amor que nos tenemos unos a otros. No nos limitamos a recordar a Dios, como tiende a decir el platonismo, sino que el mismo Dios recuerda y expresa su vida, se dice a sí mismo, en nosotros, en el seno de la amante: del Cántico de  SJC, en María, en la humanidad).

   El hombre no es recuerdo de Dios por haber “caído” de la altura divina, como pensaba el platonismo y repetía de algún modo Fray Luis de León,sino por haber nacido del amor de Dios, para así desposarse en matrimonio de libertad amorosa con su Verbo Jesucristo. Según eso, el hombre lleva en su seno el recuerdo activo de su generación-engendramiento y esperanza de Dios, en matrimonio de amor con su Verbo.

      2. El hombre es  respiración vital de Dios, en la línea de la tradición oriental (hinduismo, budismo) y también de la Biblia, cuando afirma (Gen 3) que Dios nos el hombre su aliento de vida (ruah, neshema). Según eso, el hombre no es “recuerdo de Dios” en sentido meramente receptivo, sino que lleva en sus “genes” y expresa en su alma, de manera vital  la memoria engendradora y creadora de Dios, como he puesto de relieve en comentario a Cántico (cf. CB 29, El aspirar del aire), y en Verbo de Dios, Cristo y la Biblia (Estella 2026). Aquí me limito a repetir algunos rasgos de esa respiración divina, que forma la esencia de ser humano, mujer o varón.:

Los seres humanos ormamos parte de Llama de amor de Dios: En nosotros, con nosotros, respira el Querido de Dios, que es Cristo y de esa forma nos enamora con su beso de amor que es la respiración compartida, en sentido afectivo (respirar uno de otro y con el otro), compartiendo así el mismo recuerdo del pasado, la misma vida presente, buscando juntos el mismo futuro.  

              Cuán delicadamente me enamoras. Este verso final de Llama es  quizá la palabra más significativa de la vida y obra de SJC, que se desahoga con Jesús (Jesús encarnado en la caverna del sentido de este mundo oscuro y ciego), tras haber recorrido su camino de enamoramiento con él, como su Amado (Querido), como él lo proclama abiertamente ante todos los pastores del ejido de la iglesia y del mundo: Diréis que me he perdido, que andando enamorada me hic perdidiza y fui ganada  (CB 29)  Éste es el verso final de Llama, una palabra clave de la vida y obra de SJC. Le ha sorprendido Jesús como llama de amo viva (Llama 1) y él/ella (Juan de la Cruz, María, la humanidad entera) se ha dejado sorprender, por su ternura y dulzura, (Llama 1), pero, sobre todo, por su delicadeza, por su cortesía y su finura, por su elegancia y hermosura, como hemos podido ir mostrando a lo largo de todo el Cántico y Llama Ahora al final nos sorprende de nuevo este camino y así decimo, con SJ, con María y con toda la humanidad creyente: Cuán delicadamente me enamoras.

   Excurso sobre el enamoramiento. Por circunstancias culturales, económicas y sociales, el enamoramien­to resultaba hasta ahora menos importante, pues familia, riqueza  y sociedad se apoyaban sobre otras bases de lucha, poder, sometimiento de unos sobre. Sólo ahora, tras los cambios culturales de la modernidad puede y  debe suscitarse una eclosión de amor enamorado, con SJC como testigo y promotor de su novedad dentro de la tradición occidental de fondo cristiano.

Hasta ahora (siglo XX), se  ha enseñado a hombres y mujeres a obedecer, a insertarse en la trama de la naturaleza y transformar la sociedad, con trabajo, creatividad instrumental, poder y dinero,  pero apenas se ha dado importancia al enamoramiento. Sólo ahora, a través de un salto cualitativo en la historia, puede y debe surgir el ser humano como viviente especial que puede enamorarse y encontrar su cielo en el amor, de forma que sólo así, en amor, puede superar los riesgos de muerte por odio y violencia que nos amenazan. En esta circunstancia resulta esencial la aportación de poetas, pensadores, testigos y promotores de amor enamorado como SJC. 

 El enamoramiento consiste, según esto, en el encuentro de dos o más personas que despiertan a una vida superior de conocimiento, amor y vida de unos en otros,  en comunión, no en exclusión, en libertad no en imposición, en abrazo, no en puño cerrado, desde el centro más profundo del alma, en libertad, no por necesidad o imposición

  (1) En el fondo de ese enamoramiento que ha de llegar hay un deseo de  sentido (esto es, de la carne humana), el tejido o tela humana de la vida. El amor ha  de tejerse como un vestido, una tela, de delicadísimos encuentros, llenos de ternura y hermosura, de dulzura y esperanza. El amor es una llama viva, una corriente de fuego, un aliento o beso de respiración compartida que nos conecta y vincula a todos los seres humanos, en un camino abierto hacia cielo de la nueva humanidad del cielo de Jesús.

(2) Ese enamoramiento es una pasión que nos hace ser padeciendo. El enamoramiento de cielo No lo hacemos nosotros, no somos sus dueños, sino que nos hace, como llama de fuego de amor en el en la que vivimos, nos movemos y somos, es decir, encontramos nuestra identidad, como vivientes en la gran Vida que es Dios, tomando así conciencia de nuestra singularidad compartida, en la conciencia universal de enamoramiento que es Dios como llama de amor vivo, a quien podemos comparar con la tierra y el agua de la que estamos formados, pero siendo, en especial aliento (espíritu, aspiración) y llama, que surge de la gran Llama divina que arde en el dulce encuentro de la vida de los hombres en el mundo, hasta que se consuma (arda del todo) nuestra tela antigua de separación y nos integremos como personas plenamente vivas en la llama infinita de Dios.

(3)  Este camino del Dios que es llama y aliento de vida universal se expresa en la historia de los hombres y mujeres del mundo en forma de enamoramiento, como ha mostrado SJC en Cántico y Llama, cuando ha cantado (Cántico) y ha proclamado (Llama) el enamoramiento como parábola (=comunidad viva)  de Dios en la historia. Están uno junto a otros los enamorados, sin opresiones ni domi­nios, respetándose y potenciándose mutuamente, como un comienzo de cielo en la tierra. Cada uno vive en libertad, todos comparten la vida en comunión de manera que cada uno pone su libertad y su futuro en manos de los otros,  resucitando de esa forma en ellos, en esperanza de cielo.

         En este camino de cielo que es el amor enamorado, la mujer no es descanso de placer y olvido en manos del guerrero, no es criada de hogar, simple fuego y cama de paso del varón, sino compañera de vida hasta la muerte en este mundo, que no es fin, sino principio de vida transformada.

         Por su parte, El varón  no es conquistador, dueño de la vida de otros, sino amante y amigo en el camino de vida compartida que es el cielo, iniciado en este mundo. Varones  y mujeres, implicados implicados, entre sí se descubren co­mo libremente humanos, iguales en dignidad y complementariedad de Vda.  

Cada enamoramiento es un modo nuevo, divino, de ser Dios sobre la tierra, con un trasfondo de indigencia y atracción “mendicante” en la profunda caverna del sentido, como necesitando que Dios nos enamore, para que así encarnemos su amor sobre la tierra. Pero, al mismo tiempo, un  enamoramiento es un modo superior de culminación personal de los seres humanos dulce encuentro de vida (Llama 1), curadas las heridas, pagadas las deudas, superadas las muertes en Cristo (Llama 2), de manera que iluminados por las lámparas de fuego del Espíritu podamos vivir con el amado en estas profundas cavernas del sentido, es decir, de una tierra oscura y ciega, pero llena de amor de un Dios que se encarna y revela en el soto inferior de la tierra (Llama 3).

Tierra somos con agua, pero tierra enamorada de Dios, tierra en la que Dios, llama infinita de vida, re-cuerda y re-crea su vida, como aliento compartido, de manera que cada uno de nosotros podemos decir y digamos, con infinito agradecimiento cuán delicadamente me enamoras,  es decir, nos enamoras, para seguir viviendo en amor como Jesús querido suyo (de Dios), nuestro querido, compartiendo la respiración común, en beso universal de amor, porque el Esp´ritu/aliento de Dios es la vida enn la que somos, nos movemos y existimos

Éste es un amor que se expresa en los diversos planos de la unión, de comunión de vida en-amorada, en pareja, en familia, en grupo,  desde la atracción física hasta la amistad personal, desde el erotismo más intenso hasta la ternura que pudiera parecernos  más supra-material, siendo totalmente “material”, de respiración de aire, de sinapsis de neuronas, de comunicación de todos con todos, pues el el Dios Padre de Jesús, fuente del Espíritu, vivimos todos, como ha formulado Pablo en 1 Cor 15.

 Éste es  el amor que define al ser humano como aquel viviente peculiar que sólo existe en sí existiendo en otro, de tal forma que "uno cerrado en sí o es no es ninguno". J. P. Sartre dijo un día desafortunado que el infierno son los otros. Pues bien,  en contra de esa boutade, infierno sería un hombre o mujer que se cierra totalmente en sí mismo, sin comunicación con la llama de vida universal que es Dios.

Ciertamente, el amor de cielo puede parecernos frágil, envuelto en las incertidumbres de un proceso que puede quebrarse, un amor amenazado por desencuentros y celos, por los egoísmos y enfermedades, por vejez y el miedo de la muerte y sobre todo por ruin mezquindad de aquellos que piensan que sólo machacando a otros son ellos machos, siendo sólo unos marra-machos (machos marrados).

 Éste es, al mismo tiempo, al mismo tiempo, es un amor muy fuerte, la revelación más honda del ser divino de la vida humana, como historia de personas   que "son" cada una de ellas al encontrarse  con otra dándose la vida y teniéndola al darla, en Dios que todos los poderes el mundo, que Jesús había definido como Belzebú (poder mental y social que destruye) y Mammón (poder económico qu esclaviza), como he descrito en No podéis servir a Dios y al dinero (Santander 2019)

 

[1] He desarrollado este motivo en Compañeros y amigos de Jesús, Sal Terrae, Santander 2023

14 may 2026

14.5.26. Jueves de Ascensión. Ascensión de Henoc y de Jesús. Estudio comparativo

Comencé ayer un pequeña serie serie de reflexiones sobre la Ascensión, empezando por San Juan de la Cruz: "Vámonos a ver en tu hermosura, al monte y al collado...". Antes de retomar este motivo, en clave actual, quiero ofrecer hoy una reflexión sobre el tema histórico-religioso de la Ascensión, desde una perspectiva apócrifa judía (la de Henoc) y desde una perspectiva canónica cristiana (la de Jesús). Los dos estudios están tomados de X. Pikaza, Gran diccionario bíblico. Buen día a todos.

Los Vigilantes celestes (ángeles custodios), que debían mostrar a los humanos un camino de concordia en su frágil existencia, han pecado, violando a las mujeres, y haciendo pecar a los varones, introduciendo muerte y destrucción en la historia (1 Henoc 6-8). Sufren y claman los oprimidos desde el mundo. Los Arcángeles buenos (Miguel, Uriel, Rafael y Gabriel) interceden en favor de los sufrientes (1 Hen 9-11). Compadecido del dolor humano, Dios eleva hasta el cielo a Henoc, escriba sabio, para que escuche la palabra de justicia de Dios y proclame su juicio contra los Vigilantes. Esa "ascensión", narrada por el mismo Henoc, servirá de introducción al resto de los temas: la apocalíptica quiere transmitir una "más alta" experiencia de Dios[1]:

         – He aquí que la nube y la niebla me llamaban, el curso estelar y los relámpagos me apresuraban y apremiaban, y los vientos en mi visión me arrebataban raudos, levantándome a toda prisa y llevándome al cielo. Entré hasta acercarme al muro construido con piedras de granizo,     al que rodea una lengua de fuego y comencé a asustarme.... Entré en esta casa que es ardiente como fuego y fría como granizo, donde no hay ningún deleite; y el miedo me obnubiló         y el terror me sobrecogió.Caí de bruces temblando y tuve una visión:

          

– He aquí que había otra casa mayor...  Su suelo era de fuego;         por encima había relámpagos y órbitas astrales; su techo de fuego abrasador.Miré y vi en ella un elevado Trono cuyo aspecto era como de escarcha y tenía en torno a sí un círculo, como sol brillante, y voz de querubines.      Bajo el Trono salían rios de fuego abrasador, de modo que era imposible mirar.          La Grande Gloria esta sentada sobre él, con su túnica más brillante que el sol y más resplandeciente que el granizo, de modo que ninguno de los ángeles podía siquiera entrar en esta casa; y el aspecto del rostro del Glorioso y Excelso no puede verlo tampoco ningún hombre carnal.Fuego abrasador hay en su alrededor, gran fuego se alza ante él,y no hay quien se le acerque de los que hay a su alrededor;miríadas de miríadas hay ante él, pero él no requiere santo consejo.Los Santísimos (ángeles) que están cerca de él no se alejan de día ni de noche, ni se apartan de él. – Permanecí mientras tanto con el vestido sobre el rostro, temblando. Pero el Señor me llamó por su boca y me dijo:-Acércate aquí, Henoc, y escucha mi Santa Palabra.     Me hizo levantar y acercarme hasta la puerta... (1 Hen 14, 8-25)

En el principio de la apocalíptica hay una teofanía: el mismo Dios escondido, misterio supremo, revela su rostro y dirige su voz al vidente. Henoc, escriba sabio de la Escritura esotérica (apocalíptica), ha subido a la altura de Dios y puede revelar su misterio a los lectores. No asciende al Sinaí, como Moisés (Ex 19-34), escriba de la ley común, para recibir la voluntad de Dios, ratificar la alianza y descubrir el modelo celeste del culto de Jerusalén, sino que llega hasta el Trono más alto de Dios, para comprender el sentido de la historia, con el pecado de los ángeles (el castigo que deben sufrir ellos y sus seguidores) y la salvación de los justos.

Según eso, la apocalíptica empieza siendo una confesión de fe en el Dios más alto que dirige la historia. Parecía que abandona a los humanos al poder de Satán, pero no es cierto: ha permitido el mal, deja que el mundo parezca amenazado por las fuerzas de la perversión; pero él vigila desde arriba y ha fijado ya el momento de su juicio contra los perversos. Sólo este más alto conocimiento de Dios (la nueva revelación de su misterio) ha hecho posible la experiencia y acción apocalíptica. Así lo manifiesta a su vidente (Henoc) y este a sus lectores[2].

2. Astronomía y salvación. Orden y desorden cósmico (1 Hen 72; 80)

Conforme a lo indicado, la apocalíptica se encuentra vinculada a la búsqueda sapiencial del orden cósmico, situándose así en la línea de Gen 1, que destacaba la estructura buena (=bella) de la creación, organizada litúrgicamente en siete días de grandeza y alabanza. Sólo puese conocer el final (meta de la historia) quien ha descubierto y conoce la hondura del cosmos. Por eso, la apocalíptica se vincula con la astronomía (astrología) sagrada.

Los profetas habían destacado la novedad antropológica, la libertad humana, frente al cosmos. Los apocalípticos, en cambio, han vuelto a señalar la conexión (cósmica) astronómica de la vida humana. Para ellos, el pecado no es proceso humano (como suponen Gen 3 y Pablo, en Rom 5), sino caída astral, pues ángeles/demonios y estrellas se encuentran vinculado: han delinquido (han perdido su armonía) las estrellas, han bajado a perturbar nuestra existencia los guardianes cósmicos (ángeles); ellos son la causa de nuestra condena.

Sólo a partir de ese desastre cósmico como caída se puede interpretar la salvación, como nuevo descubrimiento del orden cósmico. Ciertamente, el pecado de los humanos se vincula a la violencia y opresión dentro de la historia. Pero existe todavía otro nivel de perdición: muchos apocalípticos identifican el pecado por excelencia con la mutación del calendario religioso. A través de sus purificaciones y fiestas, los justos conseguían guardaban la sintonía con el orden cósmico, expresado en el ciclo de los astros (de los días del año, del mes, de la semana). Pues bien, al "cambiar" su calendario, los judíos "infieles" de Jerusalén (los no esenios o apocalípticos), se han separado del orden astral, se han pervertido, como muestra de forma impresionante la literatura de Qumrán (partiendo quizá de Jubileos).

El apocalíptico es un hombre (¿una mujer?) que sabe descubrir el orden de los astros, para expresarlo en la liturgia humana (terrestre) de las fiestas y purificaciones. Esto significa que sólo es justo (sabio) quien se encuentra en sintonía con el conjunto cósmico. En contra de lo que a veces se ha pensado, el Dios de la apocalíptico no es a-cósmico, sino Señor del recto orden del tiempo y del espacio en este mundo. Sólo es vidente apocalíptico aquel que ha sabido descubrir, en Dios y desde Dios, la estructura sacral del cosmos, pudiendo superar de esa manera el pecado de ángeles (astros) y humanos, que han pervertido el orden y armonía de los tiempos[3]:

[1 Henoc. Libro de los vigilantes]. Continué mi recorrido hasta el caos y vi algo terrible: vi que ni había cielo arriba, ni la tierra estaba asentada, sino (que era) un lugar desierto, informe y terrible. Allí vi siete estrellas del cielo atadas juntas en aquel lugar, como grandes montes, ardiendo en fuego... Estas son aquellas estrellas que transgredieron la orden del Dios altísimo y fueron atadas aquí hasta que se cumpla la miríada eterna, el número de los días de su culpa... (1 Hen 21, 1-6).

[1 Henoc. Libro del curso de las luminarias celestes]. Cada una como es, según sus clases, ascendiente, tiempo, nombres, ortos y meses, tal como me mostró Uriel, su guía, el santo ángel que estaba conmigo; y toda su descripción, como él me enseñó, según cada año del mundo, hasta la eternidad, hasta que se haga nueva creación que dure por siempre (1 Hen 72, 1).

Esta es la primera ley de las luminarias: la luminaria sol tiene su salida por las puertas del cielo que dan a oriente y su puesta por las puertas del cielo a occidente... El año tiene exactamente 364 días, y la longitud o brevedad del día y la noche difieren según el curso solar... Así sale y entra (el sol) sin menguar ni descansar, sino corriendo día y noche su carrera, y su luz brilla siete veces más que la luna, aunque los tamaños de ambos son iguales (1 Hen 72, 2.33-37).

Después de esta ley vi otra, la de la luminaria pequeña llamada luna... Cada mes, su salida y entrada cambian y sus días son como los del sol y, cuando su luz es normal, es un séptimo de la luz solar... Otro recorrido y ley suyos vi, por cuya ley se hace su curso mensual. Todo esto me mostró el santo ángel Uriel, que es su guía...En determinados meses cambia sus puestas y en determinados meses hace un curso especial [el textos sigue, precisando las relaciones entre calendario solar y lunar, con la necesidad de intercalar cada cierto tiempo un mes, para mantener siempre idéntico el ciclo y orden de las fiestas] (1 Hen 73 1ss).

En aquellos días me dirigió la palabra Uriel y me dijo:"Todo te lo he mostrado, Henoc, y todo te lo he revelado, para que vieras este sol, esta luna, y a los que guían las estrellas del cielo, y a todos los que las cambian, su acción tiempo y salida. En los días de los pecadores, los años serán cortos, y la semilla en sus predios y tierra será tardía... La luna cambiará su régimen y no se mostrará a su tiempo. Muchos astros principales violarán la norma, cambiarán sus caminos y acción, no apareciendo en los momentos que tienen delimitados. Toda la disposición de los astros se cerrará a los pecadores, y las conjeturas sobre ellos de los que moran en la tierra errarán, al cambiar todos sus caminos, equivocándose y teniéndolos por dioses. Mucho será el mal sobre ellos, y el castigo les llegará para aniquilarlos a todos".

Me dijo: "Mira, Henoc, las tablas celestiales y lee lo que está escrito en ellas, entérate de cada cosa". Miré las tablas celestiales, leí todo lo escrito y supe todo; y leí el libro de las acciones de los hombres y todos los seres carnales que hay sobre la tierra, hasta la eternidad. Entonces bendije al gran Señor, al Rey de la gloria eterna, por haber hecho toda la obra del mundo, y alabé al Señor por su paciencia con los hijos de Adán" (1 Hen 80, 1-81, 4).

La primera parte del texto pertenece al libro más antiguo de los Vigilantes (que incluye la teofanía antes citada). Según ella, el orden cósmico primero ha sido quebrado por los siete astros fundantes (principios cósmicos, ángeles originarios) que se alzaron contra Dios y no aceptaron la ley que les había ofrecido. De su mal dependen todos los restantes; el pecado original tiene carácter astronómico.

Las siguientes están tomadas del Libro Astronómico (de Las luminarias celestes), algo más tardío, que explicita de forma muy precisa el orden sagrado del cosmos, tanto en sus elementos (sol, luna, estrellas), como en su movimiento (calendario). A fin de expresar en su vida personal y social el orden sagrado del cosmos, el apocalíptico ha de ser un astrónomo, celoso de conocer y mantener la ley de los años, meses y días. En esta perspectiva, el Libro más hondo de la voluntad y misterio de Dios no es la Ley social-ceremonial de la Torá judía, sino la más profunda armonía del cosmos, que puede leerse en las estrellas. La "física" cósmica se sitúa de esa forma en el principio y centro de la revelación sagrada[4].

Esta sacralidad cósmica ha sido amenazada por el pecado de algunos astros/ángeles y de aquellos humanos (incluso israelitas) que siguen su mentira, celebrando erradamente las fiestas del cosmos. Por el contrario, los fieles apocalípticos conocen el orden del mundo y celebran la gloria de Dios conforme al verdadero calendario, separándose de la corrupción del mundo malo. Ellos leen los libros astrales, donde se encuentra la verdadera sabiduría, de manera que sus libros pueden presentarse como una expansión y despliegue de la verdad original de la tablas celestiales. Porque han descubierto y quieren mantener el verdadero culto y calendario astral se separaron de resto de Israel algunos grupos apocalípticos, entre ellos los apocalípticos esenios vinculados a la literatura de Qumrán[5].

Esta veneración astral de la apocalíptica judía está relacionada con la religiosidad cósmica de algunos círculos de pensamiento griego y con otros tipos religiosidad oriental (sobre todo babilonia). Muchos apocalípticos, opuestos al "desorden astral" del mundo viejo, han sido básicamente astrónomos sagrados, iniciando así una línea que desembocará en la especulación y religiosidad astrológica[6].

NOTAS SOBRE ASCENSIÓN DE HENOC

[1] He planteado el tema en Antropología Bíblica, Sígueme, Salamanca 1993, 131-182 y Dios judío, Dios cristiano, EVD, Estella 1966, 265-270. Traducción del texto en F. Corriente y A. Piñero, 1 Henoc, en A. Díez Macho, Apócrifos del AT IV, Cristiandad, Madrid 1984, 13-143. Sobre la datación (entre el IV y III a. de C.) y sentido del texto, cf. P. Sacchi, L'Apocalittica, 31-78; P. Grelot, La légende d'Enoch dans les Apocrypheset dans la Bible, RSAR 46 (1958) 5-26, 181-210; Dan 7,9-10 et le Livre d'Henoch, Sem 28 (1978) 59-83; H. S. Kvan­ving, Roots of apocalyptic, WMANT 61, 1988, 559-613; J. VanderKam, The Theophany of Enoch, VT 23 (1973)129-150; C. Rowland, The Visions of god in Apocalypthic Literature, JSJ 10 (1979) 137-154.

[2] El círculo de apocalípticos de Henoc tuvo gran difusión y estaba vivo en tiempos de Jesús, como supone la presencia de sus textos en Qumrán (con la excepción de las Parábolas: 1 Hen 37-71) y el uso del título de Hijo del Hombre en el NT. Su mensaje de fondo era teológico: muchos decían que Dios se había desligado de este mundo, olvidando para siempre el sufrimiento de los pobres; daba la impresión de que fatalidad aterradora (miedo y muerte) había descendido sobre los humanos; entre cielo y tierra, entre Dios y la historia, se había extendido un abismo infranqueable de opresión y violencia: estábamos cautivos, dominados por dioses falsos de violencia, ídolos del sexo y deseo irrefrenable que termina por matarnos (los ángeles caídos). Pues bien, sobre ese abismo de miedo e impotencia, los autores que escriben en nombre de Henoc han ofrecido la certeza de que Dios sigue actuando en la historia. Dios reina en su misterio inaccesible, desde el fuego de su trono, desde el brillo indescriptible de su rostro, él ha permitido el mal (caída de los ángeles), pero lo ha hecho para iniciar un camino de más alta libertad. Los devotos del grupo confiesan de esa forma su más honda creencia: viven la etapa final de la historia (en los últimos tiempos); están amenazados por el mal (por Mastema/Satanás y sus ángeles perversos), pero Dios ha iniciado por sus ángeles más fieles y poderosos (Miguel, Uriel, Gabriel y Rafael) la obra de su salvación para la historia.

[3] Espacio y tiempo (cosmos e historia) están profundamente vinculados en la experiencia del oriente y, en especial, en la apocalíptica judía. Cf. A. Jaubert, Le calendrier des Jubilés et la Secte de Qumrar, VT 3 (1953) 250-264; J. VanderKam, The Origin, Character and Early History of the 364-Day Calendar, CBQ 41 (1979) 390-411; Id, 1 Enoch 73, 3 and a Babylonian Map of the World, RQ 11 (1982) 115-118; P. Grelot, La Géographie mythique d'Henoch et ses sources orientales, RB 65 (1958) 33-69.

[4] Parece evidente la pervivencia de esta postura en eso que suele llamarse la "herejía de Colosas", descrita por el autor de la escuela paulina, que habla de la observancia de comidas y celebración de fiestas, lunas nuevas y sábados (Col 2, 16), condenando la sumisión a los elementos cósmicos de algunos falsos cristianos, atados a la realidad externa del mundo, no a la novedad pascual del Cristo (Col 2, 20-21).

[5] Para los judíos rabínicos, el Libro de Dios no está vinculado a la Ley de los Astros, sino a la Ley nacional (Thorá). El Islam ofrece una pervivencia muy significativa de ese tema: para los musulmanes, Mahoma ha "leído" y trascrito el Libro eterno y sagrado del misterio de Dios, recitándolo y fijándolo en su Corán.

[6] Cf. P. Sacchi, L'Apocalittica, 173-186. S. Pétremént, Le Dieu Séparé. Les Origines du Gnosticisme, Cerf, Paris 1984, ha destacado la relación entre cosmología apocalíptica y gnosis; en esa línea se sitúa también el trabajo, quizá más esotérico, de F. García Bazán, Gnosis. La esencia del dualismo antiguo, Castañeda, Buenos Aires 1978. B. J. Malina, On the Genre and Message of Revelation. Star Visions and Sky Journeys, Hendrickson, Peabody MA 1985, ha interpretado el Ap desde el profetismo astral, corriendo el riesgo de disolver la apocalíptica en la astrología. J. Pepin, Théologie cosmique et théologie chrétienne, PUF, Paris, 1964 ha puesto de relieve la pervivencia "cristiana" de este modelo cósmico. Algunas formas de nuevo esoterismo quieren recuperar esta experiencia cósmica, pero (si pretenden ser leales a la modernidad) han de hacerlo de un modo distinto, pues ha cambiado en nosotros la visión del sol y de la luna, la manera de entender el giro de los astros, la función del calendario... Desde la astrofísica actual no podemos mantener ya la sacralidad unitaria de este modelo de pequeño cosmos de 1 Hen y la apocalíptica antigua. Un viaje cósmico como el Henoc, con la ayuda de Uriel, ha perdido su sentido. Sin embargo, en otro sentido, el misterio cósmico sigue fascinando y son millones los nuevos devotos de una nueva astrología/astronomía sacral, cercana a la vieja apocalíptica. Cf. H. T. Richard La tradition ésotérique et la science, La Colombe, París, 1965; G. Voss, Astrología y cristianismo, Herder, Barcelona, 1985.

2.PERSPECTIVVA CANÓNICA CRISTIANA.

La tradición más antigua de la iglesia relaciona pascua de Jesús y Ascensión. : Jesús ha nacido (rena­cido) como Hijo de Dios, en poder, por la resurrección de entre los muertos (Rom 1, 1‑3), siendo elevado, ascendiendo al cielo; Dios le ha exaltado, dándole el Poder supremo, de manera que al nombre de Jesús se postren todos los poderes del cielo y de la tierra (Flp 2, 9‑11). En esta concep­ción triunfal del Cristo ha jugado un papel muy importante el Salmo 110, que la iglesia ha interpretado en clave cristológica: «Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos como escabel de tus pies» (Sal 110, l; cf. Hech 2, 34‑35; Mt 22, 44 par). El mismo Dios Yahvé, que ahora se viene a desvelar como Padre, ha entronizado a su derecha al Hijo, que es Señor y Cristo de los cielos y la tierra (cf. Mc 14, 62 par).

           (1) El tema en Lucas-Hechos. En esta línea ha dado un paso más el autor de Lucas‑Hechos, interpretando la victoria mesiánica del Cristo en forma de Ascensión. En sentido estricto, el símbolo de la Ascensión constituye una forma de expresar la resurrección y glorificación de Jesús y, de esa forma, está latente en el conjunto del Nuevo Testamento, pero Lucas lo ha desarrollado de forma explícita, al final de su evangelio (Lc 24, 50-53) y al comienzo de los Hechos (Hech 1, 1-11), para culminar de esa manera las apariciones de la pascua y para señalar que el Cristo no actúa ya en la forma antigua sobre el mundo. Por representar las cosas de esa forma, Lucas ha tenido que poner un límite temporal a las apariciones pascuales. En un primer momento no era necesario trazar unas fronteras entre el tiempo de pascual y el comienzo de la vida de la iglesia (cf. 1 Cor 15). Por eso, lo mismo que se había mostrado en el principio a las mujeres y a Pedro con los discípulos, Jesús podía seguirse revelando para mostrar nuevos caminos y experiencias dentro de la iglesia. Pero, en un determinado momento, una vez que los creyentes fueron tomando distancia en relación con los principios de la pascua, resultaba necesario precisar las fronteras del primer tiempo de pascua, para distinguirlo de las etapas posteriores.

           (2) Tiempo de Pascua y Ascensión. Así lo que ha hecho Lucas-Hechos de una forma canónica, ofreciendo el esquema de la liturgia posterior de la iglesia. (a) Hubo un tiempo de pascua, centrado en los cuarenta días de las apariciones de Jesús a los apóstoles. Aquellos fueron días de nacimiento: tiempo de la gran recreación y de enseñanza final para los discípulos antiguos, como un idilio de comunicación entre Jesús y sus discípulos. Los que tuvieron la fortuna de vivir aquellos días participaron de un acontecimiento único que ya no volverá a repetirse nunca más dentro de la historia (cf. Hech 1, 1-5). (b) Este tiempo ha culminado y terminado en la Ascensión. Jesús tiene que marcharse de este mundo: dejar su antigua forma de presencia. Así aparece claramente en el gesto solemne del ascenso al cielo, desde el Monte de los Olivos (Lc 24, 50-53; Hech 1, 6-11). De ahora en adelante los cristianos ya no pueden apelar a nuevas formas de revelación fundante de Jesús. El tiempo de pascua ha terminado. Ya no pueden darse más apariciones normativas del Señor resucitado, porque la época pascual ha pasado.

           (3) Relato de la Ascensión. Posiblemente, el autor de Lucas-Hechos ha reelaborado tradiciones anteriores que hablaban de una aparición de Jesús en la montaña, en la línea de Mt 28, 16-20. Pero no ha situado esa montaña en Galilea (en un lugar desconocido), sino al lado de Jerusalén, en el Monte de los Olivos, lugar por donde pasan y paran gran parte de los peregrinos, para ver la Ciudad Santa (cf. Mc 13 3). Pues bien, Jesús sube con sus discípulos a esa montaña, pero no para quedarse allí, sino para Ascender al misterio de Dios, a la plenitud de la gloria, para sentarse a la derecha de Dios Padre (cf. Hech 2, 33). De esa forma, la aparición en la montaña se convierte en última aparición, la visión pascual se vuelve experiencia de despedida: «Jesús les dirigió fuera (de la ciudad), hacia Betania y levantando las manos les bendijo. Y sucedió que al bendecirles se separó de ellos y se elevaba hacia el cielo» (Lc 24, 50-51).

            (4) Ascensión y reino de Dios. El libro de los Hechos ha precisado, introduciendo una última conversación de Jesús con sus discípulos: «Los discípulos le preguntaron diciendo: «¿Es éste el tiempo en que debes restablecer el reino de Israel? Jesús les dijo: no os es dado conocer los tiempos y señales pues el Padre los ha puesto bajo su dominio; pero recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra» (Hech 1, 6‑8). Los discípulos comienzan situándose en un plano de triunfo nacional judío. Quieren la victoria de Israel sobre los pueblos. Jesús no ha rechazado ese deseo, no les ha negado lo que piden. Pero pone su camino y la verdad de su reinado a la luz del poder y del amor del Padre. Desde ese mismo fondo ofrece su promesa: la venida del Espíritu, el camino de la iglesia. Eso significa que el poder del reino debe traducirse en forma de mensaje universal de salvación. Jesús no viene a imponer su ley por fuerza, sino a ofrecer su salvación gratuita a todos los que buscan gracia sobre el mundo. Éste ha sido su mensaje, éste el sentido de su vi­da. Así lo muestra a sus discípulos, mientras «retorna» hacia el Padre. «Y diciendo estas cosas, mientras ellos le miraban, fue elevado y una nube lo arrebató de su mirada. Y miraban hacia el cielo, viendo cómo se elevaba he aquí que aparecieron ante ellos dos varones, vestidos de blanco. Y les dijeron: varones galileos ¿qué hacéis mirando al cielo? Este mismo Jesús que ha sido elevado de vosotros al cielo volverá de nuevo, en la forma en que le habéis visto subir hacia los cielos» (Hech 1, 9‑11). Este es el texto básico de la Ascensión de Jesús, que significa plenitud y cumplimiento: ha terminado su misión; por eso tiene que marchar, dejando espacio a sus discípulos. La Ascensión aparece así como Despedida (fin del tiempo pascual), una Elevación (queda acogido en el misterio de Dios) y una Promesa (envía el Espíritu a los suyos y volverá al fin de los tiempos). Jesús ha subido hacia la altura de Dios, desbordando el plano de historia y geografía de la tierra, para culminar el despliegue de su vida (evangelio de Lc) de manera que puede comenzar el tiempo de la iglesia (Hechos). Literariamente, la Ascensión marca el fin de la historia de Jesús y se expande como promesa de retorno. El mismo Jesús que ha subido volverá. De esa forma, entre ascenso y retorno del Cristo, se abre un tiempo nuevo, propio de la misión y tarea de la iglesia. En una línea convergente se sitúa el testamento de Juan (Jn 14-16), donde Jesús afirma que conviene que él se vaya, para culminar su tarea y enviarnos su Espíritu. Esta es la experiencia que está al fondo de los primeros discursos pascuales de Hechos: «Dios ha resucitado a este Jesús, de lo cual todos noso­tros damos testimonio. Pues bien, elevado a la derecha de Dios, (Jesús) ha recibido del Padre el Espíritu santo prometido y lo ha derrama­do (sobre la comunidad, sobre los hombres). Esto es lo que vosotros observáis y es­cucháis» (Hech 2, 32‑33).

