No somos capaces de imaginarnos el futuro. Por eso, el baile de impresiones y sensaciones condicionadas por nuestro voluble estado de ánimo. Manuel Pimentel Siles: El periodista ejemplar = Fernando Jáuregui: « La ruptura »

Y si, por fin, logramos centrar nuestra atención en algo relevante, al instante otros muchos sucesos nos distraen y acaparan, atrapándonos en un vértigo que nos desorienta y confunde. Por eso, precisamos de voces serenas que, desde la cátedra de su experiencia, nos ayuden a discernir y desovillar la madeja entrópica que nos atrapa traicionera, como si de una difusa red de araña secular se tratara. La España del 78 se rompe, una revolución calculada comienza a anidar y corroer nuestra sociedad y, nosotros, sin enterarnos. Pero Fernando Jáuregui, que sí se enteró, quiere contárnoslo como sólo un buen periodista sabe hacerlo.

Fernando Jáuregui + Manuel Pimentel Siles
EL MAESTRO LÚCIDO, EL MIRÓN IMPENITENTE, EL PERIODISTA EJEMPLAR

Foto: Fernando Jáuregui, segundo por la derecha

Vivimos en el desconcierto. Todo gira de manera acelerada, muta y se precipita a nuestro alrededor, sin que logremos advertir destinos ni rumbos claros. Y en esa estábamos cuando, por si fuera poco, llegó el Covid19 con su furia secular a desbaratar los débiles equilibrios y las escasas convicciones en las que nos sustentábamos.

No somos capaces de imaginarnos el futuro. Por eso, el baile de impresiones y sensaciones condicionadas por nuestro voluble estado de ánimo. Y si, por fin, logramos centrar nuestra atención en algo relevante, al instante otros muchos sucesos nos distraen y acaparan, atrapándonos en un vértigo que nos desorienta y confunde. Por eso, precisamos de voces serenas que, desde la cátedra de su experiencia, nos ayuden a discernir y desovillar la madeja entrópica que nos atrapa traicionera, como si de una difusa red de araña secular se tratara. La España del 78 se rompe, una revolución calculada comienza a anidar y corroer nuestra sociedad y, nosotros, sin enterarnos. Pero Fernando Jáuregui, que sí se enteró, quiere contárnoslo como sólo un buen periodista sabe hacerlo. A través de lo acontecido y vivido, a través de una lúcida crónica sapiencial. Para comprender el presente, debemos remontarnos al pasado que hasta aquí nos transportó, porque todo río bebe de sus fuentes y todo efecto de sus causas. Para conseguirlo, el maestro de periodistas nos lleva de la mano a través de las últimas décadas de la historia española. El rosario de acontecimientos que él vivió en primera persona conforma un hilo narrativo que esclarece los porqués de la ruptura social y política que sacude en la actualidad a España, con intención manifiesta, esta vez sí, de dejarla irreconocible. Gracias, Fernando, por estar ahí para contarlo.

Su padre lo quería abogado. O, mejor aún, abogado con económicas, como aquellos niños de ICADE que nunca le cayeron bien y a los que él les cayó aún peor. Pero Fernando no quiso ser abogado, a pesar de que cursó la práctica totalidad de la carrera. Desde años atrás, deseaba ser periodista, a pesar de no tener ningún antecedente ni estímulo familiar para ello. Estando todavía en el colegio, un cura jesuita de los buenos, el padre Chamorro, le espetó de sopetón en el pasillo: «qué buen periodista serías». Y la frase, como toda buena premonición, enraizó en las entrañas de su voluntad para germinar en una inquebrantable vocación que le poseería para el resto de sus días. Fernando, que nunca sería abogado, terminaría convirtiéndose en periodista, en gran periodista, en uno de los mejores de una profesión tan imprescindible como ahora en entredicho.

En el año 1972 se licenció, tras unas prácticas en Europa Press y en el diario Informaciones. Poco después, con 23 años, partió de corresponsal hacia Lisboa y su padre le despidió con un «tú, que tienes una carrera tan bonita…» palabras que le sonaron como una bendición redentora. Y es que no se debe impedir a nadie que zarpe sobre la nave frágil de su vocación en pos de sus sueños. Fernando embarcó sin miedo hacia el puerto remoto de su ilusión infantil, para satisfacción propia y enriquecimiento colectivo.

