En privado, cuentos; en público, doctrina.


Uno de tantos, Sinesio de Cirene (1), discípulo de la célebre Hipatia de Alejandría, contemporáneo de Agustín de Hipona y obispo como él, deja entrever la esquizofrenia de la Iglesia cristiana, la de admitir en privado unas ideas y enseñar en público otras, la de filosofar en un sentido y emitir doctrina en otro.

Asumiré la sacra dignidad sacerdotal con la condición de que me sea permitido ejercer la filosofía en privado y dar rienda suelta a las fábulas en público”.


Se cree una cosa aunque se enseñe otra bien distinta.

Ni más ni menos que Clemente XII, papa entre 1740 y 1758, cuando escribe:
¿Es que no saben que Tasso, Dante y Ariosto me proporcionan brillantes colores, con ayuda de los cuales soporto los absurdos de la religión?


¿Cuántos prestes y jerarcas viven hoy día en esa disyunción, asumida de forma trágica para sus vidas?

(1)Sinesio de Cirene (aprox. 370-415) discípulo de Hipatia, se convirtió al cristianismo y fue obispo desde el 410. Como otros gnósticos, buscó la síntesis de la filosofía griega con las doctrinas cristianas.
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