Algunos ateos pervertidos del pasado.


Dicen los apologistas cristianos que ya sabios hubo en la antigüedad que, con sus escritos, “prefiguraron” a Cristo y anticiparon su venida.

Bien es verdad, asimismo, que por idénticas razones --la "regla de tres" de creer lo que se crea-- podríamos decir que la mayor parte de ellos lo negaron con su silencio profético.

Más segura y cierta es la otra verdad relacionada con los escritos antiguos, a saber, que debido a la intolerancia religiosa no podremos llegar a conocer lo que muchísimos de estos “sabios” dijeron, ni cuáles fueron sus convicciones íntimas ni casi enterarnos de lo que escribieron. El filtro de los fundamentalistas cristianos de los primeros siglos legales fue tupido y riguroso. Falta mucho por investigar con relación a la "destrucción del mundo antiguo a manos del cristianismo" (ver la SERIE DE ARTÍCULOS que aquí se publicaron)

El prófugo del furor religioso –siendo él persona creyente— Renè Descartes definió bien la situación cuando tal furor explotó: “El que se ocultó bien, vivió bien”.

Nos fijamos en tres pensadores de gran éxito literario en su tiempo: Pierre Bayle, Tomás de Aquino y Voltaire. Pierre Bayle fue uno de esos que supieron “ocultarse bien”. Escribe verdades como puños, aunque al final ensalce la fe que vence todo eso.

Pierre Bayle con un estilo a veces irreverente y satírico hizo pensar a muchos de su tiempo en la estulticia de una fe acrítica; analizando profundamente la Biblia, demostró cómo David, el supuesto salmista, no era sino un bandolero sin escrúpulos; enseñó lo absurdo que era creer que la fe religiosa hace a la gente comportarse mejor y viceversa.

He llegado a pensar con seriedad en Tomás de Aquino si no le sucedió un tanto de lo mismo: son admirables los enunciados que aparecen en la Summa Theologica, cuando comienza diciendo “Videtur quod...” Ese “videtur” se refiere a los que contradicen las verdades teológicas: para vencer al enemigo, primero hay que conocerlo. Y Tomás parece conocer bien ¿al enemigo? Expone y luego rebate, primero por argumento de autoridad y luego por razonamiento.

¿Qué es más importante, esa primera parte, la expositiva de verdades heréticas, o la segunda, donde rebate todo eso? Si nos fijáramos en la primera, diríamos que Tomás de Aquino podría pasar por ser un detractor del credo... Pero “ellos” prefieren ver al teólogo, al apologeta... Pues vale. Al final de su vida toda su obra le pareció basura (¿porque había trascendido al estado místico o porque realmente lo era?)

Hablan de Voltaire como si fuera un descreído y un corruptor de gente piadosa. Es cierto a medias, porque también abundaron sus gestos piadosos. Contribuyó de manera decisiva a ridiculizar la religiosidad imperante en su tiempo poniendo en la picota a tanto clérigo apoltronado y tantas doctrinas perversas. Eso sí, también temió las iras de sus convecinos fundametalistas. Él mismo recuerda en sus obras a un cliente suyo, Jean Calas, al que deshicieron en la rueda de la tortura, molieron a mazazos y luego colgaron, por la terrible “ofensa” de tratar de convertir al protestantismo a alguien de su familia. ¿Quién era peor?

Voltaire conoció el interior de La Bastilla y después de esa experiencia, a pesar del respeto de que gozaba y de su condición de aristócrata, no las tenía todas consigo.

Otro creyente “convencido” pero demoledor para ciertas formas racionales de creer (creer por argumentos, creer por las Cinco Vías de Tomás de Aquino), fue Inmanuel Kant. Por más filósofo que fuera, no dejó de caer en puerilidades científicas propias del tiempo: planetas habitados, sus poblaciones son mejores cuanto más lejos de nosotros estuvieran... Eso sí, lo que queda de él son los mazazos que propinó a las teorías demostrativas de Dios de su tiempo. Sintéticamente:
--argumento del diseño: a lo que se llega es, como mucho, a postular un arquitecto.
--argumento cosmológico (de lo contingente a lo necesario, del yo al otro): se refuta lo mismo que el argumento ontológico
--argumento ontológico (idea de Dios, existencia de dios): no es admisible el paso de una idea a una realidad; el sustantivo no implica necesariamente el predicado...

Este argumento, formulado por Anselmo de Cantérbury, de gran efecto imaginativo, lo refuta Penélope Lively en su novela Moon Tigre. Dice la niña Lisa:

--¿Existen los dragones?
-- No, no existen.
-- ¿Han existido alguna vez?
-- Las evidencias apuntan a lo contrario.
-- Pero si existe una palabra que es “dragón”, entonces deben de haber existido dragones alguna vez.


Más o menos San Anselmo y Kant discutiendo.
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