Homilía de Ricardo Blázquez en el funeral por José María Cirarda

Recibió la ordenación episcopal en la catedral de Vitoria, el día de la fiesta de los santos Apóstoles Pedro y Pablo del año 1960. Fue Obispo auxiliar de Sevilla pri-mero; después Obispo de Santander y Administrador apostólico de Bilbao, compaginando las dos gruesas y difíciles tareas; seis años estuvo en Córdoba; y en 1978 fue nombrado Arzobispo de Pamplona. El año 1993 le fue aceptada la renuncia presentada canónicamente, pasando a la condición de emérito. Entonces volvió a vivir en Vitoria, donde había sido Profesor de teología hasta 1960 en el Seminario Diocesano, Director de la Casa de Ejercicios y Canónigo magistral de la Catedral.
D. José María era uno de los pocos obispos españoles vivos que había participado en el Concilio Vaticano II, en que tuvo diferentes intervenciones sobre la Iglesia, el ministerio episcopal y presbiteral, la actividad misionera de la Iglesia y la libertad religiosa. Fue el obispo encargado de la relación con los periodistas españoles desplazados a Roma para informar de los trabajos conciliares; supo actuar con generosidad, tacto, elegancia, buena mano y buena lengua.
Esta inclinación y experiencia le llevaron a participar en la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social de la Conferencia Episcopal, de la que fue Vicepresidente y miembro del Comité Ejecutivo. Su inteligencia, perspicacia, intuición, rapidez de reflejos, cercanía, cordialidad, bonhomía, facilidad de palabra, simpatía, apertura de espíritu propiciaron que su colaboración fuera importante en los años anteriores a la llamada “transición”, en la misma transición y después de ella.
Yo quiero recordar particularmente, expresando en nombre de nuestra diócesis profunda gratitud, los tres años de Administrador apostólico en Bilbao, que combinó con el ministerio episcopal en la diócesis de Santander. Él, que había nacido en Bakio (Bizkaia), que consideró a Mundaka como su pueblo, donde reposan esperando la resurrección los restos mortales de sus padres y donde desde hoy descansará también junto a ellos D. José María, recibió el encargo de ser pastor de nuestra diócesis en una situación muy compleja y agitada.
Sólo la resistencia, el temple, la inteligencia, la vitalidad interior y exterior, y contando siempre con la ayuda de Dios, pueden explicar aquel trabajo ímprobo cumplido eficazmente con una entrega, que sólo sus colaboradores cercanos pudieron hasta cierto punto conocer. ¡Ir y venir de Santander a Bilbao y de Bilbao a Santander, con un coche sólo suficiente, por carreteras tortuosas e incómodas, semana tras semana, durante tres años, con problemas que traía de allí y problemas que llevaba de aquí! Querido D. José María, o José María como me insistías te llamara hasta que asimilé la lección, Dios te bendiga. Esta diócesis ha contraído contigo una deuda impagable y también, ten la seguridad, inolvidable. Aquí dejaste jirones del corazón y de la vida. ¡Muchas gracias! ¡Dios te lo pague!
San Pablo, ante la proximidad presentida de la muerte, escribió a su discípulo predilecto Timoteo: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe” (2 Tim 4,47). Pablo da gracias al Señor por la fe cristiana y vocación apostólica (cf. 1 Tim 1,12), transparenta su satisfacción por el encargo cumplido y deposita en Él su confianza inquebrantable, porque el Señor que es fiel le dará la corona merecida. Con un espíritu semejante dirá santa Teresa de Jesús poco antes de morir en Alba de Tormes (Salamanca): “Al fin muero hija de la Iglesia”.
Dijo el Señor: El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor, y mi Padre le honrará (cf. Jn 12,26). Los discípulos y misioneros seguirán los pasos de Jesús por los caminos apostólicos, en los trabajos y sufrimientos por el Evangelio, en la incomprensiones y rechazos, en la pasión y la cruz, y también en la glorificación y en la corona de la vida.
