Curioso resulta comprobar cómo la creencia salva en distintas épocas a distintas personas de distintos males. Es la primera que salva.
Primero la religión libraba al hombre de los poderes maléficos de la naturaleza; luego de los poderes imaginarios de númenes inconcretos; ahora del poder aterrador que produce la insatisfacción del propio yo.
Añádanse en cada caso todos los elementos provocadores de los miedos. Hoy abundan la inseguridad, las fobias, el temor a un futuro incierto, a un accidente, el miedo a la soledad, la incomprensión, la posible carencia de medios de vida, la enfermedad incurable...
Para todo encuentra el crédulo remedio o bálsamo en la religión. ¿La medicina sacra? Al alcance de todos: oración y fe.
¡Cuánto más lograría la persona con
reflexión y fuerza de voluntad, con
búsqueda de causas y remedios, con
temple y audacia para encarar el futuro!
O al menos buscar el remedio en aquellos que “realmente” pueden darlo.