El adoctrinamiento, antítesis del conocimiento.
El mayor valor del choque cultural estriba en la posibilidad de estimular una actitud crítica. La crítica es pecado para la credulidad normada, y como tal, provoca conciencia de culpa.
¿Culpa por dudar? ¿Culpa por poner algo en entredicho? La doctrina, cualquiera, siempre debe generar “verdad”, pero, si proviene de la creencia, es la mayor suplantación de la verdad, porque no sólo no da versión de la verdad sino que pretende imponer otra distinta.
No hay estímulo en la búsqueda de la verdad ni puede haberlo. Todo es pre-cocinado, más aún, digerido, para que el creyente sólo dedique sus energías a engordar.
De ahí que tengamos que decir que "anonadado" es derivación de "adoctrinado".
Ante la envergadura de “las verdades” de la fe, el creyente, ya predispuesto por la pequeñez a la que le ha reducido el adoctrinamiento previo, se siente anonadado y se entrega, como si de un salto ciego al precipicio de la beatitud se tratara, al piélago del nuevo círculo mágico. Las iglesias, los credos, no pueden admitir sentido crítico alguno que ponga en duda ese salto a ciegas y por lo tanto no lo toleran. Está en juego su supervivencia. Menos, como es lógico, estimularán el sentido crítico previo. Lo alentarán, sí, dentro de la misma creencia, para animar al fiel a buscar más, para que sea él quien complete el conocimiento de su fe, para que siga dando vueltas a la noria, al círculo del que no debe salir. El aliciente que esgrimen es una mayor identidad con la Verdad, con mayúscula.