Día de la palabra. 18. 2. 07. Amad a vuestros enemigos

Seguimos leyendo el evangelio de Lucas, comentando en Sermón de la Llanura (Lc 6, 17-42), que, a diferencia del Sermón de la Montaña de Mateo (Mt 5-7), es más corto y se centra en tres temas: bienaventuranzas, amar al enemigo y no-juzgar.

De las bienaventuranzas hemos hablado el domingo anterior.Hoy nos centramos en el “amor al enemigo”, que nos sitúa en el centro del mensaje de Jesús, en el corazón de la vida cristiana. Prescindimos del final del texto litúrgico (no juzgar: Lc 6, 37-38), porque queremos tratarlo con más extensión, en otro momento. El tema es personal y social. Si perdonamos a los enemigos ¿no corremos el riesgo de tener que escapar de este mundo hecho de bombas lanzadas en contra de los enemigos y de dioses que matan a susadversarios?.

Planteamiento teórico

Para situar mejor el tema podemos empezar distinguiendo en la vida del hombre tres planos o niveles.

(1) En la base está el deseo de tenerlo todo (eros) y la pretensión de que los demás nos lo concedan, pues suponemos que es nuestro, pues somos «perversos polimorfos», deseantes infinitos (como son los niños según Freud). Si siguiéramos viviendo sólo a ese nivel deberíamos chocar todos con todos, en violencia sin fin, que conduce a la muerte (thanatos).
(2) Hay un plano de ley, que con el mismo Freud podemos llamar «principio de realidad»: para evitar el triunfo de la violencia incontrolada, los hombres han tenido que fijar un equilibrio de justicia que ellos mismos han propuesto, sobre bases religiosas o sociales. En ese nivel se sitúa el talión o sistema judicial, que se funda en la distinción entre el bien y el mal y que se expresa a través de la violencia legal o legítima, que los vencedores aplican, como si ella fuera neutral, la misma para todos.
(3) Nivel de gratuidad. Sobre la ley está la gracia, que se expresa como creatividad y perdón, permitiéndonos establecer un tipo de comunión y comunicación supra-moral (supra-judicial), más allá del puro principio de realidad. En este plano se sitúa la experiencia y camino del amor al enemigo, que se funda en el Dios que «hace llover sobre justos y pecadores» (cf. Mt 5, 45). La gracia del no-juicio puede traducirse y expandirse así en la ley regia (cf. Sant 2, 8-13) o más alta del amor.

Estos niveles pueden entenderse de manera progresiva, como expresión de un movimiento que habría empezado por la violencia incontrolada, para pasar por un tipo de justicia legal y culminar, finalmente, en la gracia del perdón por encima de la ley. Pero ellos se mantienen y actúan más bien al mismo tiempo. (1) En el fondo sigue latiendo la amenaza de la violencia incontrolada: llevamos dentro un deseo infinito e insaciable de tenerlo y dominarlo todo. (2) Al mismo tiempo, nos atrae la llamada de la gracia, en gesto de generosidad creadora y de perdón. (3) Entre esas dos tendencias (una de pecado, otra de gracia; una de violencia, otra de creatividad) se sitúa la ley, que puede ratificar la violencia de los triunfadores o presentarse como una manifestación de la gracia. Desde ese fondo, algunos han podido hablar de dos tipos de leyes: una sería una «ordenación de la violencia«; la otra, manifestación de la gracia.


2. Texto


«Pero a vosotros los que oís, os digo:

[Principio]: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, le niegues ni la túnica. A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva.
[Razonamiento]Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis?, pues también los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto.
[Conclusión] Amad, pues, a vuestros enemigos, haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es benigno para con los ingratos y malos» (Lc 2, 27-36).

El principio ofrece cuatro ejemplos de inversión o ruptura del esquema de ley o comercio que domina sobre el mundo: amar a los enemigos, hacer el bien a los que nos odian, bendecir a los que maldicen, orar a favor de los que calumnian. Pero el razonamiento y la conclusión omiten los dos últimos casos (bendecir y orar), poniendo en su lugar un ejemplo de tipo comercial: prestar sin exigir devolución.

