Domingo 21 Tiempo Ordinario C (25.08.2013)
JESÚS, LA PALABRA EDUCADA Y EDUCADORA EN EL AMOR DE DIOS
Introducción:Dios os trata como a hijos (Hebr 12,5-7.11-13)
El domingo pasado se nos brindaba el criterio básico para vivir la “carrera” de la vida: “fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús”. Hoy se subraya la actitud principal de Jesús: vivir como Hijo de Dios, creer en el amor del Padre, aceptar su Espíritu, rezar su oración. El texto litúrgico habla en exceso de castigo y reprensión. Conviene leer la traducción literal del griego, más positiva. La palabra clave es “paideia”, que la liturgia traduce por reprensión y castigo. Originaria de “paîs, paidós” (niño, hijo...), significa: “educación, enseñanza, ejercicio (con los niños)...”. Interpreta la relación con Dios como “educación”. La historia humana puede abordarse desde esta óptica educativa. Dios se nos va revelando en la naturaleza y en la historia, según nuestra capacidad de sentir, pensar, interpretar y seguir, la voz misteriosa de Dios. Moldeamos la vida religiosa desde la historia, los acontecimientos positivos y negativos, el testimonio bíblico, la propia conciencia, etc. Así lo expresa también el profeta Isaías: “Dichoso el justo: le irá bien, comerá el fruto de sus acciones. ¡Ay del malvado!: le irá mal, le darán paga de sus obras” (Is 3, 10-11). Sus “acciones, sus obras” les van guiando su “dicha”.
V. 5: “Os habéis olvidado de la exhortación, la que dialoga con vosotros como hijos:”.
V. 6: “pues el Señor educa a quien ama, y castiga a todo hijo a quien reconoce>” (Prov 3,11-12).
V. 7: “Perseverad en la educación, como a hijos os trata el Dios (con artículo concreta al Dios de Jesús, a nuestro Dios). Pues, ¿qué hijo (es) al que su padre no educa?”. La exhortación divina es calificada como “diálogo padre-hijo”, no como “exhortación paternal” (traducción litúrgica), que parece va sólo en una dirección. Su educación no es “ordeno y mando”, sino que habla y escucha; oye nuestra situación, la tiene en cuenta, a veces nos reprende, pero no desanima, sino justo lo contrario; nos hace ver su propuesta mejor, y siempre su amor. No inventa castigos caprichosos ni nos excluye de su amor. Su voz va en nuestra conducta, en sus frutos, en la conciencia, en el amor herido de los otros, en la libertad maltratada por el egoísmo.. La cita de Proverbios, antología de sabiduría antigua, subraya la función pedagógica del sufrimiento, como aparece en otros libros (Job 5,17; 33,16-30; Deut 8,5).
V. 11: “Toda educación en el presente no parece de alegría, sino de tristeza, pero, después, a los que se han ejercitado en ella les da un fruto purificador de justicia”.
V. 12: “Por eso restaurad las manos debilitadas y las rodillas paralíticas” (Is 35, 3; Eclo 25, 23).
V. 13: “y haced caminos rectos para vuestros pies, para que lo cojo no se esguince, sino más bien se cure”. Conviene cotejar con la versión litúrgica: “ningún castigo nos gusta cuando lo recibimos...”. Es la “educación”, como ejercicio, como práctica, como “dominio de sí mismo”, como “capacidad para elegir lo mejor” (eso es la verdadera libertad), la que tiene apariencia de tristeza, pero, “por los frutos lo conoceréis”. La educación produce “fruto purificador de justicia”. Es la experiencia de quien trabaja su ética: vivir conforme con los valores humanos. La propuesta de Jesús va en la misma línea: el amor gratuito está siempre al servicio de los derechos y deberes humanos. Apunta hacia la perfección divina, la consumación perfectiva de todos los valores. “Manos debilitadas, rodillas paralíticas, caminos rectos...” son metáforas de nuestro quehacer vital. Colaborar con nuestras manos en la consecución de vida digna para todos, mover nuestras piernas hacia los más necesitados, allanar el camino de los más débiles para que se curen... son tareas profundamente éticas, y, por tanto, cristianas.
