Son absurdas, sí, pero generan sentimientos de culpa.


Los funcionarios del rezo avisan de cuándo es abstinencia y cuándo ayuno: el crédulo que coma carne un viernes de cuaresma, sentirá la desazón de no haber cumplido con una norma. Da igual el porqué.

La Semana Santa parecerá vacía si no asiste a los "oficios" del Jueves Santo y Viernes Santo: toda “mi” vida ha sido así, no puedo cambiar “a estas alturas de la vida”.

Cuando observamos toda la parafernalia ritualista en las prácticas islámicas --lavarse, descalzarse, inclinarse y postrarse, alzar las manos, etc-- nos invade la misma perplejidad que nace de un etéreo porqué.

Encontramos con demasiada frecuencia reglas morales y prácticas piadosas, absurdas las unas, indiferentes para la vida moral las otras, que se mantienen porque son pervivencia de sistemas rituales, sociológicos o teológicos, más que obsoletos.

¿Por qué la obligación de comulgar y confesar “por lo menos” una vez al año? ¿No sería lo mismo una vez al mes, una vez al lustro o una vez en la vida? ¿Por qué la obligación de "oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar"? ¿No sería más vivificante todos los días? ¿O una vez al mes? ¿O cuando lo pidiese el cuerpo?

Lo que subsiste de tales reglas no es tanto el contenido moral de las mismas cuanto el imperativo de donde proceden: basta con que lo mande “La Iglesia” para tener que obedecer.

Sólo el ensanchamiento de la reflexión, que se expande por la propia vida y por el entramado social, será capaz de acentuar no tanto la normativa cuanto el predominio del espíritu y la razón.

¿Serían capaces los crédulos de obrar en consecuencia tras caer en la cuenta de la verdad que se encierra en esa reflexión?

¿Serían capaces de reaccionar a doctrinas cosificadas que ya no representan nada en la vida y que sería indiferente su eliminación o no?

Sólo la duda ya lleva al pesimismo. Hay muchas personas que sentirían que les falta algo en su quehacer diario si prescinden de tales anzuelos mentales.
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