           (5) Ascensión de Cristo, asunción humana. Entre ascenso y retorno del Cristo se abre un tiempo de acción para los hombres. Jesús se eleva al cielo y así deja un hueco para que los hombres puedan ser plenamente humanos, haciéndose cristianos. Ellos ya no pueden andar buscando sin fin el ser de Cristo, en una especie de experiencia mística ansiosa. De esa manera, la elevación de Cristo, abriendo para los creyentes un tiempo y espacio nuevo de creatividad universal en el Espíritu. Al celebrar la fiesta de Jesús que culmina su revelación pascual en el principio de la iglesia y sube al cielo, nuestro texto le vincula a todos los creyentes que recorren su camino, completan su tarea, y suben igualmente a su gloria. Desde este fondo se suelen distinguir dos palabras.

(a) Ascensión: ha quedado reservada para Jesús y resalta el carácter activo de su gesto: sube o se eleva por sí mismo.

(b) Asunción: se emplea para la madre de Jesús y puede utilizarse también para el resto de los fieles. La Madre de Jesús y el resto de los creyentes pueden subir y suben también como Jesús, siendo ascendidos a la gloria de la plena humanidad. Jesús no ha subido simplemente al lugar o estado anterior (como si fuera un ser divino que simplemente baja para volver luego a la altura donde estaba previamente); a través de su ascensión, elevación o cumplimiento pascual, Jesús ha venido a ocupar (a suscitar) un lugar (estado, forma de ser) que previamente no existía, culminando así la creación. En ese sentido decimos que vuelve (está volviendo) para ofrecer su lugar a los creyentes, como supone Jn 14, 1-10.

                        (cf. M.-É. Boismard, ¿Es necesario aún hablar de Resurrección?, DDB, Bilbao 1996; X. Léon-Dufour, Resurrección de Jesús y mensaje pascual, Sígueme, Salamanca 1973; V. Larrañaga, La Ascensión del Señor en el Nuevo Testamento, CSIC, Madrid 1943; G. Lohfink, Die Himmelfahrt Jesu, SANT 16, München 1971).

Ascensión 2. Reinado de Jesús. En la entrada anterior he presentado algunos rasgos generales de la Ascensión de Jesús. Ahora pongo de relieve el sentido de su triunfo y reinado, pues, siguiendo una visión que está enraizada en el AT (Sal 110, 1), la Iglesia le ha “visto” sentado, a la Derecha de Dios Padre, en ámbito de cielo, culminada la historia, enviando su Espíritu. Jesús se eleva y se sienta, realizando así un gesto simbólico específicamente humano. Los animales se sostienen en sus patas, nadan, vuelan, caminan, se agazapan o se acuestan. Algunos pueden sentarse físicamente, pero sólo de manera material. No liberan las manos para la comunicación dialogada, no construyen una sede o trono como signo de su autoridad. Por el contrario, los humanos se definen por su capacidad de ponerse en pie (liberando las manos para el trabajo) y sentarse (para descanso, autoridad y/o convivencia).

(1) A la derecha de Dios. Espacio y tiempo. Cuando el Credo dice que Jesús está sentado le presenta en la línea de los reyes que toman asiento para imponer su autoridad y en la línea de los magistrados que ocupan su sede para juzgar o de los maestros que sientan cátedra para enseñar a los discípulos. También se sientan juntos los amigos, familiares y hermanos para compartir la palabra y alegría de la vida. Pues bien, Jesús resucitado se sienta, apareciendo como humano culminado. El AT presentaba a Dios sentado sobre el trono de su gloria; pues bien, sobre ese trono se sitúa ahora Jesús (cf. Mt 25, 31-45), en un espacio y tiempo de gloria.

           Espacio. Reasumiendo una de las tradiciones más antiguas de la iglesia, Hech 2, 33-34, dice que Jesús fue “elevado a la derecha de Dios.... ". De esa forma evoca la existencia de un espacio superior, de un campo de ser o realidad más alta en la que viene a expandirse y reflejarse el poder de lo divino (=la derecha de Dios). En esta línea se añade que Jesús ha sido recibido o acogido en el cielo, lugar de plenitud, espacio de Dios (cf. Hech 3, 21; Ef 6, 9; Col 4, 1; Hebr 8, 1). Al sentarse en el cielo, Jesús ha llegado al lugar de la presencia plena de Dios que es fuente de vida y gloria para los humanos.

           Tiempo. Hebr 1, 3 afirma que después de realizar la purificación de los pecado... se sentó a la Derecha de la Majestad, en las Alturas, vinculando así espacio superior (cielo geográfico) y tiempo futuro (cielo de culminación histórica). De esa forma se unen, en relación inseparable, el aspecto cósmico e histórico de la salvación, personalizado para siempre en el Jesús pascual, exaltado y ascendido al cielo. El mismo ascenso espacial aparece como plenificación histórica: Culminando su obra salvadora, Jesús ha perdonado el pecado de los pueblos y ha penetrado por (con) los hombres en la altura de Dios. En la base de su triunfo está por tanto la entrega pascual (purificación); en la meta está la plenitud o salvación para los humanos.

(2) Finalidad. Como supone lo anterior, la historiamesiánica culmina allí donde Jesús se sienta a la derecha del Padre: ha terminado la marcha, parece que sólo queda el silencio cristológico. Pues bien, sobre ese silencio se eleva la más honda palabra y acción de Jesús: no ha subido al cielo para volver a bajar y ascender, conforme al mito del eterno retorno, comenzando de nuevo el ritmo de renacimientos, sino para expandir y mantener su triunfo para siempre, conforme a la visión israelita y cristiana del mesianismo. Cristo ha muerto una sola vez y para siempre, redimiendo a los humanos (carta a los Hebreos). Por eso, el pasado no vuelve a lo anterior, sino que crea lo nuevo: ¡He aquí que hago nuevas todas las cosas! (cf. Ap 21, 5); la sesión es culmen de la historia salvadora.

           Para reinar y juzgar (= salvar). La tradición paulina, tal como ha sido codificada en Col y Ef, supone que Jesús está reinando ya, a la derecha de Dios. En esa línea, el credo posterior de la Iglesia, manteniendo una división ilustrativa (propia de la teología de Lc-Hech), distingue entre sesión presente (está sentado a la derecha del Padre) y juicio futuro (ha de venir...). Pero la tradición más antigua ha vinculado ambos gestos: "veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha de Poder (=Dios) y viniendo en las nubes del cielo" (cf. Mc 14 62 par); el mismo Jesús que está sentado y comparte la gloria de Dios está viniendo para culminar el juicio mesiánico. La misma cátedra de su ascenso y gozo, de su reinado y magisterio, aparece así como promesa de juicio salvador: viene Jesús para ofrecer a los humanos el misterio de su gracia transformante.

           Para comer y celebrar. Las palabras griegas que la tradición emplea en cada caso son semejantes: kathesthai (sentarse) y anakeisthai o anaklinein (recostarse para comer, en gesto de banquete). Jesús mismo ha destacado la felicidad de aquellos que participarán en el banquete del reino (cf. Lc 14, 15; Mt 8, 11 par). Pues bien, al final de su camino sobre el mundo, él ha querido celebrar con los suyos un banquete, ofreciéndoles su vida en alimento (cf. Lc 22, 14-20 par). Significativamente, esa comida de agradecimiento y plenitud es el signo mesiánico más hondo (cf. Mt 22, 1-14 par).

Cf. J. Dupont, Assis à la Droite de Dieu, en E. Dahnis (Ed.), Resurrexit, Vaticana, Roma 1974; M. Gourgues, M., A la Droite de Dieu. Résurrection de Jésus et Actualisation du Psaume 110, 1 dans le NT, Gabalda, Paris 1978; V. Larrañaga, L'Ascension de Notre-Seigneur dans le NT, Biblico, Roma 1938; G. Lohfink, Die Himmelfahrt Jesu, Kösel, München 1971; H. B. Swete, The Ascended Christ. A Study in the Earliest Christian Teaching, Macmillan, London 1910; U. Wilckens, Die Missionsreden der Apostelgeschichte, Neukirchener V., Neukirchen 1963.

13 may 2026

14,5,26. Ascensión de Jesús, cuatro días de “cielo” (1). Vámonos a ver en tu hermosura

Hoy jueves, 14 Mayo 2026,  a los cuarenta días de pascua, se celebra en la comunidad cristiana el día de la Ascensión de Cristo al cielo, el día del noviazgo/novedad de amor de la humanidad.

Esa palabra (Ascensión, Subida) tiene un carácter simbólico, tomando “cielo” como lo que está arriba, en un plano de gloria y salvación, junto a los “luceros”, que son las lámparas de Dios (sol, luna y estrellas), conforme al modelo del Evangelio de Lucas y del libro de los Hechos de los Apóstoles.

Pero conforme al evangelio de Mateo 28, 16-20 y al evangelio de Juan, el Cielo no está arriba, en un mundo superior de estrellas para el futuro-futuro, ni es una u-topia (lo que no tiene topos ni lugar en el mundo) sino que está en este mismo mundo, es decir en la tierra, un mundo hecho por Dios para la la Vida Plena, para que los hombres y mujeres, los pueblos y naciones podamos vernos, encontrarnos y amarnos unos a los otros.

Por eso nos ha dicho Jesús que vayamos a todos los pueblos de la tierra, no para conquistarnos unos a otros, no para dominarnos, colonizarnos, explotarnos, como hemos hecho en general hasta ahora, sino para vernos en amor, para aprender unos de otros, para así gozarnos juntos de la vida todos, en este mundo/globo dones es común el aire y el agua, la tierra y el fuego…

 Es bueno ir para vernos y darnos la buena noticia de la vida, los del norte y el sur, ls de oriente y accidente, diciendo “vámonos a ver”, vamos a vernos, salimos, nos saldamos, nos amamos, aprendemos todos, gozándonos juntos, porque es bueno vivir sobre la tierra que tiene fronteras para pasarlas y darnos la manos, y mirarnos y abrazarnos, americanos y chinos, de color más negro o más blanco, más rubio o más moreno, más cobrizo o amarillo, porque es hermoso que haya siete o mil colores, según se mire, como en el arco iris, tras el diluvio.

El diluvio de las guerras tiene que pasar, el tiempo de las conquistas violentas y las inundaciones de guerras, desde África al mundo entero, desde oriente medio hacia las cuatro direcciones de la rosa de los vientos, desde China hacia su entorno, desde Europa occidental o América al mundo entero… Así dice Jesús en Mt 28, 16-20, el día de la Ascensión que es día del ascenso universal al amor: Id al mundo entero, llevando con vosotros el amor, aprendiendo a vivir unos de otros y con otros, enseñándoos a querer entre todos, en respeto y amor mutuo.

  El tiempo de la Ascensión cuyos cuatro días quiero celebrar en este Blog, desde hoy jueves hasta el domingo comienza con este eslogan… vámonos a vernos, vamos a vernos y saludarnos y gozarnos de vivir sola misma tiempo, en un tiempo que está hecho para conocernos, abrazarnos, mirarnos y gozarnos, buscando todos los mejor, unos para los otros, con los otros.

  Este es el programa de Jesús, crucificado y resucitado, un Jesús que es de todos, blanco y negro, rubio y moreno, chino y americano que nos ha dicho  id por el mundo entero y haceros amigos unos de los otros, enseñándoos a vivir unos a otros,con el único mandamiento que es amarnos como yo os he amado…

No van/vamos los blancos-rubios y azulados a dominar la tierra… ni los amarillos más cobrizos, ni los negros.. Vamos todos a vernos, como novios, hombres y mujeres nuevos, de novedad de amor… Vamos a vernos, a salir juntos, aprendiendo a base de miradas, abrazos y besos…

Vamos a empezar que ya es tiempo, aprendiendo todos, unos de otros… que tenemos mil cosas y amores que aprender de los navajo de América y de los bantúes de África, de los esquimales y caucásicos,de los indo-nesios y caribeños… todos, en un mundo que es aldea universal, que es barrio y arrabal… Que es ya hora de salir y abrazarnos…

   Ciertamente, hay idiotas que se creen superiores y millonarios que se piensan más modernos y civilizados porque llevan bajo el brazo más cuchillos de matar o mas pistolas y fajos de papel, no saben otra cosas que malgastar la vida con sus necias razones… Hay de todo, pero podemos empezar, como nos dijo Jesús, hombre de todas las estaciones y colores, de todas las religiones y lenguas… como nos dice en el día de su Ascensión o salida al mundo entero, como se recuerda en Mt 28, 16-20.

   Teniendo eso en cuenta, en este primer día de la Ascensión cristiana univeral, jueves 14 de Mayo de 2026 (según el calendario juliano), quiero presentar (para quien quiera seguir leyendo y meditando) el programa del Cantico espiritual de San Juan de la Cruz, un buen cristiano, buena persona, la estrofa 36 del Canto B: Vámonos a ver (no a conquistar, ni dominar…) en tu hermosura, en la hermosura de los otros pueblos y personas, en este camino de ascensión, de cielo en la tierra:

 

Gocémonos, amado,

y vámonos a ver en tu hermosura

al monte y al collado,

do mana el agua pura;

entremos más adentro en la espesura (CB 36)

   La vida en el mundo es una travesía de amor,   no para hacer  cosas obligatorias, en clave de poder o dominio (riqueza),  sino para amarse entre sí unos y otros en una vida que puede y debe interpretarse como “dulce encuentro” (Llama 1), motivo y argumento de gozo, a través de un recorrido de amor.

No se trata de encontrar, explorar y conquistar espesurasde indias occidentales u orientales, de Perú o de China, por poner dos ejemplos, sino de entrar juntos en la espesura (=riqueza infinita) del amor de Dios en Cristo, y de conocernos, reconocernos y gozarnos en amor unos y otros. Este encuentro  no es conquista o colonización para conseguir nuevos tesoros de poder económico, sino para encontrar y gozar nuevos amores.

Para  Jesús la vida es reciprocidad de amor, no gozo solipsista de cada uno en sí mismo (así decía otro poeta, pero egoísta: Vivir quiero conmigo, gozar quiero del bien que debo al cielo). Tenemos que  salir a la calle de la vida, para decir  1 Jn 4, 7-21: Amémonos amados.

  Esta invitación de Cristo (gocémonos amados, amémonos queriso) no es un mandato ni obligación, sino una propuesta voluntaria de vida en comunión. El gozo verdadero vida no es dis-frutar poseyendo cosas, ni mucho menos personas (¡ninguna puede poseer a otra), sino gozarse unos en otros y con otros, en comunión de amor, en búsqueda de paz.  

Los hombres no están hechos para encerrados en su egoísmo (vivir quiero conmigo) ni sometidos a una ley  que define lo que debe ser (por obligación externa), sino que el camino de la vida han de buscarlo trazarlo ellos mismos, en comunicación de amor. Los hombres no tienen nada que hacer e imponer para ser respetados, nada que demostrar o conseguir con su esfuerzo, sino amarse, pues la vida es regalo de amor compartido y de esa forma, al amarse, buscan unos el bien de los otros.

Los amantes no han de buscar nada en particular (para sí solos a solas), ni por imposición externa de una ley impersonal, sino amarse entre sí, por amor enamorado, como el discípulo amado, enamorado, de Jn 21, no por oficio o mandato como Pedro, por obediencia a Jesús, para así cuidar su rebaño. No se trata de cuidar ningún rebaño, ni de cumplir ningún oficio, sino de amar en libertad y gozo, por amor enamorado.     

2. Y vámonos a ver en tu hermosura.  Este es el origen y sentido de la contemplación: Mirarse mutuamente, siendo cada uno gozo para el otro. Aquí no hay visión de esencias especiales (como ha supuesto a veces la teología), sino contemplación mutua de personas, en cuerpo y alma, encuentro personal en las miradas. Las personas son ojos para verse, de manera que por la mirada se encuentran y re-crean suscitando la más honda hermosura. El proyecto compartido (gocémonos se expresa así como vámonos a ver, gozando uno del otro[1].

Vámonos a ver en tu hermosura. Que quiere decir:

Hagamos de manera que, por medio de este ejercicio de amor ya dicho,

lleguemos hasta vernos en tu hermosura en la vida eterna.

Que de tal manera esté yo transformada en tu hermosura,

que, siendo semejantes en hermosura,

nos veamos entrambos en tu hermosura,

teniendo ya tu misma hermosura; de manera que,

mirando el uno al otro, vea cada uno en el otro su hermosura,

siendo la una y la otra tu hermosura sola,

absorta yo en tu hermosura:

y así, te veré yo a ti en tu hermosura, y tú a mí en tu hermosura… ,

y parezcas tú yo en tu hermosura;

y así seré yo tú en tu hermosura, y serás tú yo en tu hermosura,

porque tu misma hermosura será mi hermosura;

y así, nos veremos el uno al otro en tu hermosura

(Coment CB 36, 5).

Este pasaje está escrito desde el punto de vista de la amante, que descubre la hermosura del amado y siente que la vida entera se transforma en su presencia, pues el amado es hijo de Dios, de tal forma que su gozo es ya gozo de Dios, vida eterna. Pero, al mismo tiempo, todo el texto puede y debe entenderse de forma humana, como encuentro de dos enamorados, superando la envidia de Caín (Gen 4), que consiste en enojarse por el otro y matarle, para vivir yo.  

Cuando el otro me mira, y yo le miro, al mirarnos, nos gozamos uno en otro y nos queremos, como cada uno se quiere a sí mismo, no sólo como dice Lev 19, 18: (amarás al prójimo como a ti mismo), sino descubriéndole, respetándole y gozando en él, encontrando en su distinción una riqueza para tí. De esa forma, a mirarnos y al querernos existimos como humanos Por eso el amor es cruce y enriquecimiento de  miradas, un camino de amor que nos lleva a todas partes yendo juntos. Así dice la “amante”: Vámonos a ver en tu hermosura, pues a cualquier lugar donde vayamos será para mirarnos y encontrarnos, pues cada uno es tierra y vida del otro.

 - Al monte…. El amor nos lleva a lo más alto, a las alturas  primordiales que CB 14 interpretaba como amado, partiendo del otero (CB 13). Éste es para SJC el monte Carmelo, donde no hay ley, sino que cada uno es ley para sí mismo (Subida, diagrama). Pero aquí no es un el que sube, sino, al menos dos,en amor sobre toda ley, de manera que no están sometidos a una norma externa, sino que ellos mismos, al amarse y gozase se hace ley, no uno sobre el otro o para el otros, sino uno en el otro, aprendiendo a gozar juntos, no de otras cosas o personas, sino de ellos mismo, en el centro de todos el universo.   

- Y al collado do mana el agua pura. A la fuente cristalina fue la amante preguntando por los ojos del amado (CB 12-13). Ahora ya que están juntos, vuelven al manantial del collado, para allí gozarse y contemplarse en el espejo de las aguas puras, que eran la base del templo de Jerusalén (cf. Ez 47; Zac 14; Ap 22). Lugar y templo de Dios es el collado o paso entre los montes, donde brota el agua como fuente de hermosura, y a su vez los mismos amantes son fuente y agua viva el uno para el otro.

-Entremos más adentro en la espesura. La transparencia del agua nos conduce de forma natural a la espesura, de los bosques de árboles plantados por la mano del amado (CB 4), de forma que el mundo entero se convierte en espesura de amor, donde conviven, se miran y cantan los enamorados bien protegidos una vegetación, que simboliza la presencia de Dios sobre la tierra.  Se trata de entrar en la espesura del amor que es Dios, siendo espesura de amor mutuo de los amantes que se dicen: Entremos cada uno los dos juntos, en la espesura del amor gozoso.

[1] Esta palabra (¡Gocémonos, Amado!) es la respuesta del hombre a Dios, la más honda de las proposiciones de los hombres y mujeres, pues ellos han sido criados para gozarse, descubriendo y expresando, en su conocimiento, el don y gozo de la realidad. Ciertamente, ese gozo implica una renuncia (Subida: Nada, nada, nada...), en pura gratuidad, sin posesión ni dominio de unos sobre otros, una renuncia que es puro gozo de cada uno en el otros y por el otro final, superando toda envidia, imposición y lucha: Gocémonos, amado.

11 may 2026

Una reflexión triste, gozosa y esperanzada sobre México

El México moderno surgió de una guerra, de una batalla del año 1521. En el lugar de esa batalla, en la plaza actual de las Tres Culturas de Tlatelolco, hay un monumento que dice:

  El 13 de agosto de 1521, heroicamente defendido por Cuauhtemoc  cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortes;  no fue triunfo ni derrota, fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo: México.

  Pareció por tres siglos  que habían triunfado  los hispanos de forma que aquellos territorios se llamaron Nueva España. Pero en los dos últimos siglos estamos descubriendo que triunfaron de hecho los que parecían vencidos, de manera que el sustrato náhuatl (mexica) está volviendo a  imponerse (¡evidentemente, de forma renovada!)  sobre el hispano.

   En ese contexto la Sra. Presidenta de la Comunidad de Madrid, Madrid, experta en un tipo de política, ha pasado por México, en una visita que ha terminado siendo muy conflictiva.

ooooo

 No soy soy especialista en cultura e historia mexicana, pero he estado por allí unas 30 veces nunca de excursión, sino sino de inmersión cultural. He impartido cursos en seis universidades, he participado en capítulos y congresos, en reuniones de trabajo, he dirigido tesis doctorales, he escrito libros sobre el tema…

No me atrevo a dar una opinión definitiva sobre el tema, pero sí  a desear que en el futuro de México no triunfe un capitalismo de puro dinero, ni el puro sustrato azteca sin cambios, ni el hispano en vertiente de conquista.

 Quiero desear y deseo…. Que no haya vencedores ni vencidos…, sino que pueda triunfar de verdad la cultura mestiza de la noche triste y gozosa de Tlatelolco, marcada, sobre todo, por un recreación de  la Tonancin María, con la experiencia admirable de la donación de la vida de los aztecas, con el rostro de amor universal de un Cristo que es palabra de comunión entre todos los pueblos.

Fondo humano y religioso universal, una realidad dual

Entre los siglos IX y XVI d. C., se impuso en el altiplano mexicano un tipo  divinidad dual, representada por el sol (masculino), que gobierna el día y por el manto o faldellín de estrellas (signo femenino) que preside, con la luna, el tiempo de la noche

 Allá (en los cielos) vive Dios y su Consorte. El Dios celestial se llama, por un lado, Señor de la dualidad; y su Consorte se llama Señora de la dualidad. Sobre los doce cielos, es Rey y Señor este Dios de la Dualidad [2].

           Según eso, la unidad y dualidad divina se implican mutuamente. Mirando las cosas en una perspectiva, parece que hay sólo un Dios unitario. Pero ese Dios único presenta en otro plano un rostro y realidad dual, como si hubiera un matrimonio divino en el que los consortes están entrelazados de manera que forman un único ser divino, que es a la vez cielo y tierra, masculino y femenino. De esa realidad que es, al mismo tiempo, única y dualidad surgen después (en incesante proceso engendrador) los cuatro puntos cardinales del espacio, con las edades o tiempos de las cosas, en ritmo bien medido de preciso nacimiento y muerte.

 Siendo masculino-femenino, el Dios dual lleva consigo el germen de toda distinción. Es un Dios bipolar de tipo complementario, una conjunción de opuestos que se implican y no pueden separarse. Hay en ese Dios un principio activo, más generador (lo masculino) y un principio receptivo, más acogedor, que coincide con lo femenino.

Esos dos aspectos forman un Dios espejo donde vienen a mirarse y encuentran su sentido todas las restantes realidades. En este Dios espejo se reflejan y descubren siempre dos figuras o rostros principales: el sol masculino que alumbra todo como día; el cielo femenino de la oscuridad extendida como manto o faldellín de estrellas que se descubren en la noche. No existe eso separación estricta entre los dioses (con su dualidad y generación perpetua) y los vivientes de la tierra, que engendran también según ley lo masculino y femenino, en proceso sin fin de nacimiento y muerte a modo de sistema o movimiento de vida. No hay un corte estricto entre los dioses y los hombres. Siendo un proceso de vida dual (inter-acción de lo masculino y femenino) Dios se suscita a sí mismo, y, al hacerlo, suscita y sostiene todo lo que existe.

           Lo que sostiene en pie a la tierra... es el principio dual, descubierto por una larga meditación simbolizada en la figura de Quetzalcoatl. Dios de la dualidad (Ometéolt), en su forma dual, masculino-femenina, ofrece consistencia a la tierra, viste de algodón (de vegetación). siendo un solo principio, una sola realidad, Ometéotl posee simultáneamente dos aspectos: el masculino y femenino. De esa forma) es concebido como núcleo generativo y sostén universal de la vida y de todo lo que existe[3],  

Mundo conflictivo. El Dios sol del sistema sacrificial azteca

 - Los aztecas conciben a Dios como sol muere para dar vida a todo lo que existe, en un proceso en el que se vacía a sí mismo y acaba muriéndose (consumiéndose) si no recibe, a su vez, un poder de vida que le viene de los hombres, para que no muera del todo, para que siga existiendo y ofreciendo su vida a todo lo que existe.

- Este Dios-sol forma parte del proceso de una vida “finita”, es decir, limitada, de tal forma que el mismo Dios (Sol) está implicado en el acontecer del mundo, en el proceso de su destrucción y regeneración. Conforme a la tradición bíblica, cultivada y profundizada después por un tipo de filosofía de occidente, Dios se encuentra fuera del proceso: no mengua ni padece al crear; no crece ni decrece por dar vida a las cosas, porque las crea de la nada (es decir, de algo que no es su propia substancia). Por el contrario, el Dios azteca crea o suscita las cosas desde su propia substancia: eso supone que muere, se sacrifica, para dar su vida al mundo.

- De la entrega y muerte vital de Dios nacemos, en gesto que aparece al mismo tiempo como y creador y destructor. El Dios-Sol creador suscita las cosas (da vida, da luz/calor) de un modo creador. Pero no puede hacerlo de un modo incesante, pues al dar vida la pierde y terminaría agotándose a sí mismo. Para seguir dando vida, Dios necesita recibir en respuesta la sangre vida de los hombres, pues de lo contrario se agotaría., dentro de una especie de círculo mercantil de vida: Para seguir dando vida a los hombres, Dios necesita recibir la respuesta de vida de los hombres.

 INVASIÓN HISPANA. LAMENTO Y RETORNO FEMENINO

Para “alimentar al Dios sol con la sangre de hombre, losaztecas crearos un sistema religioso de tipo sacrificial, ofreciendo a Dios la vida de unos “privilegiados” para matarnos en honor de Dios, de forma que así pasaran a formar para de la divinidad del mismo Sol, en lo alto del cielo.

Lógicamente, los pueblos vecinos, especialmente tlaxcaltecas,  a quienes los aztecas mantenían a su lado con independencia relativa para poderlos combatir, tomando de ellos prisioneros para ser sacrificados, se oponían, al menos parcialmente, a este sistema del imperio del gran Sol violento y pobre, sangriento y masculino. Por eso se unieron con Hernán Cortés(tras el 1521 d. de C.), para destruir el gran imperio sacrificial de la Sangre Sagrada. Es muy posible que el triunfo español pueda interpretarse como una "revancha" del principio femenino.

Así lo sintieron muchísimos mexicas de todo el altiplano cuando veneraron o, mejor, recuperaron por medio de María, la madre de Jesús, los rasgos femeninos más sagrados de su madre diosa compasiva, que los aztecas habían dejado expresamente reprimidos bajo el signo del  Sol duro y violento, sacrificial y destructivo. Sobre las ruinas del viejo imperio azteca se expandió y triunfó con rapidez el cristianismo. De todas formas, antes de esa victoria o recuperación cristiana debemos recordar las palabras de un famoso lamento de un grupo de sabios aztecas que pretenden conservar su religión.

La misión que había comenzado ya con Hernán Cortés y su capellán el P. Olmedo O.M., toma rasgos sistemáticos tras el 1524, con la llegada de los franciscanos que pretenden crear allí la nueva y verdadera iglesia de los pobres (indios) frente a la iglesia del poder y la riqueza de los conquistadores. El comienzo de su misión fue duro. Así respondía, después de haberles escuchado, un grupo de sacerdotes y maestros aztecas:

- Señores nuestros, muy estimados señores.

Habéis padecido trabajos para llegar a esta tierra,

aquí ante vosotros os contemplamos, nosotros gente ignorante...

Somos gente vulgar, somos perecederos, somos mortales,

déjennos pues ya morir, déjennos ya perecer,

puesto que ya nuestros dioses han muerto....

- Vosotros dijisteis que nosotros no conocemos

al Señor del Cerca y del Junto,

a aquel de quien son los cielos y la tierra.

Dijisteis que no eran verdaderos nuestros dioses.

- Nueva palabra es esta, la que habláis,

Por ella estamos perturbados, por ella estamos molestos.

Porque nuestros progenitores,

los que se han ido, los que han vivido sobre la tierra,

no solían hablar así...Ellos nos estuvieron enseñando

todas sus formas de culto, todos sus modos de honrar (a los dioses).

Así, ante ellos acercamos la tierra a la boca,

por ellos nos sangramos, cumplimos las promesas,

quemamos copal y ofrecemos sacrificios.

- Era doctrina de nuestros mayores que son los dioses por quien se vive,

ellos nos merecieron (con su sacrificio nos dieron vida).

)En qué forma, cuándo, dónde? (Cuando aún era de noche!

Era su doctrina que ellos nos dan nuestro sustento...

Ellos son a quienes pedimos agua, lluvia,

por las que se producen las cosas en la tierra.

- Ellos mismos son ricos, son felices, poseen las cosas,

de manera que siempre y por siempre las cosas está germinando en su casa,

allí donde de algún modo se existe, en el lugar de Clacolan.

Nunca hay allí hambre, no hay enfermedad, no hay pobreza....

Ellos sobre todo el mundo habían fundado su dominio.

Ellos dieron el mando, el poder, la gloria y la fama.

- Y ahora, nosotros ¿destruiremos la antigua regla de vida?

Nosotros sabemos a quien se debe la vida,

a quien se debe el nacer..., cómo hay que rogar.

- Oíd, señores nuestros, no hagáis algo a vuestro pueblo

que le acarre desgracia, que lo haga perecer... 

Tranquila y amistosamente considerad, señores nuestros,

lo que es necesario...

Es ya bastante que hayamos perdido, que se nos haya quitado,

que se nos haya impedido nuestro gobierno.

Si en el mismo lugar permanecemos sólo seremos prisioneros.

Haced con nosotros lo que queráis.

Esto es lo que respondemos, lo que contestamos,

a vuestro aliento, a vuestra palabra (oh señores nuestros![4].

- En el lugar donde se hallaba el Sol-Guerrero vino a colocarse el Señor Jesús que muere  por los hombres y no tiene más necesidad de sangre y sacrificios humano.

- En el hueco de la antigua Tonancin, Señora de la dualidad, Diosa del cielo, revestida con el manto de estrella de la noche, pudo situarse a María, Madre de Jesús, de on el título antiguo y nuevo de Virgen de Guadalupe.

Esta querida Virgen-Madre, que vincula en una misma fe a cristianos españoles y a mexicas autóctonos, ofrece sin lugar a duda muchos rasgos y motivos nuevos,  vinculados al anuncio del evangelio. En ese sentido existe una ruptura en relación con el esquema religioso anterior de los aztecas. Pero al mismo tiempo es claro que los españoles han ofrecido a los mexicas también antes oprimidos del altiplano la posibilidad de retornar a sus raíces más antiguas: el Señor Jesús, muerto por ellos, como auténtico Sol que ya no exige sacrificios humanos, les permite reconciliarse con la Madre, la Tonancin, que los aztecas habían reprimido con su imperio militar violento. 

En ese sentido, la evangelización cristiana, teniendo muchos aspectos negativos, ofreció también elementos de de restauración auténtica. Los nuevos misioneros franciscanos no quisieron imponer una religión distinta sino que apelaronn de algún modo a la más antigua y verdadera religión de los pueblos que habitaban desde antiguo en aquella tierra. La historia de violencia militar del Dios-Sol de Sangre de los aztecas quedará como un episodio superado en la historia milenaria de los diversos grupo de mexicas, desde la frontera actual de USA has los grupos mayas de Yucatán y Mesoamérica Los españoles pudieron presentarse como enviados de Quetzalcóatl, potadores del al auténtico Sol que es Jesús y sobre todo de su Madre, la Tonancin, que recibe ahora los rasgos antiguos y nuevos de Virgen de Guadalupe.

Ciertamente, en un sentido, los mexicas de cultura náhuatl se hicieron parcialmente cristianos, pero los cristianos de origen hispano se hicieron también parcialmente mexicas… cosa que la señora de Madrid, que ha ido como representante de Hernán Cortés parece incapaz de comprender. Porque, dicho todo esto, podríamos empezar hablando de Cortés, con sus inmensas equivocaciones, pero también con sus elementos positivos, de los que he tratado en cientos de conversiones y encuentros con mexicanos actuales.

Madre del cielo, Virgen María, Espíritu Santo   

La visión dual de Dios que hemos querido presentar en clave náhuatl no es exclusiva de las culturas religiosas de América sino queconstituye para muchos un arquetipo en la experiencia humana y religiosa. Por eso es bueno entenderlo la misma trinidad cristiana. Ciertamente, en una perspectiva cristiana la vida en cuanto tal(la dualidad de los sexos de este mundo) no se puede interpretar como divina: Dios es creador y se mantiene por encima de las oposiciones de los hombres.

Sin embargo, ese mismo Dios cristiano que ha creado al hombre a su imagen y semejanza (cf. Gen 1.27), nos permite superar la imagen del varón dominador que ha triunfado en casi todos los pueblos. El Dios de la Biblia no es patriarca dominante y macho que muchos han imaginado.

  La experiencia de la dualidad divina de los pueblos náhuatl cobra de esa forma actualidad cultural y religiosa dentro del mismo cristianismo. Coloquemos a la Virgen María en el espacio de la Diosa-Madre; relacionémosla después con el Espíritu Santo del dogma trinitario y obtendremos un esquema que resulta estructuralmente cercano al de los viejos devotos mexicanos. En esta línea avanza F.K. Mayr. A su juicio, en la base de todo lo que existe en cielo y tierra no está la monarquía de Dios Padre, interpretado en forma patriarcal, dominadora; en el principio está la dualidad de un Dios que se muestra, al mismo tiempo, como Padre-Madre(es decir, como Padre y Espíritu Santo, si es que hablamos en perspectiva cristiana, trinitaria).

            Bibliografía. Textos: la mejor introducción al pensamiento náhuatl sigue siendo B. de Sahagún,  Historia general de las cosas de Nueva España (1569); en Historia 16, Madrid 1990; F. Clavijero, Historia antigua de México, Porrúa,México 1982; M. León-Portilla (ed.), Antología. De Teotihuacan a los aztecas. Fuentes e interpretaciones históricas, UNAM, México 1983; Id (ed.), El reverso de la conquista. Relaciones aztecas, mayas e incas, Mórtiz, México 1983; A. M. Garibay,  Teogonía de los mexicanos. Tres opúsculos del siglo XVI,  Porrúa, México 1985.

Estudios generales: M.León Portilla, La filosofía náhuatl, UNAM, México 1979; Id., Toltecayotl. Aspectos de la cultura náhuatl, FCE, México 1991; Id., Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares, FCE, México, 1990; G.W Conrad y A.A. Demarest, Religión e imperio. Dinámica del expansionismo azteca e inca, Alianza, Madrid  1988; Ch. Duverger,  La flor letal. Economía del sacrifico azteca, FCE, México 1993; Y.González Torres,  El sacrificio humano entre los mexicas, FCE, México 1985; J.L. Martínez, Nezahualcóyotl, FCE, México, 1984; R.Piña Chan, Quetzalcoatl. Serpiente emplumada, FCE, México 1981; L. Séjourné, Pensamiento y religión en el México antiguo, FCE, México 1990.