Oración:Dios os trata como a hijos (Hebr 12,5-7.11-13)
Jesús, educado y educador en el Amor del Padre.
Recibimos hoy esta exhortación de la carta a los Hebreos:
“
ni te desanimes reprendido por él.
Pues el Señor educa a quien ama, y castiga a todo hijo a quien reconoce> ”.
Es sabiduría creyente, recogida en el libro de los Proverbios,
antología de sabiduría antigua de muchas culturas y pueblos.
Sabiduría atestiguada por creyentes antes y después de ti:
“s en tu corazón que como suele un hombre corregir a su hijo,
te ha corregido Yahvéh, tu Dios... te conduce a un país excelente...”(Deut 8, 5-7).
“Le corrige mediante un dolor en su lecho... si existe junto a él un ángel,
un mediador entre mil, para declarar al hombre su deber...” (Job 33, 19-23).
Es la corrección fraterna perfilada luego en el evangelio (Mt 18, 15ss; Lc 17, 3).
Somos fruto del Amor creador y vivificador del Padre:
“nos reconoció antes de formarnos en el seno materno” (Jer 1,5),
“Dios nos eligió antes de la creación del mundo” (Ef 1,4),
“nos escogió desde el seno de la madre y nos llamó por su gracia” (Gál 1, 15)...
Educar es proseguir la obra creadora hasta que se cumpla su Palabra;
“la Palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros,
y vimos su esplendor, un esplendor como de Hijo único del Padre,
lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14).
Tú, Jesús, eres la Palabra, educada y educadora en el Amor del Padre.
Aceptamos responsablemente esta exhortación tan verdadera:
“fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, en ti, Jesús;
perseveramos en tu educación, pues como a hijos nos trata Dios”.
Por eso, te contemplamos a ti, Jesús, iluminado por el Amor del Padre:
tu exhortación “esforzaos en entrar por la puerta estrecha”(Lc 13, 24),
coincide con la exhortación apostólica que leemos hoy:
“toda educación en el presente no parece de alegría, sino de tristeza,
pero, después, a los que se han ejercitado en ella les da un fruto purificador de justicia”;
Es la puerta humana de la libertad y del amor, que “parece de tristeza”:
es la solidaridad esforzada para vivir en fraternidad;
es el compromiso humano para hacernos personas a tu imagen;
es ponernos en las manos del Dios que nos ama y nos hace vivir con sentido;
es el amor que no quiere separar ahora la cizaña del trigo, que crecen juntos;
es el respeto a las personas, seres históricos y responsables;
es aceptar y ofrecer a todos hasta el final la realización plena;
es la paciencia infinita que espera y alegra todo avance, toda superación;
es la compasión ante cualquier retroceso o estancamiento.
Tú, Jesús, hermano, eres la Palabra más educativa del Padre:
iluminas y deslumbras con tu vida entregada;
invitas a reconocernos hijos de Dios;
“atacas como una osa cuando le arrebatan sus cachorros” (Os 13,8),
según la hermosa metáfora que Oseas aplica a Dios en la restauración del pueblo;
no te contentas con la compasión tierna, sentimental;
no ofreces dones y holocaustos para aplacar la ira divina,
ni oraciones de desagravio por tantos increyentes que no adoran a Dios,
ni procesiones y rezos para que no haya terremotos, ni sequías, volcanes o tornados...
El Amor tuyo es la señal básica de tu espiritualidad;
“todo el que ama... conoce a Dios; quien no ama no conoce a Dios, pues Dios es amor”;
es el Amor que “dialoga con nosotros como hijos...”;
Es el Amor quien te lleva a atacar el mal y restaurar los potenciales de vida;
te encara con la injusticia y la marginación;
siente predilección con los enfermos y disminuidos,
acoge a los pecadores y excomulgados, y come con ellos...;
“restaura las manos debilitadas y las rodillas paralíticas,
hace caminos rectos para que lo cojo no se esguince, sino más bien se cure”.
Queremos, Jesús, educarnos en tu Amor hasta la cruz;
el que nos intima a respetar los derechos humanos;
el que nos hace cercanos y solidarios con todos los que sufren;
el que nos compromete a pedir y actuar para que venga a nosotros el Reino.
