Sobre felicidad y alegría, también religiosas.
No todo lo humano, de lo que por asunción se apropian, responde de forma satisfactoria a la descarada manipulación de que hacen gala. Felicidad y alegría, “realidades” humanas inasequibles a su voracidad.
¿De qué alegría habla la religión?. A despecho de que hablemos de dos conceptos distintos de alegría, no se concibe la que ellos esgrimen. Lo que cualquiera percibe en esa su alegría de los hijos de Dios es una inmensa tristeza a los ojos de los hombres.
No escalemos las rampas teológicas y miremos las cosas con los ojos del sentido común, que se supone “común” a ambos dominios: durante años me he dedicado a observar el rostro de los asistentes a los ritos religiosos, por tenerlos enfrente.
Lo que expresan esos rostros es una tristeza vital tan profunda que parece rezumar por los poros de su piel.
La alegría, aún dentro de la seriedad, se manifiesta por rasgos psicomorfológicos: ojos con brillo especial, rictus de la boca, arcos ciliares, postura más o menos erguida de la cabeza, expresión que puede hacer brotar la sonrisa en cualquier momento... La mirada y la actitud de un niño sano y querido por sus padres es el mejor modelo de tal alegría.
En cambio, lo que indican esos rostros avejentados es tristeza, podríamos decir que tristeza sobrehumana, tristeza sobrenatural...
Otro tanto se puede decir de los jerarcas: no hay más que observarles oficiando sus ceremonias, sobre todo a aquellos sacerdotes “de edad” que, por ascesis, dedicación y tiempo debieran estar pletóricos, radiantes y saturados de la gracia divina.
Véanles en las retransmisiones televisadas de actos dominicales: no es seriedad, que ciertamente la hay, es tristeza, profundísima tristeza unida a decaimiento, depresión física, como de personas que han perdido lo mejor de su vida.
Pregunto de nuevo: ¿de qué alegría estamos hablando?. ¡La alegría es una! ¡No la confundan!.
¿De qué alegría habla la religión?. A despecho de que hablemos de dos conceptos distintos de alegría, no se concibe la que ellos esgrimen. Lo que cualquiera percibe en esa su alegría de los hijos de Dios es una inmensa tristeza a los ojos de los hombres.
No escalemos las rampas teológicas y miremos las cosas con los ojos del sentido común, que se supone “común” a ambos dominios: durante años me he dedicado a observar el rostro de los asistentes a los ritos religiosos, por tenerlos enfrente.
Lo que expresan esos rostros es una tristeza vital tan profunda que parece rezumar por los poros de su piel.
La alegría, aún dentro de la seriedad, se manifiesta por rasgos psicomorfológicos: ojos con brillo especial, rictus de la boca, arcos ciliares, postura más o menos erguida de la cabeza, expresión que puede hacer brotar la sonrisa en cualquier momento... La mirada y la actitud de un niño sano y querido por sus padres es el mejor modelo de tal alegría.
En cambio, lo que indican esos rostros avejentados es tristeza, podríamos decir que tristeza sobrehumana, tristeza sobrenatural...
Otro tanto se puede decir de los jerarcas: no hay más que observarles oficiando sus ceremonias, sobre todo a aquellos sacerdotes “de edad” que, por ascesis, dedicación y tiempo debieran estar pletóricos, radiantes y saturados de la gracia divina.
Véanles en las retransmisiones televisadas de actos dominicales: no es seriedad, que ciertamente la hay, es tristeza, profundísima tristeza unida a decaimiento, depresión física, como de personas que han perdido lo mejor de su vida.
Pregunto de nuevo: ¿de qué alegría estamos hablando?. ¡La alegría es una! ¡No la confundan!.