Educación religiosa (5/7) Sus enseñanzas, en su ámbito.


6. Clases ¿de qué religión? Al no ser un estado confesional, para ser equitativo incluso dentro de una tradición católica éste debería poner clases de, al menos, las cinco religiones fundamentales dado que todas las religiones son verdaderas.

Pero, a la par, debería impartirse una de humanismo o racionalidad: el niño podría elegir, después de examinar todas, la que más le conviniere para su vida... o ninguna.

¿Por qué sólo la católica? ¿Imaginan la escuela pública española convertida en “madrassa” universal?

Recapaciten en que, si es por número, actualmente en España alrededor de un 17% de españoles es religioso practicante –no vengan con el cuento del 92,4% de bautizados que en la práctica desdicen-- y el Estado ha de basar muchas de sus decisiones en fuentes estadísticas... Saquen la consecuencia.

7. Acuerdos o convenios con la Santa Sede.

Imponen hasta el nombre: no hay tal Santa ni menos Sede, sino un Estado Vaticano. Tales acuerdos pueden ratificarse o rectificarse y somos muchos los que pedimos lo segundo. ¿La Constitución? ¡Si no viéramos que, en ella, la mayor parte son deseos irrealizables, tergiversables o interpretables: vivienda, trabajo, igualdad social...!. ¿Por qué interpreta la Jerarquía que debe ser enseñanza religiosa precisamente en las escuelas? ¡Claro que el Estado concede libertad para enseñar! Háganlo en sus centros y conventículos.

8. Asunto importante: “la enseñanza religiosa debe incidir en el significado último, en el origen y en el alcance vital de la enseñanza religiosa, no sólo en los hechos culturales propiciados por la misma”.

Precisamente esos tres aspectos son los específicos de una enseñanza catequética y no escolar. Al niño no se le puede marcar para toda su vida con enseñanzas sesgadas sobre el fundamento de su conducta ni menos ir a la contra de las investigaciones psicológicas –léase Piaget-- sobre el desarrollo moral en el niño; ni con datos falseados o tergiversados que los mismos estudiosos de la Biblia echan por tierra o interpretan de otra manera, como es todo el Antiguo Testamento; ni con enseñanzas morales que escapan a la comprensión del niño –“amaos los unos a los otros como yo os he amado” frente a “sé bueno con los demás y los demás lo serán contigo”-- o no le dicen nada –lo mandamientos de la Iglesia, por ejemplo o determinados sacramentos-- o marcan su psiquismo con miedos irracionales –el dolor de atrición, los condenados al infierno—y cosas similares.

Se contradicen cuando afirman: “La Constitución garantiza... que reciban una formación religiosa y moral... que responda a sus convicciones...”

¡Pues claro! El 98% de los padres --incluyo aquí a muchos practicantes--, no están convencidos de tal religión: si los padres lo estuvieran, rezarían en casa todos los días, harían lectura espiritual, acudirían con frecuencia a los sacramentos, por ejemplo, la penitencia, regirían su conducta en el trabajo, en las calles, en el mercado, con Hacienda... según la moralidad católica.

¿Es así? En cuanto salen del reducto sacro, lo que cuenta es la catadura moral de cada uno, no la convicción religiosa. Ésta sólo sirve para algunos ritos, para pensar “en” algo pensando que se piensa, para aquietar la conciencia con una limosna y para expresar deseos.

Ahí termina la “verdadera” religiosidad. ¿Es eso convicción?
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