El hombre moderno, sobre todo el de los jóvenes, puede
“pasar sin lo religioso” . No porque no le acucien las preguntas “de siempre”, sino porque encuentra las respuestas por sí mismo en la inmanencia de su pletórica racionalidad y con los instrumentos que una cultura plural le ofrece.
La necesidad de asociación y que en otros tiempos satisfacía plenamente la vivencia religiosa común, hoy el hombre la encuentra en multitud de campos que se han ido retirando del vehículo crédulo.
La mentalidad anti-mágica ha ido empujando fuera del mundo real a la trascendencia divina hasta hacerla desaparecer del horizonte del pensamiento, del mismo modo que los diversos sectores institucionales de los estados modernos han ido desprendiéndose de referencias religiosas.
La religión comienza a ser
un producto cultural más, espectáculo, lugar de retiro, objeto de mercado, como pueda ser el alquiler de una silla para “ver” las procesiones de Semana Santa o admirar la Capilla del Condestable en la catedral de Burgos.
Entrar en una catedral ya no es sinónimo de rezo o meditación, porque el “
locus iste a Deo factus est” del visionario Jacob se ha convertido en “
locus admirabilis” del visionador turista que goza de lo que admira.