Mi homilía del domingo

(JCR)
No me suele gustar “dar sermones” en este blog, pero me perdonarán ustedes si por esta vez hago una excepción. Anoche regresé de la parroquia, a 300

kilómetros al norte de Kampala. Me había preparado la homilía cuidadosamente, pero cuando miré a los ojos a las personas que tenía delante de mí no tuve más remedio que cambiar el contenido.

Celebré la segunda misa en un villorrio llamado Tekulu, a unos ocho kilómetros dentro del bosque. Hasta hace apenas cuatro meses el lugar estaba desierto. Hace tres años el ejército obligó a todos sus habitantes a abandonar sus casas y habitar en el campo de desplazados internos de Minakulu, donde está el centro de la parroquia. A finales de agosto del año pasado se firmó un acuerdo de alto el fuego entre el gobierno y la guerrilla, y aunque un acuerdo de paz definitivo aún parece lejos el hecho de que no haya guerrilleros en las zonas rurales del norte de Uganda a animado a muchos a volver a sus casas, aun sabiendo que si fracasan las negociaciones se arriesgan a vivir de nuevo en peligro.

La gente intenta reconstruir sus pobres chozas como pueden, sin ningún tipo de ayuda, a pesar de que el gobierno sigue anunciando a bombo y platillo que tienen nosécuántos millones de dólares para planes de reasentamiento. Por eso, cuando vi. a las mamás que habían traído a sus bebés para bautizar, a los jóvenes descalzos y con los pantalones raídos, a los pocos ancianos con un cansancio infinito después de haber contemplado tantos infiernos en veinte años de guerra no tuve más remedio que cambiar la homilía.

“Maestro, hemos bregado toda la noche y no hemos cogido nada, pero por tu palabra echaré las redes”. Pocas frases del evangelio hay que me hayan calado tan hondo durante estos años. Cuando hablé de que la vida es un rosario de desilusiones, creo que me entendían muy bien. Tantos años criando hijos, con lo que cuesta en estas latitudes donde escasean el alimento, las medicinas y el dinero para enviarlos a la escuela, para que al final un buen día vengan los guerrilleros y se los lleven con toda impunidad. Tantos años de sacrificio construyendo una casita para que al final un día te obliguen a abandonarla y cuando regreses te encuentres con qué sólo quedan las ruinas. Tantos años intentando construir una familia para al final ver cómo matan a tu marido y te quedas sola.

Pero hoy el Señor nos dice que nos estamos solos porque él está con nosotros, y si remamos mar adentro y echamos de nuevo las redes no quedaremos defraudados y encontraremos mucho más de lo que hemos perdido. No estáis solos, porque Jesús también fue un refugiado y por eso os entiende muy bien, y él está aquí con vosotros en esta chocita donde estamos rezando. Animo, que aunque el gobierno y la comunidad internacional os abandone en vuestro regreso a casa, la Iglesia no os abandona. La Iglesia os repara la pompa del agua, os ayuda con la educación de vuestros hijos y reparte medicinas y consuelo espiritual todos los días. La Iglesia es la presencia de Jesús que nos anima a superar la tristeza y echar otra vez las redes. Encontraremos más de lo que hemos perdido.

Temblé al final, pensando que quizás les estaba dando demasiadas expectativas, pero cuando estalló el canto alegre del ofertorio y la gente bailó alrededor del altar me di cuenta de que eran ellos los que me devolvían a mí el ánimo con creces.
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