Que he pecado mucho…

Que la Iglesia fomenta el sentimiento de culpa --¿por qué y para qué será?—es algo innegable porque aparece por doquier, desde lecturas bíblicas a sermones cíclicos. El fiel cristiano siente un regodeo especial en recitar con deleitosa frecuencia aquellos salmos de más duro sentimiento de culpa:

"Desde lo hondo a ti grito Señor…”, “lávame a fondo de mi culpa…”, “en pecado me concibió mi madre…”, “perdón oh Dios mío, perdón e indulgencia…”, "...no se te ocultan mis ofensas"...


No está mal que los creyentes se sientan culpables, porque lo son, y mucho. Ahí está su pasado, la historia, para atestiguarlo.

Ahora bien, una cosa es que como miembros de un cuerpo, por más que sea místico, se sientan culpables de todos los males que en el mundo se han cometido y otra que, como individuos que hace una semana se confesaron, sigan sintiéndose pecadores. No puede ser. No es normal.

El texto que inicia la celebración deja las cosas claras: “…que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”. ¿Es posible que en una semana alguien haya podido ser tan criminal?

¿Y no será que todo eso es una bravuconada, un acto de soberbia de lo más refinado? “Ya he confesado mi pecado, no vengas tú a acusarme de nada”, dicen a la salida. “Ya estoy purificado de mis posibles culpas, soy infinitamente mejor que toda esta caterva de pecadores que jamás reconocerán su perversa y depravada vida de crápulas”.

Que el hombre necesita de vez en cuando sentirse culpable es algo constatado. Así es en el discurrir de sus días: las cosas no le salen como pensaba y se auto inculpa; hubiera querido obrar de otra manera y sin embargo ha herido los sentimientos del colega; ha dicho frases de tono subido porque se ha dejado llevar por la irritación; se siente frustrado porque le rechazan en tales círculos de amistad… Y siempre queda un fondo de culpabilidad.

¿Pero puede llegar la cosa a los extremos que el introito misaico afirma? “He pecado gravemente…” Y aún en el caso de que hubiera pecado gravemente, ¿no es cierto que precisamente asiste a un rito que recuerda el hecho “cierto” de que Jesús ha lavado con sangre los pecados de la humanidad?

Como no es cierto ni lo uno –lavados del pecado—ni lo otro –ser pecadores en grado tan alto— he ahí un hiato entre religiosidad y vida normal. ¿Qué necesidad hay de recordar y recordarse continuamente algo que no es cierto?
Pero la Iglesia exige que el fiel creyente reconozca una culpa inexistente para tener sometida su conciencia… de la cual vive su ciencia. No sé si es triste o normal comprobar cómo la Iglesia por activa y por pasiva crea y genera sentimientos de culpa que no existían para luego tener motivos para consolar y administrar perdones. Los muy crédulos dicen que "pecan mucho". Son geniales... o casquivanos, vaya Ud. a saber.
Y cierto es que los cristianos se mecen en un permanente estado esquizofrénico. Y así les va a los muy píos. La mentira vital roe y corroe su alienado vivir.
Seamos todavía más cáusticos: más que una administración de perdones, es una venta a buen precio del humo del perdón de una culpa inventada. Una estafa. En posición de monopolio durante mucho tiempo. Cuando el engaño no le ha funcionado y la Iglesia o el poder político a su servicio podían imponerse arbitrariamente, han utilizado la violencia contra la sociedad manteniendo el chollo.
Si transcendemos del individuo a la sociedad política que nos ha tocado vivir, una de las consecuencias del liberalismo económico y político y del Estado democrático de Derecho es que ya no funciona el engaño porque la sociedad es cada día menos crédula, la Iglesia católica pierde el monopolio, y no puede imponerse por la violencia ejercida por ella directamente o por el poder político, sometido al Derecho que ya no funciona como su brazo armado ejecutor.
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