Enseñanza religiosa (2/7) Por qué no.


Pero añadamos para confirmar nuestra negativa a que la religión se enseñe en las escuelas, datos referidos a lo que la creencia genera:
• la religión induce y se nutre de la magia, como lo es rezar para que el familiar enfermo se cure;

• propicia esoterismo cultural y exoterismo doctrinal;

• dejación de la voluntad propia y de la responsabilidad en manos de Dios, administrado, eso sí, por eclesiásticos interesados y lógicamente sectarios;

• secuestro de las conciencias con doctrinas que no dejan de ser mitos fruto de la rapiña sobre religiones precedentes y prácticas exigidas por un lavado de cerebro masivo y secular.


Añadamos también la degeneración en que caen muchos beatos de misa diaria:
• ritos sin sentido,
• procesiones degradantes,
• actos increíbles,
• cultos bochornosos a santos a la medida de los problemas que aquejan a cualquier desvalido mental
• confianza mágica en reliquias de lo más variopinto,
• exhibición de vírgenes mitogénicas con nombres cuando menos chuscos, léase Virgen de la Zarza, Virgen de la Buena Leche... y cosas por el estilo.

¿No hay que proteger al pueblo con información, cultura y leyes contra prácticas que degradan a la persona?

Sería largo y tedioso hacer relación de los restos del naufragio, es decir, del sedimento crédulo que se ve entre fieles septuagenarios cuyo pasado fue inmersión total en el catolicismo y del que queda nada más el cadencioso desgranar de avemarías rosarieras, el beso al Cristo de la Buena Muerte, la encomienda lacerada a la Virgen de los Desamparados o el óbolo a San Judas.

Estudiaron religión en la escuela, siguieron cursos de cristiandad, rezaban el rosario en familia, iban a misa casi a diario... y hoy en lo que confían es en que pretendidos santos como Teresita, Damián, el beato Tarín o Monseñor García Lahiguera curen sus dolencias seniles.

¿En qué ha parado toda la enseñanza religiosa de antaño? En la búsqueda de un consuelo psicológico de baratillo, en idolatrías larvadas o explícitas, en un modo de llenar el tiempo, en un sucedáneo de vida social, en un dejarse acariciar el cuello por el sacerdote dicharachero de turno. Esa es la religiosidad imperante en la senecta prole eclesial española, cuya media de edad llega casi a la “edad media”.

Añadan algo más lacerante: la desbandada de sus propios pastores en las tres últimas décadas, indicativa del nivel de satisfacción, credibilidad y convicción en que vivían. Y eran de los suyos. Los que quedan aplican bien el Evangelio: “Para cavar no sirvo...”.

No vamos a entrar en el caliginoso mundo de las sectas que han proliferado en la Iglesia que ellos denominan órdenes o congregaciones, acaparadoras a lo largo de siglos de un inmenso patrimonio inmobiliario, no fruto de su trabajo sino de la extorsión a los fieles bajo capa de “ayudar a la Iglesia en sus necesidades”, que bajo mandamiento eclesial imponián en otros tiempos “entregar diezmos y primicias a la Iglesia de Dios”.

Lo negarán, claro está, pero éste es “sensus pópuli”.
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