La honradez del creer.

¿Pero tú crees en los milagros? ¿Te parece normal creer que Jesús nació de una Virgen? ¿Todavía sigues pensando que “realmente” está tu dios en ese trozo de harina prensada y redondeada? ¿Cómo entiendes eso de “subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre”? Y así pasando por todos los enunciados del catecismo, porque es menester volver siempre sobre lo mismo.
Y responden con ideas como “¡los ataques de siempre, discursos trasnochados, vuelta a lo mismo, argumentos repetitivos, consideraciones pasadas de moda...!” Puede ser cierto lo que dicen, pero aunque sea así ¿pueden responder a lo que se les fustiga o impugna?
Otro ejemplo, cuando se habla de que los escritos bíblicos no son demostrativos de verdad histórica alguna. Es un argumento antiguo, superado, trasnochado, desde luego, pero ya hasta los más empedernidos creyentes se han dado cuenta de que es así. Comenzaron los protestantes en el siglo XIX demostrando con arqueología y estudios históricos lo que decían. Pues todavía hay muchos que lo mantienen, que "la Biblia tenía razón", "que Jesucristo (categoría a la que elevan a un probable Jesús) es tan histórico como Sócrates", etc.
Más todavía y en grado supino de credulidad, el caso de los creyentes ¿o turistas? que “peregrinan” a “Tierra Santa”: admiten a pie juntillas y veneran el lugar “exacto” donde nació Jesús en la cueva de Belén, donde fue bautizado, donde cayó Jesús camino del Calvario o donde la Verónica enjuagó el rostro de Jesús.
Serán preguntas impertinentes, pero necesariamente se deben formular a alguien que, supuestamente, piensa y razona. Dirigidas a quien presuponemos crítico con sus propias opiniones, porque las creencias no dejan de ser opiniones más o menos incrustadas en su sesera o en sus convicciones. "Fides quaerens intellectum", que propugnaba Agustín el de Hipona.
Los hay también que pasan por alto tales preguntas y se centran en quien las formula. Le miran a los ojos y le espetan que si no se ha mirado en un espejo, si no estará traicionando a su conciencia, si no estará haciendo el ridículo ante los que creen y son buenas personas, si no se dará cuenta de que ofende y similares argumentos que vulgarmente se suelen denominar “ad hóminem”.
Lo de siempre: “Déjame que yo crea lo que quiera”, “no te metas conmigo”, “¿cuestiono yo tus pensamientos y tus decisiones?”, “¿por qué te ofende que yo crea lo que creo?”, “¿no puedes dedicarte a otras cosas que no tengan nada que ver conmigo?”. Y similares argumentos que en modo alguno lo son.
Imposible es conminarles a que vuelvan sobre sí, que se centren en lo que se les dice, que respondan o reaccionen, que emitan un juicio crítico y razonado de sus convicciones de manera sensata.
Se ofenden cuando se les pregunta, como si al poner en duda lo que creen se ofendiera a su persona o se pusiera en cuestión su capacidad intelectual y hasta su propia personalidad. Es más, es de mala educación dirigirles tales preguntas.
Pues, a despecho de otras consideraciones, lo que hemos de deducir es que no están seguros de lo que creen cuando vuelven los ojos de la mente hacia lo que creen; de que las preguntas son para ellos embarazosas; y, aunque no lo puedan decir, su mente racional les dice que todo eso es absurdo. De ahí que desvíen la cuestión y rechacen de plano cualquier pregunta.
Y no admiten nada que cuestione sus presupuestos, porque si se profundiza en ello, se llega al fondo de la cuestión, cual es la existencia misma de un Dios que todo lo sabe y todo lo gobierna, el cual hará que tales intromisiones en el honor intelectual del creyente no quede sin castigo.