El antijudaísmo cristiano, o la realidad inexistente

Hoy escribe Fernando Bermejo

El año pasado, una colega y amiga que trabaja en el ZfA (el Centro para la investigación del antisemitismo, de la Technische Universität de Berlín) me remitió copia de un trabajo en curso, que contiene diversos datos sobre la historia del antijudaísmo sumamente interesantes. Recupero uno de ellos, pues creo que puede ser muy revelador para que nuestros lectores más reflexivos comprendan mejor algunas reacciones suscitadas por algunos textos de este blogger.

A principios de los años 50 del s. XX, mucho antes de que se hubieran publicado obras sobre la responsabilidad de los ciudadanos corrientes en el Tercer Reich tan relevantes como la de Christopher Browning (Ordinary Men. Reserve Police Battalion 101 and the Final Solution in Poland), un grupo de psicólogos alemanes llevó a cabo un estudio relativo a los prejuicios de la sociedad germana y al grado de complicidad que esta tuvo con el antijudaísmo y el antisemitismo de entonces.

Uno de los experimentos consistió en lo siguiente. Se seleccionaron varias afirmaciones acerca del judaísmo que se encontraban expuestas en términos virtualmente idénticos tanto en los discursos de gerifaltes y publicaciones nazis (alguna, procedente incluso de Der Stürmer) como en obras y homilías de pastores y teólogos cristianos de los años 30 y 40. Las frases versaban sobre la inferioridad espiritual y moral del judaísmo, la responsabilidad de los judíos en la muerte de Jesús, la necesidad de superar el judaísmo o la superación (“Aufhebung”) del judaísmo por Jesús y el cristianismo.

Las frases eran leídas por los entrevistados, quienes –aunque podían comentar y matizar su respuesta aparte– debían ofrecer una respuesta clara (“Sí” o “No”) a la pregunta “¿Calificaría Vd. esta afirmación como un ejemplo de Judenhass (“odio a los judíos”, “antijudaísmo”)?

En una de las pruebas, las frases eran mostradas a los entrevistados como formando parte de un documento gráfico plagado de simbología del NSDAP: fotos de Goebbels, Hitler o Julius Streicher, portadas de Der Stürmer, uniformes de las SA, esvásticas, etc. En otra –realizada con algunos días o semanas de diferencia–, las frases formaban parte de un contexto visual religioso: cruces, fotos de iglesias y eclesiásticos en sus púlpitos, y expresiones típicamente cristianas. No variaba el contexto argumentativo, sino únicamente el contexto simbólico.

Pues bien, los resultados del estudio son en extremo elocuentes. Mientras que en el caso del contexto nazi la respuesta a la pregunta “¿Calificaría Vd. esta afirmación como un ejemplo de Judenhass?” fue un SÍ en un 94% de los casos, cuando la misma afirmación era situada en un contexto cristiano la respuesta fue un NO en un 81%.

La lógica de esta paradoja es fácilmente comprensible, pero por si acaso no estará de más explicitarla. Los sujetos del estudio ya no se identificaban mayoritariamente con el partido nazi –con lo cual podían ser más objetivos a la hora de juzgar sus características negativas–, pero en su mayor parte seguían identificándose con su religión, sus pastores y teólogos. La identificación ideológica y emocional con sus Iglesias impedía a la mayor parte de encuestados mantener la imparcialidad necesaria para juzgar como antijudío precisamente lo que ellos mismos habían considerado antijudío en otro contexto.

Tal como lo expresó lapidariamente uno de los investigadores: “El prejuicio propio niega la existencia del prejuicio ajeno, tanto más comprensiblemente cuanto que ambos son exactamente el mismo”.

Quien tenga oídos para oír, que oiga.


Posdata. Cuando yo era un chavalín de poco más de dos años, en cierta ocasión mis progenitores me llevaron a una velada en la que, en cierto momento, jóvenes y adultos se pusieron a declarar, cada uno, qué equipo de fútbol le cautivaba. A tan tierna edad yo tenía, si acaso, una idea harto confusa de lo que era “ser de” un equipo, y por entonces solo identificaba ese concepto con aquello que cada cual prefería y que parecía causarle el mayor disfrute y entusiasmo. Así, que, cuando a uno de los presentes se le ocurrió inclinar la cabeza para dirigirse al nene y preguntarme: “Y tú, chiquitín, ¿de qué equipo eres?” (divertido y expectante silencio en la sala), a mí solo se me ocurrió abrir mucho los ojos y exclamar, sonriente y encantado: “Yo soy... ¡del equipo de los payasos!”. La estentórea carcajada general que entonces estalló a mi alrededor, y que se prolongó –según consta aún en la memoria de mi madre– largos minutos, me produjo una perdurable sensación de felicidad.

Les cuento esta anécdota, queridos lectores, para que puedan tener ustedes siquiera un pequeño vislumbre de la inmensa ilusión que me causó la semana pasada el hecho de que uno de mis colegas me comunicara que alguno(s) de ustedes me tildara(n) de “payaso” (sic) en sus comentarios, pues esta es una de las vocaciones que más he respetado desde mi infancia. Aunque es obvio que, lamentablemente, “payaso” me caracteriza tan poco como “uno de los mayores expertos mundiales en maniqueísmo y cristianismo” (sic), es para mí un gran honor haber sido objeto de ambas caracterizaciones, que me han hecho reír con ganas, y las agradezco a nuestros amables lectores con igual sinceridad y cariño. Eso sí, si tuviera que elegir entre ser uno de los mejores especialistas mundiales en maniqueísmo y cristianismo y ser un payaso, les aseguro sin dudarlo que preferiría, con mucho, lo segundo.

Saludos cordiales de Fernando Bermejo
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