Asesino: palabra religiosa.

Hassan, fundador de los "asesinos".
Asistimos a diario, como habituados a la normalidad de lo anormal, a la noticia de que "un terrorista sucida...". Todos los días Iraq, anteayer Argelia (otra vez Argelia), Palestina día sí y día no... ¿Y mañana?

Inexplicable, inconcebible, inaudito... ¿Qué fuerza puede imponerse al miedo a la muerte, al instinto de conservación, a la huída del peligro, a la defensa de la propia vida? No hay otra explicación que la que hay y que tampoco explica nada: el fanatismo.

Porque... ¿de dónde el fanatismo? Al final hay que decirlo: de la religión que ha triturado la capacidad de pensar y de decidir por uno mismo.

Pero hay más todavía, añadido al hecho de que determinados asesinos nacen de una religión: es la misma religión la que preconiza, favorece, alienta o articula organizaciones de muerte.

Una de las lacras de nuestro mundo, con raíces en el pasado muy reciente lo constituyen las mafias al “itálico modo”, las bandas institucionalizadas, los grupos homicidas organizados, los grupos terroristas fanatizados, los criminales a sueldo...

Nihil novum sub sole, porque su inspiración, como casi todo lo siniestro, proviene del ardiente celo que imprime la religión.

Interesantes en grado sumo las historias relacionadas con la famosa Secta de los Asesinos, los haschishim. Esta secta que ha dado origen a la palabra, fue creada o fundada por Hassan (reinó de 1090 a 1124), ismaelita expulsado de El Cairo y establecido en el fuerte de Alamut (“nido de buitres”), en las montañas de Alburz, cerca del mar Caspio.

Los “mártires” palestinos o irakíes actuales no son sino una reencarnación de los fedawines o adictos del Gran Viejo de la Montaña, “los asesinos”.

La convicción de poseer el paraíso “automáticamente”, un paraíso ya previamente entrevisto gracias a las embriagadoras visiones producidas por el haschisch, convertía a los “asesinos” en ciegos y autómatas, dispuestos a matar a quien fuese y a dejarse matar por ello.

Algunos afirman que la misma palabra “asesino” proviene de esa relación con el consumo de ‘aschisch.

Cruzados y príncipes de Asia probaron sus zarpazos terribles. El conde Raimundo de Trípoli (1152), Conrado de Monferrato (1192) rey de Jerusalén; Nizá-Molmuk “el Valiente”, Orkan y la mayor parte de los emires de Siria... cayeron bajo sus puñales.

De su temible poder es testimonio el hecho de que sultanes, reyes y emperadores les ofreciesen tributo o dádivas generosas (entre ellos Sanluis de Francia).

Como víboras que prueban su propio veneno, en los ciento setenta años de “reinado” sus jefes últimos, víctimas “de ellos mismos”, murieron todos a manos de sus hijos respectivos: Hassan II (1163-1167), Mohamed II (1167-1211) y Hassan III el Reformador (1211-1223), Mohamed III (1223-1237).

El “buen sentido” de los mongoles acabó con ellos (1260) destruyendo cerca de 40 castillos y tomando los otros, hasta cien, así como las ciudades que poseían en Kuistan, Rudbar y Siria.

1090 a 1260, casi contemporáneos de los Templarios. Que ésta es otra historia, dado que los Templarios tomaron mucho prestado de la Secta de los Hashishim.
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