La imbecilidad creacionista


Resulta chocante cómo, en un país tan supuestamente desarrollado como EE.UU., casi hasta nuestros días ha existido una presión feroz para que en las escuelas se desterrara cualquier referencia a los conocimientos sobre la evolución y se enseñara la teoría creacionista.

En “paraísos” más cercanos a nosotros, si bien la teoría creacionista ha desaparecido de la enseñanza reglada, no así lo ha hecho de los sermones. Incluso un texto escolar, el libro de religión de los alumnos de 7 años comienza así, con la afirmación de un dios creador. Dios creador, la creación, Dios creó el mundo, el mundo creado...

El efecto que tal cantinela produce en la mente de los fieles es contundente a la par que nefasto: se sigue diciendo y afirmando que Dios creó el mundo y, por supuesto, así es, confirman los crédulos. Y tal creencia no puede extirparse del pensamiento social precisamente por eso.

¿Cómo no sublevarse contra la enseñanza de la religión en las escuelas? No precisamente por sus enseñanzas morales, sino por sus afirmaciones doctrinales en que pretenden basar aquéllas. Y la primera, ésa de que Dios creó el mundo, en la frente... como su señal de la cruz. Respecto a la enseñanza de religión que la Iglesia “exige”, pongamos las cosas en claro: no es lo mismo decir “Dios creó el mundo de la nada, en siete días lo creó” que decir “La Iglesia Católica dice que Dios creó...” Lo primero es de todo punto inadmisible; lo segundo... ¡también! (¿Para qué perder el tiempo en aprender que una institución dice tonterías?)


Allá por los años 50 había un libro exitoso, ¿o eran muchos?, del húngaro Tihamer Thot dedicado “a los jóvenes” donde se exponían “revelaciones” de la naturaleza sumamente impactantes. ¡Qué maravillas encierra el mundo! ¡Y todas creadas por Dios! Y uno quedaba encandilado por tales “descubrimientos”. Y datos y más datos impactantes. Yo mismo lo leí con avidez candorosa (por no poder contestar a nada con nada).

Y ¿qué decir de las tiradas millonarias del libro de cabecera de los Testigos de Jehová? (No se olvide de pronunciar a la inglesa, porque la J española le da un carácter tremendista a este dios del que se titulan “testigos”).

W.Paley (1743-1805) en su obra Natural Philosophy da cuenta de las múltiples maravillas que encierran lo macro y lo microscópico. Suyo es el argumento tantas veces traído a cuento de que “no hay reloj sin relojero”. Y lo mismo que el reloj como objeto maravilloso donde los haya, fue creado con un fin y por alguien, del mismo modo fue creado todo lo natural y lo humano. ¡Oh, la sabiduría divina!

Los creacionistas hacen juegos malabares con la maravilla del ojo humano; o el ojo de la anguila, con su protección especial para no dañarse con el barro; o por qué el iris del ojo del pez no se contrae. Digna de mención es la explicación que dan de la enorme longitud de los colmillos del jabalí de la India: ¡para poder dormir de pie enganchándose en las ramas de los árboles!. Claro que Paley no se dignó explicar por qué los humanos cazaban tal jabalí convencidos de que era un demonio.

Siguiendo el camino de la tontería, Voltaire tiene observaciones jocosas sobre el sentido de finalidad dado por Dios a la creación, entendida ésta como acto puntual de Dios y considerando objetos perfectos y acabados. Observaciones del orden como que la misma nariz humana tiene forma prominente para poder sostener las gafas. “Oh Dios mío, si no me hubieses hecho la nariz tal como es...”, etc. Esto que no pasa de ser una “boutade” no lo es tanto cuando las observaciones de los creyentes pasan por aspectos “espirituales” del psiquismo humano. Ahí es donde la tontería crédula alcanza cotas inimaginables.

Dada la enorme falacia que encierra la teoría creacionista nadie se ha molestado en refutarla con los mismos argumentos. Por ejemplo, el que en la naturaleza rija la ley del más fuerte; o los depredadores; o individuos malformados y tarados... Copio las palabras de J.Stuart Mill:

Si una décima parte de los sufrimientos ocasionados por la búsqueda de señales de la existencia de un dios poderoso y benévolo se hubiera empleado en recoger evidencias para ennegrecer el carácter del creador, ¿cuántas posibilidades no se habrían encontrado en el reino animal? Éste se divide en devoradores y devorados y la mayoría de las criaturas están espléndidamente dotadas de instrumentos para atormentar a sus presas.


La teoría creacionista es la fiel expresión del refrán “poner el carro delante del caballo”. Dios no creó los peces con aletas para nadar en el agua ni un ave tiene alas porque si no, no sería ave. Es justo lo contrario, que todo responde a un proceso de adaptación y selección: poco a poco los animales han ido evolucionando para adaptarse al medio. Algo tan elemental no lo entiende un creacionista puro.

Pero por la misma razón que sostienen el diseño divino, los creacionistas deberían explicar por qué muchas cosas en la naturaleza “no funcionan” o no tienen una finalidad determinada o se deterioran o envejecen... quedando inutilizables. Es decir, por qué Dios no hizo el universo perfecto desde el principio y no sujeto a tanto desastre. Desastres –aparentes desastres— incluso de orden cósmico que ni siquiera Newton fue capaz de comprender, apelando continuamente a dios para ajustar las esferas.

Y ya que nos referimos al orden cósmico, menudo diseño el divino: en todo el cosmos, y hasta donde el hombre es capaz de saber, sólo un minúsculo planeta es capaz de albergar seres que le alaben y adoren; un planeta del que desaparecen especies –pensemos en los dinosaurios-- como azucarillos diluidos en agua; un cosmos, ironía de la palabra griega, donde grandes extensiones de tierra caminan hacia el desierto (se supone que esto es un deterioro de la creación); donde, a muy largo plazo, el sol quedará reducido a nada y devorará a los planetas que giran en torno de él... ¿A quién creará Dios para que lo glorifiquen? ¡Pues mientras tanto, “viva esta creación”!
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