Sobre el consuelo de ser declarado santo.

Leemos que van a canonizar a una nueva recua de masacrados durante la Guerra Incivil Española.

¡Eran cristianos convencidos de tener un Padre amoroso!. No habían pensado antes que tal cosa podría suceder; vivían “alegres y confiados”. No conocían pasados truculentos, los reales de la historia, más que por los cuentos dominicales.

Sólo cuando comenzaron a sufrir más allá de lo soportable, sólo cuando observaron con sus propios ojos la tremenda injusticia de la Justicia con mayúscula, dieron el paso vital de renegar también vitalmente. He de referirme a frases que se citan en boca de judíos que caminaban hacia una muerte segura, sabiéndolo.

¡Qué fácil es predicar que los designios de Dios son inescrutables y que Dios escribe recto con renglones torcidos! Era bueno cuando se aplicaba a los demás.

Eso sólo lo decían y lo dicen, referido siempre a los demás, quienes han sufrido el éxito, quienes se encuentran a salvo para tratar de justificar todo, quienes reciben el parabién de ver su obra recompensada con miles de prosélitos, con premios Nobel de la Paz y con la seguridad de que su memoria quedará para siempre recogida con un “san” por delante.

¿Pero el saber que uno va a ser un mártir sin nombre, un mártir para nada? ¿O incluso un mártir hereje porque los asesinos son “fieles convencidos”?

¿De qué sirve ser mártir si nadie lo va a reconocer? ¿Quién puede saber el nombre, la condición, la vida y hechos de los que vivían hermanados en Beziers sin conocer los herejes vecinos? ¿Quién desentierra las cenizas y escudriña el ADN en las fosas de Auschwitz? ¿Quién reconoce las buenas acciones de los hutus o tutsis cristianos? ¿Quién tiene siquiera una gota de tinta para el esqueleto número “ochocientos veinticinco mil cuatro”?

¿Dios? ¡Pues sí que le importa mucho al que así murió! ¡Otro cuento más!
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