Los que se niegan a morir te saludan.

Los pilares de la religión tradicional se van hundiendo en los mismos pozos que parecían sostenerla: el ritualismo, la indiferencia, el personalismo, la sensiblería o el fundamentalismo.

Los que se niegan a morir se vuelven fósiles o avispas.

En este mundo abierto a la cultura y cada vez más ávido de cultura, sujeto a la comunicación, al contraste de ideas, a la contestación, a la expansión de los avances de la ciencia, mundo al mismo tiempo plural por aceptación de lo que es distinto y por defensa de la identidad, cada vez “cuentan” menos las motivaciones religiosas. Al menos en las sociedades más avanzadas y con mayor poder sobre el resto.

El miedo a un más allá de condenación eterna ha dejado de ser estímulo para el bien. De hecho casi nunca el temor ha sido motor de conducta, más bien de todo lo contrario.

Los premios “etéreos”, de cielos lejanos, que no se concretan en nada terreno, se tornan difusos y carentes de virtualidad.

La motivación más cercana, como puede ser “dar sentido a nuestros actos” o “tener un objetivo elevado”, cada vez bebe más en las fuentes de la misma vida. Las personas se mueven por metas asequibles, objetivos racionales y aspiraciones heterogéneas.

El pretendido amor cristiano a los demás es nada más “amar a los otros para yo sentirme bien” o un "do ut des" tan humano él. Es la satisfacción personal la que guía.

La motivación religiosa que impregna las buenas obras es del más refinado egoísmo: todo lo hago por Jesús... pero lo hago por mí, por mi salvación, por que Jesús esté contengo conmigo, por aumentar mi gracia, por ser más santo...

Y en definitiva, en tales conductas ¿qué queda del Creo en Dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra?

¿Y qué tiene que ver con la profusión de templos, palacios episcopales, fondos de inversión, bancos del Espíritu Santo o Ambrosianos, cuentas del Vaticano, etc.?
Volver arriba