El engendro del cargo: los obispos.

Cuando la religión se organiza crea sus propios y necesarios entramados burocráticos, con cargos y engendros "more humano". Uno de los más señeros, originales y, por más que digan, no contemplados en sus doctrinas primeras es el OBISPO.

Su figura, como muchas otras y como tantos ritos, deriva del entramado imperial de los siglos III y IV romanos, por más que luego pretendieran hacer ver otra cosa o dotarla de "gracias de estado" especiales.

Como siempre ha sucedido dentro de la Iglesia, primero es la necesidad o la conveniencia; luego vendrá la explicación, verdadera o traída por los pelos como ésa de que ...los apóstoles nombraron como sucesores a los obispos.

El obispo no es sino un cargo administrativo más al que tuvieron que dar consistencia doctrinal. Para que el entramado no cayera, necesitaban un soporte ideológico.

Es sintomático que las aportaciones doctrinales más elaboradas, primeras y fundacionales provengan de Gregorio de Nacianzo, Juan Crisóstomo, Sinesio de Cirene, Gregorio de Nisa o Basilio de Cesarea, autores todos de los siglos IV y V. ¿Cómo Pablo de Tarso no se fijó más en figura tan esencial para el cristianismo emergente?.

“Episcopus” deriva del verbio griego "episcopeo", supervisar. Su figura era un compendio de sacerdote, juez, rétor, jurista, político y maestro, con gran prestancia sobre las masas. De ahí el atractivo seductor de tal cargo sobre los empleados imperiales en una sociedad emergente y poderosa, muchos de los cuales pasaron del palacio imperial al episcopal sin solución de continuidad.

En su elección y aceptación del cargo bailaban a la par la pureza de intenciones y la inapetencia de los cargos. Dice Juan Crisóstomo a propósito de la elección del Papa Dámaso en rivalidad con Ursino:
Es necesario que el alma [del obispo] esté pura del deseo del cargo...Algunos han llenado las iglesias de muertos, han devastado las ciudades, luchando por ejercer esta autoridad.

¡O témpora, o mores, qué tiempos, qué costumbres!, que dijera Cicerón. Gregorio de Nacianzo: Yo me resistí más allá de lo conveniente (1)


No, no podían, ni pueden, apetecer el cargo, es “de mal gusto”, pero “por el servicio de Dios” lo aceptan a la fuerza.

También el psicoanálisis da cuenta de tales mecanismos mentales.

Instalado en el poder, el obispo, a semejanza del Emperador deja hacer y se rodea del boato adecuado: trono o cátedra, vestimentas, mitra, báculo, clero en torno suyo, coros de niños o vírgenes, adventus procesional... Episcopus heri et hodie, lo mismo ayer que hoy. Lo malo es que ese “hoy” es un mundo cerrado y hermético, sin relevancia social.

Y a fin de cuentas, terminan como todos los cargos donde la burocracia es labor de termitas en la mente de los consagrados: desquiciados.

Un jerarca, obispo o sacerdote, “padece” –si la siente— una cuádruple vivencia que, si en cualquier persona es asumida de forma natural, en aquel que acepta una vida de fe se torna disociación psíquica, la de tener que aunar personalidad con fe y ciudadanía con jerarquía.

Ha de convivir con el propio yo, que varía en el tiempo al vaivén de que se cumplan o no las fantasías de santidad juveniles;

debe mantener relación con sus iguales, normalmente en hábitat cultural cerrado, donde todos se conocen y nadie presupone “quimeras”;

 asimismo, su cargo presupone una relación con los inferiores, que exige una continuidad y una santidad en los modos, en las palabras y en los ritos;

 por último, se siente incrustado en la sociedad, es decir, siente la repercusión “política” de su cargo en el entramado social, sea de creyentes o no.

Todo ello conforma un mundo extraño, variopinto y psicológicamente desestructurador. Y así están.
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(1)Al leer esta frase sentí una fuerte descarga emocional: eran las mismas palabras oídas exactamente 1611 años después (Gregorio murió en el 389) de labios de un obispo de segunda, acólito del cardenal de Madrid: Yo estaba tan cómodo en mi ejercicio sacerdotal...!
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