A palos... pero cada vez menos.



La fe y la razón (Fides et ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo (cf. Ex 33, 18; Sal 27 [26], 8-9; 63 [62], 2-3; Jn 14, 8; 1 Jn 3, 2).


Afirmaciones categóricas indiscutibles... si no se piensa en ellas, porque la vida dice que fe y razón se dan de palos: la una excluye a la otra.

¿Dios ha puesto...? ¿Sí? ¿No será ésta una simple petición de principio? Y como es "norma" de todos los escritos papales, se confirma lo dicho con citas endogámicas incontrovertibles.

Que la creencia es incompatible con la ciencia --la razón, el sentido común, la lógica de las cosas, el quehacer de cada día--ha sido doctrina tradicional de todas las religiones, especialmente la cristiana. Pretenden hoy engatusar con la “no contradicción” y con aquello de que “la ciencia confirma la fe”.


Es doctrina tradicional, implícitamente asentada, que la fe debe sofocar toda razón, sentido común y entendimiento...

La razón es la mayor enemiga de la fe: quienquiera que desee ser cristiano debe arrancarle los ojos a su razón.

Esto decía Lutero en su tiempo. En poco difiere del pensamiento de su antagónico Ignacio de Loyola, pensamiento que ha tenido vigencia hasta que la ciencia ha desbordado por todas partes a la credulidad:

Deberíamos estar siempre dispuestos a creer que aquello que nos parece blanco es en realidad negro, si así lo decide la jerarquía de la Iglesia,


La liturgia católica del Corpus Christi –quizá el “misterio” más absurdamente irracional que tienen que tragar los crédulos en forma de obleas— está plagada de afirmaciones como la que sigue:

Quod non capis, quod non vides, animosa firmat fides (Lo que no alcanzas a entender, lo que no ves, con valentía lo afirma la fe).


Se podría estar hablando en términos generales y sobre cuestiones que no afectan a lo esencial de la fe, pero la aplicación práctica resalta más cuando se presentan a la consideración de la persona normal los credos más descarnados de la fe: "...que por nuestra salvación bajó del cielo", "...y resucitó al tercer día", "...y descendió a los infiernos", "...y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos".

¿Y debemos olvidar estos criterios del pasado? Los errores y ataques del fanatismo crédulo del pasado contra la ciencia no deben ser olvidados ni dejados de lado. Del olvido también se aprovecha la credulidad.

Hay que ponerlos en evidencia para que su vergüenza les impida levantar la cabeza en otras áreas supuestamente inofensivas. Antes la astronomía, luego la evolución, en nuestro presente la homilética pastoral de los problemas psicológicos (angustia, depresión, neurosis, etc.), en el hoy más rabioso las técnicas de reproducción, mañana...

La creencia es la misma hoy que hace cinco siglos. Sólo han cambiado las actitudes, ahora a la defensiva, antes ofensivas.

Ejemplos, entre muchísimos posibles. El primero de ellos para hilaridad de quien esto lea:

 Cielo y tierra fueron creados a la vez, en el mismo instante, junto con las nubes, cargadas de agua... La Santísima Trinidad creó al hombre el día 23 de Octubre del año 4004 antes de Cristo a las nueve de la mañana (J.Lightfoot, Vicecanciller de la Universidad de Cambridge ¡¡año 1859!!).


 la actitud de los máximos representantes católicos ante la EVOLUCIÓN. Pío IX, hoy semi-santo, en 1877: ...aberraciones del darwinismo, un sistema repugnante a la historia, a la ciencia exacta, a los hechos observados y aun a la razón... La corrupción de esta edad [siglo XIX], las maquinaciones de los perversos, el peligro de los simples, demandan que tales juegos, por más absurdos que sean, deban ser refutados por la ciencia verdadera.


 Un siglo más tarde puntualiza JP-2, 16 abril 1986: Desde el punto de vista de la doctrina de la fe no hay dificultad en explicar el origen del hombre, en lo que respecta al cuerpo, por medio de la teoría de la evolución. Nótese la sibilina redacción: “no hay dificultad”, “en lo que respecta al cuerpo”. ¡Pues no, señor Jerarca Blanco! ¡No se os puede conceder ni un ápice!. Ni en cuanto al cuerpo ni en cuanto a nada, porque el hombre es una unidad sustancial: ha evolucionado hasta ser lo que es porque su cerebro –la “mente” de la creencia— ha evolucionado genéticamente.
Volver arriba