Semana que termina: ¿santa o qué?

Estamos en el día "mejor" de la Semana Santa, que bien podría reescribirse como "desbandada sana", tanto para la gente creyente y crédula, que hoy hace resucitar a su dios, como para la gente normal, que ha gozado tanto del asueto como del folklore religioso.
Lo que el pueblo, a lo largo de la historia, ha entresacado de todo el trasfondo teológico subyacente, lo ha convertido en folklore donde el sentimentalismo rezuma hasta hacerse procesión, lágrimas, quejíos, latigazos, crucifixiones, teatro popular dentro de, a fin de cuentas,
otro teatro.
Los templos han reventado y han generado este monstruo pretendidamente enraizado en la cultura popular, aprovechado por algún Jerarca del Viejo Régimen para reivindicar lo sacro dentro de la sociedad. Muchos son ya lo que ven tal desmadre de lo sacro colonizando las calles como una derrota de la racionalidad en que se asienta la convivencia social. Y muchos, dentro de la misma creencia, ven con ojos dubitativos la deriva del barco de esa supuesta fe popular.
Así los hay que acompañan a cristos "renegríos" por las calles de la ciudad sin el más mínimo complejo y otros que no traspasan el dintel del templo un tanto avergonzados de lo que se avecina.
Para no ser mal entendidos o ser tachados de anticlericales furibundos, insistimos en lo que ellos mismos enseñan respecto a la vivencia de la fe. Lo que predican es claro: el propósito del rito es hacer patente y manifestar la fe, hacer presente el pasado y reafirmar lo que se cree; en modo alguno se puede hablar de celebraciones lúdicas ni teatrales; es una vivencia íntima y personal, fundada en el conocimiento de una fe teológica o pastoralmente hecha propia, humana y pretendidamente seria.
¿Real, seria y verdaderamente se da esto en procesiones tras un Cristo monumental, formaciones de alabarderos, damas impolutas de negro vela en ristre, sayones encapuchados, ministriles de trompeta y atabales, gente del común teléfono-máquina-de-fotos como anteojera...? Lo dudo: fiesta y espectáculo, nada más.
Otra cosa, en la que no entramos, son los sentimientos que embarguen al costalero que se siente parte necesaria de un espectáculo o la magia colectiva que contagia, algo que es objeto de fácil interpretación por la psicología social pero que poco tiene que ver con la fe religiosa. ¿O también eso es fe religiosa sana?
(Copiamos de nuevo lo escrito hace unos días)
Sólo quien provenga de un país “no contaminado” culturalmente por la creencia o consiga mantener la mente en blanco, puede entender y mensurar en su justa medida el grandioso espectáculo, quizá monumental extravagancia, que representan para una sociedad moderna tantos desfiles en tantos pueblos y ciudades católicas, especialmente España y particularmente en Semana Santa:
• recuas de centenares de personajes ridículamente embutidos en blusones y cubierta la cabeza con cucuruchos;
• báculos de plata con su cansino golpeteo en los adoquines ciudadanos;
• cien horas ininterrumpidas de “tamboreo”;
• horas y horas soportando treinta o cuarenta kilos llevando en andas una pieza de museo;
• cadenas arrastradas por pies descalzos;
• contemplación, entre turística y compasiva, del mísero o infelice de turno lacerándose los dorsales a zurriagazos...
• disfraces de lo más variopinto donde Judas se mezcla con el demonio y hasta los Reyes Magos resucitan para unirse en barahúnda con los Apóstoles...
Y todo ello iluminado por las centellas de los flashes que no dejan escapar al reino de lo olvidable lo que de por sí les resultará inolvidable.
Si esto no es degradación, no se entiende qué más puede hacer el hombre para sentirse alguna vez abochornado por dejarse utilizar o participar en actos tales.
Díganme si no es cierto lo que decimos: no es de recibo pensar que son necesarias tales expresiones para hacerse perdonar los pecados, lavar el sentimiento de culpa o sustentar un credo; o que en esos actos comunitarios existe el más mínimo sentido teológico serio, cuya “necesidad” ha traspasado los límites del “no retorno”.
Pues si de expresar públicamente la necesidad de perdón, si de descargar el sentimiento de culpa se trata, ¿alguien se imagina una magia ritual similar trasvasada a la catarsis de agrupaciones de ex-alcohólicos, a la recuperación de una enfermedad, a la penitencia carcelaria, a los juzgados, a los accidentes laborales... adornándolo todo, es un decir, con procesiones, efusión de pétalos de flores, cánticos, manifestaciones de conmiseración lacrimógena, expresión versificada de deseos y similares?
El sentido del ridículo es como la mentira: cuanto más grande, más creíble. Todo se ha sacado de quicio. Y lo que está sucediendo ahora en España es el mayor monumento al ridículo, por más que pretendan enmascararlo, unos como manifestación de fe, otros como expresión de lo que de más humano hay en el hombre: la compasión, el sentido del dolor, la pena por la “madre dolorosa”...
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¿Saben por qué todo esto rezuma mistificación sentimentaloide --el dolor, la madre, etc-- y no teología o verdadera creencia? Porque el mayor misterio cristiano es la Resurrección: ésa es la fiesta mayor y el fin de tanto drama. ¿Se celebra la resurrección de una manera cóngrua?¿Hay ritual similar con procesiones multitudinarias para celebrarlo?
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