La religión como hecho bifronte.

Toda religión, como hecho cultural que es, tiene una morfología bifronte, dicotómica.
Por el hecho de existir, como ente cultural, ya es algo positivo; y se debe justipreciar su valor porque
--además es fuente y origen de creaciones artísticas,
--ha servido de consuelo para espíritus menesterosos,
--ha engendrado figuras heroicas, ya debe ser valorada de forma positiva.
Pero...
-- si en su seno ha crecido la mala hierba de la imposición y la coacción;
--si durante muchos siglos la codicia y del afán de poder han señoreado los estratos más elevados de su organización;
--si ha cegado los cauces expresivos de la sociedad, impidiéndolos u orientándolos por caminos que la sociedad no quería;
--si sus ideas extravagantes y peregrinas se han extendido por imposición conminatoria;
--si se ha aprovechado de la riqueza creada por los hombres en beneficio de manos improductivas y de creaciones puramente estéticas...
¿qué pensar?
Pues, como poco, que no se diferencia en nada de cualquier otra sociedad humana. Y peor que ellas, porque su espíritu globalizador abarca todas las dimensiones en que se mueve el hombre con afán suplantador.
Cuando una sociedad creada “ex profeso” para producir y aportar el bien a las personas genera en su seno tales descarríos y en tan alto grado -- sin quizá, en el mismo grado que procura el bien-- menester será poner en entredicho su validez cuando no su misma existencia.
Sirvió para otras cosas en el pasado, apenas si sirve para mantenerse ella misma en el presente.