El papelón del sentimiento en la religión.

Hay sentimientos religiosos que unas veces expresan aspectos superficiales de “lo sacro” y otras profundos; unas veces aspectos generales y comunes a todas las religiones y otras veces aspectos muy parciales propios de la idiosincrasia de religiones o sectas organizadas...
Se suele hablar de amor, confianza, entrega, misericordia, compasión, piedad, sumisión, resignación... en la relación religiosa.
Todos estos elementos, por más que procedan del “sentimiento”, son racionales, en el sentido de inteligibles. Por lo tanto, admisibles.
Esos mismos sentimientos están presentes en las relaciones humanas, por más que con la divinidad se magnifiquen en grado sumo, lo cual no deja de ser otro modo de racionalización. Así, Dios vendría a ser –de hecho, y adelantándonos a otras consideraciones, lo es-- el hombre en grado absoluto, aunque siempre se quede todo en la pretensión de ello.
A la vez la religión es un sentimiento inconcreto, una vivencia de algo desconocido que flota “ahí”, que parece impregnar el ambiente, una inmensa cúpula de ojos que escudriñan de forma continua hasta lo más íntimo del ser ante lo que el hombre no puede sentirse sino desfondado.
Una emoción de lo ignoto que atrae y a la vez abrasa. Porque lo que en unos es “elevación” --asunción y superación de la vulgaridad del mundo--, en otros es verdadera “combustión”, donde la persona desaparece.
Es la paradoja de que mientras unos desean y buscan esa desaparición, a otros les destruye. Como efecto, la persona se siente criatura, sumisa, nada... ante quien le dio el ser.
En tal dialéctica, la de “tratar de comprender” y “quedar anonadado por”, late al mismo tiempo la confianza en una salvación, que a su vez genera sentimientos asociados. Tales sentimientos sólo por analogía se pueden explicar.
He aquí la fe convertida en un acto de persuasión de la nada, que no de convicción racional. Como no les queda más, apelan a la convicción del creyente en sus dogmas. Es más fácil convencer a un crédulo si se pone a pensar que a un creyente pensativo. Decir que Dios es “sensible al corazón”, gritémoslo bien alto, es una patochada.
“Corazón”, “sentimiento”, “impulso”, “voluntad”, querer creer... todo ello son procesos de la razón. La voluntad que se hace creencia termina en “prácticas”. El hombre es, entonces, un animal “práctico” que no discute sus prácticas.
Todo muy comprensible pero también muy absurdo; divino pero descaradamente humano si el crédulo es capaz de reflexionar en todo ello.