Desde entonces hasta acá, casi cincuenta años de intensa actividad periodística han convertido a Fernando Jáuregui en el decano de los periodistas españoles. Periodista de raza, incansable, incombustible, continúa asistiendo a los Plenos del Congreso a la búsqueda de la noticia, en busca incesante de la información, del soplo oportuno de sus fuentes, del susurro oculto de las gargantas profundas, que «haberlas haylas», como sabemos. Pero, sobre todo, Fernando persigue saber. Y para ello, nada mejor que mantenerse como espectador privilegiado y de primera fila de todo lo que acontece, para poder extraer así sus propias conclusiones, alimento indispensable para su capacidad de análisis y combustible para su fundada opinión.

Fernando conoce a todo el mundo y todo el mundo lo conoce. Es amado y odiado, como les ocurre a todos los buenos periodistas, ya que, como él mismo insiste, noticia sólo es aquello que alguien no quiere que se sepa. Fernando lleva décadas desvelando los secretos del poder y lo que gana en admiración y respeto lo soporta en despechos y resabios. Porque el periodismo no nació para alabar al poderoso sino para denunciar sus desmanes y desvaríos. Quizás, por eso, haya querido escribir el presente libro, para advertirnos sobre el gran desvarío que supondrá la ruptura programada de la España del 78, dinamitada desde dentro sin haber establecido previamente un consenso sobre la que queremos construir y habitar. Periodista de raza, observa como los acontecimientos se precipitan ante nuestra indiferencia y apatía. Y, desde su mirada de periodista sabio e impertinente, toma nota de lo que observa para contarlo después. Analiza —y denuncia— la situación actual de ruptura desde la perspectiva avezada de toda una vida de espectador privilegiado. Debemos, pues, tener muy presente lo que nos cuenta y narra para comprender lo que no se advierte pero que en verdad acontece. Algo se rompe sin que sepamos bien qué es lo que nacerá. Y, aunque la dinámica venía de antes, el coronavirus actuará como acelerador de dinámicas históricas y catalizador de pasiones, ensueños y frustraciones.

Quiso titular el presente libro como «El Mirón». Al menos así se considera él, como un mirón de la actualidad, como un observador de la historia, que mira lo que acontece para narrarlo con fidelidad. Pero Fernando, aunque de insaciable mirada curiosa y fisgona, es mucho más que un mirón. Por aquello de que el observador influye en lo observado, tal y como pontificó el sabio Heisenberg. Pues eso. Un periodista que continuamente emite opinión en columnas de prensa o en intervenciones de radio y televisión no se limita a observar la realidad, sino que, de alguna manera, también la conforma. Su propia percepción influye en la de los demás. No sólo describe la realidad, sino que, al tiempo, la crea. Fernando lleva, pues, observando/creando la historia de España de las últimas décadas y, por eso, puede apreciar la deriva y pronosticar la ruptura que, como advierte, será dolorosa porque las rupturas, nos dice, desde siempre lo fueron. La ruptura se ha iniciado y nos arrastrará hacia lo desconocido, lo que debe inquietarnos y preocuparnos.

Pero esta obra no sólo supone una clarividente crónica de los últimos tiempos, ni siquiera una necesaria advertencia sabia para ciudadanos y navegantes. También supone una lección magistral de periodismo para aprendices de periodista, al tiempo que una reflexión crítica para los periodistas avezados y una ventana abierta a las entrañas del periodismo para los que desconocemos sus claves y secretos. Fernando necesitó cincuenta años de profesión para destilar su sabiduría, desgranada a lo largo de su crónica política y condensada en un decálogo final. Ahora, que el periodismo riguroso e independiente está en riesgo, resulta más necesario que nunca recordar que sin buenos periodistas la democracia, sencillamente, no es posible. Y Fernando Jáuregui, maestro de periodistas, abona con su ejemplo y magisterio a esos buenos periodistas por venir.

