Y Dios... creó a la mujer (1/2)

por EMÉRITO AGUSTO
¡¡¡Si nuestra ancestra Eva levantara la cabeza!!!... ¿Qué pensaría del tratamiento actual que se le da a la mujer, ella que fue la protagonista capital de los primeros pasos de la humanidad?

Está constatado que la sociedad, desde siempre, ha propiciado el “machismo”, que el mundo está construido a partir de una mentalidad masculina, que las leyes son “varoniles”, que la mujer ha estado excluida o marginada de todos los sectores de la sociedad... De hecho, desde los tiempos prehistóricos hasta épocas más o menos recientes, la mujer se ha visto relegada a ser madre y a desempeñar las tareas domésticas.

Afortunadamente, para la mujer y para todos, desde hace un tiempo la mujer ha empezado a ocupar en la sociedad puestos destacados en el campo administrativo, empresarial y político. Y a más modestos niveles, el mundo del trabajo ha ido dando cabida poco a poco a la mujer, aunque aún existen grandes diferencias y persisten algunos obstáculos para la “mujer trabajadora”. Ha sido aprobada la ley de la “paridad”, y a nivel de partidos políticos se plantea cada vez más la importancia de la mujer y se barajan mayores porcentajes de participación.

Sin embargo, esta tendencia “feministaenmascara un peligro y una amenaza: vale decir dejarse encandilar para, en definitiva, entrar en estructuras diseñadas para hombres. Entonces resulta que se engendran mujeres insatisfechas y, de alguna forma, masculinizadas, que pretenden irrumpir en una cultura creada por varones, condicionada por ellos y para ellos, y objetivamente injusta para la mujer. Una política de género propone la absoluta igualdad entre géneros desiguales, lo cual resulta un tremendo desafuero. Y lo triste es que algunos se empeñan en crear una especie de confrontación entre "hombre-mujer"

La diferencia entre hombre y mujer es innegable, también a nivel psíquico y emocional. Claro que las mujeres no pueden ser otra cosa que mujeres (¡qué bobada!), pero sí pueden ser otra cosa que esclavas de los hombres, objetos de deseo, trofeos de los triunfadores y barredoras de sacristías.

La especificidad marcada por la naturaleza es una cosa y otra la "especificidad" de roles asignada por una cultura milenaria. Las religiones no han evolucionado al ritmo de la sociedad civil. La paridad de género avanza gracias a las leyes civiles. Pero plantear siquiera una justa correspondencia con los varones en la mayoría de las religiones del mundo supone cuando menos una utopía, si no una entelequia.

¿Son machistas las religiones? ¿Discriminan todas a las mujeres? ¿Está la mujer sometida en nombre de Dios?

El protagonismo femenino en el ámbito de las religiones oscila entre el infierno de las teocracias, el paraíso de algunas iglesias protestantes que permiten la ordenación de ministras, y el limbo en que se encuentran en la mayoría de las confesiones: sin un rol definido, supeditadas o relegadas a un oscuro tercer plano, cuando no víctimas de violaciones de sus derechos cometidas en nombre de algún dogma.

A pesar de la pluralidad de creencias, ninguna religión es feminista, porque ninguna de ellas ha reconocido a la mujer su libertad individual; y por tanto no ha gozado en ellas de un papel prevalente. No se conoce ninguna religión que no excluya. Las tres religiones monoteístas acaparan la mayor parte de las críticas por discriminación.

Sin embargo, elaborar un baremo de segregación en el comportamiento de cada una de ellas con las mujeres puede resultar arriesgado y temerario. De todas formas, pienso que no resultaría difícil confeccionar un inventario de violaciones de derechos (humanos) de las mujeres.

Lamentablemente, para las mujeres y para todos, en el sector eclesial en concreto es donde la mujer encuentra mayores trabas para su "participación activa", y donde su "igualdad de derechos" respecto al hombre son menos considerados y respetados. No existe rechazo, es cierto, pero tampoco se puede negar que la mujer en la Iglesia ha quedado postergada a "tareas" irrelevantes y secundarias.

Resulta incuestionable que la mujer ha sido y es la "mejor cliente" del clero y la mayor "consumidora" de la religión; y muchas han asumido inconscientemente el papel de "empleadas de hogar" de las parroquias. Ciertos "púlpitos" siguen todavía aferrados a la "letra" paulina; basta con asistir a bodas en ciertas iglesias. Se olvidan del "ya no hay... ni hombre ni mujer"...

La Iglesia ha enjaulado a la mujer en su papel de esposa y madre (y, a ser posible, "virgen"). El "ecce ancilla domini", yo soy la esclava del Señor, es el lema de muchas mujeres en la Institución. Ellas se sienten realizadas como personas y como creyentes. Y ya no van (ni ven) más allá. "Hijas sumisas de la santa madre Iglesia".

Es fácil establecer un parangón entre la equiparación de hombres y mujeres en la sociedad civil y el secular retraso con que avanza la religión. La marginación y sumisión de la mujer es denominador común a todas las religiones.

Tras el establecimiento y la consagración histórica del sistema patriarcal, las mujeres son las grandes derrotadas de la religión porque los hombres han monopolizado el fenómeno religioso y lo han instrumentalizado según el principio de preeminencia dictado por sus propias leyes. Se da por sentado que las religiones no ayudan a la emancipación, porque son una fuerza social radicalmente inerte y conservadora.

En el fondo, el problema estriba en que entre "Dios-padre y la Iglesia-madre" se produce un contubernio que "somete" (de sumisión) y degrada a las personas (en este caso a las mujeres) en sus derechos más genuinos y elementales. Y eso es intolerable; y más, cuando se hace en nombre de Dios.
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