 Para situar el tema religioso:  C.Siller, Flor y canto del Tepeyac. Historia de las apariciones de Santa María de Guadaluape, México1981;Varios, Documentario Guadalaupano 1531-1768, MHG 3 , México 1980; J. Lafaye, Quetzalcóatl y Guadalupe,  FCE, México 1983 ;  X. Pikaza,  Dios como Espíritu y persona, Sec. Trinitario, Salamanca 1989, 161-168; La alternativa ecológica, Clie, Terrasa 2022

[2] Cf M. León-Portilla, La filosofía náhuatl, UNAM, México, 1979, 150-151.

[4] Texto recogido y traducido por M. León-Portilla,  El reverso de la Conquista, Mórtiz, México 1983, 24-28.

10 may 2026

No os dejo huérfanos. Para la libertad os he liberado. Dom 5 pascua (10 5.26)

Este dom. 6 pascua es preparación de Pentecostés, anunciando la llegada del Espíritu Santo, conforme al evangelio de Juan, conde Jesús dice a sus discípulo: No os dejaré huérfanos, os enviare mi Espíritu.

En ese contexto he preferido comentar un pasaje de la carta de Pablo a los Gálatas, donde les explica la llegada del Espíritu Santo como principio de filiación divina y libertad humana.

En su etapa anterior, siendo judío celoso , Pablo había pensado que los hombres han de ser “domesticados” por ley, bajo administradores y tutores (ayos) que les mantuvieran bajo custodia, con amenazas de castigo. Pero después, llegado el tiempo de la madurez, esto es, de la libertad en Cristo, Pablo descubrió en Damasco que los israelitas, y con ellos los hombres y mujeres de todos los pueblos, pueden vivir en madurez y confianza (en fe mutua, pistis), persona a persona, en relación con Dios y con los demás seres humanos. Éste es el principio de su evangelio:

Antes que llegara la fe (πίστιν), éramos prisioneros y estábamos custodiados bajo ley hasta que se revelare la fe.  La ley fue así nuestro pedagogo (παιδαγωγὸς), hasta que llegara Cristo que nos ofreció la justificación por fe. Por eso, una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el pedagogo, De forma que todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús (cf. Gal 3, 23-25).

 Según eso, la vida en Cristo no es una más honda imposición a Dios bajo un poder, de ley a la que debemos humillarnos, sino experiencia y camino de fe (pistis), en comunicación personal con Dios y con los demás seres humanos, en gesto de paz (Shalom שָׁלֽוֹם, eirene). No estamos ya bajo la amenaza de la ira de Dios, pues Dios no es ley de ira, sino inmersos en el amor de la vida que Dios comparte con nosotros y en nosotros por Cristo, su Hijo, su revelación, su presencia. Así se desarrolla el argumento.

Según la Escritura, testimoniada bajo la Ley y los profetas, desde el tiempo de Abraham (antes de Moisés), Dios nos había prometido su herencia, es decir, uns vida en libertad y amor (Gal 3). Pero éramos entonces como niños menores, no podíamos vivir en libertad, como Dios. Por eso Dios, como buen educador nos puso en manos de “las leyes de la carne” (que son los poderes materiales y vitales de este mundo), hasta que llegara el tiempo en que, habiendo madurado en libertad de amor, pudiéramos vivir ya en libertad, sin más ley que nuestra propia vida en intimidad con Dios-Padre, en diálogo con los restantes hombres y mujeres:

Mientras el heredero es menor de edad, en nada se diferencia de un esclavo siendo como es dueño de todo,  sino que está bajo tutores y administradores hasta la fecha fijada por su padre. 3Lo mismo nosotros, cuando éramos menores de edad, estábamos sometidos bajo los elementos del mundo. Pero cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la filiación (υἱοθεσίαν, cf. Gal 4, 1-4).

Pablo ratifica de esa forma el cumplimiento de la promesa y herencia de Israel (la ley y los profetas, cf. Rom 3, 21), no sólo para Israel, sino para todos los hombres y pueblos que tienen la misma dignidad que los israelitas, llamados a vivir en diálogo de libertad y amor, por la palabra. Esta liberación de la ley no es des-gobierno, sino buen gobierno de comunión de todos, en diálogo de amor, buscando cada uno el bien de los demás. La promesa de la herencia se cumple a través de la palabra, de manera que el Reino de Dios se identifica con la comunicación universal en libertad y amor en Cristo. Se cumple así la promesa y herencia de Abrahán: Una tierra de herencia que es el mismo Dios, como vida que heredan los creyentes, una descendencia numerosa como las estrellas del cielo, que son todos los pueblos (cf. Gel 12-15, Gal 3).

Los hombres se encontraban antes separados unos de otros, enfrentados bajo  una ley de poder. Los diversos pueblos vivían bajo leyes a las que estaban sometidos, pero ahora esas leyes impuestas han sido superadas, pues todos, pueblos y personas nos hemos vuelto “hijos mayores”, hermanos, amigos, libres en Cristo para dialogar en amor, Hijo de Dios, superando lo que fuimos, y empezando a ser lo que somos, hijos de Dios, en el Hijo que es Cristo, en comunión de vida, a través de la palabra. Esa es la mayor liberación (somos divinos, en Dios, por la Palabra), asumiendo así nuestra responsabilidad creadora. No estamos bajo una ley a la que debemos someternos desde fuera; sino que nosotros mismos somos hijos de Dios, creadores de una ley superior, en libertad, por comunión de unos con otros.

Algunas traducciones de la Biblia entre ellas la católica de España (=para que recibiéramos la adopción), sienten vértigo (= miedo) a la palabra clave (filiación, υἱοθεσίαν), pues piensan que ella se aplica solo a Cristo, Hijo real, mientras los demás seríamos sólo adoptivos en sentido restringido. En contra de eso Pablo sabe y afirma que somos hijos reales en Cristo, no adoptivos (no por añadidura), sino por engendramiento divino, no a la fuerza, queramos o no, sino en libertad, abriendo así para nosotros, en nosotros, un espacio y camino de divinización, que compartimos mutuamente, en el amor que nos tenemos unos a los otros, haciéndonos hijos en Dios, al comunicarnos la vida, recibiendo y realizando así en nosotros la filiación de Dios que es el amor.

Antes de llegar la fe estábamos encerrados (συνκλειόμενοι) bajo la ley (ὑπὸ νόμον),

 que era nuestro pedagogo hasta la llegada de Cristo (εἰς Χριστόν).

Pero una vez que ha llegado la fe ya no estamos bajo el pedagogo,

sino que somos (estamos en) Cristo, por fe (cf. Gal 3, 23-26).

  Desde la fe en Cristo  desaparecen las diferencias anteriores, que pertenecen al plano de la ley sacerdotal, social y económica que venía dominando a los hombres, tanto en su forma judía como pagana. Pablo escribe así a los gálatas, de origen pagano, casi bárbaros, pues no dominaban la cultura griega, ni habían conocido previamente al judaísmo. Pues bien, en contra de ese evangelio universal de Pablo, unos judeo-cristianos anti-paulinos venidos de Jerusalén (cf. Gal 3, 27), quisieron imponer de nuevo a los gálatas, que habían renacido a la libertad en Cristo (como Cristo), un falso cristianismo de retorno y sometimiento a la ley). A esos les responde inmediatamente Pablo con el texto ya citado de Gal 3, 28: No hay judío ni griego (οὐκ ἔνι Ἰουδαῖος οὐδὲ Ἕλλην).

Los bautizados en Cristo, de Cristo os habéis revestido (ἐνεδύσασθε).

No hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre y mujer

(Ἰουδαῖος οὐδὲ Ἕλλην, δοῦλος οὐδὲ ἐλεύθερος, ἄρσεν καὶ θῆλυ·),

porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (εἷς ἐστε ἐν Χριστῷ Ἰησοῦ).

Y si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y

 herederos (de Dios) según la promesa (Gal 3, 27-29).

     La confesión clave de Israel era el Señor es Uno, εἷς (Dt 6, 5; Mc 12, 28-35), superior a todos, y así manda y ordena, se impone por ley sobre todos. Ahora, en cambio, la confesión es todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (πάντες γὰρ ὑμεῖς εἷς ἐστε ἐν Χριστῷ Ἰησοῦ), en comunicación de vida, no en dominio de unos sobre otros. De la unidad de Dios que domina sobre todos y que puede imponerse en forma de ira sobre todos (judaísmo) pasamos a la unidad de todos en Dios por Cristo (cristianismo) en igualdad múltiple de amor, como programa y camino de misericordia, de justificación por gracia, esto es, de pacificación (como prometía Zacarías en su bendición: Lc 1, 79).

La relación del hombre con Dios no es de ley impuesta sobre niños a los que se debe castigar para que aprendan, sino de diálogo y comunión de unos con otros, varones y mujeres, judíos y griegos, libres y siervos, sin ley superior, ni potestad de dominio de unos sobre otros, sino en libertad y comunión en amor universal. Según eso, no hay imperio de ley, ni guerra de muerte para saber quién domina a quien, porque Dios no es potestad, guerra y dominio sino libertad de dialogo en amor, y la religión no es sometimiento (islam), sino igualdad y diálogo de todos con todos, buscando cada uno el bien de los demás como el suyo (amarás a tu prójimo como a ti mismo: Lev 19, 18¸ Rom 13, 8-9).

     Esta es la liberación que Pablo proclama, vinculándola con la mayoría de edad de los hombres que no tienen que dominarse unos a otros (por adulteración de amor, imposición de poder o riqueza económica, Rom 13, 8-9), sino que pueden y deben dialogar en libertad unos con otros, en dialogo de amor que es Dios.

Pablo supera de esa forma la primera razón de guerra entre los hombres, la causa religiosa, y no lo hace por imposición o victoria de nadie (de judíos o romanos), ni siquiera de Dios, pues Dios no “triunfa” sobre los demás, sino que les ama, vinculándose con todos en Cristo crucificado, por fe y por gracia, no por ley, conforme a Lev 19, 18: Amarás a su prójimo como a ti mismo.

Cristo no impone su dominio (si lo impusiera no sería de Dios), no obliga por ley al amor (amor obligado no sería amor), ni vence a los hombres por poder más alto y por ira (si lo hiciera no sería el Dios de Cristo, sino que ofrece y abre para todos, judíos, gentiles, varones, mujeres, libres y siervos, su espacio/camino de unión (comunión) de paz, en la que todos los seres humanos se en amor y palabra, unos con otros.

Esto que había dicho a los judíos (convirtiendo la ira de Dios en misericordia) lo dice ahora Pablo a todos los seres humanos, judíos y griegos, varones y mujeres, libres y siervos, pues todos pueden comunicarse entre sí, en igualdad y comunión, sin ley superior impuesta de antemano, sino conforme al dinamismo de la palabra/amor que comparten todos los creyentes (=que creen en Dios, creyendo unos en otros) de manera que vienen a convertirse ellos mismos en creadores de ley, unos desde, con y para otros, no según el poder/imperio de algunos considerados superiores a los otros o de una ley sobre todos, sino según la comunión de todos en Cristo.

Pablo no exige sometimiento de ley (todos estarían obligados a cumplirla), pues en ese caso no habría comunión, sino imposición sobre unos y otros. Las leyes, impuestas desde arriba con su separación entre unos y otros y con sus obligaciones forman parte de un mundo de infancia, de hombres niños, que no saben hablar ni quererse, de manera que han de ser educados desde fuera, desde arriba. Pero en Cristo ha llegado la edad adulta para hombres y mujeres (judíos y gentiles, libres y siervos, de manera que no están ya sometidos a una ley o pedagogo externo, sino que pueden comunicarse en libertad y amor, haciéndose ellos mismos principio y supra-ley de vida, no de unos sobre otros, sino de comunión de todos, que eso es la paz.

Para la libertad nos ha liberado Cristo (Gal 5, 1. 13-18).

       Éste había sido el mensaje de Pablo en Galacia. Pero la misma ley que él había querido imponer al principio en Damasco (para impedir que se extendiera para todos la libertad de Cristo) la estaban queriendo también imponer otros judeo-cristianos de Jerusalén en Galacia, rechazando así la libertad de Cristo. No fue Pablo quien había inventado esa doctrina de la libertad universal (no hay judío-gentil, libre-esclavo, varón y mujer…), sino que esa doctrina y práctica de paz la había iniciado Jesús, con su vida y su muerte, de manera que ella formaba parte del mensaje y de la liturgia pre-paulina de la iglesia, con el bautismo como re-nacimiento, re-conciliación de los creyentes.

Los bautizados “morían” en el agua al mundo antiguo con sus oposiciones y guerras, siendo recreados, en comunión, y así "reconstruían" su vida en Cristo, anticipando y celebrando la unidad final en Dios, allí donde no habrá envidia ni batalla griegos-judíos, libres-esclavos varones y mujeres. Jesús había nacido de Dios bajo la “ley” para asumir el camino anterior del judaísmo (Gal 4, 1-4), pero, al mismo tiempo, para superarlo desde dentro, por su vida y muerte, por amor y comunión de todos en Dios Padre, por la pascua (resurrección en la cruz), en libertad.

Si Jesús no hubiera sido Hijo de Dios, sino guerrero mesiánico, habría luchado en contra de aquellos que le juzgaron y mataron. Pero como era Hijo, viviendo como Hijo en un mundo de ley, él se mantuvo en amor hasta la muerte, triunfando así, no por violencia, sometiendo a los enemigos, sino en plena gratuidad, viviendo (=dando su vida), en amor a Dios en y a todos los hombres y mujeres, superando de esa forma, en principio toda posible guerra.

Para ninguna otra cosa, ni siquiera para unas posibles obras de un Dios de ley/sumisión nos ha liberado Cristo, sino para que podamos vivir en libertad, siendo así portadores de la Vida de Dios, hecho presencia de amor, en forma humana, en Cristo y como Cristo.. Éste es el principio del evangelio, vivir en libertad (sobre la ley) en clave de misericordia (cf. Mt 12, 1-8), para así alcanzar la paz de Dios en Cristo.

Muchas veces tomamos esa libertad como medio para otra cosa: Para recibir una buena educación, para crear una familia, para dirigir un negocio, para tener opiniones o acciones de tipo social. Pues bien, por encima de esas finalidades, Pablo presenta aquí la libertad en “absoluto”, como esencia de la vida cristiana, que se revela en nosotros sin otra finalidad que el amor, como palabra y vida compartida, por encima de toda imposición, de toda guerra.

Para la libertad nos liberó Cristo (Τῇ ἐλευθερίᾳ ἡμᾶς Χριστὸς ἠλευθέρωσεν),

no os sometáis de nuevo bajo el yugo de la servidumbre (ζυγῷ δουλείας )… (5, 1).

Habéis sido llamados a la libertad, no la utilicéis como estímulo para la carne;

al contrario, sed siervos unos de otros por amor. 

Porque toda la ley se cumple en una sola palabra:

Amarás a tu prójimo como a ti mismo (τὸν πλησίον σου ὡς σεαυτόν)…

Por eso os digo: caminad según el Espíritu

y no realizaréis el deseo de la carne (ἐπιθυμίαν σαρκὸς οὐ μὴ τελέσητε); 

pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne Gal 5, 13-18).

        El Dios de Jesús no impone una ley exterior sobre los hombres. No les lleva al Sinaí para revelarles mandamientos (Ex 19-20), sino que les sitúa ante su absoluta y total libertad, que es la de Cristo que ha muerto por ser libre sobre toda ley, en amor. Según eso, la libertad es la esencia de Dios y de la vida humana, en comunión mutua de amor unos con otros, creando así desde Dios aquellas formas de vida y conducta que mejor expresan esa libertad para el amor. Sin libertad no hay Dios, ni hay Cristo, ni ser humano, de forma que, cerrada en sí, una la ley sin libertad conduce a la muerte .

8 may 2026

Dios samaritano, el prójimo es tu Dios

Dios preguntó a Caín: ¿Dónde está tu hermano (Gen 4). Caín le había matado. El escriba preguntó a Jesús: ¿Quién es mi prójimo, quién es mi Dios? (Lc 10).  Jesús respondió: Dios es tu prójimo necesitado de amor y cuidado  

Ministros, político y oligarcas de muchos países se hacen estos días la pregunta del escriba, por temas y tramas de petróleo y de oligarquía (=poder de los enanos malos, ignorantes y ciegos). Jesús les responde con ala parábola del Dios Samaritano: El tema no es quién es mi prójimo, sino cómo me hago prójimo de los robados, heridos y arrojados en la cuneta de camino de la vica.

Los ministrosde muchos países ricos de Europa y del mundo prefieren que se mueran del todo los caídos, que se pudran para siempre al borde de cientos de fronteras y caminos, para que no estorben más. Por eso ellos quieren poner cepos y  aparatos para que no pasen los caídos del camino, para que no actúen los samaritanos...

           Jesús dice que hay un Dios samaritano (un samaritano-Dios) que acoge, ayuda y cura a los caídos del borde, para que sigan viviendo, cruzando fronteras, abriendo senderos de humanidad, porque éstees siempre un Dios extraño (de ínsulas extrañas),   el más cercano.

Este Dios samaritano no es el Señor del templo de Jerusalén, ni Señor Supremo del oráculo sagrado de Roma, ni pitoniso de Delfos, o el del Kremlin y el Pentágono…Ése es un Dios distinto, que viene del otro lado de la humanidad que aún siente, tiene misericordia y se hace nuestro próximo, es decir, nuestro prójimo. Buen fin semana domingo, buen próximo domingo en el que quiero recordar Buen Samaritano.

Lc 10, 25-37

El escriba  de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?»

Jesús dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él, y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó.

Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: «Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.» ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?» Él contestó: «El que practicó la humanidad con él.»Díjole Jesús: «Anda, haz tú lo mismo.»

Septenario del Dios Samaritano

1. El Dios Samaritano (=de la Parábola del Buen Samaritano) ha sido objeto de un largo estudio en la tradición teológica de los Padres de la Iglesia, que identifican al Samaritano con Jesús, Hijo de Dios, revelación del Padre, que «desciendo» (se encarna) para realizar su obra salvadora (como se ha dicho desde San Agustín).

A ese Dios-Jesús (Samaritano) quieren matarle los “buenos”,como quisieron matar a Jesús acusándole de ser un samaritano (Jn 8, 52: ¡Eres un samaritano, tienes un demonio!). Por eso es bueno pensar hoy los próximos días en la “suerte” del Dios Samaritano, que no cesa de inquietarnos, a pesar de los muros y vallas que ponemos para que no pase y se avecine entre nosotros.

2. Este Dios Samaritano (es decir, que terminará siempre prójimo, siempre, fuera de los templos del poder, ha creado un mundo complejo y difícil de explicar, en el que se dice todo es bueno (Gen 1), pero donde nacen como setas los bandidos, tras cualquier tipo de lluvia: Bandidos con diverso tipo de pedigrí o de RH, bandidos políticos, religiosos o simplemente cuatreros y ladrones de caminos.

No se sabe por qué el Dios Samaritano permite eso, pero debe ser por algo (¿por libertad, por caridad, para que nosotros asumamos su tarea?). Él está allí, permitiendo que sigan existiendo los bandidos, en un mundo en el que resulta distinguir a los buenos bandidos de los malos, como quiso hacer el evangelio de Lucas, aunque parece que con poco éxito (historia de Dimas y Gestas, Lc 23, 43).

3. El Dios Samaritano parece que va poco al templo. No se le encuentra en el santuario de Jerusalén, donde andan  como Pedro por su casa sacerdotes y levitas. Se dice (decían los Padres de la Iglesia) que tampoco anda por las curias de Roma y Constantinopla, y ahora por las China y Rusia, USA, Teherán y Espala

Ciertamente, éste Dios samaritano tiene algo que ver con los templos y a veces va también por allí, pero no se queda demasiado tiempo, tiene ocupaciones en la calle de la vida, entre Jerusalén y Jericó, que es el mundo entero.

4. El Dios Samaritano va por los caminos de la vida (cuesta arriba, cuesta abajo), o por llanuras sin fin por las que vagan expulsados y enfermos del camino, hambrientos, extranjeros, desnudos, enfermos y encarcelados (Mt 25, 31-46).  No hay “estrecho de mar” ni carrejo de carros de lucho de la vida humana por donde no pase; no hay crimen que él no sepa y quiera curar con su aceite y su vino. Este Dios Samaritano tiene un programa de tolerancia cero, para todo aquello que destruya al ser humano (por pederastia o bandidaje de navaja en la faca, o de guante blanco en el Banco),,,, un programa infinito de amor (toda deuda paga, toda llaga cura.. Sn Juan de la Cruz, Llama 2).

No, no es un pobretón, ni un ignorante. Tiene caballería, tiene aceite y vino, tiene algún dinero para las posadas, pues también en las posadas y tugurios de la baja vida anda Dios, como sabía santa Teresa de Jesús, aunque se dice que dormía poco en ellas.

5. Dicen que a este Dios Samaritano le preguntaron por cuestiones candentes, relacionados, por ejemplo, con el IPC, los aranceles de aduana y las comisiones de trampa y mascarilla…. y Jesús respondió diciendo que buscáramos el reino de Dios, que es el reino de los cojos, mancos, ciegos… de los migrantes sin arraigo… y que todo lo demás se nos dará por añadidura (Mateo el recaudador 6, 33). Jesús respondió: «¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?» (Lucas 12:13-14), Dios no me ha mandado para dirimir sacerdocios, como quería Caifás y Anán el Joven, ni para justificar estados de poder, sino para curar a los caídos y ladrones de todos los caminos. 

6. El Dios Samaritano es un Dios Eficaz que, por alguna razón (Él sabrá) ha dejado que salgan al camino los bandidos, pero que siempre ha resuelto en el fondo los problemas. Sigue estando en la raíz de la vida, en los barrancos del camino, con su cabalgadura, en la que lleva una alcuza de aceite (elaion: remedio universal) y su bota de vino (oinon, aardúa: que es también remedio universal), como sabe Lc 10, 34). Por eso, si quieres saber si hay Dios sal al camino de la vida, ponte en contacto con los hombres y mujeres… vete a buscar a los caídos del camino… Habla don todos incluidos bandidos y posaderos..

Sí, es un Dios eficaz… Dicen que ministros de varios países ricos  han puesto cepos más inteligentes para cazar a samaritanos malos (¡dicen que en nombre de Dios…!)… Ése es el problema de USA y Tel Aviv, de América, Asia etc.  A los grandes (plutócrata) con falsa carta de democracia no tienen más casa que su camarilla, ni más dios que la Mamona que manda

7. El buen Dios Samaritano es Dios de Cabalgadura (en ella carga a todos los heridos…); es Dios de aceite, que es suavidad, que es alimento, que es medicina; es Dios de vino, que es alegría y es canto (dice una leyenda apócrifa que hasta llegar a la posada acabaron la bota Dios y el Herido, y cantaron junto…). Es quizá un Dios de guitarra, que conoce los mesones del camino donde para la gente…

Este Dios samaritano es testarudo y sigue. Se hundirán en los estrechos los barcos más ricos, morirá la luz de aquellos que no quieren alumbrar en el camino a los que vagan sin rumbo…… Pero el Dios Samaritano seguirá empeñado en recorrer caminos, abriendo senderes de vida, porque su amor es más fuerte que la maldad de todos perversos de la tierra.

UN ALUMNO ME MANDÓ UN DÍA UN TRABAJO SOBRE EL DIOS SAMARITANO QUE EMPEZABA ASÍ

 La tesis que plantea el siguiente artículo es que Jesús buscab humanizar el judaísmo y la sociedad de su época. Todo el desarrollo de la trama está centrado en el ser humano y en el cuidado del otro como un fin en sí mismo. La salvación es, en primer lugar, (no el único) un camino de humanización. Por ello en ningún momento se nombra (explícitamente) a Dios, ni a la religión como un imperativo, sino a unas relaciones humanas nuevas (Francisco: FratelliTutti).

 La parábola y su contexto no tiene como primer objetivo ser una parénesis a la solidaridad. Esta realiza una crítica profunda a las estructuras de la religión judía oficial, algunas de las cuales terminaron convirtiéndose en un fin en sí mismas, y no en una comunidad al servicio del ser humano. Jesús contrapone la religión rigorista a la religión de la misericordia, integrando la Ley en esta y no viceversa. La propuesta de la parábola es humanizar la humanidad.

 ÉSTE ES EL CREDO CRISTIANO Y SÓLO TIENE UN ARTÍCULO. DIOS ES MI PRÓJIMO

El “credo” bíblico incluye dos mandamientos (amar a Dios y amar al prójimo), ninguno de doctrina (un tipo de dogmas teológico), ni de prácticas sagradas (ir a mira o celebrar determinadas ceremonias). Este doble mandamiento recoge la experiencia más profunda de la teología israelita, que se funda en el Shema, que trata del amor a Dios, es decir, al principio de la vida (a partir de Dt 6, 4-9; cf. también Dt 11, 13-21 y Num 15, 37-41) y se amplía en la llamada al amor al prójimo, (tomada de Lev 19, 10). Así empieza el texto:

En aquel tiempo, se presentó un Maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Él le dijo: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella? "Él contestó: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo. Él le dijo: Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida (Lc 10, 29‒29)

 Teóricamente parece más fácil creer en la Trinidad y otros 'dogmas' cristianos, judíos o musulmanes, pues lo que ellos piden puede aceptarse básicamente, sin cambiar la vida de los fieles. Pero, de hecho, este mandato de amor al prójimo, unido al del amor de Dios, es más exigente y define toda la vida y acción de los fieles. Este es un credo de racionalidad comunicativa y supone que los hombres pueden y deben comunicarse, pues se encuentran fundados en una Gracia antecedente de Amor que es Dios, a quien conciben como principio de toda unión de amor. Este es un credo de comunión inter-humana: el creyente encuentra a Dios como Amor en las raíces de su vida (en su corazón y en su mente), descubriendo que puede y debe amar a los demás como 'otro yo', aceptarles como diferentes.

El tema es el sentido del prójimo

 Hay una tendencia a entender el prójimo en línea de grupo nacional, familiar, social, distinguiendo así los de “cerca” (los nuestros) y los otros. Prójimo sería ante todo el cercano, aquel que forma parte de mi grupo social y religioso, del buen sistema. Con él me debo vincular, a él he de amar de modo peculiar, al menos mientras dura el tiempo de prueba y división de nuestra historia. De esa forma, el shemá (escucha...) puede encerrar a quien lo afirma en los muros de un grupo (Israel), de manera que el amor a Dios confirme y ratifique la identidad de los elegidos de la alianza (los judíos). El amor se interpreta así en sentido restrictivo y se aplica conforme al talión: "Habéis oído que se ha dicho: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo" (Mt 5, 43). Prójimo es el hermano israelita: es 'como yo', es de mi pueblo.

 Entendido así, el mandato del amor ratifica la propia distinción y justicia de los “buenos· construyendo una muralla en torno a Israel (a la propia nación, al sistema propio). En esa línea se puede hablar de un amor de sistema: de hermanos a hermanos, de buenos a buenos, dentro del “buen Estado” o del buen grupo, conforme a una circularidad sagrada o conveniencia de conjunto. Ese amor vale para triunfar y puede interpretarse como inversión económica (amar para que te amen, dar para que te den, como un en banco: cf. Mt 5, 43-48 par; Lc 14, 7-14) y calcularse según ley, pero deja fuera de su círculo a los otros, los caídos a la vera del camino, como el que bajaba de Jerusalén a Jericó (cf. Lc 10, 30) y los hambrientos, exilados, enfermos y encarcelados de Mt 25, 31-46, que no caben en el buen sistema.

Un amor abierto a los distintos.

Jesús ha expandido el alcance de prójimo, abriéndolo a todos los hombres y mujeres y de un modo especial a los excluidos de la 'alianza pura': publicanos y pecadores, enfermos y excluidos. En esa línea sigue el texto: "Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial que hace brillar el sol sobre malos y buenos..."(Mt 5, 45 par). Sólo es universal el amor ofrecido al enemigo, es decir, al otro, al que está fuera de mi círculo, favoreciendo así, de un modo gratuito y desinteresado, a los expulsados del propio pueblo, iglesia o conjunto social.

Esta es la interpretación mesiánica del shemá: ha llegado el tiempo. Jesús y sus seguidores aman y ayudan en concreto a los expulsados, superando así la amistad o solidaridad de grupo. Amar a los demás 'como a uno mismo' supone buscar el bien de ellos, en cuanto distintos, con su propia identidad individual o de grupo (como musulmanes o paganos...), no para obligarles a ser como yo, integrarles en mi grupo. Este amor rompe todo sistema de ley, todo sistema de “ortodoxia cerrada”. Por eso, el cristiano es un israelita que traduce la experiencia del amor de Dios como amor a los impuros, que parecen y son un peligro para el sistema. La confesión cristiana supera la identidad anterior de la Ley y los grupos de sacralidad cerrada, desde una experiencia superior de gratuidad, que es fuente de comunión entre todos los hombres.

  TEOLOGÍA ACTIVA, EN LA LÍNEA DE LOS PADRES DE LA IGLESIA COMO SAN JUAN CRISÓSTOMO

 Da la impresión de que los buenos escribas saben quién es Dios y el modo de amarle rectamente, pero no saben quién es el prójimo y amarle. La respuesta de Jesús introduce aquí la revolución cristiana de Dios, con la parábola del buen  samaritano, que da un sentido nuevo a todo lo anterior; quien entienda esa parábola y la pone en práctica  entiendea Dios: Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?Jesús responde contando una parábola:

"Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto.  

El sacerdote y el levita no se hacen prójimos, quizá por su misma identidad sagrada: son funcionarios de un templo, representantes de una sanidad y sacralidad organizada en torno al santuario de Israel, con sus sacrificios. No se les puede echar nada en cara, van a lo suyo, tienen sus prioridades, para eso han sido “ordenados” Por el contrario, el samaritano no está “maleado” por ninguna religiosidad sagrada de tipo grupal, de manera que puede hacerse prójimo concreto del hombre que está necesitado.

Pero el herido sigue al borde del camino, en patera o en frontera, en barrio marginal o en selva saqueada por los ricos. Esta parábola de Jesús nos sitúa ante esos heridos concretos, por encima de un tipo de razón clasista e impositiva que actúa por talión o ley y quiere que amemos sólo a los demás en cuanto sirven o valen para nuestros intereses. Este Jesús de la parábola (un Jesús samaritano) afirma de hecho que cada prójimo es presencia de Dios y fuente de identidad para el creyente.

Ves al herido, ves a Dios, decía Crisóstomo (siglo IV d.C.), quizá el teólogo social más importante de la iglesia (sobre Crisóstomo cf. Pikaza, Diccionario Pensadores cristiano  473-474 patrística)

Éste es el Jesús que se ha hecho prójimo de enfermos, expulsados, condenados.

Hay un tipo de amor al prójimo que no es amor samaritano. Es un amor que vale para mantener los propios privilegios, nuestra estructural social, económica o religiosa, un amor que puede interpretarse como inversión económica (amar para que te amen, dar para que te den, como un en banco: cf. Mt 5, 43-48 par; Lc 14, 7-14).

Éste es un amor que puede calcularse según ley, pero deja fuera de su círculo a los otros, los caídos a la vera del camino, como el que bajaba de Jerusalén a Jericó (cf. Lc 10, 30) y los hambrientos, exilados, enfermos y encarcelados de Mt 25, 31-46, que no caben en el buen sistema.

Pero, en contra de eso, el samaritano de Jesús expresa la importancia y la exigencia del amor sobre el sistema.En contra de una iglesia no samaritana. Hay un tipo de Iglesia y de política y economía social que quiere cerrarse en su buen sistema de ley y de ortodoxia, diciendo a todos los que tienen que hacer, lo que tienen que ser, en la línea del levita y del sacerdote de Jerusalén. Es una Iglesia muy buena, pero deja poco lugar para “samaritanos auténticos”. Ciertamente, esa Iglesia admite y valora mucho a los “samaritanos controlados” dentro del buen sistema, pero tiene miedo de los samaritanos libres, que van por ahí, sin entrar después en su redil (con el samaritano de Jesús).

Excurso. El hombre desnudo 

El sacerdote y el levita parecen estar más interesados en el “prepucio” del robado y herido que en su necesidad. El texto dice que miraron y vieron y dieron un rodeo… ¿Qué vieron ellos? ¿Qué miró y qué vio el samaritano?Hay que fijarse bien en las palabras. La parábola dice que los “bandidos” desnudaron y robaron al hombre del camino No se dice que tuviera cartera, pero tenía vestidos y podían ser buenos, porque probablemente venía del templo, de la fiesta religiosa. Le dejan desnudo, que significa aquí impotente…, sin posible defensa. En un sentido, todos los desnudos son iguales, sobre todo si están heridos, con sangre, de manera que no puede distinguirse al rey del mendigo, al millonario del pobre diablo de la calle. Nos hallamos ante un hombre desnudo sin más signos que su humanidad doliente…

Es un desnudo golpeado, de aquellos de quienes decía Jesús: “estuve desnudo y me vestisteis o no me vetasteis… (Mt 25, 31-46).

Pero aún los desnudos tienen ciertos signos, como saben los forenses: son blancos o negros, hombres o mujeres, con bala o sin bala… Este desnudo de la parábola tiene que ser un varón, porque es importante que tenga o no prepucio. El texto dice que le han desnudo y golpeado, sobre la carne viva, quizá por sadismo, quizá para que no pueda protestar y seguirle…Así le dejan, desnudo y medio muerto, probablemente al borde del camino. Le dejan semi-muerto, lo que significa que no se sabe si está muerto o no…, que hay que mirar bien para saberlo (acercarse, escuchar si respira, tomarle el pulso. Pero sigamos.

Bajaba por allí un sacerdote, iba por allí de igual modo un levita…

Se dice que el sacerdote “bajaba" (también katebainen) y lo mismo el levita. La precisión es muy importante. Si estuvieran subiendo tendrían quizá prisa para llegar al templo y, sobre todo, tenían que estar “puros” para hacer los sacrificios. Por eso tenían que “mirar al herido”. Si era un muerto con prepucio resultaba complicado ayudarle, porque era en principio impuro (no era judío, los judíos se conocían bien, mirándoles al prepucio). Si era un pagano (con prepucio) había que dejarle allí, pues manchaba (¡un prepucio es obsceno para algunos), no les dejaba rezar bien…El texto no dice lo que era, pero le deja allí desnudo, a la mirada de hombres de templo… Si el herido estaba de hecho muerto las cosas resultaban aún más complicadas, porque los muertos manchan a los sacerdotes (no les dejan celebrar con pureza…).

Un Dios de templo y levita no es prójimo

Muchos dicen que lo que importa es conocer a Dios, que llevemos al mundo la experiencia de Dios… más que la pura curación física. Eso está muy bien, pero hay casos como éste en los que “el Dios de sacerdotes y levitas” (¡Dios de templo!) no ayuda nada, sino todo lo contrario.