Y finalizamos al modo que él lo hace. ¿Qué hacer, entonces, ante la ruptura en marcha? Pues cada uno habrá de buscarse su propia respuesta a sabiendas de que le va su vida en ello. Fernando nos ha regalado la suya en este libro que devoramos con hambre de la sabiduría y clarividencia que destila en sus líneas. Muchas gracias, Fernando, por tu vida narrada, por tu lúcida maestría, por tu impertinente mirada y, sobre todo, por tu periodismo, puro periodismo, riguroso y ejemplar.

Manuel Pimentel Siles (1)

Jáuregui, Fernando. « La ruptura ». Édition du Kindle.

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Fernando Jáuregui: « La ruptura »: 35. EL HOMBRE QUE QUERÍA SER, AL MENOS, VICEPRESIDENTE. AL MENOS.

Sánchez no se explicaría sin Pablo Iglesias. Pero Pablo Iglesias sí se explica sin Sánchez. A veces creo que, en el fondo, Pablo desprecia a Pedro, porque sabe que el que depende de una sola ambición es, en el fondo, frágil.

E Iglesias no me parece que dependa de una sola ambición: él es todo ambición. Juguetona, frívola, cambiante, carnavalesca en cuanto a los disfraces. Una notable inteligencia política, por cierto. El día menos pensado nos amanece dimitiendo de su condición de político y presentando un telediario, que es lo que en realidad le gusta: salir en la tele. Bueno, pero eso será después de un tiempo de pisar moqueta y sentarse en el coche oficial. Me consta que hace un par de años pensó en dejarlo todo, retirarse a ‘su’ tele, a su situación de malabarista político. Ahora, cuando esto escribo, ya nada era lo mismo: había mordido la manzana del verdadero poder. Y desde la vicepresidencia del Gobierno se sale más en la pequeña pantalla… Esta nueva era tampoco se explicaría sin Pablo Iglesias. Hay que reconocerle que es un personaje que ha contribuido a cambiar España, ya veremos si para mejor o para peor. O para ambas cosas. En los momentos en los que esto escribo, casi todo es posible. He conocido, claro, a los vicepresidentes de los distintos gobiernos. Fernando Abril, Alfonso Guerra, Narcís Serra —un ser particularmente inquietante—, Rodrigo Rato, Pedro Solbes, María Teresa Fernández de la Vega —la más destacada de los vicepresidentes de Zapatero, exceptuando, claro, a Rubalcaba—, Elena Salgado, Soraya Sáenz de Santamaría… Con todos ellos mantuve algún contacto informativo en algún momento, por supuesto.

Ninguno de ellos, excepto Rajoy, que fue el ‘número tres’ de Aznar, llegaría a la presidencia. Sin embargo, todos ellos, al distanciarse del ‘jefe’, precipitaron el final del mandato del líder. Pronosticaría, sin mucho temor a equivocarme, que tampoco Pablo Iglesias llegará a ocupar el principal despacho de La Moncloa. Ni ninguna otra de las tres vicepresidentas del Gobierno de Pedro Sánchez formado el 13 de enero de 2020. Pero, con muchos otros, pienso que, de alguna manera, Iglesias podría provocar, a medio plazo, el descalabro de su ‘número uno’. Si es que no lo provoca antes el ‘valido’ Iván Redondo, que es como un vicepresidente, o más que eso: ‘Godoy’, le llamábamos regocijadamente los periodistas, como al valido Príncipe de la Paz con Carlos IV.

Pero, en fin, no hagamos política-ficción. De momento, cuando esto se escribe, Iglesias parece haberse reinventado en un personaje de prudencia y cautelas máximas, de fidelidad total al ‘jefe’, cualidad que es valor en alza.

Todo cuanto sé de él, de Iglesias, digo, me provoca interrogantes: no le puedo imaginar presidiendo el Gobierno de mi país. Claro que tampoco me lo podía imaginar de vicepresidente, y ya ven; me parece que el propio Pedro Sánchez tampoco lo imaginó, durante mucho tiempo, como un ‘segundo de a bordo’ de su Gobierno, e insisto: ya ven. Todo es una continua sorpresa en esta política inédita que nos arrastra como un viento huracanado.