Los niveles del amor al enemigo.

Mirado en su conjunto, el tema del amor al enemigo se puede condensar en tres planos.

(a) Hay un nivel básico, que se expresa en forma de generosidad activa en relación con los «enemigos», superando así los esquemas de retribución (de mérito y provecho egoísta). No basta la cordialidad o amor interno; es necesario que el amor se exprese en el gesto de la ayuda dirigida hacia los otros. No basta con decir que quiero a los demás, debo mostrarlo actuando bien con ellos.
(b) El amor se expande en un nivel religioso, que manifiesta en la oración a favor de los enemigos, a quienes se debe desear y ofrecer bendición, bendigamos, en contra de algunas oraciones de la misma Biblia israelita (y de la liturgia cristiana) que han pedido la derrota y destrucción de los enemigos.
(c) El amor al enemigo tiene un aspecto económico (dar, prestar a fondo perdido) que se expresa en las conclusiones del texto. No basta amar con el corazón y orar con la mente; hay que ayudar económicamente a los enemigos a través de unas «prácticas de gratuidad», que no puede legislarse en plano de juicio, pero que puede y debe presentarse como principio de conducta: «Al que te golpee en una mejilla preséntale también la otra, y al que te quite el manto, no le impidas (que tome) la túnica. A todo el que te pide dale, y al que te quite lo tuyo, no se lo pidas de nuevo».

Vivimos sobre un mundo definido por la violencia (golpear en la mejilla, robar) y por un tipo de necesidad (hay gente que no tiene más remedio que pedir). Pues bien, para evitar que la espiral de los deseos se desboque, el texto nos invita a realizar una renuncia creadora que se expresa en tres gestos. No responder a la violencia con violencia (poner la otra mejilla). No impedir el robo con medios coactivos. Ser generoso con aquellos que nos piden algo, no exigírselo de nuevo. Esos gestos implican una transparencia económica y un desprendimiento activo con lo que se supera el nivel de una ley entendida como medio de auto-defensa (incluso violenta), para situarme en un plano de generosidad.

Reflexión final

El texto supone que estamos en un mundo dominado por enemistad y odio, por maldición y calumnia (Lc 6, 27-28); en un mundo de violencia donde cada uno parece que se quiere imponer sobre los otros en un nivel de opresión física (herir en la mejilla) o económica (quitar la capa, robar) (num 2: concreciones). Evidentemente, Lucas no tiene que ofrecer justificaciones: ¡El mundo es así y en él estamos! Sobre ese mundo debemos expresar el evangelio como signo y presencia de la paternidad creadora de Dios que desborda el nivel de justicia del sistema, que suele mantenerse en un plano de equivalencia: amar a los que nos aman, favorecer a quienes nos favorecen.

La pura justicia suscita un círculo de amigos interesados, vinculados por la ley del egoísmo compartido; los que no me sirven o no sirven quedan fuera de ese círculo y se vuelven objeto de no-amor o de rechazo. La ley de este mundo justifica así el pecado: sanciona el egoísmo de grupo, en clave de equivalencia comercial (do ut des) y expulsa fuera a quienes la quebrantan.

Vivimos sobre un mundo definido por la violencia (golpear en la mejilla, robar) y por un tipo de necesidad (hay gente que no tiene más remedio que pedir). Pues bien, para evitar que la espiral de los deseos se desboque, el texto nos invita a realizar una renuncia creadora que se expresa en tres gestos.
(1) No responder a la violencia con violencia (poner la otra mejilla). (2) No impedir el robo con medios coactivos.
(3) Ser generoso con aquellos que nos piden algo, no exigírselo de nuevo. Esos gestos implican una transparencia económica (no oculto lo que tengo, no lo cierro, ni lo tapo, pues no quiero excitar más el deseo de posibles ladrones escondidos) y un desprendimiento activo (no exijo mi derecho, ni interpreto mi vida en clave de propiedad). Así supero el nivel de una ley entendida como medio de auto-defensa (incluso violenta), para situarme en un plano de generosidad.

Dejo para otra ocasiòn las aplicaciones personales y sociales, religiosas y económicas, políticas y culturales de esta exigencia de amor.
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