Hubiera sido mejor que levita y sacerdote no creyeran en Dios, ni tuvieran templo, sino que simplemente “se compadecieran”.Además hay otro detalle: Se dice que bajaban, es decir, que ya habían hecho los rezos; por eso, no tenían problema de marcharse por unas horas (pasada la noche podrían limpiarse ritualmente de nuevo

Bajaban y, sin embargo, parece que iban “de oficio”, bien puestos… Tenían cosas de Dios de las que tratar, iban llenos de templo… Por eso (¡tenían mucho Dios, pero un Dios del malo!) dieron un rodeo ante el hombre herido, con prepucio o sin prepucio, muerto o vivo y se fueron con su Dios (pero sin humanidad)

El samaritano no subía ni bajaba (al menos no se dice), sino que iba por allí (odeuôn).No se dice su oficio (pastor o traficante, kohen del Garizim o curioso…). Ciertamente, era un hombre de valor, pues, siendo samaritano se atrevía a pasar por un camino cercano a Jerusalén (aunque no se dice que entrara). Era un hombre sin más prejuicios que la humanidad y mirando tuvo compasión… Esta palabra es la central, la que recoge todo el mensaje del Antiguo Testamento donde Dios se dice que Dios es “compasivo”, ser de entrañas… Pues bien, este samaritano es como Dios (esplagnisthê): simplemente, tiene compasión. Este samaritano conoce a Dios (actúa como Dios, con compasión) a diferencia del levita y del sacerdote, preocupados al parecer por prepucios.

Mirando… (idôn). Ésta es la palabra central.Sacerdote y levita también han mirado: de los dos se dice lo mismo (idôn)… Pero sólo el samaritano ha mirado bien y ha tenido compasión. También en este gesto el samaritano es “como Dios”, al que se define como aquel que mira a los heridos y oprimidos (Ex 3, 7-8). ¿Ha mirado el prepucio? ¡Lo más seguro que no le importaban los prepucios, las purezas judías, sagradas, de templo…! Le importaba el hombre…

¿Ha mirado por  si estaba muerto? ¡Ciertamente! Ha mirado, ha tocado y ha visto que estaba vivo. Ha tocado, está es la palabra. Sacerdote y levita no podían “tocar” cuerpos con prepucio, para no mancharse, pues acababan de tocar los vasos sagrados… El samaritano, en cambio, toca… Trae aceite, que es buena medicina, y limpia y cura las heridas… Trae una cabalgadura, que es buena ayuda para caminantes, y monta al herido…

¿Le ha vestido? ¿Dónde le lleva? No se dice si el samaritano vistió al herido… aunque ahora ese detalle es secundario… De todas formas, parece seguro que le vistió, para ponerle en su cabalgadura (¿burro, caballo?), pero eso no importa… De esa manera, podemos decir que el herido va “vestido” con el amor de un hombre, con el amor que siendo amor es “gracia”. Desde ese fondo han hablado los teólogos del hombres herido y desnudo (spoliatus, vulneratus…) al que hay que vestir y acoger y curar…Nos gustaría pensar que le llevó al templo, para que le curen los sacerdotes. Pero no, no se dice. Quizá no era un buen sitio el templo, porque los sacerdotes podrían seguirle robando (el evangelio dice que el templo era una cueva de bandidos). El texto dice sólo que le montó en su mula o cabalgadura y que le llevó a un lugar donde podían acogerle y curarle. Quizá lo llevo a la posada de la esquina de los publicanos (que allí los había, como bien sabe Lucas: 19, 5-8). Simplemente le lleva a un lugar donde puedan curarla, sin tener en cuenta si tiene o no tiene prepucio, como a un hombre.

 Un prodigio de parábola “sin Dios”, pues ni siquiera nombra a Dios

Dios es importante, es lo central, como saben muchos comentaristas de mi blog. Pero esta parábola es una parábola sin Dios, es decir, sin un Dios explícito. Es una parábola que va en contra de los profesionales de Dios (¿de aquellos? ¿de los de ahora?). Es un prodigio, no cita a Dios y sin embargo todo en ella es de Dios, todo es Dios. No cita a Dios, ni siquiera al final, para decirle al buen escriba (nomikos) que ha hecho las preguntas: “¡Vete con Dios"! Ni eso le dice. Lo que importa aquí es la “misericordia” (eleos) y el que hace misericordia ése es como Dios, ése es Dios en la tierra, aunque no hable de Dios y sea un samaritano, aunque eso significa (¡y significa!) que dejemos a un lado el tema de los buenos o malos prepucios, el tema de muchas impurezas legales. La única impureza es no tener misericordia.

4 may 2026

Cincuenta años de “Los orígenes de Jesús” (1976). Primera “re-tractatio” (1977)

Publiqué este libro hace hoy 50 años: Los orígenes de Jesús, Sígueme, Salamanca 1976[1], como investigación teológica que mereció pronto el honor de ocupar atención de un círculo relativamente extenso de lectores[2].  Pero creció también el número de censores críticos, de manera que los “responsables” del decanato de teología y del rectorado de la Universidad me pidieron una “aclaración” o re-tractación en el sentido original de la palabra. Y así la publique en la Salmanticensis, órgano oficial de la Universidad Pontifica de Salamanca (teto On Line  Summa Upsa 1977: En torno a Los Orígenes de Jesús). la revista.                             

Recojo aquí, con pequeñas variantes  el texto de aquella retractación,  dividida en 15 puntos, que recogen algunos problemas y críticas que  varios colegas de la universidad y del entorno teológico y eclesial. Sé que se discutieron en algunos grupos, pero ni el decanato ni la universidad respondió, limitándose a retirarme, unos años después, en puro silencio, la licencia de enseñanza, llamada en latín nihil obstat. En esa línea presentará, Dios mediante, alguna retractación posterior. Aquí me limito a dar gracias a los lectores que ahora tras 50 años tengan interés o deseo de conocer lo que Abelardo llamaba en el siglo XII su “historia calamitarum”

Han surgido también voces inquietas. Son ya varias las personas que amistosamente me han mostrado su sorpresa: sospechan que ciertas de mis afirmaciones pudieran desviarse de la recta doctrina de la iglesia Algunas de las recensiones arriba indicadas ofrecen también sus reparos. Para aclarar mi posición y responder a los amigos, he pensado condensar de una manera esquemática los presupuestos y sentidos de mi obra. Quizá me h expresado mal o se me ha entendido mal y considero deber de cortesía precisar las propias expresiones. Es Io que haré tratando: a)   metodología; b) temática a debate; c) conclusiones generales.  

1) Metodología. Utilizo a metodología ordinaria en estos casos: análisis histórico-literario, crítica formal, búsqueda de los centros de interés redaccional. Con estos medios me sitúo ante el conjunto de los textos que en los que el NT) aborda de manera directa o indirecta el tema del origen de Jesús. Mi primer objeto ha sido el de trazar los grandes campos de fuerza de ese tema: historia, pascua, origen; títulos cristológicos, representaciones, teologías. En cada línea intento precisar las componentes que C integran, utilizando alternativamente una perspectiva analítica y sintética. Como es obvio, dentro de ese campo sólo cuenta el criterio del rigor y exactitud científica.

2. Biblia es libro de hombres (no de Dios) y se debe estudiar con métodos que empleamos al tratar de los restantes libros de la historia y literatura del mundo. No caben excepciones. Todo es  en la Biblia realidad humana, producto de la historia, expresión de historia mente y momento de un proceso de carácter sociológico e histórico.  

Esto significa que ciencia y fe no son conmensurables. Más en concreto: desde la fe no puede refutarse ni probarse un dato de historia ciencia. Esta observación —evidente respecto de la física o biología— ofrece consecuencias importantes en historia exégesis: una determinada afirmación de crítica exegética (como son la mayoría de las tesis de mi libro) sólo ha de juzgarse desde el plano de historia ciencia. Hacer intervenir otras razones significa una ruptura de niveles.

En el campo de la ciencia, y no desde supuestos de una fe mejor o peor formulada, recibe su sentido y debe valorarse el mensaje primero de mi libro, es decir, los análisis exegéticos.   Esto no supone negar la teología, de la Biblia. Todo el material de historia Escritura, que visto en plano de historia ciencia, es un producto de la historia y psique de los hombres, se convierte en plano supe rior en documento religioso. He dicho «todo».

Esto significa que no hay nada que no sea expresión del ser humano, es decir, naturaleza, historia, efecto de historia mente. Y nada que a los ojos de historia fe de los cristianos no se venga a convertir en palabra revelada, signo de una presencia gratuita de Dios entre los hombres. Con esta distinción de planos aludimos a historia más sencilla de todas las experiencias del hombre religioso: por sí misma ninguna cosa es Dios, pero todas pueden convertirse en mediación de Io divino. Para un cristiano, esa experiencia se condensa paradigmáticamente en Jesús en el que «todo» es humano —y como tal ha de estudiarse desde la psicología, sociología o ciencla de historia tierra— y todo es divino —revelación definitiva del misterio de Dios que nos desborda—. Esta misma ley se aplica a historia Escritura.

Por eso, la exégesis científica no conoce ningún «Deus ex machina» que resuelva desde fuera sus problemas; no hay un hueco humanamente inexplicable por el cual viene a colarse Io divino. Todo es humano y todo ha de explicarse por la ciencia. Pero todo es a historia vez, para un creyente, voz de Dios o signo de su obra. ¿Se trata de dos planos separados? Separados sí, pero mutuamente referidos. Lo que es letra de la historia tierra se convierte para el hombre religioso en signo de Absoluto. Lo que mirado en dimensión de ciencia era un producto del espíritu del hombre se convierte, por la fe, en nivel de transparencia donde viene a reflejarse Io divino. En este nivel de transcendencia se sitúa la fe, aquí recibe la teología de historia de la Humanidad.  No puede olvidarse que el Absoluto se manifiesta en el acontecer de una historia —centrada en cruz de Jesús e interpretada en la palabra de una iglesia que se transcribe como Escritura—. Para los crisótanos, el acceso a Dios se encuentra esencialmente mediado por historia historia interpretada de historia Biblia.  

3) Palabra de Dios. Fe y teología. Como hemos señalado en el apartado precedente, historia revelación de Dios —objeto de una fe religiosa— está mediada a través de una palabra humana que se puede y debe estudiar con los medios de la ciencia. Con frecuencia se supone que esos planos vienen a encontrarse directamente unidos: del análisis científico se pasa directamente a historia decisión o misterio de historia fe.

A mi entender, esa postura peca de simplista: entre ciencia y fe ha de hallarse situada una visión del mundo, esto es, una determinada compren sión del conjunto de la realidad, un tipo de cosmovisión o en nuestro caso «teología». Entenderemos mejor el problema acudiendo a unos ejemplos. historia etapa final del AT ha utilizado dos grandes esquemas teóricos:

a) la línea apocalíptica concibe la historia como campo de enfrentamiento del bien y del mal, esperando en la utopía de una transformación escatológica basada en historia acción definitiva de Dios,

b) historia línea sapiencial distingue los niveles de realidad del ser humano en el presente: Los justos están llenos de historia sabiduría de Dios y no mueren; los impíos se mantienen en historia apariencia de la historia y desaparecen con lamuerte. Con esquemas distintos se ha transmitido una misma experiencia religiosa israelita. El problema continúa en el NT.

cEn ciertos momentos se interpreta a Jesús en esquema apocalíptico —venida final del Hijo del Hombre—; en otros se utiliza un fondo ligeramente gnóstico; en otros un esquema de mesianismo israelita. No todos los esquemas tienen el mismo valor. Unos son más importantes y otros marginales dentro de historia Biblia. Pero no puede olvidarse que todos constituyen el conjunto del NT; todos son de alguna forma «esquemas», interpretaciones culturales del dato de historia fe, condicionantes determinados por el tiempo. En esto no hay problema. La dificultad comienza cuando se quiere distinguir en concreto Io que es palabra de fe y Io que es un medio de expresión, Io que es revelación en sí y Io que es manera de captarla. Pensemos en los relatos pascuales o en toda la historia de la infancia de Jesús.

Al fijar el programa de la desmitologización, Bultmann se ha radicalizado de un modo indebido; pero ha puesto el acento en algo que sigue siendo probable. No puedo extenderme en explicaciones más prolijas. De todas formas quiero indicar que en este campo no se pueden ofrecer respuestas radicales; no debemos buscar una frontera absolutamente nítida entre Io que es fe y expresión de fe, palabra de Dios y comprensión humana de esa palabra. Todo purismo corre el riesgo de acabar siendo racionalista. Lo que pretendo distinguir es estos planos: a)  la historia y letra de la Biblla como datos que se estudian por la ciencia; b) cosmovisión que subyace en las diversas interpretaciones teológicas de historia Biblia; c) revelación de Dios que se acepta o se rechaza en plano de fe.  

4. Palabra de Dios  y teología eclesial.   La Palabra  de Dios se expresa en la conciencia y vida de la comunidad creyente, corriendo el del dogmatismo y biblicismo. El riesgo del dogmatismo consiste en proyectar en historia Biblla historia conciencia posterior de historia iglesia, de tal forma que se pretende encontrar las formulaciones posteriores en los textos del NT. Mala es esa proyección cuando entran en juego expresiones posteriores del conjunto de historia iglesia, como serían las coordenadas conceptuales helenistas que utilizan los concilios de Nicea y Calcedonia. Mucho peor si se pretende hallar en historia Escritura los mo de los de pensamiento propios de una escuela determinada. Hay, por otra parte, un riesgo de biblicismo. Es el de aquellos que quisieron reducir historia fe a Io que aparece expresamente   formulaciones posteriores no serían más que repeticiones o deformaciones de historia palabra de historia Biblla.

 En el fondo, el pensamiento religioso (cristiano) habría terminado con el NT. En adelante ya no habría más labor creadora. Pienso que ambos riesgos parten de un mismo desconocimiento de historia dialéctica que liga iglesia y Escritura. Frente al peligro protestante de subordinar historia iglesia totalmente a la Escritura debemos afirmar que la palabra de Dios sólo es viviente cuando se acepta y venera en una iglesla que historia hace suya, la repiensa y la medita en la alabanza.

         En otros términos, la iglesia es el lugar hermenéutico privilegiado de historia Palabra de Dios. Frente a un posible catolicismo deformado que somete la Escritura al yugo de la iglesla (y de sus formulaciones posteriores) debemos afirmar que la Palabra de Dios es creadora y no se agota en ningún tipo de dogmática, en ninguna declaración concillar, en ninguna interpretación ya fijada. Esto que digo aquí de un modo tan genérico tiene consecuencias fundamentales para historia compren sión de Jesús, como intentaré mostrar en los dos números que siguen.

 5) El modelo griego, Biblia y teología helenista. Es lugar común el afirmar que historia palabra de Dios se ha expresado en modelos de pensamiento que derivan de los griegos. Nadie discute este dato en Io que toca a los sistemas de autores como Gregorio de Nisa, Dionisio. Areopagita o Tomás de Aquino. El problema es más difícil cuando se trata de las afirmaciones conciliares de Nicea y Calcedonia. ¿Qué pasa con el modelo griego?; ¿en qué medida se utiliza? ¿Pertenece como tal a la fe? Pienso que de la respuesta que se ofrezca a estas preguntas depende gran parte de historia disputa teológica moderna. Sin entrar en discusiones y exponiendo Io más brevemente posible mi punto de vista diré que la interpretación antigua de la Biblia se ha expresado en occidente en moldes griegos y latinos que actualmente no son los nuestros.

   Por eso, los mismos concilios antiguos que recogen la fe antigua de la iglesia en moldes griegos deben ser reinterpretados.

   6) ¿Hay un modelo actual (1976). Lo malo de nuestro tiempo es que perdemos el modelo de pensamiento griego y no sabemos sustituirlo por otro que sea igualmente universal y semejante en su rigor y contenido. Debo confesar que en las últimas páginas de mi libro, donde esbozo los fundamentos de Io que podría ser una interpretación nueva de Dios y de Jesús, me muevo en moldes de pensamiento algo difuso, bastante indeterminado, quizá impreciso. De todas formas, hay algunas líneas que me parecen valiosas.  El Dios de Jesús no se ha hecho «naturaleza humana»  sin más, sino sino historia humana.   En cierto modo, historia humanidad en su conjunto es imagen de Dios; pero en sentido pleno sólo Jesús es signo de Absoluto. En el esfuerzo por entender a Jesús en función de historia transcendencia (Padre) y de comprender esa transcendencia en  de Jesús se sitúa toda historia trama de mi libro. Precisamente ahí es donde creo descubrir el sentido del Espíritu. Esto significa que he debido transponer el modelo griego a coordenadas nuevas. No porque quiera destruir historia vieja fe de Calcedonia sino porque historia quiero hacer viva y comprensible.

 

7. Virginidad biológica de María. Las observaciones metodológicas anteriores permitirán comprender el lugar en que me sitúo al tratar del nacimiento virginal de Jesús. Para ello es necesario distinguir los planos:

 a) En nivel de pura exégesis científica no se puede llegar a conclusiones definitivas. Sería deshonrado el afirmar que el NT presupone de manera constante y necesaria el nacimiento biol´gico virginal de Jesús en plano físico.

b) El problema se plantea a nivel de teología o fe del NT. A nivel de visión teológica, Mateo  y Lucaa. presuponen el nacimiento virginal de Jesús; sobre eso tampoco existe duda alguna. historia dificultad surge cuando se pretende interpretar esa visión teológica. Para actuar con un mínimo de rigor se deben formular dos preguntas: 1) Lo que Mt. y Lc. ofrecen, ¿es un contenido de historia fe o un revestimiento interpretativo, condicionado por historia mentalidad de aquel tiempo? Esta pregunta es central. Recordemos historia cantidad de elementos apocalípticos que parecían esenciales en historia Biblla y que historia teología posterior ha dejado a un lado.

c) Planteando la cuestión desde otro ángulo: la palabra que transmiten Lc. y Mt., ¿implica un hecho biológico o debe comprenderse en perspectiva de relación personal, de actuación de Dios y de respuesta humana sin exigencias de influjo biológico? En mi libro, a nivel de pura exégesis bíblica, me he sentido incapaz de responder a estas preguntas y así Io he señalado. Nada niego. Tampoco me atrevo a decidir desde la Biblia como libro histórico. Como exegeta, se me hace difícil distinguir entre Io que es dato de fe que el evangelio transmite por sí mismo y Io que es teologización condicionada de esa fe. Quisiera que los lectores comprendieran el problema.

d) Hay, en fin, un plano de fe eclesial. Decididamente, en ese plano reservo totalmente mi palabra, aunque haya formulado algunas interpretaciones, deteniéndome en la posibilidad de que la iglesia posterior no haya querido ir más allá de Io que afirma historia Escritura. Si historia iglesia ha dicho en ese campo una palabra nueva y dirimente me sentiré gustoso en aceptarla. No sé si la ha dicho. Por eso espero que los dogmáticos se aclaren y me aclaren al respecto. (En Eph. Mar. 27 (1977) 264-77) aparecen las bases del diálogo que entablo con J. M. Alonso en torno a esas preguntas).

8) Divinidad de Jesús. Se trata de la búsqueda del origen divino de Jesús. Planteada de esa forma, esta cuestión ocupa dos terceras partes de mi libro. Delorigen divino de Jesús me he preocupado en múltiples niveles: en perspectiva de  y de pascua, en visión apocalíptica, en formulaciones de nacimiento y pre existencia. Me resulta extraño que los mismos que se sienten disgustados ante mis conclusiones aparezcan remisos a la hora de enjuiciar las bases bíblicas en las que me apoyo. A mi entender es ilógico juzgar las conclusiones sin tener en cuenta los presupuestos de que se parte para formularlas. Los presupuestos a que aludo son dos: a) El primero es exegético y Io ofrece el conjunto de los textos en los que historia singularidad divina de Jesús se interpreta como un venir de Dios.

El que proviene de Dios no es ningún tipo de entidad independiente sino el mismo Jesús de Nazaret que, siendo humano y culminando su existencla en el misterio de historia pascua, se desvela —en multiplicidad de fórmulas convergentes— como la revelación definitiva de Dios para los hombres, su juicio salvador o su palabra, su poder o su presencla transformante, b) En las últimas páginas del libro, en las que el estudio exegético asume una dimensión reflexiva y más sistemática, me atrevo a salir del campo de mi especialidad bíblica para formular algunas líneas de interpretación del sentido divino de Jesús.

Debo confesar que en ese intento me he servido de los planteamientos ya clásicos de K. Rahner y de los presupuestos antropológicos a los que aludía en el núm. 6 de estas anotaciones. Mi objetivo se reduce, en realidad, a superar Io que pudiera ser peligro de monofisitismo, en su doble vertiente. Quiero superar el monofisitismo teo lógico que consistiría en historia divinización de la historia humana de Jesús que desemboca en Io que podríamos llamar «cristologla de lahdumanidad teológica»: Io humano es una especie de momento subordinado de historia divinidad; Cristo termina siendo en realidad sólo divino. Al mismo tiempo, intento evitar el riesgo del monofisitismo antropológico, en el que Dios queda reducido a dimensión de historia, desembocándose en Io que podríamos llamar historia «divinidad antropológica» de Jesús. A mi juicio, el modo más eficaz de superar esos dos monofisitismos, con sus derivados de puro sobrenaturalismo o de ateísmo, consiste en un plan teamiento dlalogal del problema. Jesús es divino en cuanto surge, como expresión original de Dios y hombre pleno, desde el misterio radical del Padre. El Padre es Dios en cuanto expresa su verdad fontal, su poder de salvación y su palabra creadora en Jesucristo. A mi entender, un planteamiento correcto de esta dialéctica no sólo nos conduciría a una mejor com prensión de historia Escritura sino que haría posible un enfoque más certero del sentido de Dios y de los hombres.

9) Preexistencla. La problemática de historia divinidad de Jesús se refleja en el tema de historia pre existencia, como lugar privilegiado donde historia perspectiva bíblica se encuentra con toda la tradición del helenismo. Para verter luz sobre el problema Io situamos en los siguientes planos:

a) En el plano de análisis científico juzgamos que nuestras observaciones han sido mesuradas. Hemos situado el transfondo judío y griego del tema,   analizando después los textos del NT, la conclusión es perfectamente clara: algunos estratos del NT utilizan historia representación de historia preexistencia para enmarcar historia singularidad divina de Jesús; otros no sienten esa necesidad; por eso utilizan medios diferentes para indicar el mismo valor divino o abs luto de Jesús.

b) El problema se plantea en campo de visión teológica y de fe. En este campo se suscita una primera pregunta: historia preexistencia, ¿es dato de fe que Pablo y Juan intentan transmitir o es más bien un ámbito de com prensión que les ayuda a valorar su singularidad? Pienso que una respuesta a esa pregunta no es tan sencilla. Pues bien, aún suponiendo que la preexistencla sea un dato de fe, ¿cómo entenderla?, ¿en perspectiva histórica, escatológica, supratemporal? Tengo historia impresión de que historia respuesta que ofrezco en mi obra es —mirada desde historia exégesis— bastante mesurada, casi tradicional.

c) El tema culmina en el plano de fe de la iglesla. En ese plano, la preexistencla bíblica se ha identificado muy pronto con la existencia supra temporal del logos divino que se encarna en Jesús. Desde el punto de vista helénico, esa postura responde a un intento de interpretación que juzgamos espléndido. El problema es ahora el de saber si toda teología ha de utilizar ese modelo. No se trata de ir en contra de la cristología tradicional del logos; se trata de saber si esa cristología es la única posible. Desde el punto de vista bíblico es preciso responder a esa pregunta de una forma negativa: sin duda alguna, existen otros modos y modelos para expresar Io que es el Cristo. Es esta pregunta la que nosotros hemos querido formular en nuestro libro. Es evidente que historia respuesta pertenece a los dogmáticos. Personalmente historia espero.

10) Realidad divina del Espíritu Santo. Tengo la sospecha de que historia parte más original y vulnerable de mi libro es historia que está dedicada al tema del Espíritu Santo. He dicho original: el estudio positivo de los textos del NT me ha llevado a historia conclusión de que el Espíritu se encuentra por un lado en el origen de Jesús y por el otro es efecto de historia pascua; historia fijación de estas dos epifanías o manifestaciones de su actividad me parece un dato positivo. He añadido vulnerable: frente a historia seguridad que parecen tener los  datos de la historia teología tradicional, que ha fijado el sentido del Espíritu en el plano de la inmanencia de Dios, he sentido toda la problematicidad, la riqueza de posturas de la Biblia. De todas formas, pienso que no existe problema en cuanto a historia inivestigación sobre los datos bíblicos. Tampoco en la interpretación teológica del NT. El debate empieza cuando se pretende compaginar el fondo bíblico con historia dogmática posterior que se ha plasmado en el tema trinitario. No revelo ningún secreto si declaro que historia teología trinitarla ha padecido una fuerte esclerosis de la que a duras penas encuentra últimamente un camino de salida. Precisamente con el intento de superar esa esclerosis he formulado algunas afirmaciones pneumatológicas que vienen a fundarse en este triple  presupuesto:

a) la multiplicidad de la experiencla bíblica en la que se habla del Espíritu como realidad mesiánica, premesiánica y postmesiánica. b) la base cristológica: el hecho de que el Espíritu no sea sólo del Padre sino también de Jesús —es decir, de su humanidad mesiánica— comporta unas consecuenclas que antes podrían parecer imprevisibles,

c) Finalmente, en el campo más cercano a la dogmática, pretendo mantenerme en la línea de un teólogo tan tradicional como es H. Mühlen, con su intento de interpretar el Espíritu como campo de unión de Dios y de Jesús. Todo esto me ha llevado a replantear el tema de historia personalidad del Espíritu.

Quizá mi perspectiva, cuando me refiero a la impersonalidad o supra-personalidad del Espíritu, es poco matizada. Mucho ha de estudiar lateología dogmática respecto de ese tema. También aquí me encuentro a historia espera; pero a historia espera de una visión en historia que no se deformen los datos bíblicos y se respete el misterio de Io suprapersonal de Dios que es el Espí ritu. Esa teología no podrá repetir los viejos concilios; tampoco tendrá por qué ir en contra de Io que allí se ha formulado.

11) La divinidad de Dios. Hay en el fondo de mi libro un dato que puede pasar inadvertido aunque es cimiento en el que todo se sostiene: me refiero al tema de la divinidad de Dios. En una teología dogmática al uso tradicional, ese dato se encuentra resuelto de antemano. Parece que se sabe Io que es Dios antes de oír la palabra de la Biblla, antes de plantearse el tema del origen de Jesús y de expresar el sentido de su Espíritu. A mi entender, el problema que se juega en cada una de las páginas de la Biblla, tal como las interpreta mi libro, es el misterio de Dios, su realidad, su palabra, su presencia y su futuro. No es casual que mi libro termine siendo una confesión de fe trinitaria. Cierta teología católica corre el riesgo de disolver esa dimensión a través de un inmanentismo en el que el absoluto de Dios —concebido como juego de relaciones internas— se desliga de la economía salvadora. Otro tipo de formulaciones teológicas terminan ahogándose en un monismo divino (R. BuItmann), un monismo cristológico (H. Braun) o en un tipo de dialéctica pneumatológica igualmente monista (Altizer). Precisamente para superar esos extremos, para ligar inmanencla y transcendencla de Dios, su ser en sí y su ser para nosotros, he intentado delinear los rasgos del misterio trinitario. DeI origen humano de Jesús, formulado en las primeras páginas, he pasado así al gran tema de su origen divino, aquel misterio en el que Dios y Cristo se hallan internamente unidos, vinculados y plenificados en ámbito de Espíritu. Si esta formulación y ese interés pudiera parecer poco ortodoxo o poco cristiano no acierto a comprender cuál debiera ser el fundamento de la nueva teología.

12) Campo exegético. Gran parte de mi estudio se mueve sobre el plano de historia investigación científica, hallándose sujeto por Io tanto a los criterios de verificación que son propios de historia ciencia. En ese campo soy el primero en reconocer historia fragilidad de muchas de mis hipótesis: los análisis que realizo son a veces demasiado sucintos, muy amplias las deducciones, poco detallado el estudio del texto. Pues bien, es ahí donde se deben buscar los valores y limitaciones de mi obra. Las limitaciones provienen quizá de que un hábito de estudio filosófico-teológico me impide analizar con el rigor necesario cada uno de los textos. Los valores dependen, en gran parte, de historia visión sintética que ofrezco. Pienso no ser exagerado cuando digo que mi obra constituye el primer trabajo de conjunto que se sitúa con cierta seriedad ante el problema de los orígenes de Jesús enfocados a partir de una perspectiva bíblica.

13) Plano de La exégesis teológica. En este campo me muevo en perspectiva moderada. No pienso que exagero cuando afirmo que mi exégesis es más teológica que Io normal; esto significa que descubro un sentido de presencla de Dios, palabra salvadora o densidad revelatoria allí donde una parte considerable de los exegetas se ha fijado simplemente en el análisis de citas, complicaciones filológicas o notas eruditas. Si es que peco es por ser tradicional en el antiguo sentido de la palabra y no por destruir historia teología partiendo de historia exégesis. El problema será el del contenido de mi exégesis. Al menos en principio, he pretendido seguir el ritmo interno de los textos, con sus perspectivas originales, con su expresión redaccional, con sus mismas conclusiones. Sin duda alguna, las planteamientos serán distintos de los que ofrece una teología posterior más dogmática, influida por motivos helenistas. Pero sospecho que mi estudio puede servir de referencla al dogmático que intenta plantear con seriedad el fundamento del origen de Jesús.

14) Plano de teología eclesial. Existen en historia iglesia diferentes instancias: la fe del pueblo de Dios, la palabra oficial del magisterio, l< investigación de los teólogos... Sin duda alguna, el rol del magisterio es diferente del quehacer de los teólogos, pero los dos son complementarios. Una iglesla de pastores que repiten historia palabra sin tener que confrontarla con historia investigación y búsqueda de los teólogos termina siendo un fósil carente de creatividad dentro de un mundo que buscará al avance cultural en otros campos; será iglesla de gueto que renuncia a su función de instancia crítica en el mundo. Pero un grupo de teólogos que persiguen historia verdad con absoluta independencia, desligados de toda instancia ecleslal y separados de las bases de historia fe común de los creyentes, acabará ofreciendo palabra que responde al espíritu del mundo y no al mensaje de Jesús, el Cristo.  

          En ese campo de dialéctica se inscribe mi obra. No es un catecismo de historia fe que intenta apoyarse en el resguardo de sanciones oficlales; ni es documento de dogmática. Seguirán siendo necesarios los catecismos, las palabras de autoridad de los obispos de historia iglesla. Pero al lado de eso me parece que tienen un sentido aquéllas otras obras que pretenden realizar una labor de creación en teología. Son obras que buscan camino, dialogan con el mundo, se aventuran a trazar nuevas hipótesis, preguntan. Pienso que sin ellas historia palabra de historia iglesia acabaría siendo muerta. He dicho que entre las dos palabras —de historia jerarquía y de historia investigación teológica— existe una dialéctica. Ninguna pretende dominar a historia otra; ambas se iluminan y se ayudan. En ese aspecto, debo confesar que no pretendo negar ni destruir ninguna voz del magisterio; me muevo en un plano diferente. Sospecho que con mi libertad teológica puedo aportar algo al camino de vida de historia iglesia. No por falta amor sino precisamente por amor a historia iglesla los teólogos deben seguir investigando, aunque alguna de sus palabras pudiera parecer escandalosas[3].

15.   Mi intención básica según el prólogo del libro. Este libro está compuesto por un, un conjunto de ensayos sobre el entorno y sentido del origen de Jesús. Acentuamos lo de «ensayos»; por eso no será posible encontrar aquí una respuesta definitiva a ninguno de los problemas que suscita la figura de Jesús en el NT y en la vida cristiana. Sin embargo, sospechamos que el conjunto del trabajo office una visión unitaria, determinada sobre todo a partir de la procedencia de Jesús (sus relaciones con los hombres y con Dios) en los diversos niveles de explicitación y comprensión del NT.

Esa visión unitaria es  muy sencilla. (a) En primer lugar tratamos del origen de Jesús desde el nivel de su historia, de su vida y su mensaje sobre el mundo: en ese plano se suscitan los problemas de su patria, su familia y maestros, su dependencia respecto de Dios o lo diabólico...  (b) Después nos ocupamos de ese mismo origen, pero formulado ya a partir de la experiencia de la pascua y desde dentro de la iglesia; tratamos de los títulos cristológicos más significativos (hijo del hombre, hijo de Dios...), nos ocupamos de las representaciones que aluden a su procedencia (concepción virginal, preexistencia...) y nos centramos  (c) Finalmente analizamos las  diversas teologías que han hablado de este tema (sinópticos,Pablo, Juan, Apocalipsis...). De todo esto trata la segunda y más extensa parte de nuestra obra. Entre ambas hemos introducido una especie de intermedio que se ocupa del sentido de la muerte y de la pascua en el trasfondo del problema del origen.

Sabemos muy bien que este trabajo no se puede presentar como libro de moda en un momento en que la atención de los lectores cristianos está centrada en temáticas mucho más concretas y comprometidas. Sin embargo, abrigamos la confianza de que, a pesar de su volumen y aparente sequedad, pueda ocupar un lugar dentro de nuestra literatura teológica en virtud de estas razones:

[1] El libro está descatalogado, pero su texto puede encontrarse on line en dos lugares de Google, con la entrada: Pikaza, Orígenes de Jesús

[2] La crítica fue en general bastante laudatoria —cf. J. M. Alonso, Eph. Mar. 27 (1977) 264-77; L. Turrado, Salmanticensis 24 (1977) 171-74; A. Salas, Biblia y fe 3 (1977) 102-5; F. O. de Urtaran, Lumen 27 (1977) 89-90; S. Pie Ninot, Amigos del Catecismo (marzo 1977); G. G. Dorado, Pentecostés 15 (1977) 136-37; S. Sabugal, Rev. Agus. de Espiritualidad 18 (1977) 167; V. Casas, Verdad y vida 35 (1977) 279ss

[3] Tales son, a mi entender, los presupuestos que subyacen en mi obra. Es lástima que J. Galot, La filiation divine du Christ', Gregorianum 58 (1977) 239-75, no Io haya sabido ver así, haciéndome —Io mismo que a J. I. González Faus y Jon Sobrino— objeto de una crítica en historia que no puedo sentirme aludido, al menos en el campo de las afirmaciones fundamentales. X. Pikaza

2 may 2026

Dom 5 Pascua (3.5). Yo soy el camino, la verdad y la vida… ¿Quién se atreve a decir estas palabras? ¿Qué decimos al decirlas?

Dom 5 Pascua (3.5) Yo soy el camino, la verdady la vida… ¿Quién se atreve a decirlo? ¿Què decimos al repetir estas palabras?

No parece que Jesús dijera estas palabras hablando en la calle. Aunque había por entonces gente tronada (¿iluminada?) que las decía, como Simón de Samaría que según Hechos 8, 10 repetía ¡Yo soy la Fuerza de Dios llamada Grande?

           Actualmente, política y capital nos obliga a gastar más en armas, para matar mejor a la “otra” gente, diciendo y decir: Yo soy más grande que aquel Simón de Samaría. Pues tengo más lanzas y puedo matar a más malos….

