La cigüeña en el campanario 11
La blanca cigüeña,
como un garabato,
tranquila y deforme, ¡tan disparatada!
sobre el campanario.
(Antonio Machado)
Capítulo II
La mayor herejía de la historia
(Cont.,viene del día 11)
El Concilio Vaticano I expresa en términos jurídicos algo que, en la mente e intención de Jesús, no era jurídico. Es una traducción a un lenguaje inadecuado. Algo como verter una poesía en símbolos de lógica matemática. Pero a través de una versión, se puede rastrear al núcleo de verdad originaria.
El sentido y los límites de la autoridad aposólica en la Iglesia se expresan lúcidamente en el discurso de Pablo a los responsables de la comunidad cristiana de Éfeso (Hech
20, 31-35: "Durante tres años, día y noche, no he cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno en particular. Ahora os dejo en manosn de Dios y del mensaje de su gracia, que tiene poder para construir y dar la herencia a todos los consagrados. No he deseado dinero, oro ni ropa de nadie; sabéis por experiencia que estas manos han ganado lo necesario para mí y mis compañeros. Os he enseñado de todos los modos posibles que tenemos que trabajar así para socorrer a los necesitados, acordándonos de las palabras del Señor Jesús: _Hay más felicidad en dar que en recibir".
En el terreno de la praxis, mi posición es admitir la autoridad pastoral del Papa de Roma sobre cada uno de los obispos y de los fieles católicos. Reconozno, dice, que debemos obediencia al Papa en los asuntos de disciplina eclesiástica. Pero no una obediencia ciegamente incondicionada. No tenemos que obedecerle antes que a Dios. No tenemos que fiarnos de él más que del Evangelio. No podemos creenpos que él es la "buena noticia" de Jesús. No podemos sacrificarle nuestra propia conciencia.
Y todavía me atrevería a añadir algo, muy humildemente y a título personal: si manda demasiado, podemos permitirnos la cristiana licencia de no obedecerlo todo. Porque la letra ahoga al espíritu. Y los cristianos hemos sido llamados a la libertad. "El hombre es señor del sábado". Esta es probablemente una palabra del mismo Jesús (Mt 12, 8; Mc 3, 28; Lc 6, 5).
Capítulo III
Fe. Lenguaje y Santo Oficio
Yo creo en Jesús y creo que Dios rerucitó a Jesús. En esa doble confesión se expresa el núcleo de mi fe cristiana. Estas dos afirmaciones están llenas de sentido para mí. Responden a algo que yo vivo y en lo que vivo. Pero no me es fácil entender nítidamente, y mucho menos explicar con claridad lo que pasa conmigo en esto de "tener fe".
Tampoco me atrevo a universalizar mi manera de creer. Me parece que, entre los creyentes, cada uno cree como puede y ninguno sabe bien cómo cree. Diré lo que pueda a partir de mi exeperiencia. Hay como una doble dimensión en el término de mi fe. Creo en una persona y creo en algo acaeció. Las dos vertientes son muy importantes en la fe.
Creo en Jesús (o también en Dios-Padre-de-Jesús), quiere decir que me fío absolutamente de él, que estoy seguro de Jesús, una persona que no soy yo, un "tú". Estoy cierto de que él no me falla. Seguro de que él tiene razón. Pero no una razón teórica de intelectual, de filósofo, de profesor. Tiene razón en lo que atañe a la esperanza, al amor, a la felicidad, a mí y al prójimo, a la libertad, a la independencia, a la sinceridad, a la ternura, a la lucha, a la apuesta por la liberación de los oprimidos, a la vida y a la muerte.
Nunca le entiendo del todo. A veces quizá me equivoque casi por completo al tratar de interpretarle. Pero él está siempre allí. Me solicita, me arma un lío y me conforta. Estoy seguro de que me perdona siempre y siempre tiene que perdonarme. Pero nunca me deja tranquilo. Azuza siempre. Me urge. Con él me es imposible pensar que yo soy bueno. Pero tampoco me viene de él ningún complejo de culpa. Me da ganas de hacer el bien, que luego hago muy mal. Pero en él encuentro paz. Una quietud en movimiento. Algo así como las olas de la mar.
(Lo de creer "en" Jesús, como algo distinto de lo que sería creer "a" Jesús _dar crédito a lo que afirma_, lo expresa San Agustín en su comentario al Evangelio de San Juan (Tratado 29, núm. 6). Se puede creer a Pedro o a Pablo. Pero no se puede creer "en" ellos. "¿Qué es, pues creer en él(en Jesús)? Es querer al creer, amar al creer, ir a él al creer e incorporarse a sus miembros". También aquí las palabras apuntan a algo difícilmente expresable).