Cual si de una declaración de principios se tratara: humanos sin credos.
"Apertura mental", "uso del sentido común", "utilización de nuestras capacidades racionales"... Lemas todos para el frontispicio del edificio de la vida o contraseña para acceder al reino de los humanos. Apertura que supone la aceptación de cuanto racional se nos presente.
Nos decimos "limpios de credos" y lógicamente nos referimos a los credos irracionales, fuera de todo sentido (común), sean del tipo que sean (religiosos, políticos, raciales...). Que, por otra parte, somos creyentes, desde luego. Creemos en muchas cosas sin tener la plena certeza de ellas, porque sin la confianza del creer no se puede vivir ni pensar ni habitar el mundo. Creyentes pero con una “leve” diferencia respecto a los así llamados "creyentes", que no erigimos tales creencias en fe (creer lo que no vimos o, según "Hebreos", "garantía de las cosas que se esperan, prueba de lo que no se ve", que todavía es peor: la fe que crea las cosas objeto de creencia).
Vivimos y nos regimos por principios, sí, pero tales principios no son ningún catecismo, en el sentido estricto que éste tiene.
Acatamos, practicamos y tenemos nuestra escala de valores [el primero, desde luego, la defensa de la vida], pero eso no es ninguna fe que lleve a construir mundos irreales ni fabricar "cultos a la vida". Los creyentes en la vida eterna se decian a fabricar vidas temporales sin sentido de la realidad.
Aunque veamos a la razón y la ciencia, con sus derivados técnicos, como elementos necesarios y guía de la vida, no por ello confiamos en exclusiva en sus dictados: son elementos necesarios, sí, pero no suficientes. Hay otros estímulos también humanos que mueven a los hombres, pero ninguno deriva en mundos de ilusión, en creaciones supranaturales, en vivencias místicas ni en proclamación o aclamación de santidades.
Discreparemos entre nosotros de muchas cosas, pero siempre respetaremos la búsqueda libre de la verdad. Y tratamos de cultivar esa actitud abierta de que hablábamos al principio hacia personas, ideas y situaciones valorando las cosas --pensamientos, juicios, situaciones, proyectos-- por lo que valen en sí, no tanto por quien las transmite.
Tendremos nuestras propias convicciones, cierto, pero jamás esto nos llevará al dogmatismo, a decir que nuestra verdad es la verdad, procurando extraer la verdad del contrario para incrementar nuestra verdad.
Consecuentes con estos principios no excomulgaremos o excluiremos del mundo de los pensantes ni de los vivos a aquellos que siguen vías encontradas a nosotros o irracionales: la resolución de los conflictos tendrá que venir por la vía de la evidencia y del razonamiento, si es consensuado mejor, pero no por el ostracismo o la defenestración.
¿Dirán que estos principios prescinden de lo arcano, de lo misterioso, de lo abscóndito, de la ensoñación... algo inherente a la condición humana? ¡Ni mucho menos!
Quizá esta actitud vital sea más proclive que la suya al descubrimiento de lo maravilloso, lo misterioso, lo sobrecogedor, lo inefable. Ahí está el arte en toda su dimensión, sea pintura, escultura, relieve, arquitectura... para extasiarnos con mundos vistos de otra manera; ahí está otra creación humana, la música para convivir con otras formas de sentir la vida; y ahí está la contemplación y el goce de la misma naturaleza, que procura el mayor acervo para la sana y verdadera sensualidad (el goce y disfrute de los sentidos)...
¡Y, cómo no, la literatura! Sin querer quitar méritos literarios o morales a sus Escrituras Sagradas, más alimento para la mente hay en las grandes obras de la historia literaria que en la sarta de cuentos que nutren los relatos "revelados". Más variedad, más humanidad, más convicción, más ensoñación, más recursos... Y cada esfera literaria en su sitio.
Son autores como Séneca, Shakespeare, Cervantes, Dickens, Dostoyevski, García Márquez, Unamuno, Montaigne, Pascal... los que ofrecen un caudal ético más elaborado y convincente que esos sus relatos mitológicos y apólogos morales que para hacer bueno al hombre lo chantajean con cuentos celestiales. Cuentos, por otra parte, que no quedan ahí: pretenden sustituir la vida y se asocian obligatoriamente a unos ritos y a una organización a la que, por quíntuple mandato, deben adscribirse.
Dejamos para otra ocasión hablar de las convicciones relacionadas con la moral, la ética y la convivencia en sociedad, pero sepan ya desde ahora que para ser hombre no es necesario un supramundo que repugna a la razón ni la persona debe renunciar a lo más excelso de su constitución, la capacidad de pensar.