Mis otras Áfricas (X), Sudáfrica
(JCR)
Pasé en Sudáfrica mes y medio en 1998. Participé en un curso de mediación y resolución de conflictos en Johannesburgo y aproveché el poco tiempo libre de que pude disponer para conocer lo que pude del país, aunque sólo pude visitar algo del norte: Pretoria, Liederburg, algunas zonas limítrofes con el parque Kruger y el antiguo Lebowa.
Mi conocimiento el país es, por tanto, muy limitado, pero creo sinceramente que es el único lugar de África donde no me he sentido a gusto. He vivido en lugares de pobreza y violencia extrema pero siempre me he quedado con la marca de un calor humano excepcional. No ha sido este el caso en Sudáfrica.
Pasear por las calles de Johannesburgo es exponerse a serios riesgos. Es una de las capitales más inseguras del mundo, si no la que más. Y además la ciudad es fea con avaricia, como una mala imitación de Nueva York y sus rascacielos. Después de tres intentos frustrados de pasear por sus calles y de montarme en taxis-furgoneta opté por retirarme de aquel ambiente hostil y agresivo y desplazarme sólo en coche con algún amigo. Pretoria tiene el encanto de las largas avenidas de jacarandas de color púrpura, pero huele demasiado a racismo mal disimulado, y muchos de los blancos que han visto llegar a sus nuevos vecinos de la pujante clase media negra se van en cuanto pueden. En las zonas más residenciales, más ostentosas que elegantes, los únicos negros con los que uno se encuentra son los jardineros y las cocineras. En el barrio de Silverton visité a unos conocidos blancos –perdonen ustedes, en Sudáfrica hay que calificarlo todo de blanco o negro, lo que hace que uno termine medio loco- y cuando me invitaron a ir con ellos a la ópera el fin de semana me excusé a causa de un compromiso previo que tenía de pasar el sábado y el domingo en una parroquia de Soweto. “No vayas allí –me aconsejaron- no hay más que criminales”. Huelga decir que ellos no habían estado allí nunca, ni maldita la gana que tenían. El resto de la conversación transcurrió por quejas de lo mal que iba el país desde que gobernaba el ANC, de lo mucho que lo desarrollaron ellos (los blancos) y de las supuestas exageraciones de la prensa europea sobre los años del apartheid, cuando a juicio de ellos las cosas iban bien.
Tuve la suerte de estar en Sudáfrica cuando el mandato de Mandela llegaba a su fin y estaba a punto de publicarse el informe final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, presidida por Desmond Tute. Todas las personas (negras) con las que hablé hablaban de Mandela (“Madiba”) como de un padre sabio y bueno que les guiaba y había evitado un baño de sangre. Creo que tenían toda la razón del mundo. Recuerdo que durante aquellos días algunos líderes del ANC intentaron bloquear la publicación del informe final porque recogía también testimonios de atrocidades perpetradas por ellos durante la “lucha de liberación”. Al final, prevaleció el buen sentido de personalidades como Mandela y Tutu, que comprendieron que una verdadera reconciliación sólo se puede fundamentar en dejar que aflore la toda la verdad, aunque no agrade a todos, y pedir perdón con sinceridad.
En muchos de los “townships” que visité ví que el gobierno se esforzaba por construir casas sencillas pero dignas a los “squatters” que carecían de un cobijo. Hacía poco que había fallecido el comunista Joe Slovo, ministro de la vivienda (blanco) que a pesar de saber que estaba afectado por un cáncer incurable mostró una gran dignidad trabajando hasta el último momento para llevar a la práctica las medidas sociales del ANC. A las figuras de gran talla del ANC le han sucedido otras que no están a la altura, y es que Mandela es mucho Mandela, y su sucesor Thabo Mbeki ha metido la pata en temas muy serios, como la pandemia del SIDA, y cuando dice que el virus VIH no es la causa de esta enfermedad debería recordar que los políticos tienen que dedicarse a dirigir y gestionar un país, y no meterse a pseudocientíficos. Y en cuanto a su sucesor en el partido, Jacob Nzuma, metido en mil escándalos de corrupción y de maneras violentas y radicales, que Dios les pille confesados a los pobres sudafricanos si se convierte en el próximo presidente del país.
