España no sabe dónde está. 1.


No, no nos referimos ahora al evidente embrollo socio político que parece no tener conclusión ni vamos a entrar a considerar el pantanal en que los políticos han llevado al país con el sano propósito –para ellos— de que engorde su ego a la par que lo hace su peculio. Estamos en un blog que teoriza sobre cuestiones religiosas. Por lo tanto el título responde a la situación de España dentro del imperio más grande donde las religiones se mueven o campan por sus respetos.

Si atendemos al amplio espectro de hechos (la sociedad y la política) y doctrina (entre ellas, la Constitución) España todavía no ha encontrado un lugar que pueda decirse cómodo donde reposar sus monárquicas posaderas.

Si nos referimos a extremos extremistas, por descontado que en España no se persigue “oficialmente” a la religión, nadie pretende raerla por la fuerza, a nadie se va a linchar por ser crédulo o creyente, no es un país ateo en el sentido que lo han sido y lo son los comunistas. Y tampoco lo contrario, no es un país teocrático donde los ateos sean izados por el cuello en grúas o sean descuartizados por discutir sobre una sura.

Tampoco la sociedad en general, descontados algunos exaltados, pretende que los actos religiosos queden reducidos a la esfera privada y al silencio social, que es lo que dicen que postulan los laicistas. Pero, en el polo opuesto, tampoco es un estado confesional. Al menos así lo dice la Constitución (16.3. “Ninguna religión tendrá carácter estatal”).

¿Qué no es confesional? Los hechos parecen afirmar lo contrario. La misma Constitución concede a la Católica el rango de privilegiada, por el hecho de que una muy inmensa mayoría se declara bautizado. Copiamos: “Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones”. Este añadido de “las demás confesiones” parece un leve retracto para que no parezca lo que esta declaración realmente parece.

Quizá hace cuarenta años la situación de España imponía aserciones constitucionales como ésta, ¿pero hoy? Según dicen los sociólogos España es hoy una de las sociedades más secularizadas de Europa. Y aquí radican las contradicciones que nos llevan a decir que España no sabe dónde se encuentra.

Unos dirigentes políticos, al inicio de su actividad, juran su cargo ante un crucifijo; otros los postergan. Las exequias, especialmente las de mayor categoría administrativa o lacrimógena, tienen su ámbito de celebración en el templo, actos que implican el seguidismo de ritos y afirmaciones dogmática que a muchos disgustan y con los cuales no “comulgan”. Los anteriores jefes de Estado, en la visita al jefe del Estado Vaticano, ¡Santa Sede!, se han postrado ante él y besado su anillo.

En otro orden de cosas, las que hacen relación a “las de comer”, la Iglesia Católica ha sido prebendada hasta límites hoy considerados excesivos. Recordemos los acuerdos con la Santa Sede de 1979: privilegios fiscales, económicos, educativos, culturales, sanitarios, patrimoniales, incluso militares. No es menester rellenar los enunciados anteriores.

Y consecuente con el desarrollo del artículo 16 de la Constitución, el Estado ha estatuido que la religión Católica tenga más de 15 mil profesores pagados por él, profesores que no siguen el procedimiento normal de selección: son elegidos y nombrados por las autoridades religiosas; la Iglesia, por otra parte, recibe una sustanciosa financiación, primero por la asignación que los fieles apuntan en su declaración y luego por el complemento al déficit que sus presupuestos revelan. Habiendo disminuido de forma palmaria la cantidad de sus miembros rectores, la Iglesia recibió este año 251 millones de euros suplementarios, con lo cual, según leo, su presupuesto global llega la no desdeñable cantidad de 11.000 millones. ¿Pero no se comprometió la Iglesia Católica en 1979 a auto financiarse?

No nos vamos a extender en otras sinecuras como la franquicia del 95% en todas sus actividades económicas, las exenciones fiscales en el IBI, otras exenciones de impuestos, etc. etc.

Aquello de “las demás confesiones” queda en el limbo de las atenciones estatales. En febrero de 1990 se firmaron acuerdos con la confesión protestante (unos 300.000) y con los judíos (alrededor de 15.000). Bagatelas testimoniales. De esas confesiones religiosas no conocemos el nivel de cumplimiento, que sería lo que debiera importar. En el caso de la religión católica los datos son claros: la adscripción activa y el seguidismo han caído en los últimos 40 años casi a niveles testimoniales.

Titularse protestante, judío o católico no debiera conllevar beneficio alguno, lo mismo que decirse madridista o barcelonista no exime de hacer la declaración de hacienda. Otra cosa es la adscripción activa a tal o cual religión, erigir edificios para sus actos religiosos y tener una burocracia que sustente su organización, hechos que sí inciden en el compromiso con el sostenimiento del Estado.

Pero a lo que venimos: ¿qué es España con relación a las confesiones religiosas, especialmente a una de ellas que ostenta la supremacía? O en otro orden de cosas, ¿tiene el Estado alguna obligación con aquellos que se agrupan unidos y uncidos por determinadas creencias? Desde el punto de vista de quienes las siguen no hay duda, el Estado debe sostenerlos. Ahora bien, el fundamento de tal obligación no se sabe cuál es, aunque esgriman que la religión es “la verdad espiritual”, el “sostén de la moralidad”, “la argamasa de la sociedad” y soflamas similares.

Tales imperativos no se pueden sostener hoy: la sociedad ha cambiado en criterios y apreciaciones. La Iglesia se percibe como otra sociedad más; no se ven con buenos ojos los privilegios de que goza; sus verdades dogmáticas ni son creídas por la mayoría ni incitan a prácticas de culto; sus criterios morales son cada vez más discutidos; su influjo en el comportamiento social es prácticamente nulo; los dicterios homiléticos de sus más altos jerarcas son al punto contestados; los festejos religiosos más son folklore que otra cosa; políticos obligados por el cargo a asistir a determinados actos no saben cómo seguir los ritos ni cómo contestar; sus lugares de culto, iglesias, catedrales, conventos, han devenido en negocio y fuente de ingresos...

¿Dónde se encuentra España? ¿Qué procede a la vista de lo que sucede?
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