La ética de matar a Bin Laden... y alegrarse

Ha muerto Bin Laden... y todos hemos suspirado de alivio. Aunque ya no fuera el líder máximo de AlQaeda, sí que suponía el gran icono del mal en nuestro siglo XXI. El hombre que ordenó el atentado de las Torres Gemelas, que estuvo detrás de los deleznables crímenes de Londres o Casablanca, del horror de Atocha, Entrevías y El Pozo... Ha muerto un mal hombre, y la sombra de la duda se plantea en el horizonte de la ética. ¿Es lícito alegrarse del asesinato de un hombre, aunque fuera el peor de ellos? ¿Es lo que debemos hacer "los buenos"? ¿Dónde están los límites?

La muerte de cualquier ser humano jamás debe ser motivo de alegría para un cristiano, ni para una persona de bien. Y, sin embargo, estamos asistiendo a una panoplia de congratulaciones, alegrías, descorches de champán... No seré yo quien le diga al padre de una víctima de las Torres Gemelas que no se alegre, no pretendo ejercer de censor de la moral de nadie. Pero a mí mismo me asalta la duda: ¿puedo alegrarme de que se haya asesinado a una persona, por muy horrenda que fuera? ¿Qué mundo podemos construir desde la venganza y la "guerra sucia", si es que esto ha sido así?

Por el momento, y esperando que alguien me lo explique mejor, me quedo con la interpretación que del suceso hace José Ignacio Calleja, y que acabamos de publicar en la portada de RD. Y un convencimiento: no es lícito utilizar cualquier medio para acabar con el terror. Porque acabaríamos horrorizando a nuestro propio espejo.

baronrampante@hotmail.es
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