Paseando por Sudáfrica uno se encuentra con mil monumentos que recuerdan victorias militares de los “boers” sobre los zulúes. Especialmente, el famoso memorial que se encuentra a las afueras de Pretoria –una auténtica horterada en piedra- evoca el sentimiento de víctimas incomprendidas que los artífices del apartheid han evocado tanto. Por qué será que casi todos los pueblos que han cometido las peores barbaridades en la historia más reciente (israelíes, tutsis, serbios...) utilizan supuestas o ciertas identidades de mártires para hacer la vida imposible a los que viven a su lado y justificar esta discriminación con los argumentos más peregrinos.
Me encantaron las misas en los “townships” con toda la asamblea cantando con todas sus fuerzas hasta llegar a emocionar. Es en la expresión de los sentimientos religiosos donde se puede sentir mejor el grito hondo de libertad de los que han vivido oprimidos. Me impresionó el bajísimo nivel educativo que tenían los jóvenes (negros) al terminar la enseñanza secundaria, fruto de la política educativa diabólica de los años del apartheid que había creado dos sistemas, y estaba diseñado para que los negros no pudieran tener el mismo nivel que los blancos al acceder a la universidad.
Y me cabreó enormemente entrar en un bar o un restaurante –y también en alguna que otra parroquia- y ver que sólo había blancos sentados, o a lo sumo alguna pareja de negros, pero sin mezclarse. Percibí la misma sensación en el resto de mis 16 compañeros de curso, procedentes de distintos países africanos. Nuestro grupo, compuesto por gentes de diversos colores que se llevaba bien y no hacía nada por disimularlo, causaba extrañeza allí donde íbamos. Y es que Sudáfrica es como otro planeta que no se parece en casi nada al resto de los países del mundo, y menos a los africanos.
Pasé en Sudáfrica mes y medio en 1998. Participé en un curso de mediación y resolución de conflictos en Johannesburgo y aproveché el poco tiempo libre de que pude disponer para conocer lo que pude del país, aunque sólo pude visitar algo del norte: Pretoria, Liederburg, algunas zonas limítrofes con el parque Kruger y el antiguo Lebowa.
Mi conocimiento el país es, por tanto, muy limitado, pero creo sinceramente que es el único lugar de África donde no me he sentido a gusto. He vivido en lugares de pobreza y violencia extrema pero siempre me he quedado con la marca de un calor humano excepcional. No ha sido este el caso en Sudáfrica.
Pasear por las calles de Johannesburgo es exponerse a serios riesgos. Es una de las capitales más inseguras del mundo, si no la que más. Y además la ciudad es fea con avaricia, como una mala imitación de Nueva York y sus rascacielos. Después de tres intentos frustrados de pasear por sus calles y de montarme en taxis-furgoneta opté por retirarme de aquel ambiente hostil y agresivo y desplazarme sólo en coche con algún amigo. Pretoria tiene el encanto de las largas avenidas de jacarandas de color púrpura, pero huele demasiado a racismo mal disimulado, y muchos de los blancos que han visto llegar a sus nuevos vecinos de la pujante clase media negra se van en cuanto pueden. En las zonas más residenciales, más ostentosas que elegantes, los únicos negros con los que uno se encuentra son los jardineros y las cocineras. En el barrio de Silverton visité a unos conocidos blancos –perdonen ustedes, en Sudáfrica hay que calificarlo todo de blanco o negro, lo que hace que uno termine medio loco- y cuando me invitaron a ir con ellos a la ópera el fin de semana me excusé a causa de un compromiso previo que tenía de pasar el sábado y el domingo en una parroquia de Soweto. “No vayas allí –me aconsejaron- no hay más que criminales”. Huelga decir que ellos no habían estado allí nunca, ni maldita la gana que tenían. El resto de la conversación transcurrió por quejas de lo mal que iba el país desde que gobernaba el ANC, de lo mucho que lo desarrollaron ellos (los blancos) y de las supuestas exageraciones de la prensa europea sobre los años del apartheid, cuando a juicio de ellos las cosas iban bien.