Hay que admitir que logró lo que se propuso. El 22 de enero de 2016, al salir de La Zarzuela en las consultas del Rey para la investidura, tras las elecciones de diciembre de 2015, Iglesias convocó a los medios de comunicación. Eran, aproximadamente, las seis de la tarde. Yo estaba en el Canal 24 horas, en la tertulia que moderaba Emilio Andrés, y pudimos comentar en directo aquella loca comparecencia del líder de Podemos. Comunicó a los periodistas que, para apoyar a Sánchez en la investidura, él se conformaría con ser vicepresidente, responsable de RTVE, de los servicios secretos y liderar un equipo de cuatro ministros, que se supone que eran varios de aquellos de los que iba acompañado en la ocasión (casi ninguno de ellos forma parte hoy de la cúpula de Unidas Podemos, por cierto).

A Sánchez, dijo, «como una graciosa sonrisa del destino», propiciada por él, Pablo Iglesias, le cedía la presidencia del Gobierno. Y todo esto, sin haberlo consultado con el propio Sánchez, que, literalmente, se enteró por la prensa.

Fue un auténtico escándalo. Una pirueta de funambulismo político. Una pirotecnia sin mecha ni pólvora, opinó la mayoría. Pero el caso es que, exactamente cuatro años después, tras no pocos equilibrios en la cuerda floja, en enero de 2020, Pablo Iglesias ocupaba una vicepresidencia del Ejecutivo, entraba a formar parte del Consejo regulador de los servicios secretos, colocaba a cuatro de ‘sus’ ministros en el elenco de Sánchez

—cuya presidencia posibilitaban los escaños ‘morados’—y obtenía una bastante patente influencia en la televisión pública. Había tardado cuatro años menos nueve días, pero lo había conseguido. Eso y otras muchas cosas.

Un día, en una recepción en el Congreso, quizá 2014, Iglesias se me acercó, sonriente y obsequioso. Se acababa de convertir, por mor de las elecciones europeas, en una fulminante revelación política.

—Estoy deseando hablar contigo —me dijo, mientras me tendía la mano. No me conocía, excepto una fugaz coincidencia en una tertulia en la televisión vasca, en Bilbao, cuando él no era más que un aspirante a politólogo. Pero, cuando se me acercó aquel día, ya era el líder del emergente Podemos, que había brillado con luz propia en las elecciones europeas de aquel año. Una ascensión meteórica a partir de aquel movimiento de ciudadanos cabreados e indignados con un bipartidismo que ni había comprendido, ni había querido hacerlo, las aspiraciones de una gran cantidad de españoles.

Los periodistas, yo entre ellos desde luego, tampoco habíamos entendido nada, ni previsto ese movimiento de indignación, ni anticipado el surgimiento de una formación tan atípica como Podemos. Leí en su momento aquel opúsculo de Stephane Hessel, ‘¡Indignaos!’, y, si te digo la verdad —y tengo que decírtela—, jamás comprenderé que de folleto tan insignificante se siguiese revolución tan considerable.

Me lo comentó un amigo francés, buen periodista, poco antes de morir recientemente: «La prensa francesa, que se cree tan inteligente, no se enteró del surgimiento de los ‘chalecos amarillos’ hasta que estaban en la calle. Tampoco nos enteramos antes de que iba a estallar el mayo del 68. Y a los españoles os pasa lo mismo; estas cosas ahora surgen espontáneamente, a saber cómo y por qué».

Cierto: a los periodistas, y a la mayor parte de la ciudadanía, nos pasa como a los políticos; no escuchamos a la gente, sino solamente a quien nos parece valioso para nuestros intereses. Y, por tanto, nos enteramos tarde de lo más importante. Estuve unos minutos con un grupo de ‘chalecos amarillos’; ellos cantaron, puño en alto, La Marsellesa frente a la catedral de Notre Dame, una semana antes del doloroso incendio. Me dijeron: «Vamos a ganar». Pregunté: «¿A quién?». No recibí respuesta discernible.

