"...y no seas incrédulo sino creyente". Creer en palabras sin chicha (3/3)

Pero las palabras remiten a los hechos, deben remitir a los hechos para no caer en la falacia, el sofisma o la invención pura. La palabra sin contenido es verborrea. En política se hace buen uso de la palabra, cayendo generalmente en demagogia barriobajera.

El mayor acúmulo de verborrea se da, precisamente, en mundos donde las palabras no corresponden a hechos. Es el caso también de la credulidad. Necesitan envolver las cosas con tal cúmulo y tal aporte de doctrina, de teología, de homilías, de oraciones, de palabra revelada… que a la postre la inexistente realidad queda escondida y ocultada de tal modo que el vulgo sólo atiende a las palabras... y a veces ni siquiera eso. "Descendió a los infiernos...", "Dios de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero", por ejemplo.

Las personas normales que piensan y se guían por su sentido común pronto perciben la vacuidad de lo que se dice: la pretendida salvación de los demás, sólo es “salvación de sus trastos”, de su status, de su modo de vida y de su sustento y acopio de riquezas. Lógicamente, en algo tienen que ocupar sus ocios: palabras y más palabras. El "nec-otium" ya curan de ponerlos en manos de prestigiosos bufetes de abogados, agencias de inversión, corredores de bolsa, Banco Ambrosiano, Gescarter... y cuando todo eso falla, Opus Dei.

Al que no comulga con sus dictados, lo tildan de ateo. Hereje si se atreve, desde el interior, a poner su pretendido “status” patas arriba o en su lugar. Siempre ha sido así. Siempre la organización ha actuado así y siempre la sociedad ha esquivado como ha podido sus soflamas salvíficas.

"Sé creyente, Tomás..." Y Tomás podría haber respondido: "¿Creyente en quién o en qué?" Y Tomás podría haber recitado una sarta de dioses contemporáneos y, al aparecido, mostrarle la ristra de personajes que antes que él resucitaron... o haber seguido con la alucinación de haber visto un fantasma. Pero no, Tomás no tenía tanta cultura como para eso ni sabía más cosas que las que vio en sus excursiones por la futura Tierra Santa.

El primer indicio de incredulidad (¿ateísmo?) lo encontramos en el origen mismo de la filosofía. Los primeros filósofos griegos, a la hora de explicar el origen del universo, negaron toda causa divina, mítica por otra parte, como era voz común en las diversas teogonías y cosmogonías de la época. Su interpretación del universo se explica por causas naturales excluyendo expresamente cualquier intervención divina.

En general, para los filósofos jonios los mitos y las ideas religiosas de sus compatriotas griegos eran puras creaciones de una mentalidad artística y poética, no deducción de una mente razonante que intenta explicar el universo por medio de la razón.

En Grecia no había dogmas, ni teología, ni derecho canónico. Los poetas habían sido verdaderamente los padres de los dioses y los héroes.
Se ha conservado un famoso fragmento de Jenófanes de Colofón (mediados del s. VI a.C.) que critica mordazmente la existencia de tales divinidades:

“Los mortales se imaginan que los dioses nacen por generación... los etíopes dicen que los dioses son chatos y negros, y los tracios, que las divinidades tienen los ojos azules y el pelo rubio. Si los bueyes, los caballos o los leones tuvieran manos y fueran capaces de pintar con ellas, los primeros dibujarían las imágenes de los dioses semejantes a las de los caballos y los bueyes semejantes a las de los bueyes.”


Protágoras máximo representante de la escuela “sofista” también negaba la existencia de un Ente absoluto y eterno, cuya esencia inmutable fuera el sustento último de toda verdad. Puesto que la auténtica verdad es la que se deriva de la razón. Por tanto, para la escuela sofista, el ser humano es el “dios” de la conocimiento del universo tal como lo percibimos.

Y el autor de tragedias, Eurípides, fue tachado de racionalista y ateo empedernido. En realidad Eurípides, con su mordaz crítica a los dioses del pueblo y del estado, era totalmente consecuente con el origen de los dioses. El racionalismo y el escepticismo de Eurípides en sus tragedias no es más que la carcajada culta y amarga contra una burda religión popular.

A fin de cuentas, filosofía, comedia, tragedia, drama... que son puro humanismo.

Tras este leve esbozo de "no seas incrédulo..." vinieron luego los siglos de espada crucífera cuando la Multinacional de los Rezos y Suspiros lo invadió todo. Y su palabra fue "verdad"; lo que era Verbo siguió siendo palabra, palabrería, y sustituyó al "factum".
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