Tuve la suerte de estar en Sudáfrica cuando el mandato de Mandela llegaba a su fin y estaba a punto de publicarse el informe final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, presidida por Desmond Tute. Todas las personas (negras) con las que hablé hablaban de Mandela (“Madiba”) como de un padre sabio y bueno que les guiaba y había evitado un baño de sangre. Creo que tenían toda la razón del mundo. Recuerdo que durante aquellos días algunos líderes del ANC intentaron bloquear la publicación del informe final porque recogía también testimonios de atrocidades perpetradas por ellos durante la “lucha de liberación”. Al final, prevaleció el buen sentido de personalidades como Mandela y Tutu, que comprendieron que una verdadera reconciliación sólo se puede fundamentar en dejar que aflore la toda la verdad, aunque no agrade a todos, y pedir perdón con sinceridad.
En muchos de los “townships” que visité ví que el gobierno se esforzaba por construir casas sencillas pero dignas a los “squatters” que carecían de un cobijo. Hacía poco que había fallecido el comunista Joe Slovo, ministro de la vivienda (blanco) que a pesar de saber que estaba afectado por un cáncer incurable mostró una gran dignidad trabajando hasta el último momento para llevar a la práctica las medidas sociales del ANC. A las figuras de gran talla del ANC le han sucedido otras que no están a la altura, y es que Mandela es mucho Mandela, y su sucesor Thabo Mbeki ha metido la pata en temas muy serios, como la pandemia del SIDA, y cuando dice que el virus VIH no es la causa de esta enfermedad debería recordar que los políticos tienen que dedicarse a dirigir y gestionar un país, y no meterse a pseudocientíficos. Y en cuanto a su sucesor en el partido, Jacob Nzuma, metido en mil escándalos de corrupción y de maneras violentas y radicales, que Dios les pille confesados a los pobres sudafricanos si se convierte en el próximo presidente del país.
Paseando por Sudáfrica uno se encuentra con mil monumentos que recuerdan victorias militares de los “boers” sobre los zulúes. Especialmente, el famoso memorial que se encuentra a las afueras de Pretoria –una auténtica horterada en piedra- evoca el sentimiento de víctimas incomprendidas que los artífices del apartheid han evocado tanto. Por qué será que casi todos los pueblos que han cometido las peores barbaridades en la historia más reciente (israelíes, tutsis, serbios...) utilizan supuestas o ciertas identidades de mártires para hacer la vida imposible a los que viven a su lado y justificar esta discriminación con los argumentos más peregrinos.
Me encantaron las misas en los “townships” con toda la asamblea cantando con todas sus fuerzas hasta llegar a emocionar. Es en la expresión de los sentimientos religiosos donde se puede sentir mejor el grito hondo de libertad de los que han vivido oprimidos. Me impresionó el bajísimo nivel educativo que tenían los jóvenes (negros) al terminar la enseñanza secundaria, fruto de la política educativa diabólica de los años del apartheid que había creado dos sistemas, y estaba diseñado para que los negros no pudieran tener el mismo nivel que los blancos al acceder a la universidad.
Y me cabreó enormemente entrar en un bar o un restaurante –y también en alguna que otra parroquia- y ver que sólo había blancos sentados, o a lo sumo alguna pareja de negros, pero sin mezclarse. Percibí la misma sensación en el resto de mis 16 compañeros de curso, procedentes de distintos países africanos. Nuestro grupo, compuesto por gentes de diversos colores que se llevaba bien y no hacía nada por disimularlo, causaba extrañeza allí donde íbamos. Y es que Sudáfrica es como otro planeta que no se parece en casi nada al resto de los países del mundo, y menos a los africanos.