Un amigo francés, buen periodista, me dijo que ni los colegas galos se habían enterado de la explosión de los ‘chalecos amarillos’ ni los españoles del estallido de los ‘indignados’. Y tenía razón.

—Pues nada, Pablo, yo me pongo en contacto, que me fío más de eso que de que tú me contactes a mí. Y yo también quiero hablar contigo —respondí a Iglesias, reconozco que contento porque, al menos, aquel tipo, que me parecía estrafalario, pero digno de curiosidad y de estudio, me tomase en consideración.

—Fantástico —siguió su camino, tratando de hacer brillar su ego entre propios y ajenos. Y después, ya nada. Le llamé, y nunca me contestó. Alguna vez que nos topamos en el Congreso me reprochó: «¿por qué te metes tanto conmigo?». «Pues porque mi obligación es decir lo que pienso, aunque me equivoque, Pablo», le respondía, más o menos invariablemente. No me gustaban su estilo, que me parecía excesivamente ‘nuevo’ —vamos a llamarlo así—, ni su prepotencia considerando ‘casta’ a cuantos no fuesen él o su entorno —luego, la mayor parte de ese entorno se desvanecería—, ni su ideología tan cambiante, que me desconcertaba, ni sus conversiones, ora a la derecha, ora a la izquierda, según conviniese. Otras veces, pasaba a mi lado sin saludarme. Ostensiblemente sin saludarme. Molesto conmigo, supongo. Porque me parece que vive pendiente de lo que de él dicen. Él es así.

Cuando le vi vestido con un gastado smoking en la gala de los premios Goya de febrero 2016, bajo la presidencia de mi amigo y paisano Antonio Resines, el personaje se me cayó del todo. Carnavalesco.

—No te sienta muy bien el smoking, Pablo —le dije, con bastante coña marinera, para horror de mi mujer, que me acompañaba, y para regocijo de alguna joven atractiva que formaba parte de la cohorte paulina. Todavía estaba lejos todo aquello de Irene Montero/ministra y lo del chalet en Galapagar, que a mí sigue pareciéndome algo secundario, aunque tanto ruido haya querido hacerse con eso.

Cuando le pedí, por la vía reglamentaria, un encuentro informativo, se me contestó, textualmente —Alicia, mi secretaria, guarda el correo de respuesta—: «la entrevista no será posible por varias razones». No hacían falta más explicaciones. Ni que se me enumerasen esas ‘varias razones’: estaba lejos de ser de la cuerda de Iglesias, y punto. Así que nunca insistí. Sabía que, si alguna vez llegaba al poder Pablo Iglesias, acabaría sintiendo, si me ponía a tiro, algún alfilerazo.

Muchos, supongo, iban a sentirlo. Quien no tiene trinchera es más vulnerable para el poderoso, que evidencia su poder ensañándose con el que cree más débil. Sobre todo, si el más débil es un crítico, que, debo advertírtelo, es lo peor que puedes ser si no eres fuerte y no tienes los apoyos suficientes. Ya lo decía Séneca: «nada es tan bajo y vil como ser altivo con el humilde». Pero Séneca no está hoy de moda, ay.

Y ya no hablé más con Pablo Iglesias. Cuando no puede ser, no puede ser. Eso tienes que entenderlo. Insistir en lo imposible no lleva sino a la melancolía. Tenía yo algunos contactos menores en Podemos, entre ellos varias de las víctimas, incluso sentimentales, de Pablo Iglesias, la mayor parte de las cuales mantenía, empero, una actitud formalmente elegante hacia él. O temerosa. Para mí, que he tratado de historiar algo sobre la Jefatura del Estado en algunos de mis libros, era un auténtico enigma la relación imposible entre la Corona y el Gobierno de coalición progresista formado por el PSOE y Unidas Podemos. A Iglesias le había escuchado no pocas proclamas republicanas; Sánchez había prometido, no obstante, respetar y defender la Constitución monárquica. Lo mismo que Iglesias, por otro lado. Yo diría que el juramento o promesa del cargo es algo que te obliga a una línea de conducta ¿no?