 Ciertamente,  Jesús no andaba por ahí probablemente diciendo: Yo soy el mejor camino, verdad mejor, la vida más grande… Pero  después de su muerte, resumiendo su camino y su doctrina en tres palabras. algunos de su grupo buscaron un lema o credo cristiano  y encontraron éste:  Jesús dijo….Yo soy el camino, la verdad y la vida… Seamos pues todo camino de verdad  y de vida…

Este Jesús dice “yo soy… Pero su yo no es sólo suyo, sino que en ese yo fe camino, verdad y vida yo caben y se integran ”todos los pobres, enfermos y perseguidos del mundo, cabemos nosotros y los otros, los de un lado y de otros, pues no hay lados en su marcha, todos somos centro y corazón.

  Cuando Jesús dice yo soy el camino… nos está diciendo a nosotros, que hablamos en su nombre, que  hemos de ser y hacer camino de verdad, no de mentira organizad como arma arrojadiza, hemos abrir y ser espacio de vida para todos. Yo soy la vida es decir yo doy mi vida para que todos sean seamos espacio, verdad y camino de vida compartida…

           Decir con Jesús yo soy la vida es decir yo doy mi vida, la comparto con manos abiertas al abrazo no a las armas… ¿Podemos decir esto “yo soy vida”, podemos compartir con todos este eslogan de Jesús, su bandera, su camino, su verdad su iglesia.

oooo

   Muchas veces he tratado en este blog de RD y en esta postal  FB del camino de la paz, del sentido y exigencia de la verdad… Podéis buscarlo en el índice de mis publicaciones. Hoy me atrevo a presentar una postal, quizá algo larga, sobre la tercera palabra de Jesús_ Yo soy la vida.  Déjala a un lado si te parece larga…Léela si tienes tiempo, quizá en otra ocasión. Me he esforzado en prepararla por si te gustaría leer y conocer mejor el camino de la vida según la Biblia y mensaje de Jesús. Buen domingo.

            Las religiones antiguas que sitúan a Dios en perspectiva cósmica conciben la muerte de plantas, animales y hombres en una clave cíclica. Todo nace y todo acaba, en un proceso siempre repetido de muerte y nuevo nacimiento. Por eso la misma Diosa Madre de la vida (Pacha Mama, Amalur, Demeter) que engendra a los vivientes es la Madre que recibe en su seno a los que han muerto. En esta línea no existe individualidad estricta: los hombres son momento de un proceso superior que los desborda; por eso participan de la muerte y nacimiento de este cosmos.

           Por su parte, las místicas (Hinduísmo, Budismo, platonismo religioso) piebsab que el “alma interior” de los seres humanos desborda el plano cíclico del cosmos. El hombre participa de la vida de los dioses (o de Dios) de tal manera que su alma o verdad originaria obtiene asiento y sentido en lo divino. Lógicamente, el ser humano debe transcender este proceso de incesante nacimiento y de reencarnaciones de la tierra, para liberarse en Dios, viviendo así en nivel eterno. Por eso, la religión consiste en una especie de técnica especial de purificación liberadora, que capacita al hombre para desligarse de este mundo y ya limpio a lo divino (tras la muerte física).

           EJ cristianismo ofrece una respuesta diferente que se encuentra enraizada en la experiencia del Antiguo Testamento. El hombre no es sencillamente un elemento del gran cosmos divino, como suponía la primera perspectiva. Tampoco es una especie de «dios» o ángel caído de los cielos eternos, como defendía la segunda perspectiva. El hombre es un viviente que va haciéndose a sí mismo en el transcurso de la historia, con la ayuda del Dios que le ha creado. Este proceso de creatividad es lugar de revelación de Dios y camino de realización para los hombres.

           En este último fondo, como indicación de lo que implica para el hombre el camino de la vida, a la luz de la Escritura cristiana, se sitúan las reflexiones que ahora siguen. Las hemos concebido de una forma que es, al mismo tiempo, histórica y teológica (o trinitaria). Comenzamos estudiando el Árbol de la Vida que Gen 2-3 ha presentado como signo de tragedia y esperanza de los hombres.

           Desde ese fondo hablamos de la profecía del Antiguo Testamento, abierta sin cesar hacia el futuro de la vida de Dios para su pueblo. Tratamos luego de Jesús que, en su mensaje de reino y en su vida de entrega por los hombres, realiza sobre el mundo el misterio de la pascua, como victoria de Dios sobre la muerte. A partir de esa certeza estudiaremos el misterio del Espíritu Santo, que es la vida y comunión de Dios abierta hacia los hombres. Concluimos el trabajo con unas reflexiones sobre la experiencia trinitaria de la vida del hombre que se abre a Dios desde el transfondo de muerte de la historia.

1. INTRODUCCIÓN. E L ÁRBOL DE LA VIDA

           El hombre del AT, lo mismo que el actual, se halla angustiado, o por lo menos sobrecogido, por la experiencia de la finitud. Por un lado se descubre abierto hacia el misterio de una vida que no acaba, superando así los ciclos de dolor y de muerte de este mundo. Pero, al mismo tiempo, sufre y tiene miedo de esa muerte a la que teme como signo de fracaso, ligado con su propia culpa y su pecado frente a Dios.

           Ese tema de la muerte humana no es cuestión de física ni de biología, pues en ese plano las diversas realidades de este mundo giran, nacen y mueren, se generan y corrompen. Tampoco es un problema de antropología filosófica: no se trata de saber si el hombre tiene por sí mismo un alma de carácter inmortal que se mantiene o flote por encima de los cambios de este mundo y que, por tanto, no ha nacido con nuestro nacimiento exterior ni morirá con nuestra muerte. A la Biblia no le importa el futuro de un aspecto separado de nuestra realidad (el alma); le interesa el hombre entero, sometido a corrupción y, sin embargo, abierto en inquietud y deseo hacia una vida que nunca se termina.

           El problema que plantea el AT, superando el plano físico-biológico y también el filosófico, nos lleva hasta la hondura religiosa en que se asienta nuestra vida. ¿Qué somos? ¿Cómo nos podemos realizar? En ese plano religioso ofrece la Biblia su respuesta al afirmar que transcendemos todos los niveles anteriores de la vida:            Entonces el Señor modeló al hombre de arcilla del suelo; sopló en su nariz aliento de vida y el hombre se convirtió en ser vivo (Gen 2, 7).

           El hombre es aliento de vida que viene de Dios: nismat hayyim (nesamah). Por eso es ser viviente o, quizá mejor, alma viviente (nephes hayyah). Su vida es, por lo tanto, reflejo y presencia de Dios sobre la tierra, tal como lo ha dicho en otra perspectiva el autor Sacerdotal:        Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó (Gen I, 27).

           Imagen significa cercanía, imitación, presencia. Los hombres reproducen de algún modo el misterio de Dios sobre la tierra, hasta en la misma riqueza de su fecundidad, como lo indica el texto al precisar: «varón y mujer los creó». En esta perspectiva ha de entenderse otra palabra: El varón llamó a su mujer hawwah (Eva, vitalidad), por ser la madre de todos los que viven (Gen 3, 20).

           Eva es vitalidad en cuanto esposa, es decir, en relación con Adán, su marido. Ambos son portadores de una vida que les desborda, vida que viene de Dios. Por eso, al procrear por vez primera, la mujer exclama: «he conseguido (=creado) un hijo con la ayuda del Señor» (Gen 4, 1). Ha cohabitado con Adán, le ha «conocido» en plano de experiencia vital procreadora. Sin embargo, ella destaca que es Dios quien ha estado presente, como principio y fuente de la vida.

           Recordemos un dato que por ser muy simple suele pasar inadvertido: la mayoría de los pueblos antiguos del oriente conciben la fecundidad de la mujer como una realidad sagrada; la mujer-madre es figura de la diosa originaria, y de esa forma se presenta en multitud de representaciones y mitos transmitidos desde muy antiguo. Pues bien, el texto bíblico ha desmitologizado esta experiencia de la maternidad, interpretando a la mujer como una creatura de la historia.

           La mujer ya no se puede concebir como expresión humana de la madre tierra, diosa de fecundidad de la que todos surgimos un día, a la que todos un día tornaremos. El AT ha realizado un gran esfuerzo para superar esta visión, desacralizando a la tierra que ya no es divina sino creatura de Dios. También desdiviniza a la mujer, haciéndola persona dentro de la historia, compañera de Adán en su proyecto creador sobre la tierra. La vida no es divina, pero pertenece a Dios, que la sigue regalando como aliento superior en cada uno de los hombres: el mismo Dios la transmite por medio del conocimiento del varón y la mujer, que en mutua solidaridad, el uno frente al otro, el uno para el otro (cf Gen 2, 20-24), son representantes de Dios sobre la tierra.

           Los seres humanos no son vida en sí, porque la vida es de Dios; pero transmiten esa vida, en gesto de conocimiento mutuo (amor) que se explícita de manera especial por la mujer que, como indica su nombre de «Eva» (vida, vitalidad), parece estar emparentada con Yahvé, que significa también vida, al menos de una forma implícita.

           Recordemos otro dato muy significativo. En el lenguaje del AT, las plantas y animales no viven, no aparecen como sujeto de acción del verbo «hayyah», que es vivir en forma humana, en relación con Dios, como expresión de su presencia. El hombre, en cambio, vive. Siendo tierra (modelado con arcilla) es más que tierra: es portador de aliento divino, de un respiro fuerte y frágil, abierto hacia la vida perdurable, aunque a la vez se encuentra amenazado por un tipo de muerte que proviene de su mismo pecado259. Así se dice de manera magistral en el relato del paraíso:

El Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia el oriente,

y colocó enel al hombre que había modelado.

El Señor Dios hizo brotar del suelo

toda clase de árboles hermosos de ver y buenos de comer; además, el

árbol de la vida en mitad del jardín

y el árbol del conocimiento delbien y del mal...

El Señor Dios mandó al hombre: «puedes comer de

todos los árboles del jardín; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal[1]

del mal no comas, porque el día que comas de él tendrás que morir

Gen 2, 9.17).

Dios ha ofrecido al hombre una existencia hermosa donde se destacan dos felicidades principales: la mirada que disfruta en la belleza del jardín, contemplando la armonía de sus plantas; el gusto que se sacia de sus frutos, en gesto de gozo y complacencia. El hombre es un ser que está creado para ser dichoso, en una tierra donde todo se puede

admirar y regustar en gesto de satisfacción agradecida.

Pero el relato nos presenta dos árboles especiales que enmarcan, definen y condicionan el sentido de esa armonía. El primero es árbol de la vida (es hahayyim) en medio del jardín, como formando el centro al que confluyen todos sus caminos. Evidentemente, Dios no ha prohibido que los hombres coman de ese árbol, sino todo lo contrario: quiere que ellos puedan alcanzarlo. Pero el texto es misterioso y no revela de manera directa el modo de lograrlo. Simplemente nos pone en camino, dirigiéndonos por dentro hacia un futuro de vida que nos sobrepasa. A partir de aquí, en una línea que culmina en ApJn 2, 7, debemos afirmar que Dios ha puesto el árbol de la vida (se ha puesto a sí mismo) como eternidad para los hombres en medio del jardín.

Pues bien, el texto supone que para alcanzar esa vida del centro del jardín tenemos que pasar a través del árbol del conocimiento del bien y del mal, que no se dice dónde está pero parece que se eleva en cualquier encrucijada del camino. Un lector superficial podría suponer que Dios se ha complacido en colocarnos trabas, haciéndonos pasar por tentaciones y peligros de manera que así no consigamos alcanzar la vida. Pues bien, el texto afirma algo distinto: Dios nos quiere dar su vida, pero quiere hacerlo de una forma humana, si nosotros la buscamos de manera consciente, como bien para nosotros.

En otras palabras, Dios no puede ni quiere imponer el árbol de la vida en medio del jardín. No nos obliga a vivir de un modo necesario, como si fuéramos esclavos. Pone el árbol en el centro y nos invita a descubrirlo y poseerlo... a través de nuestro convencimiento, es decir, escogiéndolo de un modo libre, por la vía del bien, en gesto creador, de entrega personal, autónoma.

           Para alcanzar la vida superior debemos buscarla a través del árbol del conocimiento del bien y del mal. De esa manera, Dios nos invita a discernir: debemos conocer lo bueno y lo malo, aceptando aquello que resulta positivo, es decir, la existencia como gracia que culmina en ese árbol del centro del jardín. Este discernimiento sólo se puede realizar en obediencia, esto es, reconociendo y aceptando el camino de Dios. Eso significa que nosotros no podemos comer del árbol del conocimiento, como si fuera nuestro, decidiendo por nosotros mismos lo que es bueno y lo que es malo.

           En este plano, conocimiento significa unión vital. Si comemos como nuestro el árbol del bien-mal nos declaramos «jueces» de la vida, la tomamos en la mano y la queremos realizar como algo nuestro, desligados de la fuente y manantial de Vida que es Dios. Así acabamos estando a menos de nuestra propia finitud y rechazamos la gracia de la vida eterna, el árbol del centro del jardín que es don de Dios.

           Eso significa que Dios no nos creó inmortales en sentido natural, como si fuéramos dueños de la Vida. Pero nos ha hecho capaces de alcanzar la inmortalidad, el árbol de la vida y de la gracia, como don que está en medio del jardín. Sólo así, en regalo libremente aceptado, podemos alcanzar la Vida. Cuando negamos esa gracia y nos cerramos en nosotros mismos, rechazando el aliento de Vida de Dios, permanecemos en la muerte. Este es el misterio del pecado original: desde el mismo principio de su historia, los hombres que se hallaban abiertos a la vida perdurable, como don de Dios, han preferido clausurarse en su propia realidad de muerte, como «jueces» que deciden su propio destino y se condenan.  

           Así lo ha reflejado el libro de la Sabiduría: Dios creó al hombre para la inmortalidad, y lo hizo a imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del Diablo y los de su partido (mendos) pasarán por ella (Sab 2, 23-24). Dios creó al hombre para la inmortalidad, es decir, para el árbol de la vida. Por eso, su existencia física, regida por principios de la tierra, donde todo nace y muere, se encontraba abierta hacia un nivel de Vida superior, hacia el misterio de una gracia y plenitud eternas. En otras palabras, el hombre no es inmortal en si, pero había sido creado para la inmortalidad (ep'aphtharsia): su misma naturaleza, dirigida hacia lo bueno, le ponía en el nivel en que podía recibir, como don de Dios, la Vida verdadera, es decir, la inmortalidad[2].           

Pues bien, en ese camino del hombre se ha introducido la «serpiente» como duda frente a Dios y como intento de alcanzar la vida eterna por medio de los propios méritos y acciones. Eva y Adán «prueban la manzana» y de esa forma se prueban a sí mismos en su propia limitación, como seres que pretenden construir la vida a espaldas de Dios. En ese mismo gesto, separados de la fuente de la Vida que es Dios, descubren que su vida es limitada y que se cierra con la muerte.

2. E L CAMINO DEL ANTIGUO TESTAMENTO

           Dios no ha abandonado al hombre pecador en la condena de la muerte que implicaba su pecado. «La Sabiduría protegió al padre del mundo en su soledad...; lo levantó de su caída y le dio el poder de dominarlo todo» (Sab 10, 1). De esa protección de Dios habla Israel desde el principio, en una historia impresionante de pecado y gracia. En el origen de esa historia se halla la certeza de que Dios, a causa del pecado, tuvo que cerrarnos el camino que conduce de manera directa al árbol de la Vida:

Y el Señor Dios lo expulsó del paraíso, para que labrase la tierra de donde lo había sacado. Echó al hombre y al oriente del Edén colocó a los querubines y la espada llameante que oscilaba, para cerrar el camino del Árbol de la Vida (Gen 3, 23-24).

           No podemos alcanzar el Árbol y por eso caminamos sobre Nod, la Tierra Errante, fuera del Edén (Gen 4, 16). Seguimos caminando, pues sabemos que la Vida existe y porque, de una forma misteriosa, alimentamos la esperanza de encontrarla. Esta es la certeza que late en el fondo de las grandes promesas de Abrahan, al iniciar su éxodo o salida hacia la tierra de bendición universal (cf Gen 12, 1-3). Y esta es la experiencia que sostuvo a los hebreos, cautivos en Egipto, cuando atravesaron el mar y se empeñaron en lograr la libertad.

           De una forma general, podemos afirmar que todo el AT se halla alimentado por la gran certeza de que existe un camino de Vida para el pueblo. Los hebreos no destacan todavía la vida individual, eso que podríamos llamar la pervivencia de las personas como aisladas, pero valoran y resaltan de una forma intensa la esperanza de vida para el

pueblo. Por eso debemos afirmar que, para ellos, el Árbol de la Vida no se encuentra atrás, en la nostalgia del origen. Nos alienta hacia el futuro, hacia adelante: es la presencia de Dios que garantiza vida para el pueblo[3].  

           Esto significa que el Árbol de la Vida es Dios, como supone el mismo lenguaje del AT cuando le presenta como Viviente, en sentido superlativo. No es la vida de la naturaleza, no es el proceso de las estaciones de la tierra, ni es el ciclo de muerte y nacimiento de plantas y animales. Por eso, de manera general, nunca se dice que «Dios vive» utilizando el término haya, vivir, en un sentido neutro. Dios vive en nivel de intensidad, como el Viviente por naturaleza y excelencia. De ahí que el AT le atribuya el plural de majestad y fuerza: Elohim Hayyim. Más aún, el mismo término sagrado de Yahjve remite al fundamento de la vida: significa que Dios es (=el que es) como el viviente, activo y protector, frente a los dioses muertos de los pueblos.

           Destacamos este aspecto, pues nosotros, cuando hablamos de vida, solemos entenderla de manera superficial, unívoca, en nivel sólo biológico: basta que lata el corazón o que el cerebro emita sus señales para que afirmemos aún que hay vida. Pues bien, el AT se sitúa en un plano bien distinto: la vida es realidad cualificada, un modo de «ser» (de realizarse) que es propio de Dios en plano estricto. Los hombres, por su parte, viven sólo en la medida en que reciben el influjo de Dios y participan de su gracia, es decir de su aliento o de su Espíritu.

           Así lo ha reflejado de una forma excepcional la experiencia de la alianza. Allí donde los hombres se separan de Dios y hacen la vida de manera puramente material, bajo las fuerzas y poderes de este mundo (los ídolos), terminan por hallarse dominados bajo los principios de la muerte. Sólo allí donde se expanden hacia Dios y participan de su gracia

por la alianza, llegan a vivir. Así lo ha formulado de manera dramática y solemne el texto central del Deuteronomio:

  Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Si obedeces los mandatos del Señor, tu Dios, que yo te presento hoy, amando al Señor, tu Dios, siguiendo sus caminos... vivirás y crecerás. Pero si tu corazón se aparta y no obedeces, si te dejas arrastrar y te prosternas dando culto a dioses extranjeros, yo te anuncio hoy que morirás sin remedio... Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra: te pongo delante bendición y maldición. Elige la vida y viviréis tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, escuchando su voz y uniéndote a El, pues El es tu vida y tus muchos años en la tierra que había prometido dar a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob (Dt 30, 15-20)[4].

           Claramente reaparece el tema original del paraíso. La fidelidad a Dios conduce hacia el misterio de una vida que nos sobrepasa, abierta hacia el futuro de la paz y la existencia sobre el mundo. Por el contrario, el rechazo de Dios (comer la manzana, dominar sobre lo bueno y lo malo) implica destrucción, lleva a la muerte. La novedad del texto se halla precisamente en su manera solemne de escenificar el tema: en este lugar de la elección del bien y del mal, de vida y muerte, se juega y se decide la existencia del hombre sobre el mundo. La vida no es, por tanto, simple pervivencia. Es una forma de ser privilegiada que deriva de la gracia de Dios y que nosotros mismos cultivamos, preparamos, allí donde acogemos la palabra de Dios y la cumplimos264 .

En esta perspectiva pueden entenderse ya los grandes temas de la profecía postexílica ligados al misterio de la vida: revive el pueblo muerto (Ez 37), brota el agua vivificadora desde el templo (Ez 47), se rasga para siempre el velo de la muerte (Is 25), resucitan los muertos (Dn 12) y la sabiduría de Dios nos hace inmortales (Sab 12).

Como ya hemos indicado, a este nivel, la vida pertenece en primer lugar al pueblo. Los individuos no han logrado autonomía; están inmersos dentro de un conjunto más extenso con el cual se sienten identificados. Por eso, la pregunta más urgente no es la planteada por la suerte de los hombres que se mueren por aislado. Al profeta le interesa

la muerte del pueblo en cuanto pueblo después de haber quebrantado la alianza a que aludía el texto previo (Dt 30, 15-20) todo Israel se halla en peligro de extinción, en el exilio. ¿Qué hará Dios?, ¿dejará que se destruya sin remedio, como amenazaban los principios de la alianza? El profeta responde negativamente: aun allí donde los hombres merecían ya la muerte (de hecho han comenzado a morir) Dios determina darles vida. La casa de Israel se ha comparado a un cementerio o valle donde sólo hay huesos muertos. Pues bien, precisamente allí, realiza Dios su nueva creación:

Conjura a esos huesos: Huesos calcinados, escuchad la palabra del Señor. Esto dice el Señor a esos huesos: yo os voy a infundir mi Espíritu (ruah) y viviréis (wihyitcm). Os injertaré tendones, os haré criar carne; tensaré sobre vosotros la piel y os infundiré espíritu para que viváis. Así sabréis que yo soy Yahvé. (Ez 37, 4-6).

El profeta ha reasumido así el tema de la creación (Gen 2). La diferencia está en que ahora Dios no crea ya por vez primera, introduciendo su aliento (neshama) en molde de arcilla. Dios recrea a partir del pueblo muerto, de los huesos calcinados, de los restos de Israel sin esperanza.  El texto se puede condensar de esta manera: el Espíritu de Dios (ruah), alienta sobre la carne muerta para que viva (con el verbo haya); así se expresa el sentido de Yahvé que al fin se mostrará como gran vivificador.

           También es importante el tema del agua de la vida que mana desde el templo, riega los campos calcinados del desierto y purifica el mar de sal que estaba muerto. Este motivo pertenece a los capítulos finales de Ezequiel (40-48), donde el profeta anuncia los rasgos de la nueva tierra, transformada desde Dios y convertida en principio de existencia para el pueblo. En el lugar central del paraíso estaba el Árbol de la Vida. Pues bien, aquí, en el centro de la tierra, se alza el templo, con el Agua de la Vida:

Del interior del templo manaba agua hacia el Oriente... El agua iba bajando por el lado derecho del templo... Estas aguas fluyen hacia la comarca del oriente, bajarán hasta la estepa, desembocarán en el mar de las aguas salobres y lo sanearán... A la vera del río, en sus dos riberas, crecerán toda clase de fruíales: no se marchitarán sus hojas ni sus frutos se acabarán; darán cosecha nueva cada luna, porque los riega el agua que maná del templo. Su fruto será comestible y sus hojas medicinales (Ez47, 9-12).

           Había en el antiguo paraíso un río que, abierto en varios brazos, fecundaba el parque; por eso a sus orillas se elevaban los árboles hermosos que ofrecían alimento para el hombre. Pues bien, el paraíso es aquí tierra judía, en torno al templo: tierra donde mana el río de las aguas fecundantes, que brota del misterio de Dios, del santuario. Lógicamente, a sus orillas se extienden los frutales que curan y alimentan. Es significativo el hecho de que en este jardín de la promesa ya no exista el árbol del conocimiento de lo bueno y de lo malo. Eso significa que la prueba ya ha pasado, los hombres ya pecaron y sufrieron la condena. Por eso, ahora —al final— los renacidos de la vida brillarán en claridad perfecta, vivirán por siempre (cf Zac 14, 8-9). En esta misma perspectiva del agua vivificadora nos sitúa otro pasaje del profeta:

Os rociaré con agua pura que os purificará... os daré un corazón nuevo y os infundiré espíritu nuevo. Arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu y haré que caminéis según mis preceptos... (Ez 36, 25-27).  

           El agua de la vida (Ez 47) cumple así funciones de purificación y renacimiento. Hasta entonces, el hombre no era humano. Era incapaz de amar, tenía un corazón de piedra. Ahora, en cambio, ha comenzado a dirigirse a un reino de gracia y de ternura: es corazón de carne sensible que agradece y ama. Es significativo el hecho de que el agua

(mayim) y el Espíritu (ruah) aparezcan vinculados como fundamentos de la vida, tal como veremos luego en el NT266 .

           Siguiendo en este camino, el apocalipsis de Isaías nos conduce hasta el lugar original del paraíso, allí donde el amor de Dios triunfa como gracia sobre el mismo camino de muerte de los hombres. Implícitamente, el profeta nos ofrece el Árbol de la Vida, en forma de banquete escatológico del nuevo Sión reconciliado:

El Señor de los ejércitos prepara para todos los pueblos, sobre este monte, un festín de manjares suculentos... Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones: aniquilará la muerte para siempre (Is 25, 6-8).

           La muerte es el velo de luto, el manto de miedo que cubre a los pueblos. Somos incapaces de ver, estamos aplastados, caminamos encorvados bajo el peso de la inmensa maldición que sin cesar nos enajena. Así nos engañamos tras el velo y caminamos ciegos, con los ojos confundidos. Pues bien, un día, sobre el monte de su templo, Dios ha decidido rasgar por siempre el velo, preparando para todos los pueblos de la tierra un gran banquete de unión y plenitud: nos da a comer el Árbol de la Vida, invirtiendo de esa forma nuestra muerte.

           Así se han situado frente a frente el Dios Yahvé, principio de Vida, y la potencia de la muerte (mawet). Esta es la batalla escatológica: no lucha Yahvé contra los hombres, no combate con ejércitos del mundo; se ha enfrentado solo con la muerte y contra ella ha combatido, en favor de los pueblos de la tierra, para así ofrecerles el banquete de su gracia en la montaña. Pero debemos precisar el tema. El texto dice que Dios hará (we'asa) un banquete, pero no añade que lo imponga. Por eso puede haber personas que prefieran rechazarlo. Lógicamente, en ese tema de esperanza profética ha influido la exigencia del discernimiento, propia de la alianza. Así lo ha precisado el autor apocalíptico: Muchos de los que duermen en el polvo despertarán, unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua (Dan 12, 2).  

           Quizá por vez primera en la Escritura aparece claramente la promesa de untipo resurrección final, como expresión de juicio y cumplimiento de la historia, en forma de transformación astral de la vida humana. Los hombres se dividen mutuamente. Por un lado están los justos, sabios, que podrán brillar como en el cielo brillan las estrellas para siempre. De ellos se asegura que obtendrán la vida eterna, la verdad plena de aquello que indicaba el Árbol en el paraíso. Pues bien, frente a la vida está ¡a perdición: será la suerte de aquellos que rechazan el camino de Dios y destruyen de esa forma su existencia.

           También aquí el tema remite al paraíso. La primera creación se hizo del polvo de la tierra (cf Gen 2, 7): modeló Dios al hombre y le insufló su aliento, convirtiéndole así en alma viviente (nephes hayya). Pues bien, Dios utiliza en el final el polvo de la tierra donde duermen ñlos muertos. Ahora emplea un barro con historia, barro con pasado: ñDios lo despierta (con su voz o con su Espíritu) recreándoles así para la vida eterna (hayye 'olam). A partir de aquí puede entenderse la historia de los hombres como aquel proceso que va del ser viviente del principio hasta la vida eterna del final. La vida inicial se define como camino abierto hacia la Vida etena que se logra en forma de resurrección.

           Eso significa que la misma muerte (que Dios aniquilará según Is 25, 6-8) viene a presentarse a modo de momento de un camino abierto hacia la resurrección. En otras palabras, si la vida eterna se define como resurrección (despertar del polvo de la muerte) el camino y modo de esa muerte adquiere ya mucha importancia267. Esto es lo que, a mi juicio, desarrolla de forma ejemplar el libro de la Sabiduría:

La vida de los justos está en manos de Dios, y no los tocará el tormento. La gente insensata pensaba que morían, consideraba su tránsito como una desgracia... pero ellos esperaban de lleno la inmortalidad. Sufrieron pequeños castigos, recibirán grandes favores... (Sab 3, 1-4).

           El mundo es una prueba. Los impíos quieren imponerse por la fuerza y para mostrar su prepotencia oprimen a los pobres y a los justos. Pues bien, cuando al final se exprese el juicio de Dios, se invertirán las perspectivas: los impíos morirán (tendrán castigo) mientras que los justos que han sufrido y muerto en la justicia vivirán por siempre. Desde ese fondo, aun aceptando la esperanza israelita en la resurrección, el libro ha destacado otro motivo:

La justicia es inmortal, pero los impíos llaman a la muerte con sus manos y palabras, se consumen por ella creyéndola su amiga (Sab 1, 15-16) .La inmortalidad consiste en la unión con la sabiduría y en su amistad está el deleite hermoso (Sab 8, 17-18).

           Sabiduría y justicia se identifican: son la presencia providente y bondadosa de Dios que enriquece nuestra vida. Dios no crea a los hombres desde fuera y les deja luego enfrentados con su propia decisión, ante el árbol enigmático del Conocimiento de lo Bueno y de lo Malo. El mismo Dios está con ellos, como fuerza de vida, como Sabiduría, es decir, como un «Espíritu» inteligente, santo, único y múltiple...» (Sab 7, 22)268.

           Estas palabras nos sitúan en la cumbre del AT, allí donde es más honda su experiencia y más lúcida su voz sobre la vida. Dios ha creado a los hombres para la inmortalidad, pero no quiere imponerla; por eso deja que ellos mismos la reciban como don o la rechacen. En otras palabras, el mismo conocimiento como elección en libertad nos abre al Árbol de la Vida. Pues bien, esa Vida del Árbol de Dios, en el centro del jardín es la Sabiduría: el Espíritu y Justicia que nos hacen inmortales.

3. JESUS. LA VIDA COMO DON, RESUCITAR VIVIR EM LOS QUE VIENEN

           El evangelio de Jesús ha resumido las líneas anteriores, situándonos de nuevo en el camino que conduce del conocimiento del bien-mal al Árbol de la Vida. El evangelio ha culminado de una forma ejemplar ese misterio de búsqueda de Vida que hemos ido precisando en los profetas y escritores de Israel, desde Ezequiel a la Sabiduría.

                      La primera afirmación del evangelio es el anuncio de la vida como reino. Juan BautistA había declarado la sentencia de muerte sobre un mundo clausurado en su injusticia (cf Mt 3, 7-12). Pues bien, en contra de eso, Jesús anuncia y prepara el surgimiento de la vida: se sitúa precisamente allí donde domina la tentación de la muerte (cf Mt 4) y, venciéndola por dentro, proclama la presencia salvadora de Dios sobre la historia (cf Mt 4, 17). Por eso, a los que quieren conocer su novedad responde:

Anunciad a Juan lo que habéis oído y habéis visto; los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios, los sordos oyen y los muertos resucitan; y a los pobres se les anuncia la buena noticia (Mt 11, 4-5).

           De la esperanza del futuro Árbol de Vida hemos tornado a la experiencia de una vida actual más sana, renovada, transformada. Esta es la experiencia de salud total como elemento integrante de la vida y salvación del reino. Por eso, Jesús ha ido curando a los enfermos y animando a marginados y oprimidos. Este gesto ha sido su servicio por la vida, abierto a la esperanza de la resurrección de los muertos (cf Me 5, 23 y par).                      En este servicio de Jesús van implicados tres planos. Responde a la enfermedad con salud o curación del cuerpo, que adquiere fuerza y recibe posibilidad de realizarse. Donde hay pobreza y triunfa ahora la injusticia de la vida Jesús ofrece su evangelio, buena nueva de esperanza que nos pone en pie y nos hace servidores de los pobres.  Al servicio de la nueva vida que llega.

           Esta última palabra de resurrección de los muertos ha sido probablemente incluida por la comunidad postpascual, que ha visto en Jesús no sólo al curador y evangelizador, sino también al resucitador, ofreciendo así un resumen total de su mensaje. A pesar de ello, esta esperanza está bien arraigada en el tiempo de su historia, como indica un texto clave: los saduceos tientan a Jesús al presentarle la aparente contradicción de una vida futura donde siguen las mismas relaciones afectivas del presente  Jesús: Responde

Cuando llegue la resurrección de los muertos no se casarán ya ni varones ni mujeres; serán como ángeles del ciclo. Y, sobre la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, cómo Dios le dijo: yo soy el Dios de Abraham y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos (Me 12, 25-27).

La resurrección no se concibe, según esto, en forma de continuidad respecto al mundo antiguo, porque cesará la actual limitación de un amor exclusivista, interpretado en forma de posesión matrimonial, y surgirá una forma nueva de relación afectiva. ¿Por qué? ¡Porque existe y actúa un Dios de vivos! La razón que Jesús emplea es de tipo teológico y no antropológico. No apela a la inmortalidad del alma, ni a los méritos de la persona. Apela a la Vida de Dios que acoge a sus amigos (Abraham, Isaac, Jacob) y así los resucita.

           Eso significa que la vida interna o alma no se puede presentar como si fuera un absoluto en sentido esencialista. No es como una cosa que tenemos en propiedad y que permanece independiente, por encima de los cambios. La vida es un proceso y sólo se realiza (puede culminar) allí donde el proceso se respeta y llega hasta su meta. Desde este fondo hay que entender el pasaje decisivo:

 Quien pretenda salvar su vida la perderá; quien pierda su vida por mí (y por el evangelio), la salvará (Me 8,35).

Hemos traducido alma por vida, siguiendo así la misma inspiración bíblica. En el fondo del pasaje está la concepción del hombre como ser dotado de un aliento que viene de Dios (neshama) y le convierte en alma viviente (nephes hayya; Gen 2, 7). La realidad más profunda del hombre es ese mismo proceso vital que brota de Dios y está abierto hacia la realización (o perdición) de sí mismo. Así ha reinterpretado Jesús la opción del paraíso: quien pretenda salvar su vida, es decir, quien la asegure como propia y quiera realizarla de manera autosuficiente (como Adán en el principio, comiendo la manzana), ése la pierde; por el contrario, quien pierda su vida, quien la entregue por los otros, como el Cristo, ése la gana.

           Perder la vida significa asumirla como don y realizarla en actitud de gratuidad hacia los otros. Por eso, Jesús precisa: quien la pierda «por mí o por el evangelio», es decir, por los valores del amor y por el reino, en actitud abierta hacia los otros. Parece que se pierde y, sin embargo y paradójicamente, esa es la vida que se adquiere y que se gana. El evangelio de Juan lo ha interpretado:

Si el grano de trigo no cae en la tierra y perece, queda solo; en cambio, si mucre, produce mucho fruto. Quien ame su vida (psiche) la perderá, y el que desprecie su vida en este mundo la guardará para la vida (zoe) eterna (Jn 12, 24-25).

           Aquel que se ama a sí mismo en forma egoísta es un alma que se pierde, no culmina en vida. Por el contrario, el que se entrega por los otros, saliendo de sí mismo, no sólo produce sino guarda (plenifica) el alma para la vida eterna. La vida del hombre se concibe, según esto, en forma de proceso en dos momentos:

a) Es proceso de expansión o de apertura hacia los otros. Sólo vive en realidad aquel que sale de sí mismo y se entrega a los demás en gesto de gratuidad.

b) Es proceso de transformación o inversión de la muerte: allí donde el hombre sale de sí mismo, allí donde se pierde entregando su existencia, el mismo Dios le acoge y resucita.

De esta forma hemos llegado al mismo centro de la afirmación histológica. Esta ley de amor y entrega no es un simple dato psicológico. Tampoco ha de entenderse como expresión de una verdad universal de tipo filosófico. Ella adquiere su sentido y su verdad en Cristo: Porque el Hijo del Hombre no ha venido a que le sirvan; ha venido a servir y dar su vida (psiche) en redención por muchos (Me 10, 48).

