¡Milagro!


Un milagro, asépticamente, es un hecho admirable que transgrede o supera las normas de la naturaleza. Para el vulgo crédulo sirve la misma definición aunque haciendo intervenir a algún dios o a algún santo apropiado a la situación.

De tan gastado como está el término, en el habla normal ha degenerado en expresión tópica que se puede emplear lo mismo para un roto que para un descosido. Curiosamente, la acepción milagro casi siempre tiene que ver con algo que afecta o está relacionado con la salud. Lo de mover montañas --y mira que ahora para el AVE no vendría nada mal-- se dejó de lado.

“Se han salvado de milagro”
“No le han atropellado de milagro”
“Fue un milagro que no tomara ese tren”
“No le ha pillado el atasco de milagro”
“Esto no se explica sino por un milagro”.
“¡Milagro de Dios!”


Tan gratuito es presuponer la acción divina en un hecho fortuito como apelar al destino que los horóscopos predicen. Dentro de una credulidad ya cosificada, esclerótica y fijada en moldes rituales, ésta pierde puntos por culpa de ritos que quieren encerrar la magia en moldes excesivamente estrechos que pudieran dar satisfacción al inefable sentir mágico del vulgo. Ningún rito cultual, por más misterioso o mistérico que se presente –v.g. la misa-- puede dar explicación o satisfacción al presentimiento, a la corazonada, a ese entrever lo que no se acierta a ver.

Desde luego que la Organización Religiosa no es proclive a aceptar el hecho milagroso, precisamente porque escapa a su control y a las leyes que ella establece. Y también es sintomático que de todas las religiones, sólo la Católica “santifica”, sacraliza, exalta o exige como condición para santificar algo el hecho milagroso que lo acompañe.

¿Qué condicionantes tiene la religión vaticana que no cumplan las demás? Si tales existen,tales religiones excluídas del pandemonium milagrero deberían hacer cursillos o retiros espirituales en Roma para empaparse del cómo, cuándo y porqué de los milagros.

Por otra parte, hay una tendencia no se sabe de qué enjundia a endosar al hombre los hechos nefastos y a atribuir a Dios los benéficos y “milagrosos”. Determinadas cosas buenas hasta se las llega a calificar de milagrosas en tanto que las malas no tienen sino explicación natural, las más de las veces humana, cuando la tienen.

Sucede lo mismo que con el lenguaje: el dinero es un bien codiciado, de ahí que se hable de “Real Casa de la Moneda”; en cambio el saldo negativo se endosa a la “Deuda Nacional”. La misma trampa hace la religión. Es un uso artero del lenguaje, que le religión sabe explotar a las mil maravillas.

En el Pilar de Zaragoza se exponen una bombas que no explotaron... ¡Milagro de la Virgen del Pilar! ¿Y las que sí explotaron reventando casas y matando a hijos de Dios? En el Sacré Coeur de Montmartre, en París, se puede ver una placa rememorando el hecho “milagroso” de que una serie de bombas “aliadas” arrojadas en 1944 habían respetado el templo. Sin embargo los barrios vecinos fueron arrasados por los incendios provocados. ¿Milagro? ¿Designio de Dios? ¡Pues es como para renegar de semejante protector!

Queda clara nuestra idea de por qué, primero, se admiten ciertos hechos como milagrosos, sin buscar explicaciones más racionales o suspender el juicio por no tener explicación a mano; segundo, por qué estos hechos milagrosos provienen del Dios providente que busca el bien de sus criaturas... y sin embargo una catástrofe natural que entierra una aldea y a sus fieles habitantes, un maremoto que barre casas, bienes y personas, un accidente de tráfico causado por “el otro”, todos estos hechos, decimos, no se endosan al mismo dios providente.

El nombre para dichos hechos catastróficos también sería el de “milagro” por la “suerte” que han tenido esas personas de poder acceder rápidamente al reino de los cielos y los otros quedarse a dos velas esperando el santo advenimiento. ¿No les parece?

Uno no puede por menos de admirarse de la estupidez que corroe determinadas afirmaciones que hacen relación al asunto “milagro” como hecho divino. Porque ejemplo que sea hoy, 8 – 8 – 8, cuando esto escribo. ¡Milagro!
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