Las tiranteces, soterradas, educadas, eran constantes; ¿hasta cuándo? Iglesias siempre se jactó de ‘llevarse bien’ con Felipe VI, que llegó al trono casi al tiempo en que la formación Podemos obtenía su primera victoria electoral en las elecciones europeas de 2014. Todavía recuerdo cuando, en público, claro, Iglesias le regaló al Rey Felipe la colección de vídeos de Juego de Tronos.

Creo que Pablo Iglesias seguirá teniendo algún recorrido público y político en los próximos años, aunque resulta difícil predecir dónde estará situado. Quizá me equivoque: las certezas sobre el porvenir siempre son difíciles y, en estos momentos que vivimos, imposibles. La revolución política de la nueva era es él más que Pedro Sánchez, que no estaría donde está sin Iglesias… o sin un cambio de ciento ochenta grados, que a saber si se producirá. Echas la vista atrás, cosa que recomiendo que hagas de cuando en cuando, y te quedas pasmado: lo que ha cambiado todo. Pero sigamos hablando de escalafones.

Jáuregui, Fernando. La ruptura (Spanish Edition) (pp. 190-195). Édition du Kindle.

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Manuel Pimentel, mediador

(1) Manuel Ramón Pimentel Siles[1] (Sevilla, 30 de agosto de 1961)[2] es un editor y escritor español, además de haber sido ministro de Trabajo y Asuntos Sociales entre 1999 y 2000 durante el gobierno de José María Aznar. Actualmente ocupa el cargo de presentador del programa de televisiónArqueomanía en La 2 sobre arqueología.

Biografía

Pimentel se ha formado como ingeniero agrónomo, abogado, diplomado en Alta Dirección de Empresas (IIST), máster en Prevención de Riesgos en la Comunidad (UAB) y doctor en Derecho.

Vida política

Además, entró en política por el Partido Popular, siendo diputado en el Parlamento andaluz, además de secretario general de Empleo y ministro de Trabajo y Asuntos Sociales entre 1999 y 2000 durante el gobierno de José María Aznar. Dimitió de su puesto de ministro el 19 de febrero de 2000, a veintidós días de las elecciones generales, cuando supo acerca de irregularidades por uno de sus más estrechos colaboradores, Juan Aycart, en aquel entonces director general de Migraciones. Aunque él mismo declaró sus discrepancias con el entonces presidente del Gobierno.[3] Fue la única dimisión durante los ocho años de gobierno de Aznar.[4] El 23 de marzo de 2003 anunció su baja como militante del Partido Popular tras la intervención española en la Guerra de Irak, cuya postura era contraria a la ejercida por el Gobierno popular, lo que él calificó como "guerra ilícita".[5]

  1. «Nombre completo». Archivado desde el original el 19 de octubre de 2013. Consultado el 18 de octubre de 2013.
  2. «Manuel Pimentel - Editorial Almuzara»Almuzara libros. Consultado el 29 de julio de 2019.
  3.  Córdoba, Diario. «Manuel Pimentel FORO ANDALUZ : "No creo que el jefe siempre tenga razón, por eso ya no soy ministro"»Diario Córdoba. Consultado el 29 de julio de 2019.
  4.  País, Ediciones El (20 de febrero de 2000). «Pimentel dimite por el 'caso Aycart' El ministro anuncia su "decisión irrevocable" a la prensa antes de comunicársela al presidente»El PaísISSN1134-6582. Consultado el 29 de julio de 2019.
  5.  EFE (23 de marzo de 2003). «El ex ministro Manuel Pimentel deja el PP por su apoyo a la "guerra ilícita"»El PaísISSN1134-6582. Consultado el 29 de julio de 2019.

Fuente: Wikipedia: Manuel Pimentel

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(2) Fernando Jáuregui Campuzano (Santander1950) es un periodista español.

Prensa escrita

Tras cursar estudios de Derecho y Periodismo en Madrid, se incorpora al mundo de la comunicación, primero en Europa Press. En años sucesivos desarrolla una prolongada carrera como columnista en distintos periódicos de tirada nacional: InformacionesDiario 16 (1975-1982), El País (1982-1989), El PeriódicoEl Independiente (1989), Ya y el El Correo.