           Así el alma se hace don. Aquello que, en principio, parecía ansia posesiva, deseo de tenerse y agarrarse a la propia verdad y plenitud (comiendo la manzana) se convierte ya en regalo por los otros. Esta es la verdad de Jesucristo, el mismo Hijo de Dios que se ha encarnado como Hijo de los hombres. Su autoridad no está en mandar ni en imponerse; no está en sobresalir y destacar por encima de los otros. Su autoridad es solamente un gesto de don y de servicio: viene a regalar (dounai) su vida, a regalarse hasta el final en actitud de servicio (diakonia) que consiste en perderse él mismo a fin de que los otros sean.

           Al llegar a este nivel la cristología se convierte en teología. En otras palabras, Jesús puede dar su vida porque el mismo Dios es don: es Padre que se entrega por amor, regalando su ser (todo lo que tiene) y generando, de esa forma, al Hijo. Juan ha intuido este misterio cuando dice:

Creemos en aquel que ha resucitado a Jesús de entre los muertos (Rom 4, 24). Vosotros le habéis destruido (matado), pero Dios le ha resucitado (cf. Hch 2, 23-24; 3, 14-15).

           De esta forma, Jesús viene a presentarse ante nosotros como el viviente por excelencia (cf Le 24,5). «Ha muerto y ha resucitado para tener el Señorío sobre vivos y muertos» (Rom 14, 9). Así aparece como nuevo y verdadero Adán, iniciador de una existencia que supera ya el principio y poderío de la muerte. En esta perspectiva emerge la experiencia original de los cristianos, tal como ha sido transmitida por Pablo:

Estoy crucificado con Cristo: ya no vivo yo; el que vive en mí es Cristo (Gal 2, 19-20). Para mí vivir es Cristo y la muerte una ganancia (Flp 1, 21).

Cristo es, ciertamente, un hombre concreto, Hijo de Dios entregado por los hombres. Por eso, los creyentes mantienen con él una cercanía personal de agradecimiento y afecto. Pero, al mismo tiempo, es más que una persona aislada: es un principio nuevo de existencia; es centro y base, fundamento y meta de una vida diferente, que se expande como entrega a los demás y permanece como Vida para siempre270 . Esto es lo que afirma Pablo en fórmula solemne:

El primer hombre, Adán, fue alma viviente; el último Adán es Espíritu vivificante... El primer hombre, tomado de la tierra, fue terreno; el segundo hombre ha nacido del cielo (cf 1 Cor 15, 45.47).

El texto ha reasumido el tema clave de la creación. Está, por una parte, Adán, que brota de la tierra y en ella permanece, a pesar de haber recibido de Dios un alma (psiche) capaz de vida; ya hemos visto que se trata de una vida limitada, que se cierra en el pecado y que no alcanza a perdurar por siempre. Por eso, Dios hace surgir al hombre nuevo, que es Jesús resucitado: nace de los cielos, es decir, proviene de la altura de Dios y hace presente su vida sobre el mundo (cf Rom 1, 3-4). Pues bien, ese hombre nuevo es espíritu vivificante (pneuma zoopoioun), en una línea cuyos rasgos primeros se encontraban esbozados ya por Ez 36. El hombre viejo tiene corazón de piedra; el hombre nuevo estará lleno del Espíritu, y por eso es verdaderamente Cristo, salvador: Dios la sostiene y le convierte en ser que vivifica, haciéndole principio de vida para todos.

           En esta misma línea nos sitúa el otro texto clave de san Pablo, que asume el simbolismo de la nueva creación, desde el trasfondo de Ezequiel. Fundados en Jesús, llevamos la Palabra de Dios escrita en nuestros corazones, que no son tablas de piedra (como las del monte Sinaí); son corazones de carne, llenos del Espíritu de Dios (cf Ez 36,  26-36). Por eso «somos ministros de la nueva alianza, no en plano de ley (letra) sino por gracia del Espíritu; porque la letra mata y el Espíritu vivifica» (to de Pneuma zoo poiei) (2 Cor 3, 6). El Espíritu es la fuente de vida escatológica, presencia desiva y total de Dios en Jesucristo.

           La creación anterior, ejemplificada ahora en Moisés, viene a presentarse como espacio de muerte y condena: los hombres viven aplastados por la ley escrita en piedra, sometidos a la letra de un mandato que les urga desde fuera, angustiados por la muerte y no se atreven a mirarla cara a cara, pues le tienen miedo; por eso ponen un velo ante su rostro y viven engañados, como suponía ya Is 25, 6-8 (cf 2 Cor 3, 1-11). Pues bien, nosotros, los cristianos, hemos descorrido el velo, miramos cara a cara y descubrimos que la vida verdadera es Cristo[5]  (2 Cor 3, 17)

                       Por eso continúa el texto: «llevamos la muerte de Jesús en nuestro cuerpo, para que la vida de Jesús se manifieste también en nuestro cuerpo» (2 Cor 4, 10). Esta es la vida en libertad que proviene del Espíritu (cf Gal 4, 1-7): superando los principios de este mundo sometido por la muerte, podemos realizarnos de una forma plena, alimentados por el árbol de la Vida que Dios había prometido ya en el paraíso.

           Nadie ha meditado como Juan sobre este gran misterio. Desbordando el plano de la vida puramente histórica el autor del evangelio afirma que la vida verdadera pertenece al misterio intradivino. Por eso dice que «en la Palabra estaba la Vida y la Vida es la Luz de los hombres» (Jn 1,4). La gradación está perfectamente calculada: en el principio se sitúa la Palabra como don de Dios que sale de sí, se comunica; esa Palabra es Vida, hace que surja toda realidad, la fundamenta y plenifica; finalmente, esa Vida es Luz, abre un camino de realización, nos capacita para responder de una manera personal y hacernos de esa forma humanos.

           Pero no olvidemos que, al hablar del Logos primigenio, Juan está hablando en concreto de Jesús, Logos encarnado (cf Jn 1, 1.14). Jesús es el camino (abre el camino) de la verdad y de la vida. Por eso puede decir y dice en palabra que recoge el sentido de su acción y presencia entre los hombres: Yo soy el camino, la resurrección y la vida , no por sí mismo, en forma aislada sino por don y presencia de Dios en su vida. El Padre le ha dado el tener Vida en sí mismo, es decir, le ha dado autonomía filial (cf Jn 5, 26). Precisamente aquello que es más propio de Dios (ser vida, tener Vida en sí mismo) es lo Dios Padre ha dado a su Hijo Jesús, lo que Jesús nos da a los hombres, como don de Dios, conforme a su palabra de comunicación de vida: «todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío» (Jn 17, 21.10). En este nivel originario, la vida es don que se comparte y sólo puede tenerse en la medida en que se ofrece. Es Vida Pascual porque Jesús ha traducido y realizado por su entrega el misterio trinitario, en este mundo.  Por eso, Jesús puede afirmar ante Lázaro muerto: Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre (Jn 11, 25-27).

           Esta palabra forma parte de la catequesis de la resurrección de Lázaro. Marta, la hermana judía, comienza confesando su fe en un plano de AT: cree en la resurrección final (Jn 1, 24). Pues bien, Jesús le muestra que ese plano se encuentra superado. Lo que distingue a los cristianos no es la fe en una futura resurrección sino la fe en el mismo Jesús como resurrección y vida, al decir, yo soy el camino la verdad y la vida (Jn 14, 6)

4. ESPÍRITU SANTO, MISTERIO DE VIDA

           La afirmación de Jesús como camino, verdad y vida no es un privilegio exclusivamente suyo, sino don de Dios por el espíritu de Vida. En esa vida añade Pablo: Si el Espíritu del que ha resucitado a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que ha resucitado a Jesús de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en vosotros (Rom 8, 11).

           El Espíritu se define así como poder de resurrección (cf Rom 1, 34). El Dios que en el principio creó a Adán infundiéndole su Espíritu, recrea ahora a Jesús, resucitándole de la muerte, haciéndole camino, verdad y vida. En ese mismo Espíritu de Cristo que es camino verdad y resurrección nacemos y vivimos por gracia, como celebra la iglesia en el bautismo. Así dice Jesús a Nicodemo: Quien no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu (Jn 3, 5-6).

           Agua y Espíritu se unen como fundamento de la nueva creación. Unidas estaban al principio, cuando el Espíritu de Dios planeaba sobre el caos de las aguas primigenias, convirtiéndolas en fuente de existencia. Unidas están ahora: el agua de Jesús, esplicitada eclesialmente en el bautismo, viene a presentarse como origen de vida, espacio de presencia del Espíritu. Así lo indica el texto de la samaritana:

Quien beba del agua que yo he de darle no tendrá más sed, sino que el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en fuente de agua que brota (alcanza) hasta la vida eterna (Jn 4,14).  

           Agua es aquí el signo de la vida de Dios en nuestra vida,, aquello que nos hace capaces de vivir, superando la clausura de la muerte. Los samaritanos subían al Garizín y bajaban al pozo de Jacob, queriendo fundarse en las antiguas tradiciones. Los judíos andaban preocupados por su templo (cf Jn 4,19-23). Pero unos y otros terminaban buscando en oscuridad, caminando en el vacío. Sólo Jesús ofrece el agua del renacimiento: un agua que penetra a lo más hondo y allí se vuelve fuente de vida que permanece eternamente. De esa forma, Jesús (siendo distinto de nosotros) nos hace participantes de su Espíritu, en la misma fuente de su vida. Así lo presenta con más fuerza otro pasaje:

Si alguien tiene sed que venga a mí y que beba. Aquel que cree en mí... como dice la Escritura: brotarán de su seno ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que debían recibir los que creyeran en él. Pues todavía no había Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado (Jn 7, 38-39).

             La puntuación de este pasaje Jn 7,38 resulta ambigua de modo que el texto ofrece dos lecturas: Los ríos de agua viva (de resurrección) brotan por un lado del seno de Cristo resucitado. Pero ellos pueden brotar y brotan al mismo tiempo de los creyentes que han recibido el agua de vida de Cristo y que son ya en este mundo portadores de la resurrección. El agua del Espíritu del Cristo llena de tal forma a los creyentes que también ellos se vuelven portadores del Espíritu, pneumatóforos. La vida de Dios no es algo que los fieles reciben simplemente desde fuera; la llevan dentro y dentro se les hace principio de existencia[6].

De todas formas, no podemos olvidar que el agua de vida (de resurrección) que llevan en su seno los creyentes ha brotado originalmente del costado/corazón ce Cristo en la  (Jn 19, 34). Clavado en el Árbol de Vida que cobija a la nueva humanidad (la madre y el discípulo querido; 19,25-27), Jesús ofrece Espíritu de vida e inmortalidad a los hombres que le aceptan.

           Este simbolismo del agua resulta extraordinariamente significativo, aunque debe completarse: los hombres nacemos de Agua-Espíritu de Cristo, pero también de su Palabra. Por eso debemos enfrentarnos a su propia enseñanza, en un gesto de ruptura y decisión, como indica paradigmáticamente el sermón del pan de Pan de Vida en su parte final, en Cafarnaúm. Todos se escandalizan, muchos le dejan. Jesús entonces proclama:

El Espíritu es el que vivifica (to zoopoioun), la carne no aprovecha nada.

Las palabras que os he dicho son Espíritu y Vida (Jn 6, 63).

           De esta forma, en el final del proceso evangélico, Juan ha retornado al principio de la historia de Jesús, allí donde se alude al sembrador que siembra «la palabra» (cf Me 4, 14). Espíritu y Vida son precisamente el poder de esa palabra de manera que se identifican: son una expresión de la presencia de Jesús, son su presencia entre los hombres. Por eso, en clave de afirmación solemne, en el sermón de la Cena, Jesús dice:

Yo soy el camino y la verdad y la vida.

Nadie llega hasta el Padre si no es a través de mí (Jn 14, 6)

Jesús es camino, pues nos invita al seguimiento. Es verdad, porque revela al Padre. Es Vida, porque lo hace presente. Por eso puede añadir: «quien me ha visto a mí ya ha visto al Padre» (Jn 14,9). De esta forma retornamos al misterio trinitario, condensado en la certeza de que Cristo está en el Padre, el Padre en Cristo (Jn 14, 10). Este es el misterio de la pascua, la entrega de Jesús que permanece como fuente de Vida perdurable; por eso puede afirmar en voz solemne: Yo soy el pan de vida, quien venga a mi no tendrá hambre,  quien crea en mi no pasará sed (Jn 6,35).

           Yo soy el pan viviente, bajado de los cielos; quien coma de este pan vivirá por siempre (Jn 6,51). Al menos de manera implícita, volvemos de esa forma al principio de la historia sagrada: Dios nos ofrecía en la mitad del jardín el Árbol de la Vida, pero nosotros escogemos aquel conocimiento propio que conduce hacia la muerte. Pues bien, ahora, al final de un largo camino de búsqueda y fidelidad, Jesús se nos presenta como el Árbol Verdadero de la Vida, Árbol del Espíritu.   

5. CONCLUSIÓN. MORIR EN LAS MANOS DEL DIOS DE LA VIDA

           Recordemos las palabras  Sab 2,23 (Dios creó al hombre para la inmortalidad), pero los hombres han optado muchas veces  y  siguen optando por la muerte. A pesar de eso, el Dios de Jesús sigue siendo Dios de Vida, y Jesús, su palabra, su Hijo, nos he hecho no sólo herederos, sino portadores de su vida en amor, siempre que nos damos vida y nos acompañamos unos a los otros.

           Las “cosas” de vida del Padre han ocupado a Jesús hasta un extremo insospechado de entrega y regalo de Vida. Por amor a l vida deDios, qu es la vida de los hombres, Jesús  renunciado a casa y bienes, ha salido por los campos, ha vivido en los caminos, anunciando la palabra del reino y reflejando su presencia. Cumplir la voluntad del Padre ha sido su comida y su bebida, su amor y su riqueza (cf Jn 4, 34).  Por eso al final de su camino,  habiendo repartido y compartido amor y vida en esperanza con pobres enfermos y expulsados, ha muerto entregándola en amor hasta la muerte por ellos. Si no hubiera muerto como murió no hubiéramos sabido la hondura de su entrega, la fuerza radical de su confianza en Dios, el regalo de su via.. Antes había creído con palabras, con gestos que podrían entenderse como fingidos. Ahora cree con la propia entrega de su vida.

           Elevado abte una muchedumbre en parte hostil, desde el acoso de la gente que le grita, le desprecia o mata, en la impotencia de su cuerpo clavado a la agonía, Jesús sabe decir su gran palabra. Escucha así la voz de Dios que le atrae y llama, como imán irresistible. Escucha y le responde: Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu. Entrega su vida en manos de Dios, a favor de la llegada de su reino, por amor a los hombres.

Está en las manos de los hombres: en manos de Israel que le denuncia, de Roma que le mata: en manos de soldados y bandidos, de jueces y verdugos... En las manos de una cruz que le atenaza, de una sed que le perfora, de una enfermedad que avanza y muerde, de manera inexorable. Manejado, atormentado, destruido, amordazado está Jesús. Y sin embargo sabe descubrir y recibir el brillo de otras manos de poder omnipotente y cariñoso que le acogen y le acunan, le acarician, le sostienen y consuelan. ¡Las manos de Dios Padre!  

            Sobre el valle de la muerte, donde sólo parece que tenemos huesos secos (cf Ez 37), sopla el aire de la vida. Jesús ha entregado en manos de Dios Padre un aliento casi imperceptible de muerte que se apaga Ya no puede darle nada. Pues bien, en ese mismo aliento que parece ya acabado actúa la fuerza creadora de Dios, está el Espíritu de vida

que triunfa de la muerte, está el camino de la pascua, la nueva creación de Dios que resucita a los que mueren.

           La muerte de Jesús ha sido el triunfo de Dios sobre la muerte, el nacimiento de la vida nueva que perdura para siempre. En el principio Dios quiso crear a los hombres del barro de la tierra, del camino inconsciente de la vida de este cosmos. Pues bien, ahora al final, Dios nos recrea y resucita desde el mismo pasado personal de nuestra historia: renacemos desde Dios, pero partiendo de aquello que hemos sido sobre el mundo.

Esto es lo que muestra y nos enseña el Dios de Jesucristo. Los fieles de las viejas religiones cósmicas pensaban que la vida (su vida) se encontraba encadenada en el gran ciclo de la muerte y los renacimientos de este cosmos. Los iniciados de las religiones místicas se esfuerzan por librarse de la gran cadena de las reencarnaciones, rompiendo

de esa forma el ciclo de la vida sobre el mundo, retornando de nuevo a lo divino. Nosotros, los cristianos hemos descubierto que la vida es don que Dios gratuitamente nos ha dado para realizarnos de manera personal, individual, sobre la tierra.

Ciertamente, somos comunión. De la unidad comunitaria de unos padres hemos procedido. En comunión de diálogo y amor hemos venido realizando la existencia. Pero al fin descubrimos también que estamos solos: hemos sido llamados para realizar en soledad la decisión más persona], aquella de la fe y entrega plena de la vida. Por eso, un

teólogo genial, llamado Duns Escoto, defendía a la persona como soledad final, definitiva.

En esta soledad nos situamos por la muerte, unidos a Jesús, el Cristo. En esa soledad, desde la entraña de una vida que hemos ido haciendo, en gesto de confianza, logramos confiarnos en manos de Dios Padre, expresando así la fe de un modo pleno. Precisamente ahora, en el momento de la muerte, podemos confesar o señalar: ¡yo creo en alguien que es más grande que mi vida! No creo en la naturaleza que rueda, gira y vuelve a ser la misma. Tampoco creo en la inmortalidad de un alma que es divina en sí y tiene derecho de existir por siempre, en ámbito de cielo. Desde el fondo de mi propia finitud y mi impotencia creo en Dios que es Padre: creo en aquel Padre que me acoge, me transforma y me recrea precisamente en el abismo impenetrable de la

muerte.

Esto es lo que creo por Jesús, porque él ha hecho con nosotros (por nosotros) la experiencia de la muerte. No se ha limitado a nacer sobre la tierra, demostrando así que todo nacimiento (¡Navidad!) tiene un momento que es divino. Tampoco se limita a caminar sobre la tierra, curando y animando a los enfermos, para señalar así que todo amor por los pequeños es sagrado. Jesús se ha introducido en el abismo de la muerte, allí donde parece que reinaba por los siglos el fracaso de la vida y el pecado de los hombres. Pues bien, en ese abismo de pecado y abandono, ha realizado su misterio de amor pleno, intradivino.

           Jesús no ha muerto sólo como ser humano sino como el Hijo de Dios sobre la tierra, introduciendo el mismo como uno más, uno entre todos los asesinados de la historia humana. Pero, al mismo tiempo ha muerto como camino, verdad y vida: El Hijo que Dios nos ha dado como Vida por encima de la muerte, en medio de la misma muerte.   

[1]. Cf. E. NEUMANN, La grande Madre, Astrolabio, Roma 1981; R. RADFORD RUETHER, Sexism and God-Talk, SCM, London 1983, 47-53; G. VON RAD, Génesis, Sígueme, Salamanca 1977, 115-116. C. A. BONORA, La creazione: il respiro delta vita e la madre dei viventi in Gen 2-3. en /o sonó il vívente, PSP 5, EDB, Bologna 1979, 9-22, D. LYS, Néphcsh. Histoirc de l'ame dans la révélation d'Isracl, EHPR 50, PUF, Paris 1959, 123-141; H. W. WOLFF, Antropología del AT, Sígueme, Salamanca 1975, 25-45.  

[2] Sobre pecado original, además de comentarios a Gen 3, cf   A. M. DUBARLE, El pecado original en la Escritura, Studium, Madrid 1971, 43-80; H. HAAG , El pecado original en la Biblia y en a doctrina de la iglesia, AB 18, FAX, Madrid 1969; J. ALFARO, El problema teológico de la transcendencia y de la inmanencia de ¡a gracia, en Cristología, Cristiandad, Madrid 1973, 227-344.

[3] Cf. A. M. DUBARLE, o. c. 80-112; G. VON RAD, La Sabiduría en Israel, AB  31, FAX, Madrid, 1973, 386-389.

[4] E. JENNI, Yliwh, en Diccionario teológico manual del AT, Cristiandad, Madrid 1978, I, 967-975. Para una interpretación del tema cf. A. DE LIBERA (ed), Celui qui est. Interpretations juives ct chicúciines d'Exode 3, 14, Cerf, París 1986; F. ASENSIO, Trayectoria teológica de la vida Madrid 1968, 59-96.

[5] Cf S. VIDAL, La resurrección de Jesús en las cartas de Pablo, Sigúeme, Salamanca 1982, 241-288.

            ´--------------[6] 274. Para una valoración dei tema cf R SCHNACKENBURG. Juan II, Herder, Barcelona 1980, 212-219; C. K. BARRET. John, SPCK, London 1972, 269-272; M. J. Lagrange. Jean, EB, Gabalda, Paris 1948, 214-217.

30 abr 2026

1 mayo. Trabajando aprendió Jesús a ser Cristo. Una lección para la iglesia

 Mc 6, 3 le llama tekton o artesano, obrero de la construcción (cantero, carpintero, albañil...), un galileo sin propiedad (herencia), que debe vender su trabajo, conforme a la oferta y demanda del mercado, en un mundo de dura carencia. No era simplemente tekton (un artesano), sino ho tekton, con artículo definido, el artesano de Nazaret, alguien que vive del trabajo y sueldo de otros.

Antes de llamarse el Cristo ha sido el tekton, y su situación implicaba una fuerte disonancia, ya que no respondía a lo que Dios había “prometido” a su pueblo, pues no dependía de sí mismo (y de Dios), sino del trabajo que otros quisieran ofrecerle. De todas formas, su misma situación le permitió conocer cosas que ignoraban los sabios de escuela y los sacerdotes del templo. Antes que por vocación fue marginal por haber nacido en un mundo cada vez más controlado por escribas, sacerdotes y miembros de una aristocracia que había pactado con Roma)[1].

1. Un proyecto económico desde la marginación. Era un campesino obligado a vender su trabajo para así vivir y/o mantener a su familia, y, de esa forma, cuando habla de “pobreza” y llama bienaventurados a los ptojoi (mendigos sin nada), Jesús está evocando su propia situación de marginado económico, que conoce y comparte la suma pobreza de las gentes de su entorno. No es un marginal alejado de la vida, sino un marginado que se enfrenta a los poderes causantes de la marginación y los rechaza, para superarlos, no para mejorar el sistema con pequeños retoques, sino para recrearlo totalmente, desde aquellos que, como él, carecen de tierra y estabilidad económica.

 No fue pensador de tiempo libre, experto en pequeñas mejoras, sino profeta en un mundo de opresión, decidido a proclamar e iniciar el camino del Reino, como los hombres de un mercado de trabajo sin trabajo (cf. Mt 20, 1-16). Su mensaje no fue un “lujo espiritual” desconectado de la realidad, sino una propuesta de transformación para la vida en un contexto de muerte. Quizá trabajó en un tiempo al servcio del rey Antipas, en sus nuevas ciudades (en Séforis, junto a Nazaret; o en Tiberíades, a la vera del lago), o de otros propietarios. Ciertamente, pudo tener más movilidad y más conocimiento que un agricultor propietario (atado a su tierra), pero dependiendo de otros[2].

Los artesanos de Galilea se parecían a los hebreos de Egipto, no tenían seguridad material o social, pues habían perdido o estaban perdiendo la “herencia de Dios” (tierra). No tenían patrimonio (vinculado al patriarcado), ni tierras para herencia, pues carecían de herencia y de casa (estructura familiar). Desde ese fondo, planeó Jesús la revolución de Reino. Posiblemente, como heredero de una familia de Belén, Jesús se sentía portador no sólo de la promesa de Abrahán (familia, tierra), sino también de la esperanza de David, que incluye la posesión de una tierra, de la que todos han de ser propietarios, compartiendo el don del Reino. Pero, al mismo tiempo, era de la gran masa de hombres y mujeres que habían perdido la tierra y parecían expulsados de la herencia de Abrahán y David, teniendo que reinterpretar su experiencia israelita. En ese contexto es bueno precisar el sentido de “clase” social, su lugar en la economía del mundo[3].

2. Comerciantes y campesinos, una sociedad de clases.Los campesinos y pastores del principio de Israel habían desarrollado una agricultura de subsistencia, con intercambio directo de bienes; pero, en un momento dado, con el despliegue de la monarquía y el auge de poder económico-social del templo, surgió una clase especial de burócratas mercantiles, al servicio de las élites político/religiosas, que controlaban la riqueza:

‒ Los mercaderes como “clase” dependen del trabajo productor de agricultores, pastores y obreros, pero de tal forma lo controlan que acaban haciéndose dueños de sus beneficios. Frente al trabajo que produce bienes, surge y se desarrolla el dinero del mercado, de manera que el valor primario no es ya la persona, ni el trabajo o la familia, ni las relaciones directas, sino el Capital Mammón, dios objetivado, diablo verdadero (cf. Mt 6, 24).

‒ Los mercaderes con dinero, con los “reyes” y funcionarios superiores y los sacerdotes (que sacralizan de algún modo ese dinero), se hacen árbitros de la sociedad y dirigen el proceso real de la producción y distribución de bienes. Así se relacionan con un dinero que, por un lado “pertenece al César” (cf. Mc 12, 16-17), pero que, por otro (¿al mismo tiempo?), tiende a convertirse en Mammón sobre el mismo César (Mt 6, 24).

No parece que Jesús haya sido un purista antimonetario, ni un reformador económico sin más, pues no ha condenado directamente a los comerciantes (como supone EvTom 67), pero ha querido poner el comercio y dinero al servicio de la vida (de los pobres), de un modo gratuito (por comunicación directa), iniciando un cambio intenso, no una pequeña reforma en el pueblo[4].

‒ El símbolo ideal de Jesús era una sociedad igualitaria (no mercantil, no imperial), de agricultores, pastores (y pescadores), compartiendo bienes y trabajos. Parece difícil pensar que en ese “imaginario” cupiera la existencia de liberados para servicios religiosos (sacerdotes/levitas), que recibirían una parte de la producción de otros (los diezmos), sin volverse por ello superiores.

‒ Pero de hecho gran parte de los agricultores se habían ido convirtiendo en campesinos sometidos, al servicio de una estructura político-monetaria, centrada en las ciudades (en Roma), en un proceso que estaba culminando en aquel tiempo en Galilea. En general, ellos quedaron “controlados” por los mercaderes (comerciantes), de manera que muchos agricultores se volvieron campesinos sin campo, perdiendo así su autonomía, bajo el control de unas ciudades y/o de unos comerciantes, que poseían/consumían gran parte de su producción[5].

3. De artesanos a excluidos. Jesús se ha ocupado de esos campesinos sin campo, renteros, braceros o artesanos al margen de la sociedad y de los pobres (mendigos, enfermos…), y también de los huérfanos, viudas y extranjeros de la ley fundamental del Pentateuco, cuya situación he precisado al ocuparme del Antiguo Testamento, (cf. Mt 25, 31-46)[6]. Por eso es bueno precisar la situación que ellos tenían:

‒ Podía haber artesanos asentados e incluso ricos, clientes del sistema político, económico y/o religioso al que sostenían. Ellos actuaban en general como operarios al servicio de gobernantes, ciudades y/o templos, como el de Jerusalén, con miles de obreros privilegiados quienes, como es normal, no respaldarán a Jesús pues se encuentran bien con su trabajo.

‒ Pero la mayoría eran marginados, itinerantes sin estabilidad, eventuales al servicio de agricultores más ricos o de comerciantes. Entre éstos parece haberse hallado Jesús, que no ha sido (presumiblemente) obrero de la construcción del templo de Jerusalén, ni de las ciudades y cortes de los reyes galileos, dependiendo de un “mercado” de trabajo inestable o sin medios fijos de subsistencia.

           En el último escalón había grupos y gentes que se hallaban fuera del esquema anterior, y no se podían llamar ni siquiera pobres, es decir, trabajadores con pocos recursos (penes, penetes), sino ptojoi estrictamente dichos (por-dioseros, mendigos sin propiedad, extranjeros, enfermos, encarcelados). Entre ellos podemos distinguir tres grupos.

Esclavos. Eran muchos en el Imperio de Roma, pero en el contexto rural de Galilea tenían menos importancia (casi ni existían). De manera consecuente, Jesús no ha iniciado una “rebelión de esclavos” (como Espartaco, el 71 a. C.), sino un movimiento de Reino, con campesinos, artesanos y mendigos.

Impuros, degradados…No parece que en Galilea formaran una clase especial (como en la India), pero los hallamos con frecuencia en el evangelio, como enfermos (leprosos) y en especial como posesos o endemoniados, y quizá también como publicanos y prostitutas, que formaban el corazón del evangelio (mensaje) de Jesús

Prescindibles. Son los que carecen de todo valor para el sistema, pues no tienen influjo ninguno, ni en un plano laboral, ni en un plano afectivo o simbólico (prostitutas envejecidas, enfermos abandonados, locos). Entre estos pobres en sentido estricto ha iniciado Jesús su movimiento de trasformación, es decir, de Reino[7]

4. Excurso. Jesús y los ministros posteriores de la Iglesia. Jesús inició su proyecto, como laico marginado (no sacerdote) y heredero de las tradiciones de David, tras haber formado parte de la clase pobre de Palestina, como obrero de la construcción, después de haber compartido por un tiempo el proyecto de Juan Bautista, junto al río Jordán. No fue sacerdote, no quiso empezar reformando el templo. Tampoco fue escriba profesional, no buscó una reforma de letrados al servicio de la organización sacral israelita. Fue un laico, hombre de pueblo, y como hombre de pueblo inició un movimiento campesino de renovación de Israel.

           Vivió en el centro de una gran trasformación social, y recreó en ese contexto las tradiciones de Israel, en el comienzo de un proceso que, significativamente, parece culminar ahora (año 2018), con el triunfo final del capitalismo y el paso de una sociedad agrícola autosuficiente (en nivel de subsistencia) a una sociedad industrial y comercial, dominada por el Capital Mammón, que corre el riesgo de destruir el modelo de humanidad que había estado fundada en la solidaridad de los campesinos. Pues bien, en medio de eso, quizá el rasgo más significativo del proyecto de Jesús fue su arraigo campesino, desde el mismo centro de la problemática social de la vida humana, no desde la perspectiva de unos especialistas letrados (escribas) o sacerdotes[8].

           Desde ese fondo se debe recuperar la identidad del movimiento cristiano, que después de un tiempo (casi en unos pocos decenios) dejará de apoyarse en el suelo nutricio de la experiencia y práctica de Jesús (campesino marginado, obrero asalariado), para convertirse en un tipo de religión de letrados (nuevos escribas cristianos) y de sacerdotes, separados de la base de los campesinos desposeídos y de los obreros.

           Éste ha sido quizá el cambio fundamental de la iglesia de Jesús, que abandonará pronto las aldeas oprimidas de Galilea y/o Palestina, para introducirse en los barrios marginados de las grandes ciudades helenistas, pero con una novedad: Al poco tiempo (pasados algunos decenios) los representantes de la Iglesia de Jesús no serán ya campesinos como él, sino que irán formando parte de una especie de burguesía sacral, cada vez más separada de los conflictos y problemas económicos entre los que había nacido el movimiento de Jesús. Hoy, siglo XXI, pasados casi dos mil años, la iglesia ha perdido el suelo principio del que surgió su movimiento. Ciertamente esta iglesia habla, y habla bien de los problemas sociales y laborales de los hombres, pero lo hace desde fuera, pues sus ministros no son ya obreros en situación conflictiva como fue Jesús[9].          

NOTAS

[1] Actualmente, en una sociedad industrializada, resulta difícil comprender aquella situación, en un mundo en la que el israelita “ideal” era un propietario de tierra, un campesino bien casado, con familia y campo, que descubría el don de Dios en la siembra y la cosecha. Cuando un campesino (a no ser que fuera sacerdote) perdía su campo quedaba desamparado, en sentido económico y simbólico, religioso (sin la herencia que Dios había concedido a su pueblo), en un mundo en el que de hecho apenas podía cumplirse ya la ley del jubileo (Lev 25) de la que he tratado previamente. Cuando Jesús prometa a sus seguidores “el ciento por uno” en campos (agrous: Mc 10, 30 par), querrá invertir esa situación en la que muchos hombres y mujeres como él no habían tenido ni tenían un campo para mantener una familia.

 En el contexto, conforme a la ideología antigua de Israel, reflejada en la ley del jubileo (Lev 25; cf. Num 26, 51-55), cada familia se identificaba por la posesión de una “heredad”, una tierra y casa propia (cf. Num 18, 20-24). Pero a través de una serie de cambios sociales, introducidos por la cultura greco-romana, que actuaba a través de la política urbanista y centralizadora de Herodes el Grande y de su hijo Antipas, una parte considerable de los agricultores de Galilea, a pesar de las leyes del Jubileo (cada familia recuperaba tierra: Lev 25), fueron incapaces de mantener sus propiedades, volviéndose campesinos sin campo, obreros o mendigos para así sobrevivir. Desde ese fondo se entiende la situación del Jesús tekton, campesino sin campo, agricultor sin agro.

[2] Cf. G. Vermes, Jesús el judío, Muchnik, Barcelona 1979, 25-26. El trabajo en la casa-campo arraiga al hombre en una tierra y una historia, que la Escritura de Israel ha vinculado a Dios. En una familia de ese tipo, el padre (con la madre) es el testigo de Dios, portador de unas bendiciones y valores, que se mantienen con pocos cambios, a lo largo de siglos. En esa línea, el Dios israelita había cumplido una función importante, pero no respondía a las nuevas condiciones sociales. Por eso, había que volver a un tiempo en que los hebreos no tenían tierra, y estaban marginados. A partir de aquí debemos presentarle como marginado activo, al servicio del Reino.

[3] Jesús debió trabajar como artesano, por diversos lugares de Galilea, a partir de su “mayoría de edad” (12-13 años), y así conoció de modo directo a los pequeños propietarios agrícolas, con otros “artesanos” u obreros sin tierra. Por eso, cuando más tarde recorra Galilea como predicador itinerante del Reino encontrará las tierras y pueblos que había conocido ya como artesano itinerante. Cf. J. D. Crossan, El nacimientodel cristianismo, Santander 2004,170-173; Id. y J. L. Reed,Jesús desenterrado, Barcelona 2003; D. E. Oakman, The Archaeology of First-Century Galilee and the Social Interpretation of the Historical Jesus, en E. H. Lovering (ed.), Society of Biblical Literature 1994 Seminar Papers, Scholars, Atlanta 1994, 220-251; K.H. Ostmeyer, Armenhaus und Räuberhöhle?: Galiläa zur Zeit Jesu, ZNWKAK 96 (2005) 147-170; J. L. Reed, El Jesús de Galilea. Aportaciones desde la arqueología, Salamanca 2006; E. W. Stegemann y W. Stegemann, Historia social del cristianismo primitivo, Estella 2001.

[4] En línea de reforma se movían muchos escribas, que querían mejorar la economía y que lo hacían de un modo cuidadoso, dentro del sistema, pero sin condenar radicalmente sus injusticias. En contra de eso, Jesús ha sido profeta del trabajo directo y la comunicación gratuita, apelando para ello a los principios de la tradición israelita. No ha rechazado el dinero (como signo de relación), sino un tipo de sociedad que lo convierte en principio de poder sobre los pobres.

