Dice el creyente que no existe contradicción entre la religión ritualizada y la religión interiorizada, o, en palabras de uno de los suyos, entre la religión ontológico-cultualista y la ético-profética.
Dice que dentro del rito se realiza la vivencia, que sólo en la práctica cultual se puede encontrar la promesa, el anuncio del Reino, que sin tales ritos no hay concreción del sentimiento...
Podría ser cierto en algunos casos, en casos muy escogidos, pero no suele ser lo común.
El creyente “rezador” y “asistente” se limita, por una parte, a repetir machaconamente palabras una y otra vez oídas y repetidas y, por otra, a asistir a actos cultuales en los que “se le espera”.
El creyente “meditador” desarrolla un grado más subido de perversión: acrecienta los actos cultuales con un revolver en palabras que no tienen traducción alguna en los actos de cada día.
Seguirá siendo un resentido si ya lo era, seguirá protestando por todo si antes ya lo hacía, seguirá desarrollando hábitos de actuación según el estímulo ambiental que reciba y seguirá siendo “buena persona” si ya desde niño ha ido fortaleciendo, reforzando, una conducta reactiva de bondad.
La creencia se disuelve y se agota en palabras y meditaciones de palabras; se ilusiona cuando en algún nuevo libro, sermón o tríptico volandero alguien le lleva a “descubrir” un novísimo y arcano sentido en las palabras bíblicas una y otra vez consideradas y reconsideradas.
Pero fuera del carácter psicológico de cada individuo, la religión ritualista o espiritualista poca efectividad real tiene.