Los fieles no necesitan historias.

Dicen que sabemos muy poco de Sócrates y muchísimo de Jesús. Es cierto. De Jesús lo sabemos todo e incluso más, porque cada día surgen nuevos tratados a cada cual más variopinto que amplían los inagotables aspectos a venerar en el Dios hecho hombre. Es el rizo del rizo elevado a la décima o centésima potencia.

¿Y por qué la credulidad aporta nuevos datos sobre Jesús y revuelve una y otra vez en su figura? Precisamente por eso, porque el Jesús de la fe no es un Jesús histórico. Y la fe como productora de entelequias, ensueños, utopías, fantasías e incluso alucinaciones es inagotable, como lo es la imaginación humana, que no pone términos a nada.

Quizá los eruditos protestantes y católicos de la New Quest intenten precaver contra la deriva espiritualista (sentimentaloide, infantiloide) de la fe... Pero, ¿por qué ese "noble" intento de buscar un Jesús decididamente histórico?

Ningún creyente accede o mantiene su fe y su confianza en Jesús movido por argumentos racionales, ganado por la fuerza de unos argumentos derivados de ese buscado, ansiado y descubierto Jesús “histórico”.

Sus argumentos son de otro tipo, llamémoslos espirituales, en contraposición a los racionales. Son argumentos, dicen, “vivenciales”, henchidos de vida, que poseen el máximo grado de certeza, esa certeza que lleva a defender con la vida la propia fe. Ante argumentos de peso tan excepcional, nadie podrá alzar ninguno que proceda de la razón, la razón aplicada a la historia y que se guía por certezas comprobadas.

Entonces, ¿por qué ese afán de los guías dogmáticos del rebaño cristiano, los que se hacen pasar por intelectuales de la fe, teólogos de la pseudo historia, por apuntalar la historicidad de Jesús? ¡Si los simples fieles se contentan con creer precisamente eso, que Jesús nació, vivió y murió… y por supuesto resucitó en ese exiguo reducto de tierra a medio camino entre Europa, Asia y África?

Después de tantos años y siglos pasados entre supuestos creídos y nunca discutidos, hoy pretenden someter el personaje al criterio científico con que se escudriña la historia. Es de suponer que para edificación y sustento de los fieles, dado que éstos, más instruidos y cultos, demandan, es un suponer, racionalidad en la fe que nada necesita.

¿O les mueve, quizá, el prurito de hacer racional la fe? Tarea imposible. Ni el hecho de creer ni los objetos de la fe tienen un pase por la razón. ¿Quieren, al menos, que aparezca como razonable todo el tinglado de la religión? Lo han conseguido. Pero…

Esos teólogos-pastoralistas-historiadores que han navegado por las aguas de la historia apenas si han salido del charco en el que viven en y de su mundo, aislados por una pantalla y un paisaje virtual de historicidad que les hace concebir un Jesús “sui géneris”. No pueden dejar de lado el presupuesto del que parten so pena de ser deslegitimizados por el Ojo que todo lo ve desde Roma. ¿Qué Jesús aparece ante su vista? Quizá un Jesús doméstico, un Jesús depurado de cosas rara (como aquellos pasajes de comprar espadas; el de mi padre, mi madre y mis hermanos son…; los milagros tan increíbles…), a veces sobrehumano, un guía espiritual, por momentos revolucionario pero no tanto… Un Jesús pletórico de buenismo.

En estos últimos doscientos años no han hecho más que dar vueltas y más vueltas sin poder llegar a conclusiones admisibles por cualquiera que asépticamente se acercara a ellos: frente a la ciencia histórica que ponía en entredicho la figura de Jesús, los historiadores de oración, meditación, misa y comunión matinal han alzado el tinglado de la Third Quest (o Tercera Búsqueda de Jesús con que han accedido al siglo XXI ) para solventar las dudas y los problemas creados con la First Quest (del XVIII al XIX), la New Quest (mediados del XX) y, por qué no, la No Quest (1ª mitad del XX).

Pero, para poner las cosas en su sitio, a lo que han llegado es a una planicie desoladora y desalentadora: los suyos no necesitaban de tales investigaciones; los ajenos a la fe no las pedían, porque ya había otros que presentaban propuestas y resultados mucho más creíbles, más verosímiles, más probables. Y entre dos proposiciones sobre un mismo asunto, ambas sin la necesaria comprobación, uno se queda con la más convincente, con la que tiene visos de realidad.

Su pretendida dialéctica o polémica no ha encontrado oponentes a su altura intelectual. Más que nada porque las aportaciones de la historiografía crédula han tenido que deambular por el camino de la apologética. Y en esto no han superado a los tratadistas cristianos de los siglos II a IV. Recordemos aquellos eminentes Minucio Félix, Tertuliano, Justino, Ireneo de Lyon, Hipólito de Roma, Novaciano…
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