[5] Conforme a este proceso, los artesanos del tiempo de Jesús eran agricultores que habían perdido su autonomía, de manera que trabajaban y producían al servicio de una estructura social clasista, presidida por comerciantes, ciudades y/o reyes, que sin producir los bienes de consumo los controlan. Estos artesanos campesinos (agricultores proletarizados) constituyen el ejemplo más significativo de la sociedad de clases de aquel tiempo.

[6] Había agricultores libres, que vivían de un campo, en relación con otros agricultores también libres. Pero gran parte de los habitantes de Galilea se habían convertido en agricultores sometidos, bajo una estructura clasista (estatal, comercial) que controlaba su producción a través de impuestos y otros tipos de intervenciones. En el escalón inferior estaban los campesinos sin campo, artesanos pobres (con cierto trabajo) o en pobres mendicantes sin trabajo alguno.

[7]Los pobres (ptokhoi) de la tradición de Jesús son mendigos en el sentido fuerte del término. Cf. G. Theissen, El Movimiento de Jesús, Sígueme, Salamanca 2005, 144-146; D. A. Fiensy, The Social History of Palestine in the Herodian Period, E. Mellen, Lewiston 1991.

[8]No quiso empezar por las ciudades, pues sus habitantes eran responsables de la opresión de los campesinos-artesanos, pero sus seguidores introducirán su movimiento de Reino en los suburbios de las grandes ciudades del Imperio romano, de manera que los no cristianos se definirán precisamente como “paganos”, habitantes de campos. Actualmente, la “revolución” de Jesús ha de extenderse en nuevos contextos sociales, como supieron los primeros misioneros helenistas. Pero olvidar a los campesinos sería traicionar el origen del evangelio. Eusebio, Historia Eclesiástica 3, 19-20, cita un texto de Memorias de Hegesipo donde se dice que los nietos de Judas, hermano de Jesús, seguían siendo pequeños agricultores (a principios del II d.C.). De ser cierto ese dato, la familia de Jesús habría conservado algunas propiedades, que habían sido insuficientes para todos los hermanos, de manera que Jesús tuvo que hacerse artesano.

[9]Para evocar un hecho reciente, en la línea de Jesús, podemos recordar el movimiento de los “sacerdotes obreros” de Francia, en los años cincuenta del pasado siglo. Ellos podrían haber iniciado desde un suelo como el de Jesús un nuevo tipo de acercamiento social de la Iglesia a los obreros, no para dictar una doctrina sobre el tema, sino para re-iniciar en otro contexto su misma experiencia. Pero, en contra de lo que fue la vida de Jesús, obrero entre obreros, la jerarquía católica prefirió que los presbíteros no fueran obreros, porque ellos representaban un movimiento ambiguo que parecía ir en contra de la “esencia” de su ministerio sacerdotal (¡como si Jesús no hubiera sido un obrero en un contexto ciertamente conflictivo!). Cf. A. Riccardi,  Periferias. Crisis y novedades para la Iglesia,  Madrid 2017

27 abr 2026

El reto de Jesús: Saber jugar, ser felices; no imponer deberes ni guardar "ganados"

El reto de Jesús: Saber jugar, ser felices

Ayer insistí en el proyecto de Jesús, tal como lo interpretó Juan de la Cruz: Ya no guardo ganado, ni ya tengo otro oficio, que sólo en amar y ser feliz y hacer felices a los otros es mi ejercicio. Siguiendo en esa línea, conforme a la estrofa siguiente de Juan de la cruz quiero evocar hoy la terapia del juego como expresión de felicidad, para ofrecer después unas consideraciones sobre la curación de Jesús.

Hemos aprendido a trabajar, a producir, a imponer deberes y a guardar ganado, con guerras poderes y amenazas de diverso tipo, y en ello seguimos insistiendo. No nos vendría mal una terapia y evangelio de juego y de felicidad directa, inmediata, vital... Ser misioneros del gozo de Jesús y de la vida, esa es nuestra misión.

 1. SABER JUGAR, SER FELICES. CÁNTICO ESPIRITUAL30

SJC   recorrió el camino de vida su vida, en libertad de amor con su amado, con todos los amados y amadas de la tierra. Así expuso su programa de felicidad

De flores y esmeraldas, en las frescas mañanas, escogidas, haremos las guirnaldas, en tu amor floridas y y en un cabello mío entretejidas (CB 30)

 En este programa Juan de la Cruz no nos pide que defendamos la fe con armas, ni que la extendamos a través de proyectos misioneros, sino que aprendamos a jugar cada mañana y que juguemos.

  Según eso, los amantes tejen guirnaldas de amor en las frescas mañanas escogidas.  En esa línea aparece en el centro de esta lira (CB 30, verso 3) la palabra haremos, por la que se expresa el compromiso de la nueva tarea de la iglesia, en comunión de amor de los creyentes, que forman todos un “cuerpo” y equipo de juego(1 Cor 12-14): Haremos guirnaldas- coronas de amor, es decir nos amaremos. Tejer guirnaldas, unos para otro, gozarse mutuamente en amor. Éste es su apostolado.

Se ha dicho que el amor de matrimonio, sosegado, tranquilo, acaba hastiando, sobre todo a los varones cuando sólo buscan amores de obstáculo y conquista, según el modelo del Tirso de Molina, Juan Tenorio, burlador insaciable de mujeres a las que abandona, tras haberlas poseído iniciando un nuevo y siempre vano camino de con­quistas.

En contra de eso, la mujer enamorada del Cántico persiste en el don siempre actualizado de su amor primero, diciendo a su amado: “haremos la guirnaldas” Significativamente, es ella la que empieza y programa con su esposo la alternativa del amor matrimonial que dura para siempre, por encima de la muerte. En esa línea, desde el amor maduro, embellecido, como lecho florido (cf. CB 24), las flores se convierten en signo programa permanente de amor: De flores y esmeraldas haremos las guirnaldas, es decir, las coronas de reino, que no son coronas de reinos o imperios, sino aureolas o diademas de amor de todos y cada uno de los amigos y seguidores de Jesús.

       En general, los que escogen y cortan las flores suelen ser niños o muchachas. Aquí, en cambio, son amantes maduros, en matrimonio, que buscan, escogen y reúnen flores del amor, tejiendo con ellas sus guirnaldas de reino.  De esa forma se han juntado entre sí los miembros de la iglesia, en comunión duradera, brillantes y fuertes como esmeraldas, hermosos   y delicados como flores. Fragilidad y permanencia se han unido y completado en una misma experiencia de amor.  

 Los amados de Jesús salen de mañana a la pradera de la vida, de amor en sus corazones.  Como niños con la vida apenas estrenada, se inclinan libremente sobre el campo, donde encuentran tesoros infinitos de piedras coloridas y de flores. Otros hombres y mujere se cansan y trabajan amasando fortunas, conquistando tierras o guardando ganado como Pedro. Los amantes, en cambio, ya no buscan más tesoro que el amor; no se afanan en cuestiones de avaricia, envidia y competencia, ni siquiera en buenos ministerios como el de guardar ganado,  sino que recogen piedras preciosas y las entrelazan con flores, tenido en guirnaldas o coronas del Reino del amor. 

-En tu amor floridas, sin nunca marchitarse. Sabíamos ya que el tálamo de amor mutuo ha de estar  para siempre florido de amor (cf. CB 24). Pues bien, ahora sabemos que el amado florece (=hace florecer) todas las cosas. Por eso le podemos comparar con el son de la mañana con la que despiertan que despierte flores y plantas.

-Y en un cabello mío entretejidas. No basta el amor del esposo; es necesaria la "belleza aparentemente frágil" de la esposa para tejer las guirnalda. Ella atrae la mirada del esposo, le enamora y le fascina en especial con la hermosura de  su cabellera.

 Coronados de amor, con guirnalda de flores y piedras preciosas, gozan los amantes, sin más finalidad que amarse, ni más tarea que ser en comunión, compartiendo su camino en una vida bellísima de amor, sin más finalidad que amarse, tejiendo cada uno en amor guirnaldas para el otro:                          

Y no dice: haré yo las guirnaldas solamente,  ni haráslas tú tampoco a solas, sino harémoslas entrambos juntos...

Por eso se dice también correremos. No dice él sólo ni ella sola, sino correremos entrambos, jugando, por juego, por gozo, en ancho campo de la vida.

(cf. Ct 1, 3. Coment CB 30, 6).

Estas guirnaldas vinculan a Dios con los seres humanos y a los seres humanos entre sí, en amor de reino. Ellos mismos buscan, se encuentran, se casan, se ponen coronas, son reyes de amor sobre un mundo abundante de flores y piedras preciosas que pueden escogerse con facilidad cada mañana.  La flor de estas coronas es el mismo amor florido del Amado, en palabra que evoca la Pascua de Jesús. En este contexto, queremos recordar la creación como mirada de amor, que aparecía en CB 5:

Las criaturas son como rastro del paso de Dios...según dice en el Génesis: Miró Dios todas las cosas que había hecho y eran mucho buenas. El mirarlas mucho buenas era hacerlas mucho buenas (Coment CB 5, 3-4.  Cf. Gen 1, 31)

Todo es aquí amor, divino y humano, tejido y entrelazado en el ser de los amantes. Parece frágil, simple cabello que cae; y, sin embargo, es lo más fuerte, pues el amor enlaza y entrelaza todo[1]. Ésta es la única misión del evangelio: Amaos unos otros como yo os es amado  (Jn 13, 34). Estes el único mandamiento esencial y permanente, la llamada de amor del discípulo amado, en Jn 21, 13-23 (en mandato de Jesús a Pedro ¡guarda mis ovejas! viene en un segundo momento, puede ser secundario[2].

 2. LA FELICIDAD DE JESÚS

           Desde el siglo XVIII en adelante se ha criticado al cristianismo por injusto (Marx), neurótico (Freud) o contrario a la ciencia (Comte...). Pero la crítica más fuerte ha sido la de F. Nietzsche, Así habló Zaratustra(cap. De los sacerdotes) cuando dice que los cristianos han negado la felicidad, ha condenado la alegría, no ha sido evangelio (buena nueva), sino dis‒angelio (mala noticia):

           ¡Contemplad esas tiendas que esos sacerdotes se han construido! Iglesias llaman ellos a sus cavernas de dulzona fragancia… ¡Oh, esa luz falsa, ese aire que huele a moho!... Ellos llamaron Dios a lo que les contradecía y causaba dolor… ¡Y no supieron amar a su Dios de otro modo que clavando al hombre en la cruz! Mejores canciones tendrían que cantarme para que yo aprendiese a creer en su redentor: ¡Más redimidos tendrían que parecerme los discípulos de ese redentor! Desnudos quisiera verlos: pues únicamente la belleza debiera predicar penitencia...

En esa línea, Nietzsche piensa que los cristianos han querido crucificar al hombre en vez de liberarle... Le han impuesto sacrificios y deberes, para así tenerle sometido, en vez de abrir su vida a la felicidad del amor y de la misma vida. Pues bien, en contra de eso, debemos contestar que Jesús no quiso crucificar a los hombres sino bajarles de la cruz, y por eso proclamó y abrió un camino de felicidad liberadora, a fin de que nadie fuera condenado a morir crucificado.  

1. Jesús, el Bienaventurado

Más que el mensaje externo de las bienaventuranzas (Lc 6, 10‒26; Mt 5, 2‒11) nos importa la vida y testimonio, en la línea de los bienaventurados con los que empezaba este libro (Krisna y Buda), retomando y recreando (invirtiendo) el ejemplo de Job, el malaventurado ansioso de felicidad del Antiguo Testamento. Por eso debo empezar destacando aquello que Jesús no era:

Jesús no fue un guerrero como Arjuna en el hinduísmo, un noble y excelso general, alguien que tuvo una crisis en medio de la guerra, para contemplar la felicidad de Dios más allá de la batalla. No fue tampoco un celota, como algunos han supuesto, un caudillo de la lucha militar anti romana, en la línea de los grandes guerreros de Israel, como Josué (conquistador), David (instaurador del Reino) o Judas Macabeo (restaurador de la independencia nacional) en línea política y religiosa.

Ciertamente, la tradición cristiana le sitúa en la línea de David, y quizá él mismo se sintió heredero de unas tradiciones davídicas (extendidas por otra parte en casi todo el pueblo de Israel). Pero aún en el caso de que él fuera descendiente carnal de David (cf. Rom 1,3‒4), Jesús invirtió de forma radical la tarea y sentido de su reino, interpretándolo en claves de salud y amor, de comida y comunión entre los hombres. 

No fue tampoco un gobernante superior, un rey   de elevada alcurnia, como Gautama Sakiamuni (Buda).  No tuvo que abandonar el palacio por su propia voluntad (o por algún tipo de crisis familiar y económico/social, como Job) para descubrir el dolor del hombre (enfermo, anciano, muerto), sino que desde joven (desde niño) formó parte de un mundo de trabajo y necesidad intensa, en momentos de gran crisis económico‒social y religiosa.

Siendo, siendo un tekton, obrero manual de la construcción, un campesino sin campo, un artesano eventual, Jesús abandonó un día el trabajo, haciéndose discípulo de un profeta de penitencia, llamado Juan Bautista. En esto se parece a Buda, que buscó también el magisterio de los brahmanes, de forma que sólo al separarse de ellos pudo recibir su propia iluminación junto al río Ganges, en Benarés. En esa misma línea, Jesús fue iluminado tras haber recibido el bautismo del Jordán, cf. Mc 1, 9‒11).

No fue un profesional de la religión, como los sacerdotes de Jerusalén o los rabinos (especialmente en la línea de los fariseos) que empezaban a “reconstruir” la identidad israelita, tras el fracaso de la “reforma” socio‒religiosa de los macabeos. Fue más bien un ser humano (hijo de hombre) y en esa línea, desde la raíz de lo humano (en un contexto de grandes contradicciones) pudo trazar un camino de humanidad reconciliada, a partir de una experiencia de Dios que se expresó en su acción de sanador y mensajero del Reino de Dios.

No fijó mejor las normas de la Ley de Dios, como harán después, desde el fin del siglo I d.C., los rabinos de la Misná. Tampoco escribió un diálogo sobre el tema, como el De vita beata de L. A. Séneca (4 a.C‒65 d.C.),ni un tratado teológico‒moral, como hizo después, en el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino (Summa Theologica I‒II, De Beatitudine), un texto genial, comentado también genialmente, en el siglo XVI, por Francisco de Vitoria, creador del Derecho Internacional, donde establece la igualdad de todos los hombres y pueblos ante la felicidad.

           Ciertamente, , Jesús no escribió un tratado de felicidad, pero fue feliz y pudo proclamar y extender un camino de felicidad entre los marginados y pobres de Galilea, pues, como recuerda la tradición cristiana más antigua, en él no hubo “distancia” (separación) entre aquello que era y lo que hacía y decía. Sólo así, porque llegó a ser un hombre feliz, pudo anunciar y extender un programa universal de bienaventuranza o felicidad mesiánica, desde la raíz del judaísmo.

  Obras de Jesús, un despliegue de felicidad.

             Jesús no ha sido rey guerrero, sacerdote de templo, rabino de escuela, ni maestro de penitencia, como Juan Bautista, sino simplemente un hombre de pueblo, un “laico” de Dios, testigo y promotor de su felicidad entre los hombres. Su obra no ha sido religiosa en un sentido estrecho, sino radicalmente humana, como ha respondido a los emisarios del Bautista, cuando le preguntan “eres tú el que debía venir o esperamos a otro”:

Habiendo oído… las obras del Cristo, Juan envió desde la cárcel a unos discípulos para preguntarle:¿Eres tú el que ha de venir, o esperamos a otro? Jesús les respondió: Id y anunciad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena noticia, ¡y bienaventurado aquel que no se escandalice de mí! (Mt 11, 2‒6).

    Esta respuesta, transmitida por el llamado documento Q, de gran antigüedad (cf. Lc 7, 18-23), ha sido quizá re‒formulada por la iglesia, pues habla en conjunto de las curaciones de Jesús, en la línea de las profecías de Is 35, 5-6; 42, 1; 61, 1, incluyendo entre ellas la resurrección de los muertos. Pero es evidente que retoma e interpreta con gran fidelidad el mensaje y obra de felicidad de Dios, que se encarna en Jesús, que no ha venido a enseñar la Ley sagrada como rabino, ni a organizar el buen culto del templo (como sacerdote), ni a reinar como gobernante (en la línea de David), ni a enseñar un tipo de meditación interna, como Krisna, ni a superar los deseos, como Buda, ni siquiera a convertirse haciendo penitencia, como quería Juan Bautista, sino a proclamar y extender la felicidad de Dios entre los hombres (en una línea ratificada por Lc 4, 17‒18).

Estas obras del Cristo son precisamente aquellas que hacen felices a los hombres, en un sentido intenso, material y espiritual, como expresión más honda de la fe en la vida, en línea de sanación‒curación, no para que los hombres se sometan a Dios y le supliquen así como sometidos, sino para que vivan, se muevan y sean (cf. Hch 17, 28), en plenitud, como creaturas buenas de Dios. A Juan Bautista le importaba la conversión de los hombres (para que viniera el perdón de Dios). Jesús, en cambio, quiere la curación y felicidad de los hombres, como signo de que Dios ya ha venido. Éstos son sus signos principales:

− Felicidad de los ojos: Que los ciegos vean (Mt 11, 5). Es evidente que en esta palabras late y se expresa el recuerdo de algunas “curaciones” integrales de Jesús, que ha recogido con mucho interés los evangelios (cf. Mc 8, 22-26; Mc 10, 46-52; Mt 9, 27-30; 20, 30-34; Jn 9, 1-41. Pues bien, ellas recogen al mismo tiempo la experiencia superior de un conocimiento más alto del Reino de Dios (cf. Mt 13, 10-17) tal como se expresa en la controversia de Jesús con un tipo de rabinismo judío del entorno.

Según eso, la primera felicidad de los hombres consiste en que “vean”, que descubran por sí mismos el don y tarea de la vida, es decir, que ellos se vean en su verdad y se amen mutuamente. En esa línea hablará Mt 5m 8 de la bienaventuranza de los limpios de corazón, pues ellos verán a Dios, interpretando así el corazón como sede de la visión más profunda.

Felicidad de los pies: Que los cojos anden (Mt 11, 5). Conforme a la palabra de Pablo en Atenas (Hch 17, 28), los hombres “vivimos, nos movemos y somos” en Dios. En ese contexto, los verdaderos cojos (= paralíticos, mancos, encorvados…) son aquellos que se encierran y paran (se inmovilizan) en sí mismos, de manera que no pueden moverse, en un plano corporal y espiritual.

Pues bien, de esos cojos se ocupó Jesús, haciéndoles capaces de vivir y de moverse en libertad, como recuerda la tradición de los evangelios (cf. Mt 8, 5-13; Mt 9, 2-7; 15, 30-31; 21, 14). Según eso, tras la de mirar y ver, la primera felicidad que Jesús quiere ofrecer a los hombres es la de los pies: Que ellos “anden”, que puedan caminar en sentido radical, pues la felicidad se identifica con el movimiento corporal y humano, en su integridad.  

 − Felicidad de piel y el tacto: Que los leprosos queden limpios, puedan besar y abrazar  (11, 5). La lepra es para la Biblia (y más en concreto para los evangelios) una enfermedad somática y una mancha (=impureza) religiosa, pues, conforme a la Ley (Lev 13‒14), los leprosos quedan excluidos del culto de Dios, como infortunados permanentes. En contra de eso, Jesús aparece como sanador de leprosos, en sentido corporal, pero sobre todo personal y social (cf. Mc 1, 40-45; Mt 8, 2-4), proclamando la bienaventuranza o felicidad de Dios a los excluidos por “impuros”, diciéndoles: ¡Quedad limpios!

Esta actitud y conducta de Jesús resultaba escandalosa en un mundo que excluía del templo de Dios y de la vida de amor a los leprosos por impuros y malditos (como muestra el caso de Job). Pues bien, en lugar de ratificar la bendición y bienaventuranza de los puros (limpios), que habitan en el templo de Dios y cumplen su Ley nacional (como destacaban muchos salmos), Jesús ha proclamado la bienaventurados que hace limpios, felices, a los leprosos, expresando (iniciando) así la mayor de la inversiones o revoluciones religiosas (humanas) de occidente.

− Felicidad de la lengua y del oído: Que los mudos hablen, que los sordos oigan, que los hombres y mujeres se comuniquen en amor entre wí  (cf. Mc 11, 5). La tradición del evangelio ha vinculado a sordos y mudos, pues ambas enfermedades solían ir unidas, y así presenta a Jesús como aquel que ha “curado” de un modo especial a unos y otros (cf. Mt 9, 33-34; 12, 22; 13, 14-15). Curar significa aquí ante todo acoger, animar, y así la curación aparece como un milagro de fuerte simbolismo mesiánico.

 Como enviado de Dios, Jesús ha querido crear (está creando) grupos de personas que escuchan y hablan, pero no en un sentido exclusivamente religioso (obedecer a la Ley, dialogar sobre ella, como dicen varios salmos y muchos textos rabínicos), sino en sentido humano, integral: Que los hombres puedan hablar y escucharse mutuamente, comunicándose en sentido humano, como han de hacer padres e hijos, enamorados y esposos, amigos y posibles enemigos, en sentido radical, todos los hombres y mujeres de la tierra. Ésta es la felicidad de la Palabra, esto es, de la comunicación de hombres y pueblos.

− Felicidad de la vida: Que los caídos se levante, que  los muertos resuciten (Mt 11, 5). Estas resurrecciones pueden aludir a las que Jesús ha. Que los bía realizado, según la tradición, haciendo volver a este mundo a personas que estaban o parecían ya muertas (cf. Mc 5, 21-43; Mt 9, 18-23; Lc 7, 11‒17; Jn 11; Mt 27, 52-53. Pero, en el fondo de ellas, se ha expresado la más honda fe en la resurrección, como despliegue integral de Vida de aquellos (hombres y mujeres) que creen en el Dios que resucita a los muertos (cf. Mc 12, 18‒27 y par).

En un sentido, allí donde la vida humana se interpreta como maldición, resucitar tras la muerte sería la mayor de las desdichas. Pues bien, en contra de eso, allí donde la vida se concibe como gracia, la felicidad consiste en “renacer” en un mundo donde la vida es manantial de felicidad (por encima de la muerte), felicidad que se da (regala) y que no muere, que se comunica y alcanza su plenitud en el Dios de la vida. El Job bíblico no había conocido esta felicidad, Krisna y Buda la entendían de otra forma (como inmortalidad o nirvana). Ésta es, en cambio, para Jesús la felicidad del Dios que no muere y de los hombres que viven en él, por encima (resucitando) de la muerte, conforme al mensaje pascual de Jesús en la Iglesia (cf. Mc 16, 1‒8; Mt 28, 16‒20).

‒ Felicidad de los excluidos: Y los pobres reciben la buena noticia (11, 5). Pobres (ptôkhoi, mendigos) son aquellos que no pueden mantenerse la vida por sí mismos, pues carecen de trabajo o medios para subsistir, a diferencia de los trabajadores de clase humilde (penêtes) capaces de alimentarse, aunque a costa de duros sacrificios. Evangelizar a esos mendigos no es darles un simple mensaje espiritual, sino abrir para ellos un camino de esperanza (como dirá la primera bienaventuranza: Lc 6, 20 y Mt 5, 3), con lo que ella implica de cambio (transformación) en las condiciones personales y sociales de los hombres. 

La felicidad de Jesús es una buena nueva de vida para los pobres: Que ellos puedan mantenerse (vivir) en dignidad y relacionarse unos con otros, haciéndose así portadores de felicidad, de curación y esperanza, como supone el envío de Mt 10, 8-10. Jesús aparece según eso como buena nueva de felicidad para los mendigos, no porque ellos sea pobres, sino porque, siéndolo, pueden ser portadores de un mensaje de felicidad que les transforma y capacita para hacer felices a los otros.

Estas obras de bienaventuranza (sanaciones, resurrección, liberación de los pobres…) culminan de forma paradójica en la conclusión de Mt 11, 6: ¡Y bienaventurado, makarios, aquel que no se escandaliza de mí! (es decir, aquel que no se escandaliza de la felicidad de Jesús). Tomadas así, las bienaventuranzas definirán la historia y proyecto de Jesús en línea de felicidad, pero en medio de un gran rechazo, promovido por la oligarquía social de Galilea, que no aprueba el cambio de Jesús, sino que quiere que sigan dominando sobre el mundo las relaciones y rangos de felicidad de la sociedad establecida, con ricos felices y pobres sometidos!

Por eso, Jesús se ha visto obligado a completar su propuesta añadiendo ¡bienaventurado el que no se escandaliza de mí! La felicidad de Jesús constituye, por tanto, un motivo de “escándalo” para aquellos poderosos que quieren mantener sus privilegios (su bienaventuranza personal, parcial, elitista), impidiendo así que todos puedan ser felices. Ciertamente, Jesús no ha luchado de un modo externo (económico‒militar) en contra de nadie, pero su proyecto de felicidad resulta peligroso para los “privilegiados” de un sistema, que dice querer a los pobres y enfermos, pero pretende tenerles sometidos (que no se curen, que no vean, que no entiendan, que no sean dueños de sí mismos).

Estas palabras de Jesús (¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!) están indicando que algunos (muchos) no quieren la felicidad de los pobres (como insinuaba el libro de Job), que están quizá dispuestos a ayudarles desde arriba, dándoles de comer, pero manteniéndoles sometidos: Que o vean de verdad, que no anden en libertad, que no sean verdaderamente libres. No quieren que se implante y crezca un movimiento de sanación y liberación real, de resurrección de los muertos. Para ellos la bienaventuranza de los pobres (enfermos, oprimidos…) es más peligrosa que una lucha militar, y por eso acaban condenando a muerte a Jesús, para impedir que él les haga de verdad felices. 

[1] Hablando por los dos (haremos…), la amante da gracias al amado por la flor de los amores. Al fondo de esa referencia puede estar la tradición de las novias judías que cortaban su cabello el día de la boda, para ofrecérselo al esposo, en donación definitiva. Pero resulta más clara la referencia normal al cabello de mujer entendido como belleza amorosa que atrae a los hombres, y de un modo especial al Amado (cf. Ct 4, 1; 5, 11). 

[2] Algunos dirán que este es un mundo de enamorados ingenuos que piensan que la vida puede mantenerse “haciendo guirnaldas”, olvidando las muchas labores de la casa y hacienda, como aseguraba Marta, quejándose a Jesús (María me ha dejado sola…). La meta de la vida es “hacer guirnaldas”, en un mundo que parece diversión de niños, que juegan al amor sobre la pradera, ensartando margaritas en un hilo, mientras otros (quizá los mismos padres) trabajan sobre el campo. Pero Jesús respondió a Marta que María había escogido la “mejor” parte, que no le sería arrebatada”, mientras la función de Marta (parecida a la de Pedro podría terminar un día, cf. Lc 10, 42) 

25 abr 2026

26.4.26. El Buen Pastor, una alternativa: No guardo ganado ni tengo otro oficio, que sólo en amor es mi ejercicio.

No es mi alternativa, aunque me siento alentado por ella, no es tampoco la de los dos últimos papas, aunque se sienten atraídos por ella, sino la de un poeta y profeta cristiano del siglo XVI

 Acabados sus estudios de Salamanca y ordenado presbítero    quiso vivir como eremita en soledad ante Dios en la Cartuja. Pero Teresa de Jesús, su amiga, que había fundado un movimiento de carmelitas contemplativos en comunidad le convenció de que se apuntar, al servicio de Jesús, esto es, del amor a los demás

Mi alma se ha empleado, y todo mi caudal, en su servicio;

ya no guardo ganado, ni ya tengo otro oficio, que ya sólo en amar es mi ejercicio (CB 28)

         Había nacido en una familia de tejedores y comerciantes venidos a menos. Conocía la burguesía comercial de Medina, donde había estudiado y trabajado, y así puede presentar con precisión su proyecto de vida en el contexto de los nuevos trabajos u oficios de su tiempo. Conocía bien las tareas económicas, sociales, militares y eclesiales de su tiempo, pero las abandonó para  dedicar solo su vida al “ejercicio” del amor.

De esa forma abandonó no sólo un orden económico/social, sino un tipo de ejercicio ministerial cristiano, propuesto por diversos grupos de  reforma, sino por la Compañía de Jesús, con sus ejercicios de pastoral católica, que él conocía muy bien como alumno de jesuitas, como puse ee relieve   en Ejercicio de Amor (San Pablo, Madrid 2017).      

    SJC no rechazó el ministerio petrino de la iglesia ni su fondo de amor, pero, a su juicio, más que un ministerio petrino de la guarda de ganado importaba en la iglesia el “ejercicio de amor del discípulo amado”, que no guarda ganado,  sino que ama a Jesús y a los hombres conforme al evangelio. 

Ignacio de Loyola había creado una “compañía ministerial de compañeros o socios de Jesús”, poniéndola inmediatamente bajo la dirección de los papas, “sucesores de Pedro” a quienes Jesús pide que guarden/pastoreen su ganado. Pero más que ese pastoreo de ganado, según SJC (San Juan de la Cruz),   la iglesia necesitaba  un fuerte testimonio de amor en gratuidad, en la línea del Discípulo amado. Desde ese fondo han de interpretarse las propuestas de CB 28:

 -Mi alma se ha empleado. Los hombres de negocios del siglo XVI  habían abandonado la antigua agricultura de subsistencia, propia de “siervos” de la tierra buscando un “empleo” productivo (de implicare, implicarse), un ejercicio estable de producción y venta de mercancías de consumo, tema que SJC conocía bien, por familia, ocupación y estudio en Medina del Campo. En un tiempo anterior, entre propietarios de tierras, un trabajo “servil” (de servicio, de siervos) había parecido impropio de hombres libres. Pero en el tiempo de SJC había muchos (especialmente varones) que empezaban a definirse por empleo y trabajo, en un contexto de producción y administración económica. En esa línea, SJC abandona su mundo anterior de pastores y empleados comerciales, para ejercerse, ejercitarse,  en amor.

Y todo mi caudal en su servicio. SJC tiene un “caudal”, unos bienes/saberes que quiere emplear al servicio de su amado, no en la enseñanza universitaria, ni en la administración eclesial, ni en la guerra  contra enemigos de Cristo La palabra “caudal” derivada de caput, cabeza, significa abundancia de bienes. SJC, poeta y alma enamorada, está decidido a emplear su caudal/capital, al servicio del amado, no por comercio, sino por puro amor, un servicio libre de amor, como testimonio de vida, no por ganancia de dinero[1]

-Ya no guardo ganado… En principio, la palabra “guardar” tiene un maatiz casi militar, del germano war/wardon, montar guardia, vigilar, protegiendo cuidadosamente los bienes poseídos. En esa línea, guardián es un vigilante, muchas veces armado, un tipo de policía que mantiene el orden o limpieza de la “polis” (ciudad), empleando la fuerza y la amenaza de violencia para conseguirlo. En ese sentido, los pastores que guardan los rebaños tienen que ir armados y utilizan perros para defenderse de ladrones y animales fieros[2]. En el fondo está la imagen de. ApóstolPedro y los Doce (jerarquía de la iglesia) a la que Jesús encargó que guardasen ganado, que apacentaran las ovejas (Jn 21). En contra de eso, sin negar a Pedro, apacentador del ganado de Jesús, SJC se presenta simplemente como “amado” y amante, hombre que sólo tiene el servicio de amar.

- Ni ya tengo otro oficio. Esta palabra viene del de latín opificium (que a su vez proviene de opus, obra) y significa en el fondo lo mismo que empleo, pero en sentido más activo, en la línea de la institución eclesial más significativa del siglo XX, titulada Opus Dei,  la obra de Dios, en la línea de Cristo. Oficio es aquello que se hace o ejerce (opum facere) para lograr unos fine, en sentido laboral y social, produciendo objetos de uso o consumo (alimentos, vestidos) y consiguiendo unos beneficios. En contra de eso, el alma enamorada sólo se ocupa de amar y gozarse en el amor, como don, testimonio e impulso de vida, en comunión libre de trabajo y amor, al servicio de otros, de todos.

- Que ya sólo en amar es mi ejercicio. Esa palabra (ejercicio) viene del latín exercere, ejercer, trabajar, de un modo organizado. El primer ejercicio se planificado de un modo eficiente, con oficiales armonizados para ejecutarlo, desde mediados del siglo XV, fue la milicia, es decir, el ejército (lugar de ejercicio), la “fábrica” más antigua de Europa, la primera máquina laboral, especializada en ganar guerras o conquistar territorios. Desde esa línea se entienden los ejercicios espirituales, programados por Ignacio de Loyola, soldado antes que “socio de Jesús” (SJ), que desarrolló un ideal y unos métodos de milicia para su Compañía de soldados de Jesús. Pues bien, a diferencia de Ignacio, conforme a SJC, el único ejercicio de amado y amante es amar se entre sí[3].

SJC no condena expresamente el “oficio” laboral, económico y militar de su tiempo, pero lo supera en amor. No concibe la vida como tarea de producción, ni la iglesia como institución apostólica, sino como  experiencia de amor. Él había estudiado y trabajado en Medina, capital comercial de Castilla, peroabandonó ese mundo de oficios y trabajos, para insistir en el amor que no se puede medir ni valorar en perspectiva de empleo y caudal-capital, oficio y ganancia, sino en comunión de gratuidad, con Dios y en relación de amor con otros seres humanos y en esa línea su abandono constituye un testimonio luminosos de afirmación de evangelio.

A diferencia de lo que sucedía en una parte de la sociedad en tiempos de SJC, la mayoría de los hombres actuales (2026) viven obsesionado por la poder productor del trabajo y las ganancias, al servicio de “bienes” de venta y consumo. Una mitad de la población del mundo está hoy ocupada en producir y atesorar "ganado" (bienes de consumo), producidos con esfuerzo y guardados como con medios coactivos, mientras la otra mitad se afana en robarlos, en guerra sin fin, de deseos odios cruzado

En contra de eso, el alma enamorada no quiere producir y guardar ganado/bienes de consumo, sino amar como Cristo, compartiendo la vida en gratuidad con otros. Según eso, el ejercicio económico (producir bienes, comerciar con ellos, guardarlos con armas y policías) queda fuera del argumento del Cántico. Pues SJC no quiere que la iglesia sea empresa productora de salvación, sino experiencia gratuita de amor.  Ignacio de Loyola y otros promotores cristianos habían organizado compañías de operarios religiosos, especializados en crear un orden social y una cultura pretendidamente “cristiana”. A diferencia de eso, la “escuela” de amor de SJC no tiene otro fin de vivir y ejercitarse en amor:

Que toda la habilidad de mi alma y cuerpo,memoria, entendimiento y voluntad, sentidos interiores y exterioresy apetitos de la parte sensitiva y espiritual,

todo se mueva por amor y en el amor,haciendo todo lo que hago con amor

y padeciendo todo lo que padezco con sabor de amor...

Y hasta el mismo ejercicio de oración y trato con Dios,

que ante solía tener en otras consideraciones y modos,

ya todo es ejercicio de amor[4].

