El deísmo por conmiseración.


El deísmo es esa vaga concepción mental que sostiene la idea de un algo que flota “ahí”, que dirige nuestro sino, que incluso procura nuestro bien, que sabe lo que nos puede pasar, que responde de nuestras buenas acciones... No es ni panteísmo ni teosofía ni cosas por el estilo. Es, eso, un sentimiento inconcreto de que “algo hay” porque “tiene que haber algo”...

El dios jerárquico, el dios político, el dios guerrero, el dios administrado, el dios del culto, el dios consuelo, el dios de las mil vírgenes su madre, el dios de las santificaciones de todo lo santificable... La ristra podría tener un final: el dios-nada por quererlo ser todo, pero no es así. Hay tantos dioses, que siempre habrá algún dios al que invocar o al menos preservar.

Sí, hay tantos dioses que, como el agua que se desborda, alguno de ellos se cuela por algún resquicio para enquistarse en el subconsciente de aquellos que quisieran desprenderse de todos.

Más que dioses, podríamos afirmar que lo que realmente existe es el clero. Y si existe el clero y si hay personas que defienden una idea, esa idea debe tener consistencia: tanta gente de bien, tanta gente docta, tanta gente que se dedica a los demás... no puede estar engañada. Un motivo más para el deísmo.

¿Por qué el deísmo? El deísmo podríamos decir que está en el origen de las religiones. Pero ¡también en su disolución! El deísmo primigenio va tomando cuerpo, se va perfilando, cobra rasgos precisos, se humaniza o antropomorfiza, queda cosificado en invocaciones y ritos, adquiere caracteres de gigantismo... y comienza a declinar.

Hoy el mundo avanzado ya no cree. En parte porque ya no conoce o no quiere perder el tiempo conociendo "eso". Le es indiferente que Dios sea Uno o Trino; le es indiferente que sea Yahvé o Alá, porque, dice, todos ellos son dioses. También le es indiferente porque Dios se mostró indiferente cuando más lo necesitaba el mundo: I Gran Guerra, II Guerra, Hitler, Stalin...

Entre unas cosas y otras, el hombre va despojando a Dios de perifollos sacralizados y sacralizantes, círculo vicioso. Tanto lo despoja que al final puede que se encuentre sin nada. De hecho Dios sin procesiones, bendiciones, exorcismos y pasacalles no es nada. Y como el mundo occidental pasa de largo ante todo eso, Dios se esfuma.

Pero Dios no se da por vencido y vuelve una y otra vez. Se hace presente al hombre. Presente pero no del modo que dicen sus prosélitos: “porque el hombre necesita de Dios”, “porque mi corazón ansía...” No. Dios sigue ahí porque el hombre es memoria y es hábito adquirido: el hombre no puede cortar con su pasado sin quedar traumatizado, y Dios es su pasado. Podría ser también que el hombre, a pesar de sus certezas, sea sobre todo un mar de dudas: ¿y no será que Dios...? Si a eso se añade el descomunal mundo formado al socaire de dios...

Pero hay otros motivos más de trajín diario: el hombre occidental llega a ser deísta por conmiseración. Los creyentes le dan lástima. Por no contrariarles ni agobiarles, por no ridiculizarles en reuniones de vecinos o de amigos... les tolera. En definitiva, porque cada vez aquel que ya ha “pasado” de credulidades es más educado, en deferencia hacia el tinglado organizado.

¿No será la simple educación la verdadera diferencia entre el integrista crédulo y el hombre que piensa por su cuenta?
Volver arriba