Teología de I. Ellacuría



Capítul IV

Carácter histórico-social de la salvación

Trascendencia de Dios en la historia

Ellacuría recurre ahora al concepto de trascendencia para, desde él, dar un poco de luz en la solución del problema de la comprensión de la fe y la praxis social y eclesial. En este concepto ve él algo que permite notar una diferencia estructural sin tener que aceptar una dualidad, algo que permite hablar de una unidad intrínseca sin por eso caer en una estricta identidad.

Desde aquí se puede aceptar ya que no hay dos historias, una historia sagrada de Dios y otra profana de los hombres, sino una sola historia en la que intervienen Dios y los hombres conjuntamente. Con anterioridad Grelot en quien bebió Gustavo Gutierrez, había escrito: "historia profana e historia santa no son dos realidades separadas. Están imbricadas la una en la otra.


No hay concretamente sino una sola historia humana, que se desarrolla a la vez sobre los dos planos. La gracia de la redención, cuyo misterioso itinerario constituye la historia santa, está en pleno trabajo en el corazón de la historia profana...la historia santa integra toda la historia profana, a la cual confiere, en última instancia, su significación inteligible".

De modo que no es posible la intervención de Dios sin que intervenga el hombre y viceversa. Pero es necesario discernir la distinta intervención de Dios y la del hombre y el distinto modo de relación en esas intervenciones. La intervención y presencia de Dios es distinta, según se realice en el ámbito del pecado o de la gracia. Pero en la historia se da una omnipresencia de Dios, que toma distintas formas y que difícilmente pueden clasificarse en la división simplista de naturales y sobrenaturales.

Ellacuría no tiene ningún reparo en admitir que en el pensamiento cristiano se hacen notar ciertos influjos paganos que no permiten traducir la realidad tal como se manifiesta en la revelación. A ello se debe el que se crea que lo trascendente sea lo separado, lo que está fuera de la historia y no se aprehende inmediatamente como real, es decir, lo separado en el tiempo o en el espacio. El modo de entender la trascendencia tal como se refleja en el pensamiento bíblico y en la acción de Dios en él es distinto.

Von Rad en su comenteario al Antiguo Testamento, basándose en la especialísima fe de Israel en su forma de comprender el mundo, viene a decir lo mismo: "el lugar en que Dios revela el misterio de su persona es la historia". Y añade: esto vale igualmente tanto para las concepciones del Antiguo como del Nuevo Testamento.

Según este pensamiento bíblico, Metz ve al Dios trascendente como Emmanuel, el Dios de la hora histórica. La trascendencia es acontecimiento, de modo que "la trascendencia no es sólo, simplemente lo suprahistórico y del más allá, sino que es lo que históricamente está a nuestro lado y fuera de nosotros, el futuro del hombre". Dios no está ya meramente sobre la historia, sino que él mismo está en la historia, estando también incensantemente ante ella, como su libre futuro, como un futuro del que no se puede disponer.

Para Hugo Assmann también, la trascendencia de Dios se da siempre en la historia, nunca fuera de ella. Su trascendencia se manifiesta en que él está delante de nosotros en las fronteras del futuro histórico, llamándonos siempre adelante. De modo que se puede decir sin miedo a equivocarnos que a Dios sólo se le encuentra en marcha permanente con su pueblo en todos sus desplazamientos. Pero continuemos con el razonamiento de Ellacuría.

En la revelación la trascendencia se entiende como algo que trasciende en y no como algo que trasciende de, como algo que impulsa físicamente a, pero sin sacar fuera de, algo que lanza, pero que a la vez retiene. En esta concepción, cuando se alcanza histórica o personalmente a Dios, no se abandona lo humano, ni la historia real, sino que se profundiza más en ellos. La historia no puede separarse de Dios y "en la historia la trascendencia hay que verla más en la relación necesidad-libertad que en la relación ausencia-presencia".

De modo que Dios es trascendente no porque esté ausente, sino porque se hace libremente presente en la forma y en la intensidad. Incluso en el pecado estamos dentro de la historia de la salvación: el pecado no hace desaparecer a Dios, sino que lo crucifica.

A través de ejemplos del Antiguo y Nuevo Testamento, Ellacuría nos va a mostrar la unidad de lo divino y lo humano en la historia. En esta unión la trascendencia de Dios se muestra como histórica y la historia como trascendente, aunque resulte difícil encontrar los conceptos adecuados para mantener esta unidad sin crear confusión. Es en el misterio trascendente de la humanidad de Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios, como sostiene la fe cristiana, donde mejor se realiza esa unidad indivisa.

La teología de la liberacion es unánime en decir que el Dios bíblico es un Dios cercano y de compromiso con el hombre: la presencia activa de Dios en medio de su pueblo es parte de las más antiguas promesas bíblicas. Lo que ha llevado a Gustavo Gutierrez a decir que la historia de la salvación es la entraña misma de la historia humana, o que hay una sola historia. Una historia cristofinalizada.



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