De manera que ahora sea su trato acerca de lo temporal, ahora sea su ejercicio acerca de lo espiritual, siempre puede decir tal alma que ya sólo en amar es mi ejercicio    (Coment CB 28, 9-10)[5].

CB 29. Diréis que me he perdido. Este canto es una explicación y ampliación del anterior y tiene una parte condicional (versos 1-2) y otra declaratva (versos 3-5). El alma enamorada tiene que explicar su situación a los (antiguos) compañeros de ejido (eclesiásticos, civiles) aquello que le pasa, dando testimonio de su experiencia y nueva vida. Así lo dice proclamando su nueva profesión de amor:    

 Pues ya si en el ejido de hoy más no fuere vista ni hallada, diréis que me he perdido, que, andando enamorada, me hice perdidiza y fui ganada (CB 29)

Sólo hay una forma de ganar en la vida verdadera, y es perderse, superar en amor el riesgo de ninfas y poderes del mundo y vivir en comunión, con otros como sigue diciendo SJC, en la línea de los evangelios, conforme al mensaje de Flp 2, 1-11, reformulado por Mr 16 par:  

¿De qué qué servirá al hombre (ἄνθρωπος)

ganar todo el cosmos (τὸν κόσμον ὅλον)

si arruina su vida? (τὴν δὲ ψυχὴν αὐτοῦ ζημιωθῇ; (Mt 16, 24-26). 

Ésta es la palabra central del mensaje de Jesús, tal como has sido formulada tanto por Pablo como por los sinópticos, tanto por el evangelio de Juan como por el Apocalipsis. Esta fue al principio la esperanza y deseo mesiánico de muchos seguidores de Jesús, pero en diversos círculos cristianos pasó a primer plano la esperanza y deseo de muchos hombres y mujeres que quisieron dominar con su mente (pensamiento), con su poder militar y su dinero. el mundo entero (cosmos) y, de un modo especial el proyecto del imperio romano que pretende conquistar el mundo entero, esto es, el cosmos.

En ese contexto formuló el documento Q las tentaciones “mesiánicas” de Jesús (Mt 4, 1-11 par) que condensan en el deseo de tenerlo todo (pan) de conquistarlo todo (poder)y de dominar incluso al mismo Dios, de un modo religioso.  Así lo ha interpretado en su momento SJC, en contra de un deseo de poder que está en el fondo de la propuesta de Fray Luis León en su declaración del Cantar de los Cantares, con su ideal de conquistar el mundo entero.  En contra de eso se entienden las propuestas de evangelio de SJC:

- Seguir a Jesús es “negarse a si mismo”, superar un tipo de “yo dominador”, esto es, de vida de triunfo propio, de imposición sobre los otros. No es negarse por negarse (en pura muerte), sino para que vivan otros, esto es, para amarles, para vivir de esa manera en ellos y con ellos.

- La identidad del cristianismo mesiánico no está en el triunfo sobre los demás, sino en la cruz o renuncia de la propia vida. Ciertamente, la vida tiene otros rasgos de gozo y alegría, pero hay en el fondo de clla una cruz de cada uno, que consiste en dar, en regalar la vida favor de los demás, para que vivan ellos, es decir, para vivir en ellos. La estructura fundante de la vida es una cruz: Vivir muriendo a favor de los demás, para que de esa manera vivan ellos.

- Quien quiera salvar su vida ha de perderla, esto es regalarla, para que de esa manera vivan otros, disfrutarla en ellos y con ellos, en comunión de amor… Frente al hombre “substancia” (realidad dominadora, al tipo antiguo), frente al hombre “sujeto (yo fuerte, que se impone sobre otros) pone Jesús de relieve el ideal y camino del hombre que pierde su vida al regalarla y compartirla con otros.…

 -Pero quien pierda su vida por mí, la encontrará (εὑρήσει αὐτήν). Se trata de perder la vida “por Jesús”, es decir, como Jesús, poniéndola al servicio de los otros. Sólo quien así la pierde, se pierde, la encuentra… Esta es la palabra clave no sólo de Mt 16, 25 par, sino de toda la Biblia, de toda la vida cristiana, reformulada por SJC en el cántico espiritual. El hombres es un ser que se está buscando a sí mismo´, pero que sólo la encuentra (se encuentra a sí mismo) en amor al perderse en aquel, en aquellos, a quienes ama, regalándoles gratuitamente la propia vida.

No se trata sólo (ni básicamente) de perder (=dar) la vida, en un tipo de martirio externo ante (bajo) enemigos de la fe (=identidad) cristiana, en un enfrentamiento militar, en una situación de guerra o lucha social; no se trta de ser crucificados, pasados a espada o de morir bajo una bomba enemiga, sino de dar la vida por amor, regalarla, compartirla en el amor de cada día. No se trata  sólo ni básicamente de perder la vida porque te matan desde fuera, sino, de perderla y darla gratuitamente en amor a los demás, para que ellos viva, para vivir tú en ellos

Esta es la misión de amor, el testimonio de vida, la eficacia de la comunicación orante. En este contexto se entiende el programa de vida de Juan de la Cruz diciendo que el alma enamorada tiene que despedirse de este mundo antiguo de trabajo pues tiene otra manera de ser (trabajar), ofreciendo su propia vida, como testimonio de vida en amor, esto es, como vida compartida en comunión, conforme al programa de Flp 2 1-5. Así lo quiere decir SJC al distanciarse de un tipo de misión triunfal cristiana:

Adviertan, pues, aquí los que son muy activos,

que piensan ceñir el mundo con sus predicaciones y obras exteriores,

que mucho más provecho harían a la Iglesia

y mucho más agradarían a Dios,

dejado aparte el buen ejemplo que de sí darían,

si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración...;

porque de otra manera todo es martillar

 y hacer poco más que nada, y a veces aun daño

                                                                                              (Coment CB 29,2-3).

        SC está definiendo así su alternativa de oración y amor cristiano,  , que es la clave de su biografía. No se trata de hacer “cosas”, de producir más bienes de consumo, de organizar de manera “militar” la misión de la iglesia, para conquistar el mundo entero, haciendo cosas y más cosas, conquistando el mundo supuestamente para el evangelio, pero sin evangelio. En contra de eso, la misión cristiana más importantes es la del “discípulo amado” de Jn 21, esto es, la de vivir en amor, en libertad, no en contra de Pedro y su pastoral de “guardar ganado”, pero si al lado de ella, con mucha libertad, don gran independencia. 

- Conforme a la visión de Juan de la Cruz, el evangelio es el amor a Dios y a los demás, en gratuidad, en testimonio de vida, no en obras externas y apariencias, ni en instituciones depoder, ni en apostolados sociales de prestigio externo, por valiosos que sean en su plano Por encima del amor no hay nada, ni ideas superiores, ni conquistas materiales, ni valores de carácter social o personal. SJC no niega la misión de Pedro que “guarda ganado”, y tiene que hacerlo bien, pero su misión no es guardar ganado, pues sólo en amor es su ejercicio.

- Amar es ser en comunión con otros, más que hacer cosas por ellos. No es sustancia sobre accidentes, ni ser sujeto No es independencia ni tampoco dependencia, sino con-vivencia,  compartiendo mi ser y vida en amor con los demás. Así lo vio y sintió Juan de la Cruz, recreando la experiencia del Cantar de los Cantares, desde el pensamiento y vida de Jesús, tal como lo había formulado Pablo en Rom 13 y 1 Cor 13

 Comenzaba a imponerse en aquel tiempo (siglo XVI) la propuesta de un “estado” político-social de tendencia absolutista (centrado en su propio poder) y una Iglesia católica también absoluta, entendida como poder perfecto, centrado  en su jerarquía clerical), por encima de otras iglesias o confesiones, con sus jerarcas clericales, que intentaban mantener e imponer su propia  cosas con cierta fuerza, en un plano de conquista religiosa bien organizado, como un ejército cristiano, para transformar el mundo entero, en una línea como la de aquellos que habían encerrado a SJC en una cárcel eclesial secreta de Toledo.

 En esa línea, Juan de la Cruz afirma que la iglesia como tal no guarda ganado, en forma de dominio, sino al contrario: Ella se compromete a realizar un servicio de amor, como gratuidad y testimonio de amor, como el Discípulo Amado de Jn 21.

El alma enamorada no pone su caudal (inte­ligencia, riqueza), al ser­vicio del poder de algunos, sino de todos los hombres y mujeres, especialmente de los pobres. Ésta es la inversión cristiana: Que el capital/caudal deje de ser mammón (lo que tengo, lo que puedo, aquello en que confío, de manera material: Mt 6, 24) y se transforme servicio de ayuda para otros¸ en comunión de vida.

El alma enamorada "rompe" la trama de oficios del mundo y, si­guiendo el camino de amor en gratuidad, pierde (olvida) el ganado que en otro tiempo seguía (cf. CB 26) para así vivir en libertad de amor, como el Discípulo amado, sin negar a Pedro, pero en una línea que no sea de guarda” de ganado, sino de comunión de vida en libertad plena de amor, como el mismo evangelio de Juan ha puesto de relieve en el capítulo de Buen Pastor (Jn 10)[6] y, sobre todo en el evangelio de la viña (Jn 15)

En esa línea, en contra de un posible proyecto apostólico de pastoreo dominante de una iglesia, que en cierto momento  parecía extender un dominio político sobre el mundo entero, la amante del Cántico (SJC) ha decidido abandonar el pastoreo de autoridad. Por eso se va del ejido/salida de pastores de guarda (¡no guarda ganado!), no por desidia o desinterés , sino todo lo contrario, por ofrecer su testimonio personal, comunitario, de alma enamorada, ayudando así de hecho a los demás.

Da la impresión de que SJC quiere abandonar el riesgo de los “ángeles guardianes” de la literatura parabíblica (Henoc, Jubileos…), que se convirtieron en ángeles violadores, para dar el testimonio de un amor en pura gratuidad. En esa línea, él no propone un apostolado eclesial directo (espiritual, social…); no quiere fundar una sociedad de misioneros como algunos movimientos “religiosos” de su tiempo, sino ofrecer un testimonio de vida con su amado, sólo como buscador de amor:

No se afrenta delante del mundo el que ama

de las obras que hace por Dios, ni las esconde con vergüenza,

aunque todo el mundo se las haya de condenar;

porque el que tuviere vergüenza delante de los hombres

de confesar al Hijo de Dios  (cf. Lc 12 8-13)

tendrá el hijo de hombre vergüenza de confesarle ante su Padre…  

Y por tanto..., el ánima con ánimo de amor dice 

diréis que me he perdido (Coment CB 29,7).

Confesar es amar, en libertad y comunicación de vida, como proclama de un modo solemne Mt 25, 31-46, es amar compartiendo comida y bebida casa y honra (vestido), cuidado de salud comunión con los encarcelados. En todos ellos vive Jesús. Quien a ellos “confiese” será confesado (=será acogido amor, esto es, en comunión de vida).

[1] Servicio viene de servus, siervo, y en principio alude a los trabajos que realizan los criados, a diferencia de los amos o señores que sólo efectuaban tareas libres (liberales), no serviles. Pero la modernidad ha superado esa distinción entre trabajos libres y serviles o le ha dado otro sentido a esa palabra Pues bien, el alma enamorada sólo realiza un servicio personal que consiste en amar, en compañía de otros varones y mujeres, también dedicados a la contemplación de amor.

[2] En contra de eso, el alma enamorada no guarda cosa alguna, no atesora “caudales” que la polilla roe y los ladrones roban (cf. Mt 6, 19-21), no tiene guarda o cuidado “de almas” como los pastores eclesiásticos, sino que goza de libertad un Amor que nadie le podrá quitar, porque se da y regala… No guarda ganado, pero se compromete a realizar un servicio de amor, como expresión de gratuidad y testimonio de vida (de amor del amado) entre  los hombres y mujeres de su entorno. 

[3] SJC está al comienzo de la nueva etapa laboral, liderada aún por España, aunque después el liderazgo pasará a otros pueblos (Holanda, Gran Bretaña...), que organizarán la empresa laboral y el mercado de bienes que ha culminado en nuestro tiempo /siglo XXI) SJC había protestado ya, al menos implícitamente, en contra de ese mundo laboral, donde el hombre es empleado (funcionario), al servicio del capital, para obtener ganancias, a través de ejercicios rigurosos de producción y organización tecnificada del trabajo.

[4] Este es el título original del poema (Cántico) y del comentario de SJC, como he destacado en Ejercicios de Amor, Paulinas, Madrid 2017.

[5] El amor no es un aspecto separable de otros, sino el ser total del hombre. Por eso, los asuntos y tratos materiales (guarda de ganados) siguen siendo importantes en su plano y también los ejercicios que podemos llamar espirituales, más centrados en la reflexión interna. Pero en el fondo y verdad del alma enamorada todo ha de ser amor y sólo amor, vida compartida en comunión de gratuidad con otros.

[6] Este ideal de gratuidad de Juan de la no es el “platonismo utópico” de Luis de León, tal como lo formula el mismo Cervantes, vinculando de algún modo el ideal bucólico griego, con un tipo de evangelio utópico: “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos… porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: Las claras fuentes y corrientes ríos en magnífica abundancia,sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno…” (Don Quijote 1,11)

22 abr 2026

Por poder asesinar piensan algunos que son Dios. Falsos americanos y falsos iraníes, falso Dios en el Estrecho.

En el estrecho que lleva precisamente el nombre de Dios (Ormuz), jugando su vida y la vida de media humanidad a matar, a cara y cruz, unos falsos americanos e iraníes se están haciendo. No todos son así, gracias a Dios, no todos siguen sus “razones” (que las tienen unos y otros), pero unas razones que son sólo  eso son locura y se convierten en pecado de infierno.

                                  Desde ese fondo llevo un par de días pensando sobre Juan de la Cruz, Cántico Espiritual estrofa ocho. Tiene otras interpretaciones, pero ésta es, a mi juicio, una de ellas. Americanos e iraníes apelan a Dios, como la Virgen María (perdonen la comparación), pero   de forma muy equivocada. Unos y  otros piensan hacer obra de Dios matando.

                              Desde ese fondo, con cierta libertad y amor a la vida, simbolizada por la Madre Maria/Myriam/Marien  he querido interpretar el texto Siga interpretando como vea mejor quien me quien quiera tomar como base la Biblia común y la Canción de Juan  de la Cruz.

Mas ¿cómo perseveras,

¡oh vida! no viviendo donde vives,

y haciendo por que mueras,

las flechas que recibes,

de lo que del Amado en ti concibes? (CB 8)

Pensando como le piensa y concibiéndole como ella le concibe, la amante  de San Juan de la Cruz (virgen María, Llama 3), debería haber muerto, pues vive donde no vive (en este cuerpo) y no en la Vida de Dios, de quien proviene su aliento). Concebido así, el ser humano es un viviente contradictorio: Dios en forma humana, hombre en forma divina (conforme a Flp 1, 1-11), teniendo que morir, pero que, sin embargo, vive

-Vivir muriendo: “¿Cómo perseveras, oh vida, no viviendo donde vives...?”. Estas palabras definen al amante, hombre o mujer (cf. CB XV-XVI), como persona (aliento de Dios que habita fuera de patria divina, de manera que su misma existencia (su perseverancia en este mundo) es un milagro.

      Por eso, la amante se admira y pregunta: ¿Cómo perseveras? Desde su raíz bíblica, B. Espinosa (1632-1677) decía que, por naturaleza, cada cosa persiste en su ser (Etica I, 25 corolario). Por el contrario, tanto aquí como en Llama 3,  SJC (=san Juan de la Cruz) afirma que, por impulso de amor, todo ser humano tiende a morir en este mundo y culminar en Dios que es su vida plena

         .Éste parece el pensamiento más  recurrente de SJC en la cárcel de Toledo donde le habían encerrado los poderes de orden del mundo, allá el año 1578, la visión más profunda de su identidad. Encerrado entre cuatro paredes estrechas, el pensamiento de Dios tendría que hacerle morir de pena,   quebrantado en el mundo, y, al mismo tiempo de alegría, porque el dolor de este mundo parecía acercarle a Dios, haciéndole pasar de esta vida estrecha de cárcel a la infinita de Dios.  

- Morir en la vida de Dios. La amante sabe que las flechas de amor del Amado a quien ella ha concebido en su interior, como la Virgen María ha concebido a Jesús el mundo, deberían haberle matado, muriendo así de amor, de forma que tendría que haber muerto, pero no lo han hecho y así sigue viviendo.

Ésta es su contradicción,   su paradoja en el mundo. SJC se presenta a sí mismo como mujer amante que ha concebido a Dios en el corazón de forma de que debería haber muerto ya y vivir en Dios (porque el Dios en quien piensa, el Dios a quien lleva en su seno/corazón, es más grande que ella, y así quiere vivi en Dios.. y sin embargo, teniendo a Dios que es vida infinita en su corazón (=siendo Vida eterna en Dios), ella sigue viviendo esta vida de muerte en la tierra.  

      La vida en el mundo (pensar en Dios, entregarse en su amor sin morir) es la mayor paradoja, como muestra G. C. Bernini (1647-1652) en la  “transverberación” de Santa Teresa, representada por en S. María de los Ángeles, Roma Lógicamente, el hombre que “concibe a Dios” en su pensamiento de amor debería morir, pues una existencia “física” en el mundo es incapaz de soportar sin morir la grandeza infinita de Dios, como repite el AT (cf. Is 6, 4).

      Por eso, la amante del Cántico se sorprende por amar como ama, por ser lo que es en Dios y no morir, por concebir como concibe, por gracia y presencia del Amado, en una línea que ha sido desarrollada de un modo más “narrativa” en el Romance de la Trinidad y más evocativa y mística en Llama, como indicaré en el capítulo final de este libro.  ste es, por otra parte, el argumento ontológico supremo de   San Anselmo  Proslogion, 1077-1078): El hombre ha concebido una “idea” (un pensamiento, una realidad) mayor que su vida y  que todo el mundo, una idea de Dios.

    El tema está en saber si esa idea-realidad superior, concebida por el ser humano es real o es un delirio falso, una locura. Sobre esa idea-realidad, falsa o verdadera, ha discutido de forma apasionada el pensamiento de occidente desde el siglo XII al XIX, sin llegar a un resultado conclusivo. Unos dirán que esa realidad-idea superior concebida por la mente humana es valiosa en sí misma, está en el fondo de la visa, como verdad fundente, su principio de amor. Otros dirán que ella e un engaño de la mente, una ideología de engaño que ha mantenido al ser humano oprimido en su propio delirio de muerte (buscando una vida superior falsa se está matando a sí mismo.

   Éste es en el fondo, a mi juicio, el “argumento” de la narración o poética, Cántico espiritual, de San Juan de la Cruz, que ha de entenderse desde una perspectiva cristiana de encarnación de Dios (teología: Romance de la Trinidad-encarnación) y de divinización del hombre en/por Jesucristo, el amado, que es, al mismo tiempo Palabra de Dios y Amor en plenitud entre los hombres.

   Desde ese contexto  ha de entenderse la mariología (visión materna) de Juan de la Cruz, no sólo la de Llama, sino también la de Romance y Cantar, condensada de forma popular en el Villancico de Adviento: La Virgen preñada del Verbo divino… Esta es una mariología reducida a su mínima expresión y, sin embargo esencial para reinterpretar y vivir el cristianismo como experiencia de la encarnación de Dios y de la divinización del hombre, desde una perspectiva en la que resulta esencial la figura y función histórica de María, como expresión de la humanidad en forma y figura de mujer, protagonista/amante del Cántico, en una línea que puede y debe interpretarse desde el evangelio de Juan.

   Cada ser humano es María, que concibe por su pensamiento a un Dios que es mayor que ella misma, más que la humanidad, Dios que ha querido hacerse humano como Amado/querido por ella y en ella.. De esa forma, concibiendo y dando a luz a Dios en sucorazón, la amante debería haber muerto y sin embargo vive. Esta es la paradoja de la existencia humana, tal como se expresa en el  llamado argumento ontológico de san Anselmo

   El Cántico había comenzado hablando de un Ciervo fugitivo, que hería a la amante con mirada de amor (CB 1). Ahora descubrimos que la herida la ha causado el mismo Amado Flechador, Arquero divino que habita en el interior de la amante María, pues en realidad no es el hombre el que concibe a Dios, sino el mismo Dios Hijo el que se engendra a sí mismo en el interior de cada ser creyente humano, como lo ha hecho de un modo paradigmático/ejemplar en María[1].

             Esta imagen del Dios-Niño  (Dios Joven, Cupido flechador que dispara saetas de amor) forma parte de la iconografía greco-romana, que es muy influyente en tiempo de SJC, como aparece en el bajo-relieve de la escalera de la Universidad de Salamanca (1553), por la que él pasaba en sus años de estudiante (1564-1568).

     Conforme al mito antiguo, Cupido/Amor dispara sus flechas de amor desde fuera a los que pasan por la vida, no para matarles, sino para hacerles padecer o enfermar de amor, hasta alcanzar un tipo de locura o manía. Matizando ese símboloo, SJC afirma que las flechas de muerte de amor o manía divina no las dispara un Cupido externo, sino el Cristo interior de los creyentes, esto es, el pensamiento  de amor de la amante María que se dispara a sí mismo al concebir y engendrar al Dios amor en su vientre o corazón de humanidad, como símbolo de todos los seres humanos. El amor se concibe así como concepto (engendramiento amor/Dios) en la vida humana de la mujer María, que son todos los seres humanos, de los que se puede decir: y haciendo porque mueras la flechas que reciben de lo que del amado en ti concibe (CB 8)

     Esta mujer amante (María/humanidad) concibe al Amado  que le atrae de tal forma y le dispara con tal fuerza con sus flechas de amor que ella tendría que haber muerto (=hacerse Cielo en Dios)  y sin embargo  realiza un camino de amor ejemplar en la tierra, un camino que SJC ha descrito de forme ejemplar y genial en el resto del Cántico, especialmente desde CB 12-13, como seguiré indicando:

El alma más vive donde ama que en el cuerpo donde anima, porque en el cuerpo ella no tiene su vida,antes ella la da al cuerpo y así vive por amor en lo que ama (Dios)

Así el alma que le ama, tiene su vida radical y naturalmente en Dios– como también todas las cosas criadas –según aquello de San Pablo, que dice: en él vivimos, y nos movemos y somos... (Hech 17, 28).

Y como el alma ve que tiene su vida natural en Dios por el ser que en Él tiene,y también su vida espiritual por el amor con que le ama, quéjase y lastímase que puede tanto una vida tan frágil en cuerpo mortal, que la impida vivir una vida tan fuerte, verdadera y sabrosa como vive en Dios por naturaleza y amor.(Cf. Coment CB 8, 3).

[1] Esta experiencia de muerte por amor responde a la teología fundamental del judaísmo, según la cual “el hombre que ve a Dios muere”, pues sólo muriendo se puede ver plenamente y amar a Dios.

19 abr 2026

19. 4. 22. Dom 3 pascua. Jesús dice a Pedro: Guarda mi ganado, no vigiles mis ovejas. Para León XIV.

He desarrollado este motivo con cierta extensión en Dilexi te. Amor de Cristo en la Biblia (Madrid 2026). Aquí resumo lo allí dicho desde la perspectiva de SJC que ha sido, a mi juicio, el que mejor ha reconocido la novedad y urgencia de ese mensaje y camino del Discípulo Amado en la modernidad, el mejor intérprete del Evangelio de Juan y de su relación con Pedro, esto es, con la Gran Iglesia establecida..

                  Supongo conocido el tema base de Jn 21 1-14), con la pesca milagrosa de la madrugada de la nueva pascua: El Discípulo amado (=SJC) le dice a Pedro (pastor ciego, aunque animoso) que el promotor y guía de  la nueva pesca que está esperado a la orilla del mar es Jesús, el Señor. Al oír que es Jesús, Pedro se apresura, se viste, acaba la faena de las redes y arrastra a  la orilla de Jesús los peces del mundo (153, todos los pueblos, a los que se refiere Mt 28, 16-20).  

                   A partir de aquí (Jn 21, 15) empieza la nueva escena que nos interesa, el examen de amor de Jesús a Pedro, portavoz de la “gran iglesia” pescadora y pastoral, con “pastores”, encargados de convertir los peces en ovejas del rebaño de Jesús, aprendiendo a querer para ello, con querer de amistad que les permita guiar y mantener el ganado sin explotarlo. En esa línea, para hacerle pastor que guarda ganado (no discípulo de amor, como el amado, examina Jesús a Pedro, a la caída de la primera tarde de misión de la iglesia:

- Después que comieron dijo Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan ¿me amas (agapas) más que estos?

Le dijo: ¡Sí, Señor! Tú sabes que te quiero (φιλῶ σε) Le dijo: ¡Apacienta mis carneros (βόσκε τὰ ἀρνία μου)!

Por segunda vez le dijo: Simón, hijo de Juan ¿me amas? (agapas). Le dijo: ¡Sí, Señor! Tú sabes que te quiero (φιλῶ). Le dijo: ¡Apacienta mis ovejas (ποίμαινε τὰ προβάτιά μου)! - Por tercera vez le dijo: Simón, hijo de Juan ¿me quieres? (Φιλεῖς με) Se entristeció Pedro porque por tercera vez le había dicho ¿me quieres? Y le dijo: ¡Señor! Tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero (φιλῶ σε). Y le dijo: ¡apacienta mis ovejas! (βόσκε τὰ προβάτιά μου:Jn 21, 15-17)

                             Las dos primeras veces, Jesús pregunta a Pedro si le ama (con agapein, amor de intimidad), pero Pedro levita cuidadosamente esa palabra de amor de intimidad, indicando que él no es un/el discípulo amado y le responde que le quiere con amor de amistad (filein), marcando así su diferencia respecto al discípulo amado (aquel a quien Jesús quería con intimidad: ὃν ἠγάπα: Jn 13, 23; 19, 26; 21, 6.20). Pedro afirma de esa forma que quiere a Jesús como amigo (filos), pero sin amarle con intimidad (agapô se) como el discípulo amado.

             Jesús le ha preguntado por dos veces “si le ama con intimidad” y Pedro ha evitado las dos veces esa terminología de intimidad (agapein), diciendo que le quiere con amistad general (como philos, de philein). Lógicamente, Jesús no se atreve a preguntarle por tercera vez en línea de intimidad y tomando el lenguaje de Pedro le pregunta por fin si le quiere (phileis me) con simple amor de amistad, y, cuando Pedro se entristece y le responde, lo mismo que las dos veces anteriores, que te quiero con amistad (ὅτι φιλῶ σε), Jesús se contenta y le pide por tercera vez “cuide”, guarde/guarde su (βόσκε τὰ προβάτιά μου).

           Este juego de palabras entre querer de intimidad (discípulo amado) y querer de amistad general (Pedro) resulta a mi juicio muy significativo. Aquí me basta con decir que el evangelio de Juan sigue manteniendo hasta el final la diferencia entre el discípulo amado (amor de intimidad, con agapein) y Pedro pastor (amistad laboral). El amor de Pedro (filía) es amor de oficio y el del Discípulo amado  es de intimidad (agapein).

El amor de oficio de Pedro es bueno y necesario y puede evaluarse “a la tarde de la vida” como hace Jesús, preguntándole por tres veces “si lo quiere” (Jn 21, 15-19), y aceptando ese amor  para guardar ovejas y carneros, como dice con toda precisión el texto, anunciando que Pedro morirá como mártir/testigo, cumpliendo ese oficio (indicando de que forma daría gloria a Dios, ποίῳ θανάτῳ δοξάσει τὸν Θεόν, Jn 2, 19).

.El evangelio de Juan sabe y confirma que Pedro hamuerto cumpliendo su oficio de pastory glorificando así a Dios.  Pero ése amor de oficio no es el más hondo, no es de intimidad, como el de Jesús y su discípulo amado, que no guarda ganado, pues sólo en amor es su ejercicio. En esa línea, mientras confiesa que Pedro ha muerto como pastor fiel, el evangelio de Juan no puede decir que el Discípulo Amado ha muerto, pues un amado así, por intimidad de vida, no acaba nunca, permanece para siempre.

Este discípulo ama por intimidad de Jesús no ama por oficio, sino por iniciativa propia.Por eso, Jesús no le encarga guardar/apacentar ovejas/carneros como a Pedro, sino que su oficio es simplemente amar, como supo y puso de relieve en el siglo XVI Juan de la Cruz, cuando afirma, en su Cántico Espiritual, distinguiéndose de Pedro y de su iglesia de vigilancia y pastoreo: Ya no guardo ganado, ni ya tengo otro oficio que ya sólo en amar es mi ejercicio (CB 28).

Juan de la Cruz ha podido formular de esa manera el tema porque tiene un conocimiento muy preciso del evangelio de Juan y porque ha vivido en carne propia la diferencia entre algunos pastores como Pedro (que  le han encerrado en la cárcel de Toledo, queriendo que re-niegue de su libertad)  y los discípulos amados  que no guardan ganado por oficio, sino que se limitan a vivir en libertad de evangelio[1].

Conforme a Jn 21, Pedro ama a Jesús con amor intenso de oficio de grupo (filía), y muere cumpliendo su oficio de pastor del rebaño. Ese amor ha sidosuficiente para él, y de esa forma ha dado gloria a Dios, muriendo como mártir. Pero al lado de Pedro, testigo y garante del amor de grupo el discípulo amado de Jesús  se ha mantenido y se mantiene para siempre sin morir.   

Ni Jesús ha podido exigir a Pedro que le ame más que todos (incluso más queel Discípulo Amado), Pedro ha respondido honradamente que le ama “con amor de oficio” (philein), no más que otros con el discípulo amado (agapein), de manera que el mismo Jesús acepta su amor de oficio, dándole el encargo de “guardar su ganado”. Por el contrario, el Discípulo amado que ama a Jesús con intimidad y está identificado con él no guarda ganado (ni carneros ni ovejas), sino que su único oficio es vivir en libertad e intimidad de amor (ágape), identificándose en el fondo con Cristo.

La iglesia pastoral (de pastores como Pedro) tiene una tarea que deriva del amor (philia) de solidaridad con Cristo, convirtiendo esa solidaridad/amor en servicio (pastorear/cuidar) carneros y ovejas, como dice con precisión el texto. Pero por encima de ese amor pastoral, en otro plano, está el amor de pura intimidad con Dios en Cristo, que es propio del Discípulo Amado, como sigue indicando el texto evangelio

Dicho esto, (Jesús) añadió (a Pedro): «Sígueme» (Ἀκολούθει μοι).  Pedro, volviéndose, vio siguiéndoles (ἀκολουθοῦντα) A aquel a quien Jesús amaba (ὃν ἠγάπα ὁ Ἰησοῦς), el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿Quién es el que te va a entregar?».  Al verlo, Pedro dice a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?». Jesús le contestó: «Si quiero que permanezca (μένειν) hasta que yo venga ¿a ti qué? Tú sígueme (σύ μοι ἀκολούθει (Jn 21, 20-21)

                   .                 El evangelio insiste en la llamada de Jesús a Pedro y en el seguimiento de Pedro, que ama a Jesús y que le ha respondido por tres veces “te quiero”, sin decirle que le ama en intimidad, más que los otros, incluido el Discípulo Amado Así se ha mantenido Pedro, en este amor fiel sin entrar en el misterio más hondo de intimidad de Jesús con el discípulo, que estuvo con la madre de Jesús ante la Cruz (Jn 19, 25-27); así se mantuvo y murio dando gloria a Dios y cumpliendo fielmente su tarea, pero sin ser discípulo amado (cf. Jn 21, 19).

 A diferencia de Pedro, que no había estado junto a la cruz,  el Discípulo amado, que formaba parte de la intimidad de Jesús, con su Madre ante lu Cruz, no guarda ganado, ni  tiene otro oficio, pues sólo en amor en su ejercicio, como dirá Juan de la Cruz (CB 28)

 Pedro, en cambio, se sitúa en un nivel de oficio, que es necesario para “guardar” el rebaño de ovejas/carneros, pero sin entrar en la intimidad de Jesús, en ese círculo interior en el que se mantuvo SJC en la cárcel de Toledo, en contra de los que quieren imponerse sobre él e impedir lo que hac eapelando falsamente al pastoreo de Pedro.

 Pedro ha recibido autoridad sobre las ovejas/carneros del rebaño, pero no puede controlar al discípulo amado, no puede convertirse en vigía o dictador que determina desde arriba la marcha del rebaño. Así encontramos aquí (Jn 21) por última vez, uno al lado del otro, a estos dos discípulos, situados en el mismo espacio de la pascua misionera de la iglesia.

Pedro va con Jesús porque Jesús le ha pedido que le siga y le ha dado autoridad para pastar a ovejas y carneros. Por el contrario, el discípulo amado no va porque Jesús se lo mande, no va porque quiere algún cargo (o Jesús quiere dárselo), sino simplemente porque ama y el amor es libre, como dice de manera muy precisa este pasaje que hemos comentado. Jesús ha pedido a Pedro que le siga, y Pedro cree que es el único que le sigue y por eso pregunta y este, ¿qué? y Jesús le responde si quiero que permanezca   ¿a ti qué?.

 Este es el discípulo que da testimonio (ὁ μαρτυρῶν) de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero (Jn 21, 4). 

Pedro sigue a Jesús por oficio de amor, y su oficio es muy importante, pero el Cuarto Evangelio y SJC afirman con su testimonio que el amor de intimidad del Discípulo Amadoes aún más importante. Por eso hemos dicho que el amor en intimidad abierta y sin oficio del Discípulo amado y SJC es aún más importante.

Por eso debemos rogar por Pedro, como ha rogado Cristo ( Lc 22, 31-34), pidiéndole a Dios que Pedro “guarde su ganado” pero también que no se imponga sobre les discípulos amados, sino que les permita vivir en libertad dentro de la iglesia, realizando de esa forma su misión dentro y fuera de la iglesia establecida.

Pedro como pastor de oficio muere, mientras el discípulo amado tiene que permanecer y permanece hasta la vuelta de Jesús. Más aún, ese amor del Discípulo amado, que acoge en su casa (entre sus bienes) a la madre de Jesús que es Israel (el AT)   garantiza la presencia y valor Israel en la iglesia (cf. Jn 19, 25-27).  Este es un dato que me parece fundamental para entender la salvación de Israel desde una perspectiva cristiana (en la línea de la teología y esperanza de Pablo, cuando dice que al final los judíos creerán Israel en Cristo,  de forma que todo Israel será salvado: Rom 11, 26).

En ese sentido el ministerio de “pastoreo petrino” podría cambiar, en un sentido particular externo, Por el contrario, ese pasaje afirma implícitamente que el testimonio del amor del discípulo amado ha de permanecer hasta que Jesús vuelva/venga (es decir, complete su camino). A diferencia de Pedro, que realiza una función muy importante, pero que podría  cesar con el tiempo en su forma externa, el testimonio (martiría) del Discípulo amado ha de permanecer para siempre. En esa línea de amor del discípulo amado se sitúa SJC en su vida y en su canto de amor (Cántico espiritual).

[1] Este es un tema que estudié con inmenso interés en mi primera etapa de profesor en la U. Pontificia de Salamanca (1973-1984) con mi amigo y colega F. Fernández Ramos (1927-2021); cf. en. Evangelio según san Juan. Casa de la Biblia, Madrid 1989; El discípulo amado, Studium Legionense 1981, 39-74; El Espíritu Santo y María en los escritos joánicos, Eph. Mar, 1978,. 169-190; La comunidad joánica, C Tomista, 1979, 541-586.