El poder político puede tolerar –respetar se dice— las prácticas religiosas con ciertas salvedades: que éstas no incidan en la organización de la vida social, no se inmiscuyan en asuntos ajenos a la creencia y se realicen en cotos cerrados.
Saben las organizaciones crédulas que esto conllevaría a medio o largo plazo su muerte por inanición y por eso tiñen con savia folklórica cualquier manifestación religiosa para así inundar las calles.
Siempre habrá algún integrista entre “los suyos” que clame contra esta profanación y mixtificación de “lo santo”, pues lo es.
No se da cuenta este papanatas de que, sin eso, gran parte de su poder efectivo y de su penetración social se evaporan.