Teología de J. Ortega y Gasset.. Evolución del cristianismo
Capítulo Cuarto
La vida criestiana europea
en los siglos XV-XVII
strong>Evolución del pensamiento cristiano: diversas etapas
Fe positivista
Siguiendo el desarrollo de la vida cristiana que hace Ortega en el enigmático siglo XV, nos encontramos con que los europeos hemos pasado también por las cátedras de los ockamistas, como hemos adelantado en el capítulo anterior. Influidos por el maestro Guillermo de Ockam, creemos que nuestra vida depende de un ser infinito, que exige de nosotros durante nuestro peregrinaje por este mundo un determinado comportamiento intelectual y moral, o que tenemos que pensar ciertas cosas, cumplir unos actos y omitir otros.
Pero el repertorio de lo que tenemos que hacer u omitir no podemos averiguarlo por nuestra propia cuenta. Esto no es cuestión de razonamiento, Dios lo ha revelado a la Iglesia. Aunque los dogmas y los mandamientos sean absurdos, son un hecho bruto con el que tenemos que contar. Esos hechos irracionales forman parte de la fe para los ockamistas, que van a subrayar más radicalmente que en ninguna época del cristianismo, el credo quia absurdum (Creo porque es absurdo). La fe no es ya la de San Agustín, San Anselmo y Santo Tomás.
En ese momento la fe de los europeos es positivista. Si la Iglesia dice que hay que creer o hacer tal cosa como de fide, pues no hay más que hablar. "Todo lo sobrenatural es irracional, porque Dios es una potencia absoluta que no se someta a nada salvo a no hacer lo que en sí mismo es contradictorio. Otra cosa sería racionalizar a Dios y la razón es cosa puramente humana". En la doctrina de Ockam Dios puede ser perfectamente un asno, porque esto no es una contradición, como lo es el círculo cuadrado.
En su Centiloquium theologicum se dice: Non includit contradictionen Deum assumere naturam asininam. Sin embargo, nadie duda que Ockam era un cristiano convencido. La firmeza de la fe ockamista consiste en confiar en Dios, sin pretender conocer su ser ni sus designios. "Fe es eso: fiducia, confianza en una persona, no creencia evidente en que dos y dos son cuatro, que es confianza en la firmeza de una cosa; la nuestra en Dios es una confianza en bloque que no nos da confianza ninguna respecto a nada concreto. Éste es nuestro positivismo religioso. Sea lo que Dios quiera, porque Dios es eso: querer, voluntad omnímoda.
Si lo absoluto es arbitrariedad, irracionalidad ¿qué es la realidad que hay -la tierra, los astros, sus movimientos, la mente humana-? Acorde con lo dicho, todo esto existe y es como es porque Dios ha querido. Lo mismo hay que decir de los dogmas, Dios pudo haber revelado unos dogmas opuestos a los actuales. "El credo como la realidad natural son decretos divinos siempre susceptibles de ser abolidos. La realidad, pues, no es sino la contracción de la potencia absoluta de Dios a potencia ordinata: "Dios pudo hacer cualquiera realidad, pero de hecho ha fabricado ésta".
Lo mismo hay que decir respecto al mundo, su actitud es positivista. Santo Tomás y San Buenaventura, como creían que Dios es en buena parte inteligible porque es racional, pretendían deducir las cosas de este mundo de los atributos divinos. Pero nosotros nos hallamos en una creencia opuesta y nos parece que los dos padecieron una ilusión. Nosotros estamos ciertos de que Dios ha hecho el mundo, pero asimismo estamos convencidos de que no lo ha hecho por ninguna razón.
La razón, que es una cosa creada, sirve para entenderse con las cosas naturales no con las sobrenaturales. Hay que explicar las cosas del mundo desde lo intramundano y separar éste y el otro mundo. Los siglos anteriores no entrevieron que es preciso explicar las cosas del mundo desde dentro de lo mundano y separar radicalmente la fe y la razón, éste y el otro mundo. El hombre europeo del siglo XV comienza a tener una doble vida: ya no puede ser sólo cristiano, porque Dios ya no le sirve para andar por el mundo.
Éste, en cambio, al cobrar su independencia cobra más atractivo: el de tener su secreto propio y aparte del secreto divino. La vida de estos cristianos se parece poco a la de un puro cristiano, a la de los cristianos primitivos que se llamaban ellos mismos "los santos" (Ibid., 144-146).
Para los puros cristianos medievales, la santidad es una forma de vida: consiste en vivir esta vida como si fuera ya la otra. Es decir, no se ocupan de cosa alguna tomándola en serio por sí misma, sino que su ocupación en esto o lo otro será mero pretexto para ocuparse con Dios. Toda su existencia se reduce al trato con Él. Con las cosas del mundo no tratan directamente. "El santo vive esta vida desde Dios y cara a Dios, esto es, partiendo del punto de vista divino va a las cosas y vuelve con ellas a Dios. Es un viaje circular, de ida y vuelta a Dios. La vida circular del santo es sólo tangente a las cosas: las toca en un punto, pero no se suma a ellas, no es cogido por ellas".
Los ockamistas, en cambio, si bien es cierto que viven desde Dios, lo hacen cara a este mundo y sin viaje de vuelta. Dicen así: "Venimos de Dios, pero éste queda a nuestra espalda, como el fondo habitual del paisaje: mas a lo que atendemos propiamente es a lo terrenal". Ellos no llenan su vida ocupándose con Dios, porque tienen la creencia de que es inasequible directamente.
El más allá es lo que hay tras el horizonte, cuyo papel consiste en estar ahí al fondo nada más. Este tipo de fe es el que perdura hoy entre muchos europeos. Una característica más a resaltar del positivismo del siglo XV es que el hombre religioso se desentiende de los dogmas. La teología dogmática volverá a aparecer después de la Reforma y la reacción contra ésta en el Concilio de Trento. (El hombre del siglo XV, V, 146-147).
Ver: Francisco G-Margallo: Teología de J. Ortega y Gasset. Evolución del cristianismo, Madrid 2012
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