Con riqueza de imágenes el autor del libro del Apocalipsis, en las cartas dirigidas a los ángeles de las Iglesias, expresa el premio que el Señor promete a los vencedores, el mismo premio que deseamos a D. José María: “Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida” (2,7). “Le daré una piedrecita blanca y grabado en la piedrecita un nombre nuevo” (2,17). “El vencedor será revestido de blancas vestiduras y no borraré su nombre del libro de la vida, sino que me declararé por él delante de mi Padre” (3,5). “Al vencedor le pondré de co-lumna en el santuario de Dios” (3,12). “Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono” (3,21). El Señor nos ha prometido una herencia incorruptible e inmarcesible en los cielos (cf. 1 Ped 1,4). Estimemos y valoremos, viviendo evangélicamente, el tesoro que el Señor nos tiene reservado.
El anuncio de Jesús de que por su muerte cercana se separará visiblemente de sus discípulos ha extendido sobre ellos una sombra de turbación y desaliento. Jesús fortalece su ánimo con estas palabras: “No se turbe vuestro corazón”. “Voy a prepararos un lugar” (Jn 14,1.2). Les garantiza que la separación no es plena ni definitiva, que Él es el Camino, la Verdad y la Vida, que es el Camino para llegar a la Vida verdadera, es decir a Dios y la comunión eterna y feliz con Él. El nombre de Jesús es el de Salvador (cf. Mt 1,21); en persona es nuestra Esperanza (cf. 1 Tim 1,1).
La aspiración a la meta del cielo, prometida por Jesús a sus seguidores, es una fuerza poderosa en nuestra vida cristiana. No somos egoístas deseando recibir la corona de la vida, en la comunión consumada con Dios en la patria del cielo, ya que hemos sido creados para la Vida, el Amor y el Gozo; o con palabras de san Agustín: “Nos hiciste, Señor, para ti e inquieto estará nuestro corazón hasta que descanse en ti”. Sin el reconocimiento de Dios vagamos por esta vida sin norte y sin la esperanza que resiste a todas las pruebas.
¡Dichoso el que, en medio de la fragilidad cada vez más aguda de los últimos tramos de la vida, sabe mirar con fe, amor y esperanza al Crucificado ya resucitado y vivo por los siglos, para invocarlo, para ponerse bajo su mirada compasiva, para solicitar su compañía en la cruz y en las pruebas! La presencia de Cristo, dijo en Lourdes hace unos días Benedicto XVI, rompe el aislamiento que causa el dolor y la proximidad de la muerte. Con Jesús muerto y glorificado el hombre ya no está solo en su pasión. Con la compañía y la fuerza de Jesucristo se puede llevar la cruz con dignidad, humildad y paciencia. A través de la ventana de la fe y de la esperanza cristianas entra mucha luz en la oscuridad de nuestra vida y de la proximidad de la muerte. ¡Dichosos los que mueren en el Señor!
¡Dichoso también el que se acoge a la protección de santa María la Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, para pedirle que interceda por nosotros en cada instante, “ahora y en la hora de nuestra muerte”! En la mirada maternal de María hay escondida una fuerza singular para aceptar la voluntad de Dios, que en la anunciación respondió: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (cf. Lc 1,38). Y junto a la cruz de Jesús, en silencio, sin pronunciar palabra, consintió humilde y esperanzadamente a la muerte de su Hijo que se entregó por amor (cf. Jn 19,25-27).
La invocación confiada y repetida, pienso ahora en D. José María y en tantos otros, de María con el Rosario entre las manos; la oración recitada o musitada una y otra vez con la debilidad que impide la concentración va derramando en el espíritu el bálsamo de la paz y de la conformidad con la voluntad de Dios. El Rosario es también la oración de los cansados y fatigados de la vida. Junto a María, contemplamos con sus ojos el recorrido de Jesús, aprendemos a vivir como sus amigos, a ser mensajeros del Evangelio, a tratar bien a los demás, a entrar con serenidad y esperanza en la cruz y en la eternidad.
Queridos hermanos y hermanas, pidamos que el Señor conceda a D. José María el descanso eterno. “Grazia, errukia ta bakea danontzat Jaungoiko Aitaren eta Jesu-kristo gure Jaunaren izenean”
Mundaka, 19 de septiembre de 2008
Mons. Ricardo Blázquez
Obispo de Bilbao
baronrampante@hotmail.es