En el pasado ha escrito en el diario El Mundo, en la Agencia Colpisa y en el periódico oscense Diario del Altoaragón, la revista Más-Más y la edición y dirección del diario digital Diariocritico.com. En este último hasta 2015, cuando pasó a presidir el proyecto Educa 2020.

Radio

En radio ha sido comentarista político tanto en la Cadena COPE como en Radio Nacional de España. En 1993 se incorpora a Onda Cero, y en 1995 forma parte del equipo que pone en marcha el espacio de debate La brújula, dirigido por Ernesto Sáenz de Buruaga.

En septiembre de 1997 se incorpora a Radio Nacional de España, colaborando con el programa 24 horas hasta mayo de 2004. Regresó a Radio Nacional de España en septiembre de 2013 como colaborador del programa Las mañanas de RNE.

En 2004 comenzó a colaborar en el programa Herrera en la onda en Onda Cero hasta 2010 que fichó por la Cadena COPE para el programa "La Linterna" de Juan Pablo Colmenarejo y a partir de 2015 Herrera en COPE, el programa matinal de Carlos Herrera en la Cadena de Ondas Populares Españolas.

Televisión

En 1993 es nombrado subdirector de los servicios informativos de Telecinco, al tiempo que dirige el espacio Mesa de Redacción (1994-1995) en sustitución de Miguel Ángel Aguilar, primero junto a Luis Mariñas y Julio Fernández y más tarde en solitario.

Finalizada esa etapa, se incorpora como tertuliano al programa Los desayunos de TVE (1997-2004).

Desde 2004 colabora en la tertulia de los espacios Alto y Claro (Telemadrid), El Programa de Ana Rosa (Telecinco), La vuelta al mundo (2009-2010) en Veo7Las mañanas de Cuatro (2011), La noche en 24 horas (2012-2018)[1]El cascabel en 13TV.

Libros publicados

  • La otra historia de UCD (1980), (con Manuel Soriano).
  • Crónica del antifranquismo (1985), con Pedro Vega
  • La Derecha después de Fraga (1987)
  • Julio Anguita (1992)
  • La metamorfosis : los últimos años de Felipe González : de la crisis de Suresnes a la crisis del XVIII Congreso (1993).
  • El hombre que pudo ser FG : pasión y muerte de Antonio Amat "Guridi" y otros "malditos" del PSOE (1994), con Manuel Ángel Menéndez Gijón.
  • Lo que nos queda de Franco : símbolos, personajes, leyes y costumbres, veinte años después (1995)
  • Crónicas de la crispación (1996), (con Pilar Cernuda).
  • Aznarmanía (1997), (con Pilar Cernuda).
  • Servicios Secretos (2000) (con Pilar Cernuda y Joaquín Bardavío).
  • 23-F: la conjura de los necios (2001) (con Pilar Cernuda y Manuel Ángel Menéndez Gijón).
  • El sequerón : ocho años de aznarato (2004) (con Pilar Cernuda).
  • Cinco horas y toda una vida con Fraga (2004).
  • Los secretos del Nuevo Periodismo (2006) (coordinador, con Manuel Ángel Menéndez Gijón).
  • La decepción (2008).
  • El Zapaterato. La negociación. El fin de ETA (2010) (con Manuel Ángel Menéndez Gijón).
  • Historia vivida de España: de Franco a Podemos (2015).
  • Los abogados que cambiaron España: (2019).

Premios

  • 2020 Premio 'Degá Roda i Ventura' del Colegio de Abogados de Barcelona a su trayectoria como periodista y escritor[2] .

Referencias

  1.  El Confidencial Digital, ed. (10 de septiembre de 2018). «Purga en TVE: prescinde de dieciocho tertulianos de centro derecha por “ser muy combativos”».
  2. «Fernando Jáuregui, premio Degá Roda i Ventura por su libro 'Los abogados que cambiaron España'»La Vanguardia. 28 de enero de 2020.

Fuente: Wikipedia: Fernando Jáuregui Campuzano

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