Elecciones presidenciales divinas (2/2).

II.- EL DEBATE
Pues relatan las ancestrales crónicas apócrifas que, en esta escalada presidencial, Alá partía como favorito.
En su talibanesco mitin invocaba que su dominio sobre los humanos está en alza, contra el menoscabo del dios cristiano que se está cotizando a la baja entre sus adoradores.
Que mucha cantidad, pero poca identidad.
Que los enlaces sindicales jerarcatólicos se encuentran inquietos, quejosos y crispados porque sus ciudadanos del cielo ya no invierten como antes en la vivienda celestial. Ya no desean hipotecar su vida por una parcelita en los cielos.
Que con eso del estricto endurecimiento del “moraluribor”, no les resulta rentable la inversión “cielurbanística”. Y que, por el contrario, el licencioso paraíso islámico se está atiborrando con la entrada masiva de fervientes mártires inmolados por la causa.
Y que hasta incluso las “católicocentrales sindicales del rito” se están quedando vacías, porque muchos sacramentados prefieren rizar el rizo a rezar el rezo...
Y no digamos nada de cómo atacó el candidato Alá al “Sinnombre”. Le juró que nunca “jamás” perdonaría a Israel.
Yavé y Deus, alarmados, reforzaron su antigua alianza contra Alá, como en una renovada cruzada contra el infiel, tachando a sus sumisos ayatolajes de fundamentalistas, homófobos, machistas, radicales, exclusivistas, intolerantes…
“Sinnombre” añadió “¡y terroristas!”
Y Alá contraatacó: ¡¡“Pues mira quiénes hablan!! ¿Es que ya habéis arrinconado la memoria histórica?”...
En fin, que se tiraron recíprocamente los trastos a la cabeza, aunque no lograron destocarse de sus respectivos triángulo avizor, rayos luminosos y turbante talibán.
Incluso, a Deus intentaron meterle el dedo en el ojo sin conseguirlo. Ni siquiera el celestial blanco luminoso con bioalcohol fue capaz de lavar los trapos sucios. Pero no llegó la sangre al Nilo.
Deus, que lógicamente no quería ver malograda su eterna celeste hegemonía presidencial, en su turno de réplica, arguyó que la mengua sacramental de sus fieles no había que considerarla como una crisis de fe, sino una recesión piadosa pasajera.
Que él garantizaba los valores morales sagrados con su “palabra infalible”, no con la mentira como otros.
Por eso, era el “dios verdadero” y debía renovar su presidencia celestial. Y que su vicario en la tierra y sus ministros ya se encargaban de dejar las cosas atadas y bien atadas con los dogmas, depurando a los rebeldes; “de modo que ninguna oveja descarríe y así se puedan poblar abundantemente las mansiones celestiales cuando remonte la actual tasa de inflación y desaparezcan los ambiciosos especuladores cielurbanísticos.”
Algo así como adjudicar mansiones celestiales de protección oficial, que para eso están los periodos electorales. Incluso, hábil demagogo, había anunciado como golpe de efecto la resurrección de los muertos. Prometió “el oro”; pero no “el moro” para que Alá no le acusara de xenofobia.
Y continúan las vetustos relatos apócrifos que en este rifirrafe dialéctico, no se percataron de que había hecho acto de presencia otro personaje, ¿diosa?, engreída, sarcásticamente sonriente, vehemente, si bien no pendenciera. Le preguntaron por su nombre.
No la habían reconocido. Tan endiosados estaban. La dama se disculpó:
¿Qué hacéis ahí mirando al cielo como el ombligo del universo? Tranquilos. Yo no soy divina. Soy rabiosamente humana. Aunque, tiempo ha, me endiosaron. ¡Extravagancia de los humanos que sacralizan hasta las vacas! Me nombran, simplemente, Razón”.
Ante tal sincero testimonio, los dioses se encresparon: “¡¡Tú eres la madre del laicismo!! ¡Tú proclamaste nuestra muerte, la muerte de dios!
Sin perder su compostura, la sabia dama matizó:
“Yo diría que más bien soy la madre del Humanismo. El laicismo existe porque existe la creencia. Como existe la pobreza como efecto la riqueza. Y os diré que yo también me siento defraudada de los humanos. La credulidad, el sentimiento y el sentimentalismo me han inhabilitado. Ya escasean las mentes lúcidas. Y no temáis a la muerte: ni deicidios ni parricidios. Los dioses sois invención de los humanos. Y para vuestro infortunio, os han creado inmortales…
El parlamento celeste se convirtió en un entrecruce de interrogativas miradas de desconcierto y confusión…
Y Razón, sorprendida de sí misma, apostilló: “¿Y yo qué hago aquí departiendo con vosotros?”