A través del tejado de vidrio de su mundo prefabricado, la panorámica que ofrece la praxis religiosa del clero y comunidades de frailes y monjas es todo un festival de infantilismo trivial, vulgaridad generalizada, pasividad, vivencia apática de los actos y de la palabra, pasotismo...
La insatisfacción del propio trabajo es una cuchillada en el desarrollo de la personalidad.
Los mismos rasgos tópicos de su conducta remiten a personalidades quebradas: falta de cercanía en el trato, evasión de la mirada, carencia de empatía, hurto del tiempo para los demás, huida a lo recóndito de su cubil cuando algo no les interesa, necesidad de ser “centro” de atención, ficticia prepotencia doctrinal en el hablar, farfulla en asuntos mundanos...