Rufo González
Introducción:Dios os trata como a hijos (Hebr 12,5-7.11-13)
El domingo pasado se nos brindaba el criterio básico para vivir la “carrera” de la vida: “fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús”. Hoy se subraya la actitud principal de Jesús: vivir como Hijo de Dios, creer en el amor del Padre, aceptar su Espíritu, rezar su oración. El texto litúrgico habla en exceso de castigo y reprensión. Conviene leer la traducción literal del griego, más positiva. La palabra clave es “paideia”, que la liturgia traduce por reprensión y castigo. Originaria de “paîs, paidós” (niño, hijo...), significa: “educación, enseñanza, ejercicio (con los niños)...”. Interpreta la relación con Dios como “educación”. La historia humana puede abordarse desde esta óptica educativa. Dios se nos va revelando en la naturaleza y en la historia, según nuestra capacidad de sentir, pensar, interpretar y seguir, la voz misteriosa de Dios. Moldeamos la vida religiosa desde la historia, los acontecimientos positivos y negativos, el testimonio bíblico, la propia conciencia, etc. Así lo expresa también el profeta Isaías: “Dichoso el justo: le irá bien, comerá el fruto de sus acciones. ¡Ay del malvado!: le irá mal, le darán paga de sus obras” (Is 3, 10-11). Sus “acciones, sus obras” les van guiando su “dicha”.
V. 5: “Os habéis olvidado de la exhortación, la que dialoga con vosotros como hijos:
V. 6: “pues el Señor educa a quien ama, y castiga a todo hijo a quien reconoce>” (Prov 3,11-12).
V. 7: “Perseverad en la educación, como a hijos os trata el Dios (con artículo concreta al Dios de Jesús, a nuestro Dios). Pues, ¿qué hijo (es) al que su padre no educa?”. La exhortación divina es calificada como “diálogo padre-hijo”, no como “exhortación paternal” (traducción litúrgica), que parece va sólo en una dirección. Su educación no es “ordeno y mando”, sino que habla y escucha; oye nuestra situación, la tiene en cuenta, a veces nos reprende, pero no desanima, sino justo lo contrario; nos hace ver su propuesta mejor, y siempre su amor. No inventa castigos caprichosos ni nos excluye de su amor. Su voz va en nuestra conducta, en sus frutos, en la conciencia, en el amor herido de los otros, en la libertad maltratada por el egoísmo.. La cita de Proverbios, antología de sabiduría antigua, subraya la función pedagógica del sufrimiento, como aparece en otros libros (Job 5,17; 33,16-30; Deut 8,5).
V. 11: “Toda educación en el presente no parece de alegría, sino de tristeza, pero, después, a los que se han ejercitado en ella les da un fruto purificador de justicia”.
V. 12: “Por eso restaurad las manos debilitadas y las rodillas paralíticas” (Is 35, 3; Eclo 25, 23).
V. 13: “y haced caminos rectos para vuestros pies, para que lo cojo no se esguince, sino más bien se cure”. Conviene cotejar con la versión litúrgica: “ningún castigo nos gusta cuando lo recibimos...”. Es la “educación”, como ejercicio, como práctica, como “dominio de sí mismo”, como “capacidad para elegir lo mejor” (eso es la verdadera libertad), la que tiene apariencia de tristeza, pero, “por los frutos lo conoceréis”. La educación produce “fruto purificador de justicia”. Es la experiencia de quien trabaja su ética: vivir conforme con los valores humanos. La propuesta de Jesús va en la misma línea: el amor gratuito está siempre al servicio de los derechos y deberes humanos. Apunta hacia la perfección divina, la consumación perfectiva de todos los valores. “Manos debilitadas, rodillas paralíticas, caminos rectos...” son metáforas de nuestro quehacer vital. Colaborar con nuestras manos en la consecución de vida digna para todos, mover nuestras piernas hacia los más necesitados, allanar el camino de los más débiles para que se curen... son tareas profundamente éticas, y, por tanto, cristianas.
