Qué es la santidad o perversión de la misma.


En la imagen adjunta: "Ser fieles a Dios". Frase. ¿Qué implica? ¿Qué contiene esa frase? ¿A qué dios? ¡Son tantas las preguntas y tantas las explicaciones vacías de sentido y contenido humano!

¡Buscar la santidad! Entendemos qué es santidad, pero si pensamos en ella, si diseccionamos sus entrañas, si valoramos lo que significa... las cosas no están tan claras, más bien se diluyen en considerandos.

Porque ¿qué es la santidad? ¿Quién propone los modelos de santidad? ¿Cómo ha de entenderse hoy día? ¿Consiste en realizar bien el trabajo diario, con lo cual en nada se distingue de "responsabilidad"? ¿Consiste en llevarse bien con los que nos rodean? Desde luego, pero es tal el cúmulo de situaciones que alguna de ellas puede conducir a "parecer un calzonazos". ¿O consiste, como dicen y propugnan, en tener a Dios todo el día en los labios?

En otro orden de cosas, ¿para qué añadir, al enunciado primero de "sed perfectos"--algo asumible moralmente por cualquier humano-- aquello de "como vuestro Padre celestial es perfecto"? ¿Quién sabe cómo es el Padre? ¿Cómo puede el hombre asemejarse, obrar, pensar... como Dios Padre? ¿Y qué modelo de perfección añade el Padre celestial, un Dios "portero" (Jano, “janua”, puerta) pero con dos caras (padre y vengador justiciero)?

En vez de impeler al humano a la santidad, mejor estaría ayudarle con prédicas y consejos a encontrar la felicidad. Felicidad que puede esconderse en la satisfacción que procuran los pequeños momentos y el día a día. La santidad en todo caso sería una consecuencia del vivir en plenitud lo humano.

La deriva del concepto de santidad emulsionado a lo largo de los siglos es una soberana perversión de lo humano.

La santidad parece ser la suprema conjunción entre aceptación y superación: el santo acepta “para su vida” ese inconcreto irracional que conforma “lo sacro” y supera la racionalidad de la doctrina y la moralidad por el más perfecto cumplimiento de ambas.

Para el creyente “vulgar”, dogmas y moral salvan la creencia; en cambio el santo las lleva a la máxima compleción. Esa es la vía ideal tan sólo vivida por los creyentes como "propuesta", pero que el santo vive en toda su plenitud diciendo siempre “sí” a la gracia.

El santo, primero, dice percibir en su interior la llama del Espíritu... (a nuestro entender es éste un aspecto más relacionado con el sentimiento que con la razón). Posteriormente ese sentimiento le impulsa al cumplimiento estricto de las observancias y normas; pero no puede por menos que desprenderse de todo eso para poder “volar”, porque la ley es lo que le sujeta al suelo, a la racionalidad”. Se torna místico.

Esta explicación vulgar del proceso santificador quiebra cuando se percibe que el santo se mueve dentro de un engaño psicológico de proporciones vitalmente gigantescas.

Confunde intuiciones con “apariciones del Espíritu”; religa vivencias a “llamadas de la gracia”; mezcla mundos sobrenaturales con “sueños de su propia razón”; hilvana proyectos de perfección --casi siempre en labores subsidiarias de carencias sociales--, los lleva a cabo y, luego, la marcha atrás es imposible...

En otras palabras, el santo desarrolla “ad infinitum” el más perverso y refinado lavado de cerebro que una creencia puede generar, siendo consciente sólo del proceso final de tal “lavado” y no de su humana racionalidad.

Descendiendo a la vulgaridad de nuestro andar terreno, yo prefiero decir de alguien que es o ha sido "buena persona" que "santo": éste da hasta miedo. Ya. Pero las "buenas personas" no tienen el marchamo canónico de santidad. Buenas personas somos todos.
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