Ser bueno (1/2) Las medias tintas no deben ser propias de un cristiano creyente y fiel.

*El primer comentario a la imagen adjunta sería: "Santos hay muchos, también entre el pueblo fiel no sometido a votos, pero ser declarado santo es fruto de muchísimo dinero, el que tenían y tienen franciscanos, dominicos, jesuitas... que son los que copan el 90% de santoral"


Aunque casi todo derive en buenas intenciones y teoría, ésa es la exigencia de plenitud. Pero la línea de flotación, el punto flaco, el talón de Aquiles de un creyente está entre lo que cree y lo que practica. En esa misma línea está su contradicción vital.

La carcoma del creyente es precisamente esa contradicción vital en la que se mueve: al creyente se le debe exigir en todo momento y sin concesiones una vida plenamente entregada a Dios, ser de una moralidad sin tacha en los negocios, de una amabilidad extremada en el trato con los demás, dar muestras de una presencia de Dios que se manifieste en cualquier conversación... precisamente por esa condición de ser “hijo de Dios”, como poseedor de una nueva naturaleza, débil sí, pero con la ayuda poderosísima de la “gracia” que, valga la redundancia, lo puede todo. No valen los propósitos genéricos del “Señor, me entrego a ti”, ni “ofrezco todos mis actos a ti” ni “perdona mis culpas, Señor”: al creyente se le supone una continuidad que es manifestación de la vida nueva que hay en él.

No cabrían los deslices ni los pecados, porque, aun apareciendo máculas en su vida, tiene en cualquier momento y a mano el remedio del sacramento de la penitencia o las cien mil formas de reintegrarse a la vida de la gracia.

Si no es así, las “medias tintas” le deberían conducir a la plenitud de lo humano. Debiera dar de lado a un mundo que es pero no es, que se vive pero no en todo momento, al que se pertenece pero se puede salir cuando las circunstancias lo demandan o no son propicias...

Y en lo que toca al desarrollo social de sus vivencias y aplicando “su” lógica, la lógica de la perfección de quien vive la gracia de Dios, la Iglesia debiera expulsar de su seno a miles y miles de “fieles” que masacraron de la forma más salvaje a sus hermanos “creyentes”, siendo todos muy católicos y hermanos en la fe.

Resulta inconcebible que todo un fervoroso comulgante Pinochet --dígase lo mismo de nuestro amado Franco-- mandara al paredón con la mayor tranquilidad a hermanos en la fe que disentían de sus otras ideas, las relativas al poder.

Consulten su conciencia social los máximos funcionarios de la fe, cuando se dan de bruces con las tragedias últimas de todos conocidas. El drama de Ruanda remite a Auschwitz con más fuerza y con mayor poder de rechazo de doctrinas de mariposa sobrevolando la vida pero escondiéndose en las tormentas.

Y si no quieren retrotraerse tanto en el tiempo, que ya Ruanda parece olvidada, miren El Congo, Nigeria o Sudán para poner remedios infalibles de credulidad a conflictos enquistados. Antes eran hutus y tutsis, ahora son hemas y lendus. Miremos a Sudán, norte musulmán, sur cristiano. Millones de muertos...

Si lo consiguen, quizá el mundo les crea. Pero está comprobado que las oraciones casan mal con el oro, el cobalto, el petróleo, el coltan, el uranio, los diamantes...

Sí, es la codicia humana, la venganza, el odio... lo que se quiera. Pero los que se masacran entre sí suelen ser todos muy religiosos, católicos la mayor parte.
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