Oración:Dios os trata como a hijos (Hebr 12,5-7.11-13)
Jesús, educado y educador en el Amor del Padre.
Recibimos hoy esta exhortación de la carta a los Hebreos:
“
Pues el Señor educa a quien ama, y castiga a todo hijo a quien reconoce>
Es sabiduría creyente, recogida en el libro de los Proverbios,
antología de sabiduría antigua de muchas culturas y pueblos.
Sabiduría atestiguada por creyentes antes y después de ti:
“s en tu corazón que como suele un hombre corregir a su hijo,
te ha corregido Yahvéh, tu Dios... te conduce a un país excelente...”(Deut 8, 5-7).
“Le corrige mediante un dolor en su lecho... si existe junto a él un ángel,
un mediador entre mil, para declarar al hombre su deber...” (Job 33, 19-23).
Es la corrección fraterna perfilada luego en el evangelio (Mt 18, 15ss; Lc 17, 3).
Somos fruto del Amor creador y vivificador del Padre:
“nos reconoció antes de formarnos en el seno materno” (Jer 1,5),
“Dios nos eligió antes de la creación del mundo” (Ef 1,4),
“nos escogió desde el seno de la madre y nos llamó por su gracia” (Gál 1, 15)...
Educar es proseguir la obra creadora hasta que se cumpla su Palabra;
“la Palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros,
y vimos su esplendor, un esplendor como de Hijo único del Padre,
lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14).
Tú, Jesús, eres la Palabra, educada y educadora en el Amor del Padre.
Aceptamos responsablemente esta exhortación tan verdadera:
“fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, en ti, Jesús;
perseveramos en tu educación, pues como a hijos nos trata Dios”.
Por eso, te contemplamos a ti, Jesús, iluminado por el Amor del Padre:
tu exhortación “esforzaos en entrar por la puerta estrecha”(Lc 13, 24),
coincide con la exhortación apostólica que leemos hoy:
“toda educación en el presente no parece de alegría, sino de tristeza,
pero, después, a los que se han ejercitado en ella les da un fruto purificador de justicia”;
Es la puerta humana de la libertad y del amor, que “parece de tristeza”:
es la solidaridad esforzada para vivir en fraternidad;
es el compromiso humano para hacernos personas a tu imagen;
es ponernos en las manos del Dios que nos ama y nos hace vivir con sentido;
es el amor que no quiere separar ahora la cizaña del trigo, que crecen juntos;
es el respeto a las personas, seres históricos y responsables;
es aceptar y ofrecer a todos hasta el final la realización plena;
es la paciencia infinita que espera y alegra todo avance, toda superación;
es la compasión ante cualquier retroceso o estancamiento.
Tú, Jesús, hermano, eres la Palabra más educativa del Padre:
iluminas y deslumbras con tu vida entregada;
invitas a reconocernos hijos de Dios;
“atacas como una osa cuando le arrebatan sus cachorros” (Os 13,8),
según la hermosa metáfora que Oseas aplica a Dios en la restauración del pueblo;
no te contentas con la compasión tierna, sentimental;
no ofreces dones y holocaustos para aplacar la ira divina,
ni oraciones de desagravio por tantos increyentes que no adoran a Dios,
ni procesiones y rezos para que no haya terremotos, ni sequías, volcanes o tornados...
El Amor tuyo es la señal básica de tu espiritualidad;
“todo el que ama... conoce a Dios; quien no ama no conoce a Dios, pues Dios es amor”;
es el Amor que “dialoga con nosotros como hijos...”;
Es el Amor quien te lleva a atacar el mal y restaurar los potenciales de vida;
te encara con la injusticia y la marginación;
siente predilección con los enfermos y disminuidos,
acoge a los pecadores y excomulgados, y come con ellos...;
“restaura las manos debilitadas y las rodillas paralíticas,
hace caminos rectos para que lo cojo no se esguince, sino más bien se cure”.
Queremos, Jesús, educarnos en tu Amor hasta la cruz;
el que nos intima a respetar los derechos humanos;
el que nos hace cercanos y solidarios con todos los que sufren;
el que nos compromete a pedir y actuar para que venga a nosotros el Reino.
Rufo González