¡Pero dime! ¿Qué mal hago creyendo? (1/2)

Tal era la invectiva que recibía yo el otro día de una persona que se dice creyente y practicante. Me dejó pensativo y dubitante.
Sí, ésa es mi duda y a la vez su alegato: No hago ningún mal creyendo. ¿Si esto me sirve para ser mejor? ¿Si estas ideas me impulsan a ayudar a los demás? Y tiene razón. Tiene razón pero no toda la razón.
La respuesta implica también la aceptación de que hay verdad en lo que dice. Es decir, si es de sus convicciones y creencias de donde procede una conducta mejor; si es de la creencia de donde realmente derivan sus buenos sentimientos y sus buenas acciones. En caso contrario, no sirve de nada. Porque es una verdad palpable que:
Una persona puede ser exactamente igual de buena, o mala, sin añadir pensamientos y prácticas extraídas de la credulidad. De hecho el mismo creyente, en su vida diaria, no tiene otra fuente de conducta que "funcione" que su personalidad; lo que le sirve de guía es su sentido común.
Tales convicciones obligan a tener que admitir demasiadas cosas irracionales, a las que la razón se niega a darles carta de naturaleza. Ante tales "verdades" la razón quiebra o "no funciona". Desiste. No piensa. Admite. Y eso es grave.
Una persona no puede vivir dejando que ciertas “verdades” choquen continuamente con su inteligencia.
Es cierto que tales convicciones pueden empujar a realizar buenas acciones en pro de los desprotegidos, pobres, marginados... --conducta "ad extra"--; pero también obliga a realizar otras prácticas que vistas con ojos humanos, ojos del mismo sentido común que en la vida diaria le guía, son denigrantes, ofensivas y ridículas y chocan con la dignidad de "persona" --conducta "ab intra"--.
Y un elemento derivado perverso: esas convicciones y prácticas sirven para mantener sociedades improductivas de “funcionarios del rezo” que, paradójicamente, en su vida diaria, en su relación con lo cotidiano, viven como si no hubiera verdad alguna detrás de todo eso. Quizá ni lo crean.
Añádase que, aunque el creyente diga lo contrario, mantener durante años determinadas creencias, supone un vacío de la personalidad, una entrega de la voluntad, un sentimiento de dependencia, una pérdida de autoestima... es decir, produce heridas psicológicas profundas.
[Seguiremos mañana con nuevas "consideraciones"]